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Cómo envió Cortés a descubrir la costa de Nueva España por el mar del Sur Cuando Cortés tuvo algo de reposo, le requirieron presidente y oidores que dentro de un año enviase armada a descubrir por el mar del Sur, conforme a la instrucción y conveniencia que traía del Emperador, hecha en Madrid a 27 de octubre del 29, y firmada por la emperatriz doña Isabel; donde no, que su majestad contrataría con otra persona. Tanto hicieron esto por alejarlo de México, como porque cumpliese lo que había capitulado con el Emperador; que bien sabían que tenía siempre muchos carpinteros y navíos en el astillero; pero querían que él mismo fuese allá. Cortés respondió que así lo haría. Metió, pues, mucha prisa a dos naos que se estaban construyendo en Acapulco. Entre tanto, anduvo un sarampión, que llamaron zauatlepiton, que quiere decir lepra chica, a razón de las viruelas que les pegó el negro de Pánfilo de Narváez, según ya se dijo; y murieron de él muchísimos indios. Fue también enfermedad nueva y nunca vista en aquella tierra. Cuando las naos se terminaron, las armó Cortés muy bien de gente y artillería; las llenó de vituallas, armas y rescates. Envió como capitán de ellas a Diego Hurtado de Mendoza, primo suyo. Se llamaban las naos, una de San Miguel y otra de San Marcos. Fueron, por tesorero Juan de Mazuela, por veedor Alonso de Molina, maestre de campo Miguel Marroquino, alguacil mayor Juan Ortiz de Cabex, y por piloto Melchor Fernández. Salió Diego Hurtado del puerto de Acapulco el día de Corpus Christi del año 1532. Siguió la costa hacia poniente; que así estaba concertado. Llegó al puerto de Jalisco, y quiso tomar agua, no por necesidad, sino por llenar las vasijas que hasta allí habían vencido. Nuño de Guzmán, que gobernaba aquella tierra, envió gente a que les prohibiesen la entrada, o por ser de Cortés, o porque nadie entrase en su jurisdicción sin su licencia. Diego Hurtado dejó el agua, y pasó adelante unas doscientas leguas costeando lo más y mejor que pudo. Se le amotinaron muchos de su compañía; los metió en uno de los navíos, y los envió a Nueva España para ir descansado y seguro. Con el otro navío prosiguió su ruta; pero no hizo cosa que de contar sea, que yo sepa, aunque navegó y estuvo mucho tiempo sin que de él se supiese. La nave de los amotinados tuvo a la vuelta tiempo contrario y falta de agua; y así, le fue forzoso, aunque no quisieran los que dentro venían, surgir en una bahía que llaman de Banderas, donde los naturales estaban en armas por algunos tratamientos no buenos que los de Nuño de Guzmán les habían hecho. Tomaron los nuestros tierra, y sobre tomar agua riñeron. Los contrarios eran muchos, y mataron a todos los españoles de la nao, pues no escaparon más que dos solamente. Cortés, en cuanto lo supo, se fue a Tecoantepec, villa suya, que esta en México a ciento veinte leguas. Preparó dos navíos que sus oficiales acababan de hacer, los abasteció muy cumplidamente, y envió como capitán de uno a Diego Becerra de Mendoza, natural de Mérida, y por piloto a Fortún Jiménez, vizcaíno; y del otro a Hernando de Grijalva, y piloto a un portugués que se decía Acosta; creo que partieron año y medio después que Diego Hurtado. Iban con tres finalidades: a vengar los muertos, a buscar y socorrer a los vivos, y a saber el secreto y término de aquella costa. Estas dos naos se perdieron una de otra la primera noche que se hicieron a la vela, y nunca más se vieron. Fortún Jiménez se concertó con muchos vizcaínos, así marineros como hombres de tierra, y mató a Diego Becerra estando durmiendo. Debió de ser que riñeron, e hirió malamente a algunos otros. Arribó con la nao a Motín. Tomó agua, y fue de allí a dar en la bahía de Santa Cruz. Saltó a tierra, y le mataron los indios con otros veinte españoles. Con estas nuevas fueron dos marineros a Chiametlan de Jalisco en el batel, y dijeron a Nuño de Guzmán que habían hallado mucha muestra de perlas. Él fue allá, preparó aquella nao, y envió gente en ella a buscar las perlas. Hernando de Grijalva anduvo trescientas leguas por el noroeste sin ver tierra; y por eso echó luego al mar a ver si hallaría islas, y tropezó con una, que llamó Santo Tomas, porque tal día la descubrió. Estaba, según él dijo, despoblada y sin agua por la parte que entró. Está a veinte grados. Tiene muy hermosas arboledas y frescura, muchas palomas, perdices, halcones y otras aves. En esto pararon aquellas cuatro naos que Cortés envió a descubrir.
