La condesa Emilie era la esposa del conde Charles de Toulouse-Lautrec, dos de los personajes más relacionados con Henri en su adolescencia y juventud, ayudándole a superar sus dolencias físicas y psíquicas, incluso permitiéndose aconsejarle artísticamente. En estos retratos que forman pareja se aprecia con claridad la personalidad de cada uno de ellos gracias al empleo de un dibujo firme y seguro, jugando con los contrastes lumínicos para acentuar la intensidad de sus caracteres.
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obra
En la Venecia de fines del siglo XVI encontramos a dos de los mejores maestros del manierismo: Tintoretto y Veronés. Los dos se dedicarán al retrato, aunque cada uno tomará una orientación diferente. Veronés se interesará por el empleo de colores luminosos y limpios, aplicando una pincelada ligera y fluida, sin renunciar a los detalles como bien podemos observar en este retrato doble, compañero del Conde Iseppo da Porto con su hijo. Las dos figuras van ataviadas con sus mejores galas, destacando la monumentalidad de la condesa frente a la delicadeza de la pequeña que asoma su cabeza escondida entre las faldas de la madre, en un naturalista gesto infantil. Las expresiones de ambos personajes representan un elemento de atención en la composición, estableciéndose un atractivo juego de miradas tanto con las figuras de la otra gran tela como con el espectador. El resultado es un trabajo difícilmente superable en el que los ecos de Tiziano se encuentran presentes.
obra
Tras estudiar en Italia, donde se puso en contacto con los grandes maestros del Renacimiento, Reynolds regresó a Londres para revolucionar la retratística británica, heredera aún de Van Dyck. La gran novedad de Reynolds la encontramos en su capacidad para ampliar las fórmulas retratísticas a diferentes extractos sociales, sin limitarse en exclusiva a la aristocracia. A pesar de esto, resulta lógico considerar que serán los miembros de esta clase social los que encargarán un mayor número de retratos al maestro.En este lienzo que contemplamos sintetiza su facilidad para retratar a niños y a mujeres, interesándose tanto por la expresividad de sus modelos como por los elegantes vestidos y objetos que decoran sus hogares. La condesa aparece en pie, sosteniendo a la pequeña Georgiana que se ha subido a la mesa, acompañando a las dos damas un perrillo de lanas que simboliza la fidelidad. Las figuras se recortan ante un oscuro cortinaje que permite contemplar en la zona de la derecha un celaje con un árbol, iluminados por una luz crepuscular en sintonía con Tiziano, luz que se extiende a toda la composición.Las miradas de las dos modelos resultan tremendamente expresivas pero el espectador posiblemente se sienta atraído por el detallismo de los encajes, las calidades táctiles de las telas o de la mesa y la elegancia que rodea a los dos aristócratas. Tras la llegada a Londres de Gainsborough, Reynolds incorporó a sus trabajos efectos de mayor inmediatez de los que todavía carece esta obra.
obra
Durante la segunda estancia de Fortuny en Roma empezó a cosechar un importante éxito con sus acuarelas, entre las que destaca esta obra que contemplamos, más conocida por su nombre italiano: "Il Contino". La imagen fue enviada a la Diputación de Barcelona para dar fe de sus progresos, tratándose de una de las primeras muestras de la "pintura de casacones" con la que Mariano obtendrá la fama. El condesito es un petimetre dieciochesco ataviado con un traje de seda, casaca y cabellos empolvados, luciéndose en un jardín ante una fuente de estilo barroco. La delicadeza técnica de la figura resulta destacable, resaltando todos los detalles con un preciosismo que se convertirá en punta de lanza del estilo del maestro. El dibujo es preciso, sin abandonar el interés hacia la luz, ocupando ésta un papel destacado en la composición, especialmente en los planos con los que se obtiene la profundidad de la escena. Los colores brillantes y luminosos serán otra característica a resaltar en la pintura de Fortuny, iniciando con "Il Contino" una larga serie de imágenes que entusiasmarán a la burguesía europea.
acepcion
El que ejercía el cargo de condestable hasta que pasó a ser título honorífico vinculado, como en Aragón, Navarra y Nápoles.