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Cómo envió Cortés naos a buscar la Especiería Mandaba el Emperador a Cortés por la carta, hecha en Granada a 20 de junio de 1526, que enviase los navíos que tenía en Zacatula a buscar la nao Trinidad y a fray García de Loaisa, comendador de San Juan, que había ido al Maluco y a Caboxo, y a descubrir camino para ir a las islas de la Especiería desde Nueva España por el mar del Sur, según él se lo había prometido en sus cartas, diciendo que enviaría o iría, si su majestad fuese servida, con tal armada que compitiese con cualquier potencia de príncipe, aunque fuese del rey de Portugal, que en aquellas islas hubiese, y que las ganaría, no sólo para rescatar en ellas las especias y otras mercaderías ricas que tienen, mas aun para cogerlas y traerlas por suyas propias; y que haría fortalezas y pueblos de cristianos que sojuzgasen todas aquellas islas y tierras que caen en su real conquista, conforme a la demarcación, como eran Gilolo, Borney, entrambas Javas, Zamotra, Malaca y toda la costa de la China; con tanto, que le concediese ciertos capítulos y mercedes. Así que, habiéndose Cortés ofrecido a esto, y queriéndolo el Emperador, y no teniendo otra guerra ni cosa en que ocuparse, determina enviar tres navíos a las Molucas, y hacer camino allá una vez para cumplir después su palabra, y también porque aportó a Ciuatlan Hortunio de Alango, de Portugalete, con un patache que fue con la armada del mencionado Loaisa, estando malo Marcos de Aguilar, por sobra de muchos vientos, o por falta de no saber la navegación de Tidore. Echó, pues, al agua, tres navíos. En la nao capitana, llamada Florida, metió cincuenta españoles; en otra, que nombraron Santiago, cuarenta y cinco, con el capitán Luis de Cárdenas, de Córdoba, y en un bergantín, quince, con el capitán Pedro de Fuentes, de Jerez de la Frontera. Las armó de treinta tiros. Las abasteció de provisión en abundancia, como para tan largo y no conocido viaje se requería, y de muchas cosas de rescate. Hizo capitán de ellas a Álvaro de Saavedra Cerón, pariente suyo, el cual partió del puerto de Ciuatlanejo, el día o la víspera de Todos los Santos del año 1527. Anduvo dos mil leguas, según la cuenta de los pilotos, aunque por recta navegación hay mil quinientas. Llegó solamente con su nao capitana; que las otras el viento las esparció de la conserva a unas muchas islas, que por ser tal día cuando llegaron, las llamaron de los Reyes; las cuales están poco más o menos a once grados en este lado de la Equinoccial. Son los hombres crecidos de cuerpo, cariluengos, morenos, muy bien barbados. Llevan cabellos largos, usan cañas por lanzas, hacen esteras muy primorosas de palma, que de lejos parecen oro, cobijan sus vergüenzas con bragas de lo mismo, pues en lo demás andan desnudos; tienen navíos grandes. Desde aquellas islas de los Reyes fue a Mindanao y Bizaya, otras islas que están a ocho grados, y que son ricas de oro, puercos, gallinas y pan de arroz. Las mujeres, hermosas; ellos, blancos. Andan todos en cabello largo. Tienen alfanjes de hierro, tiros de pólvora, flechas muy largas y cerbatanas, en que tiran con hierba; coseletes de algodón, corazas de escamas de peces. Son guerreros, confirman la paz con beber sangre del nuevo amigo, y aun sacrifican hombres a su dios Anito. Llevan los reyes coronas en la cabeza, como aquí; y el que entonces allí reinaba se llamaba Catonao; el cual mató a don Jorge Manrique y a su hermano don Diego y a otros. De allí se escapó a la nave de Álvaro de Saavedra, Sebastián del Puerto, portugués, casado en la Coruña, que había ido con Loaisa. Sirvió de faraute, y dijo que su amo le llevó a Cebut, donde supo que habían llevado de allí ocho castellanos de Magallanes a vender a la China, y que aún había otros. En fin, contó todo aquel viaje. También rescató Saavedra otros dos españoles del mismo Loaisa, en otra isla que llaman Candiga, por setenta castellanos en oro; en la cual hizo paces con el señor, bebiendo y dando a beber sangre del brazo, que tal es la costumbre de por allí, cual entre escitas. Pasó por Terrenate, donde los portugueses tenían una fortaleza, y llegó a Gilolo, donde estaba Fernando de la Torre, natural de Burgos, como capitán de ciento veinte españoles de Loaisa, y alcaide de un castillo. Allí preparó Álvaro de Saavedra su nao, tomó vituallas y todo el matalotaje que le faltaba, y veinte quintales de clavo de lo del Emperador, que le dio Fernando de la Torre. Y partió el 3 de junio de 1528. Anduvo mucho tiempo de acá para allá. Tocó en las islas de los Ladrones, y en unas con gente negra y crespa, y en otras con gente blanca, barbada y con los brazos pintados, en tan poca distancia de lugar, que se asombró mucho. Le fue forzoso volver a Tidore, donde estuvo muchos días. Partió de allí para Nueva España a 8 días de mayo de 1529, y murió navegando, el 19 de octubre de aquel mismo año. Por cuya muerte, y por falta de hombres y aires, se volvió la nave a Tidore con sólo dieciocho personas, de cincuenta que sacó de Ciuatlanejo; y como ya Fernando de la Torre había perdido su castillo, se fueron aquellos dieciocho españoles a Malaca, donde los prendió don Jorge de Castro, y los tuvo presos dos años, y allí se murieron diez de ellos; que así tratan los portugueses a los castellanos. De manera que no quedaron más que ocho. En esto paró la armada que Hernán Cortés envió a la Especiería.
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Cómo envió el Emperador a tomar residencia a Cortés Era Cortés el más nombrado entonces de nuestra nación; pero muchos le infamaban, especialmente Pánfilo de Narváez, que andaba en la corte acusándole; y como hacía mucho que no tenían los del Consejo cartas suyas, sospechaban, y hasta creían cualquier mal. Y así, proveyeron de gobernador de México al almirante don Diego de Colón, que pleiteaba con el Rey, y pretendía aquel gobierno y otros muchos, con que llevase o enviase mil hombres a su costa para prender a Cortés. Proveyeron asimismo por gobernador de Pánuco a Nuño de Guzmán, y de Honduras a Simón de Alcazaba, portugués. Ayudó mucho a esto Juan de Ribera, secretario y procurador de Cortés, que como riñó con Martín Cortés sobre los cuatro mil ducados que le trajo, y no se los daba, decía mil males de su amo y era muy creído. Mas comió una noche un torrezno de Cadahalso, y murió de ello andando en aquellos tratos. No pudieron ser hechas tan secretas las provisiones, ni los provistos supieron guardar el secreto cual convenía, que no se rumorease por la corte, que a la sazón estaba en Toledo; y a muchos que sentían bien de Cortés les parecía mal. Y el comendador Pedro de Piña lo dijo al licenciado Núñez, y fray Pedro Melgarejo lo descubrió también cuando se alojaba en casa de Gonzalo de Hurtado, en la Trinidad; así que entonces reclamaron de las provisiones, suplicando que aguardasen algunos días a ver qué vendría de México. El duque de Béjar, don Álvaro de Zúñiga, favoreció mucho el partido de Hernán Cortés, porque ya le tenía casado con doña Juana de Zúñiga, sobrina suya. Le abonó, fió y aplacó al Emperador. Llegó a Sevilla, estando en esto, Diego de Soto con setenta mil castellanos, y con el tiro de plata, que, como cosa nueva y rica, llenó a toda España y otros reinos de fama. Este oro fue, para decir verdad, el que hizo que no le quitasen la gobernación, sino que le enviasen un juez de residencia. Llegado, como digo, aquel presente tan rico, y acordado de enviar juez que tomase residencia a Cortés, buscaron una persona de letras y linaje, que supiese hacer el mandato y que le tuviesen respeto, porque los soldados son atrevidos; y como estaban en Toledo, tuvieron noticia y crédito del licenciado Luis Ponce de León, teniente y pariente de don Martín de Córdoba, conde de Alcaudete y corregidor de aquella ciudad; el cual, aunque joven, tenía muy buena fama, y le enviaron a