contexto
Condición de Cortés Era Hernán Cortés de buena estatura, rehecho y de gran pecho; el color ceniciento, la barba clara, el cabello largo. Tenía gran fuerza, mucho ánimo, destreza en las armas. Fue travieso cuando muchacho, y cuando hombre fue sentado; y así, tuvo en la guerra buen lugar, y en la paz fue alcalde de Santiago de Barucoa, que era y es la mayor hombra de la ciudad entre vecinos. Allí cobró reputación para lo qué después fue. Fue muy dado a mujeres, y se dio siempre. Lo mismo hizo al juego, y jugaba a los dados a maravilla bien y alegremente. Fue muy gran comedor, y templado en el beber, teniendo abundancia. Sufría mucho el hambre con necesidad, según lo demostró en el camino de Higueras y en el mar que llamó de su nombre. Era duro porfiando, y así tuvo más pleitos de los que convenía a su estado. Gastaba liberalísimamente en la guerra, en mujeres, por amigos y en antojos, mostrando escasez en algunas cosas; por lo que le llamaban río de avenida. Vestía más pulido que rico, y así era hombre limpísimo. Se deleitaba en tener mucha casa y familia, mucha plata de servicio y de respeto. Se trataba muy de señor, y con tanta gravedad y cordura, que no daba pesadumbre ni parecía nuevo. Cuentan que le dijeron, siendo muchado, que había de ganar muchas tierras y ser grandísimo señor. Era celoso en su casa, siendo atrevido en las ajenas; condición de putañeros. Era devoto, rezaba, y sabía muchas oraciones y salmos de coro; grandísimo limosnero; y así, encargó mucho a su hijo, cuando se moría, la limosna. Daba cada año mil ducados por Dios de ordinario; y algunas veces tomó a cambio dinero para limosna, diciendo que con aquel interés rescataba sus pecados. Puso en sus reposteros y armas: Judicium Domini aprehendit eos, et fortitudo ejus corroboravit brachium meum; letra muy a propósito de la conquista. Tal fue, como habéis oído, Cortés, conquistador de la Nueva España; y por haber comenzado yo la conquista de México en su nacimiento, la termino con su muerte.
contexto
Dentro del Imperio persa coexistían amplias zonas desérticas, montañas escarpadas y florecientes enclaves de rica agricultura, sobre todo en la tan disputada Mesopotamia. Las diferencias regionales no eran sólo naturales, sino artificialmente provocadas por Abbas, que realizó enormes deportaciones de población desde el Azerbaidján, Armenia y Georgia hacia Irán, tanto por motivos militares como para causar el empobrecimiento del Cáucaso y alejar las apetencias de otomanos y rusos. La propiedad de la tierra fue acumulándose cada vez más en poderosas familias terratenientes. Inicialmente se premiaba el servicio militar de los jefes turcomanos con tierras de la Corona, "tiyuls", feudos que se fueron haciendo hereditarios. Tras las reformas de Abbas, volvieron a repartirse "tiyuls" a los nuevos cabecillas del ejército, repitiéndose el nacimiento de fuertes familias propietarias, cada vez más al margen del poder del shah. Las tierras entregadas a las clases religiosas dirigentes tuvieron el mismo resultado. Los impuestos sobre la tierra, una de las mayores fuentes de ingresos de la Corona, recaían sobre los campesinos, que podían ser aparceros, colonos o incluso pequeños propietarios. En general, las noticias de que disponemos indican que los campesinos mejoraron su condición con la llegada de los sefévidas y se aprovecharon de la prosperidad general mientras duró, aunque en los últimos tiempos de la dinastía el aumento de los impuestos deterioró de forma considerable su situación. El comercio era el sector económico más activo en esta zona del mundo que atravesaban las caravanas que iban desde el norte de la China y la India hasta las costas mediterráneas, para expandir por Occidente los productos orientales, sobre todo la seda. Las carreteras y caravansares construidos por Abbas estimularon el comercio, fundamentalmente el de la nueva capital, Ispahan, a la que fueron trasladados comerciantes armenios, que con un régimen de bajos impuestos, autonomía de gestión y tolerancia religiosa controlaron el comercio de la seda. Las manufacturas, sobre todo de artículos suntuarios, se vieron favorecidas por la