Nueva España con bastantes poderes y confianza. Él, por no errar, y acertarlo todo mejor, llevó consigo al bachiller Marcos de Aguilar, que había estado algunos años en la isla de Santo Domingo, de alcalde mayor por el almirante don Diego. Partió, pues, el licenciado Luis Ponce, y con buena navegación que tuvo, llegó a la Villarrica poco después que Cortés partiera de Medellín. Simón de Cuenca, teniente de aquella villa, aviso en seguida a Cortés de que habían llegado allí algunos pesquisidores y jueces del Rey a tomarle residencias; y fue con tan buena diligencia, que llegaron las cartas a México en dos días, por postas que había puestas de hombres. Cortés estaba en San Francisco confesando y comulgando cuando recibió este despacho, y ya había nombrado otros alcaldes y prendido a Gonzalo de Ocampo y a otros bandoleros y valedores del factor, y hacía pesquisas secretamente de todo lo pasado. Dos o tres días después, que era San Juan, estando corriendo toros en México, le llegó otro mensajero con cartas del licenciado Luis Ponce, y con una del Emperador, por las cuales supo a qué venía. Despachó en seguida con respuesta, y para saber por cuál camino quería ir a México, por el poblado, o por el otro, que era más corto. El licenciado no replicó, y quería reposar allí algunos días, pues venía muy fatigado del mar, como hombre que hasta entonces no le había pasado. Mas como le dieron a entender que Cortés haría justicia del factor Salazar, de Peralmíndez y de los demás que tenían presos, si tardaba, y que no lo recibiría, sino que saldría a prenderle en el camino, pues para eso quería saber por dónde había de ir, tomó la posta con algunos de los caballeros y frailes que con él iban, y el camino de los pueblos, aunque era más largo, para que no le hiciesen alguna fuerza o afrenta; tanto pueden las chismorrerías. Anduvo tan bien, que llegó en cinco días a Iztacpalapan, y que no dio lugar a los criados de Cortés, que habían ido por entrambos caminos, a que le tuviesen buen recaudo y aparejo de mesa y posada. En Iztacpalapan se le hizo un banquete con gran fiesta y alegrías. Tras la comida, devolvió el licenciado y casi todos los que con él iban cuanto tenían en el cuerpo; y juntamente con el vómito tuvieron diarreas. Pensaron que fuesen hierbas, y así lo decía fray Tomás Ortiz, de la orden de Santo Domingo, afirmando que las hierbas iban en unas natas, y que el licenciado le daba el plato de ellas; y Andrés de Tapia, que servía de maestresala, dijo: "Otras traerán para vuestra reverencia"; y respondió el fraile: "Ni de ésas ni de otras, También se tocó esta malicia en las coplas del Provincial, de que ya hice mención, y se acusó en residencia; pero en verdad ella fue mentira, según después diremos; porque el comendador Proaño, que iba como alguacil mayor, comió de cuanto comió el licenciado, y en el mismo plato de las natas o requesones, y ni devolvió ni le hizo daño. Creo que como venían calurosos, cansados y hambrientos, comieron demasiado y bebieron muy frío, lo cual les revolvió el estómago y les causó aquellas diarreas y vómitos. Daban allí al licenciado Ponce un buen presente de ricas cosas de parte de Cortés; mas él no lo quiso tomar. Salió Cortés a recibirle con Pedro de Albarado, Gonzalo de Sandoval, Alonso de Estrada, Rodrigo de Albornoz y todo el regimiento de caballería de México. Le llevó a su derecha hasta San Francisco, donde oyeron misa, pues la entrada fue de mañana. Le dijo que presentase las provisiones que llevaba, y como respondió que otro día, le llevó a su casa y le aposentó muy bien. Al día siguiente se juntaron en la iglesia mayor el cabildo y todos los vecinos, y por auto de escribano presentó Luis Ponce las provisiones, cogió las varas a los alcaldes y alguaciles, y luego se las devolvió a todos; y dijo con mucha cortesía: "Esta del señor gobernador quiero yo para mí". Cortés y todos los del cabildo besaron las letras del Emperador, y las pusieron sobre sus cabezas, y dijeron que cumplirían lo contenido en ellas, como mandamiento de su rey y señor, y lo tomaron por testimonio. Luego, tras esto, se pregonó la residencia de Cortés, para que viniese querellando quien estuviese agraviado y quejoso de él. Entonces veríais el bullir y negociar de todos y cada uno para sí, unos temiendo, otros esperando, y otros encizañando.
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Cómo fue Francisco de Garay a Pánuco con grande armada Francisco de Garay fue a Pánuco el año 18, y los de Chila lo desbarataron, se comieron a los españoles que mataron, y hasta pusieron las pieles en sus templos por memoria o voto, según ya está dicho. Volvió allá con más gente al año siguiente, según algunos dicen, y también lo echaron por fuerza de aquel río. Él entonces, por la reputación, y por conseguir la riqueza de Pánuco, procuró el gobierno de allí. Envió a Castilla a Juan López de Torralba con información del gasto y descubrimiento que había hecho; el cual le consiguió el adelantamiento y gobernación de Pánuco. Armó en virtud de ello, el año 23, nueve naves y dos bergantines, en que metió ciento cuarenta y cuatro caballos y ochocientos cincuenta españoles, y algunos isleños de Jamaica, donde preparó la flota; muchos tiros, doscientas escopetas y trescientas ballestas; y como era rico, abastecía la armada muy bien de carne, pan y mercería. Hizo un pueblo en Aire, que llamó Garay. Nombró por alcaldes a Alonso de Mendoza y a Fernando de Figueroa; por regidores, a Gonzalo de Ovalle, Diego de Cifuentes y un tal Villagrán. Puso alguacil, escribano, fiel, procurador y todos los demás oficios que tiene una villa en Castilla. Les tomó juramento, y también a los capitanes del ejército, que no le dejarían ni se pondrían contra él. Y con tanto, partió de Jamaica por San Juan. Fue a Xagua, puerto de Cuba muy bueno, donde supo que Cortés había poblado en Pánuco y conquistado aquella tierra; cosa que mucho sintió y temió; y para que no le aconteciese como a Pánfilo de Narváez, pensó de tratar en acuerdo con Hernán Cortés. Escribió a Diego Velázquez y al licenciado Alonso Zuazo sobre ello, rogando a Zuazo que fuese a México a tratar en su nombre con Cortés. Zuazo se alegró de ello, vino a Xagua, habló con Garay, y se marcharon cada uno a su negocio. Zuazo corrió fortuna y pasó grandes trabajos antes de llegar a la Nueva España. Garay tuvo también fuerte temporal, y llegó al río de Palmas el día de Santiago. Surgió allí con todos sus navíos, ya que otra cosa no pudo hacer. Envió río arriba a Gonzalo de Ocampo, pariente suyo, con un bergantín, a ver la disposición, gente y lugares de aquella ribera. Ocampo subió quince leguas, vio que entraban muchos ríos en aquél, y volvió al cuarto día, diciendo que la tierra era pobre y desierta. Fue creído, aunque no supo lo que dijo. Sacó Garay con esto a tierra cuatrocientos compañeros y los caballos. Mandó que los navíos fuesen costa a costa con Juan de Grijalva, y él caminó ribera del mar a Pánuco, en orden de guerra. Anduvo tres días por despoblado y por unas malas ciénagas. Pasó un río que llamó Montalto, por correr de grandes sierras, a nado y en balsas. Entró en un gran lugar vacío de gente, mas lleno de maíz y de guayabos. Rodeó una gran laguna, y luego mandó mensajeros con unos de Chila que prendió, y sabían castellano, a un pueblo para que lo recibiesen en paz. Allí le hospedaron, y abastecieron a Garay de pan, fruta y aves, que cogían en las lagunas. Los soldados se medio amotinaron porque no les dejaba saquear. Pasaron otro río crecido, donde se ahogaron ocho caballos. Se metieron luego por unos lagunajos por donde les costó trabajo salir, y si hubiese habido por allí gente de guerra, no hubiese escapado hombre alguno de ellos. Arribaron, en fin, a buena tierra, después de haber sufrido mucha hambre, mucho trabajo, muchos mosquitos, chinches y murciélagos, que se los comían vivos; y llegaron a Pánuco, que tanto deseaban. Mas no hallaron qué comer, a causa de las guerras pasadas que tuvo allí Cortés, o como ellos pensaban por haber alzado las vituallas los contrarios, que estaban de la otra parte del río. Por lo cual, y como no aparecían los navíos que traían los bastimentos, se desparramaron los soldados a buscar de comer y ropa; y Garay envió a Gonzalo de Ocampo a saber