demanda de la Corte y del creciente comercio, aunque estuvieron exclusivamente encaminadas al benefició de la Corona, sin posibilidades de intervención para la iniciativa privada. En su origen, eran egipcios los mercaderes encargados de comunicar la costa de Malabar y la africana oriental con el Mediterráneo a través del Mar Rojo, y con Persia, Turquía y Armenia a través de Ormuz. La llegada de los portugueses modificó esta situación y serán ellos los encargados de comunicar todos estos mercados, a los que sumaron el de las islas de las Especias, y a través de ellas China. Desde Ormuz, cierre del golfo Pérsico, se expedía seda, tapices y caballos a cambio de especias y piastras, moneda de plata portuguesa. En los últimos decenios del siglo XVI la creciente disgregación de la organización del comercio portugués, las resistencias locales y la aparición de competidores europeos pondrán en peligro su control sobre el mercado persa. Los ingleses, en primer lugar, lo ambicionaban e intentaron acceder a él a través del Imperio ruso, con el que la Compañía de Moscú tenía relaciones desde que Chancellor llegara a Arkángelsk en 1553. La citada Compañía envió en 1561 a Jenkinson con este fin, y la delegación marchó a través de Astrakán, el Caspio, Bakú y el Chirván, pero a partir de 1581 se abandonó esta vía por la inseguridad del recorrido. Los deseos de Abbas de promocionar el mercado de la seda le hizo acoger bien a los comerciantes ingleses que operaban en el Gujarat y deseaban extender sus operaciones por el mercado persa. Desde 1604 les concedió licencia y protección para comerciar desde el puerto de Djask. Tras una serie de enfrentamientos con los portugueses, en 1622 persas e ingleses coaligados consiguieron arrojarlos de Ormuz, donde posteriormente se establecieron una factoría inglesa y otra holandesa. Desde entonces, la seda y la porcelana persa aumentaron la envergadura de las exportaciones, no sólo por el Indico sino por Europa. La holandesa "Vereenidge Oostindische Compagnie" aprovechó la guerra civil inglesa para apoderarse del mercado persa desde 1645, aunque hubo de hacer hueco a la "Compagie Française des Indes Orientales", que desde los años sesenta consiguió exenciones aduaneras y el título para Luis XIV de protector de los cristianos del Imperio (1683), es decir, de los sirios y armenios que habían solicitado su ayuda.
contexto
En cualquier caso, la situación era muy distinta según los países. Hasta mediados del siglo XVII la primacía la tuvieron las ciudades italianas, que conservaban la hegemonía a la hora de ofrecer la más acabada formación científica en sus instituciones y en donde, desde el siglo XVI, una rica y emprendedora burguesía estaba interesada en los progresos de las ciencias. Más que en ningún otro lugar, las ciudades y las universidades italianas de vieja tradición autónoma como Padua, Pisa, Bolonia, Pavía y Florencia intentaban acaparar para sí los sabios de mayor renombre que hubiese en Occidente, atraídos, además, por príncipes y mecenas laicos y eclesiásticos. El italiano y el latín eran consideradas, de esta manera, las primeras lenguas científicas, de tal manera que los científicos franceses, alemanes, holandeses e ingleses las conocían y sus impresores las utilizaban en las ediciones de mayor difusión. Fuera de Italia, las universidades que más cultivaron las ciencias fueron las holandesas Leiden y Utrecht. En España, la universidad de Salamanca, que durante el siglo XVI había estado a la cabeza de la enseñanza de la anatomía y de la astronomía de Copérnico, pareció perder el interés y se refugió en la tradición escolástica. En Francia, sólo la universidad de Montpellier aceptó la nueva ciencia, pues la Sorbona parisina seguía dominada por la teología y aferrada al escolasticismo, superada por el "Collége Royal", que acogió a Gassendi y a Roberval. Por el contrario, fueron mecenas particulares estimulados por la tradición italiana, como Peiresc, un consejero del Parlamento de Provenza, o como el cardenal Mazarino, apasionado bibliófilo, los que junto a las grandes ciudades de provincia favorecieron a los primeros grupos científicos