qué voluntad le tenían los de Cortés que estaban en Santisteban del Puerto. El cual volvió diciendo que buena, y que podían ir allá; mas, sin embargo, él se engañó o lo engañaron y así, engañó a Garay, que se acercó a los contrarios más de lo que debiera; y decía a los indios, para que les favoreciesen, que venían a castigar a aquellos soldados de Cortés que les habían hecho enojo y daño. Salieron los de Santisteban a escondidas, que conocían la tierra, y dieron en los de a caballo de Garay, que estaban en Nachapalan, pueblo muy grande, y prendieron al capitán Albarado con otros cuarenta, por usurpadores de la tierra y ropa ajena. De lo cual recibió Garay mucho daño y enojo; y como se le perdieron Cuatro naos, aunque las otras surgieran a la boca de Pánuco, comenzó a temer la fortuna de Cortés. Envió a decir a Pedro de Vallejo, teniente de Cortés, que venía a poblar con poderes y licencia del Emperador, que le devolviese sus hombres y caballos. Vallejo le respondió que le mostrase las provisiones para creerlo, y requirió a los maestres de las naos que entrasen al puerto; no recibiesen el daño que las otras veces Pasadas, viniendo tormenta; y si no lo hacían que los tendría por corsarios. Mas él y ellos replicaron que no lo querían hacer por decirlo él, y que harían lo que les conviniese.
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Cómo ganó Cortés Cimpancinco, ciudad muy grande Subió Cortés una noche encima de la torre, y mirando a una parte y a otra, vio a cuatro leguas de allí, junto a unos peñascos de la sierra y entre un monte, gran cantidad de humos, y pensó había mucha gente por allí. No dio parte a nadie; mandó que le siguiesen doscientos españoles y algunos indios amigos, y los demás que guardasen el campamento, y a las tres o las cuatro de la madrugada caminó hacia la sierra a tientas, pues estaba muy obscuro. No bien hubo andado una legua, cuando dio súbitamente a los caballos una especie de torozón que los derribó en el suelo, sin que se pudiesen menear. Cuando cayó el primero, y se lo dijeron, respondió: "Pues vuélvase su dueño con él al real". Cayó después otro, y dijo lo mismo. Cuando cayeron tres o cuatro, comenzaron los compañeros a retroceder, y le dijeron que mirase que aquélla era mala señal, y que era mejor que se volviesen, o esperar que amaneciese para ver a dónde o por dónde iban. Él les decía que no creyesen en agüeros, y que Dios, cuya causa trataban, estaba sobre natura, y que no dejaría aquella jornada, pues se le figuraba que de ella les había de seguir mucho bien aquella noche, y que era el diablo, que por estorbarlo ponía delante aquellos inconvenientes; y en diciendo esto se cayó el suyo. Entonces hicieron alto, y lo consultaron mejor; y fue que volviesen aquellos caballos caídos al real, y que los demás los llevasen del diestro, y prosiguieron su camino. Pronto estuvieron buenos los caballos, mas no se supo de qué cayeron. Anduvieron, pues, hasta perder la pista de las peñas. Dieron en unos pedregales y barrancos, que creyeron no salir nunca de allí. Al cabo, después de haber pasado mal rato, con los cabellos erizados de miedo, vieron una lumbrecita; fueron a tientas hacia ella, y estaba en una casa, donde hallaron dos mujeres; las cuales, y otros dos hombres que por casualidad tropezaron luego, los guiaron y llevaron a las peñas donde habían visto los humos, y antes de que amaneciese dieron en unos lugarejos. Mataron a mucha gente, pero no los quemaron por no ser sentidos con el fuego, y por no detenerse, pues le decían que estaban allí junto a grandes poblaciones. De allí entró luego en Cimpancinco, un lugar de veinte mil casas, según después se vio por la visita que a ellas hizo Cortés; y como estaban descuidados de semejante cosa, y los tomaron por sorpresa, y antes de que se levantasen, salían en cueros por las calles, a ver qué eran tan grandes llantos. Murieron muchos de ellos al principio; mas, como no hacían resistencia, mandó Cortés que no los matasen ni tomasen mujeres ni ropa ninguna. Era tanto el miedo de los vecinos, que huían a más no poder, sin preocuparse el padre del hijo, ni el marido de la mujer, casa ni hacienda. Les hicieron señas de paz, y que no huyesen, y les dijeron que no temiesen; y así, cesó la huida y el mal. Salido ya el Sol y pacificado el pueblo, se puso Cortés en un alto a descubrir tierra, y vio una grandísima población, que, preguntando cuál era, le dijeron que Tlaxcallan con sus aldeas. Llamó entonces a los españoles, y dijo: "Ved que haría al caso matar a los de aquí, habiendo tantos enemigos allí". Y con esto, sin hacer daño en el pueblo, salió fuera a una agradable fuente que había; y allí vinieron los principales que gobernaban el pueblo, y otros más de cuatro mil, sin armas y con mucha comida. Rogaron a Cortés que no les hiciesen más mal, y que le agradecían el poco que había hecho, y que querían servirle, obedecerle y ser sus amigos, y no solamente guardar allí en adelante muy bien su amistad, sino trabajar también con los señores de Tlaxcallan y con otros, para que hiciesen otro tanto. Él les dijo que era cierto que ellos habían peleado con él muchas veces, aunque entonces le traían de comer; pero que los perdonaba, y recibía en su amistad y al servicio del Emperador. Con tanto, les dejó, y se volvió a su real muy alegre con tan buen suceso, de tan mal principio como fue lo de los caballos, diciendo: "No digáis mal del día hasta que haya pasado"; y llevando una cierta confianza en que los de Cimpancinco harían con los de Tlaxcallan que dejasen las armas y fuesen sus amigos, y por eso mandó que de allí en adelante nadie hiciese mal ni enojo a indio alguno; y hasta dijo a los suyos que creía, con ayuda de Dios, que había acabado aquel día la guerra de aquella provincia.
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Cómo huyó Cortés de México Cortés, viendo el negocio perdido, habló a los españoles para irse, y todos ellos se alegraron mucho de oírlo, pues no había casi ninguno que no estuviese herido. Tenían miedo de morir, aunque ánimo para morir; porque eran tantos indios, que aunque no hicieran sino degollarlos como a carneros, no bastaban. No tenían tanto pan como para atreverse a hartarse; no tenían pólvora, ni Pelotas, ni almacén ninguno; estaba medio destruida la casa, que no pocos se ocupaban en guardarla. Todas estas causas eran suficientes para desamparar a México y amparar sus vidas; aunque, por otra parte, les parecía mal caso volver la cara al enemigo, que las piedras se levantan contra el que huye. Especialmente temían el pasar los ojos de la calzada por donde entraron, pues tenían quitados los puentes; así que por un lado los cercaban duelos, y por otro, quebrantos. Acordóse, pues, entre todos, el marcharse, y además, aquella noche, que era la de Botello; el cual presumía de astrólogo, o como lo llamaban, de nigromántico, y que había dicho muchos días antes que si se marcharan de México a cierta hora señalada de la noche, que era ésta, se salvarían, y si no, que no. Ora lo creyesen, ora no, todos, en fin, acordaron de irse aquella noche; y para pasar los ojos de la calzada hicieron un puente de madera, para ponerle y quitarle. Es muy de creer que todos se concertasen, y no lo que algunos dicen, que Cortés partió a cencerros tapados, y que se quedaron más de doscientos españoles en el mismo patio y real, sin saber de la partida; a quien después mataron, sacrificaron y comieron los de México; pues de la ciudad no se pudiera salir, cuanto más de una misma casa. Cortés dice que se lo requirieron. Llamó Cortés a Juan de Guzmán, su camarero, para que abriese una sala donde tenía el oro, plata, joyas, piedras, plumas y mantas ricas, para que delante de los alcaldes y regidores tomasen el quinto del rey sus tesoreros y oficiales, y les dio una yegua suya y hombres que lo llevasen y guardasen; dijo asimismo que cada uno cogiese lo que quisiese o pudiese del tesoro, que él se lo daba. Los de Narváez, hambrientos de aquello, cargaron de cuanto pudieron; mas caro les costó, porque a la salida, con la carga, no podían pelear ni andar, y así los indios mataron a muchos de ellos, los arrastraron y comieron. También los de a caballo llevaron de ello a las ancas; y en fin, todos llevaron algo, pues había