franceses. También en Inglaterra se favoreció la ciencia desde instancias docentes oficiales, sobre todo en el "Gresham College" de Londres, que fue el núcleo que, hacia 1660, daría paso a la constitución de la "Royal Society". La principal crítica que los científicos hacían a las universidades era que, incluso en las circunstancias más favorables, se limitaban a hacer sitio a la nueva filosofía dentro del marco de los viejos métodos y estructuras, y que tal adaptación no correspondía a los nuevos planteamientos científicos, que muy a menudo tenían que emprenderse fuera de los recintos universitarios. Tras la condena de Galileo en 1633, las medidas administrativas tomadas en los países católicos contra el copernicanismo se endurecieron y las ideas mecanicistas de Descartes fueron rechazadas por católicos y protestantes. Así pues, con todo esto, no debe extrañar que la investigación tuviera que empezar al margen de los claustros universitarios y que cuando se organizó y reconoció lo fue en instituciones de nuevo cuño, como las sociedades científicas que se crearon durante el siglo XVII por todo el Occidente. La mayoría de ellas nacieron como la sanción oficial de los patrocinios privados que habían mantenido las investigaciones científicas al margen de las universidades y como agrupaciones de personas eruditas e interesadas en determinados temas. En Italia, bajo los auspicios del príncipe Federico Cesi, se constituyó en Roma, en 1603, la primera academia científica bajo el nombre de "Accademia dei Lincei", de la que formaría parte Galileo. Medio siglo más tarde, el gran duque de Toscana, Fernando II, quiso tener en Florencia su grupo de sabios, para lo cual fundó en 1657 la "Accademia del Cimento" en donde se encontrarán Sténon, Borelli, Redi, etc., entre 1657 y 1667. En Francia, Colbert creó en 1666 la "Académie des Sciences", aunque mucho antes, Marin Mersenne, religioso mínimo, preocupado por el aislamiento y la soledad de los científicos y dispuesto a establecer la costumbre de que los científicos trabajasen y discutiesen en común había fundado, en 1635, la "Academia parisiensis", que se proponía agrupar a sabios de todas las ciencias. En Inglaterra se levantó, en 1660, la "Royal Society" en el seno del "Gresham College". En Alemania, la división territorial, las condiciones sociales y económicas y la guerra de los Treinta Años retrasaron los progresos científicos y redujeron la eficacia de sus escuelas y universidades que eran numerosas y excelentes. La primera sociedad científica que se fundó en Alemania fue la "Academia de los Investigadores de la Naturaleza", la "Academia Naturae Curiosorum", en 1652. Se trataba de una sociedad de médicos, cuya única función era publicar las colaboraciones de sus socios en un volumen anual titulado "Miscellanea curiosa", que tuvo una buena reputación. Pero la creación de una sociedad científica nacional, semejante a las ya existentes en Francia e Inglaterra fue obra de un solo hombre, el filósofo, matemático y diplomático Gottfried Wilhelm Leibniz (1646-1716), que encontró en Federico I de Prusia el patrocinio económico y político para crear, en 1700, la Academia de las Ciencias de Berlín, una ciudad en la que aún no existía universidad. El fin perseguido por las academias no era otro que la difusión de la ciencia y el fomento de los intercambios de puntos de vista entre científicos. Tales propósitos se lograron también con la valiosa aportación de las revistas que, nacidas al amparo de las academias, contribuyeron poderosamente a difundir por todo el Continente y a todos los eruditos e investigadores las nuevas ideas y los nuevos descubrimientos. Los servicios que prestaron fueron importantísimos por su elevado nivel científico. Desde 1665 aparecieron en Francia y en Inglaterra el "Journal des Savants" y el célebre "Philosophical Transactions", respectivamente. Más tardía (1682) fue, en cambio, la publicación del primer número de las "Acta eruditorum" editadas en Leipzig, que recogían reseñas de libros y artículos, aunque gozó de un prestigio enorme entre los científicos, pues, no en vano, Leibniz era uno de sus cofundadores.