más de setecientos mil ducados, sino que, como estaban en joyas y piezas grandes, hacían gran volumen. El que menos tomó libró mejor, pues fue sin embarazo y se salvó; y aunque algunos digan que se quedó allí mucha cantidad de oro y cosas, creo que no, porque los tlaxcaltecas y los otros indios dieron saco y lo cogieron todo. Encargó Cortés a algunos españoles que llevasen a recaudo a un hijo y dos hijas de Moctezuma, a Cacama, y a otro hermano suyo y otros muchos grandes señores que tenían presos. Mandó a otros cuarenta que llevasen el pontón y a los indios amigos la artillería y un poco de centli que había; puso delante a Gonzalo de Sandoval y a Antonio de Quiñones; dio la retaguardia a Pedro de Albarado, y él acudía a todas partes con cien españoles. Y así, en este orden, salieron de casa a medianoche en punto, y con gran niebla y muy callandito para no ser sentidos, y encomendándose a Dios para que los sacase con vida de aquel peligro y de la ciudad. Echó Cortés por la calzada de Tlacopan, por la que habían entrado, y todos le siguieron; pasaron el primer ojo con el puente artificial que llevaban. Los centinelas de los enemigos y los guardas del templo y ciudad sonaron entonces sus caracolas y dieron voces que se iban los cristianos; y en un salto, como no tienen armas ni vestidos que echar encima y los impidan, salió toda la gente tras ellos con los mayores gritos del mundo, diciendo: "¡Mueran los malos, muera quien tanto mal nos ha hecho!". Y así, cuando Cortés llegó a echar el pontón sobre el segundo ojo de la calzada, llegaron muchos indios que se lo impedían peleando; pero, al fin, hizo tanto que lo echó y pasó con cinco de a caballo y cien peones españoles, y con ellos aguijó hasta la tierra, pasando a nado los canales y quebradas de la calzada, pues su puente de madera ya estaba perdido. Dejó los peones en tierra con Juan Jaramillo, y volvió con los cinco de a caballo a por los demás y a meterles prisa para que caminasen; pero cuando llegó a ellos, aunque algunos peleaban intensamente, halló muchos muertos. Perdió el oro, el fardaje, los tiros y los prisioneros; y en fin, no halló hombre con hombre ni cosa con cosa de como lo dejó y sacó del real. Recogió a los que pudo, los echó delante, siguió tras ellos y dejó a Pedro de Albarado para animar y recoger a los que quedaban; mas Albarado, no pudiendo resistir ni sufrir la carga que los enemigos daban, y mirando la mortandad de sus compañeros, vio que no podía él escapar si atendía, y siguió tras Cortés con la lanza en la mano, pasando sobre españoles muertos y caídos, y oyendo muchas lástimas. Llegó al último puente y saltó al otro lado sobre la lanza. De este salto quedaron los indios espantados, y hasta los españoles, pues era grandísimo, y otros no pudieron hacerlo, aunque lo probaron, y se ahogaron. Cortés, entonces, se paró, y hasta se sentó, y no a descansar, sino a hacer duelo sobre los muertos y los que quedaban vivos, y pensar y decir el golpe que la fortuna le daba con perder tantos amigos, tanto tesoro, tanto mando, tan grande ciudad y reino; y no solamente lloraba la desventura presente, sino que temía la venidera, por estar todos heridos, por no saber adónde ir, y por no tener segura la guarida y amistad en Tlaxcallan; y ¿quién no llorara viendo la muerte y estrago de aquellos que con tanto triunfo, pompa y regocijo habían entrado? Empero, para que no acabasen de perecer allí los que quedaban, caminando y peleando llegó a Tlacopan, que está en la tierra, fuera ya de la calzada. Murieron en el desconcierto de esta triste noche, que fue el 10 de julio del año 20 sobre 1500, cuatrocientos cincuenta españoles, cuatro mil indios amigos, cuarenta y seis caballos, y creo que todos los prisioneros. Quién dice más, quién menos; pero esto es lo más cierto. Si esto hubiese sido de día, quizá no murieran tantos ni hubiera tanto ruido; mas como pasó en noche oscura y con niebla, fue de muchos gritos, llantos, alaridos y espanto; pues los indios, como vencedores, voceaban victoria, invocaban sus dioses, ultrajaban a los caídos y mataban a los que en pie se defendían. Los nuestros, como vencidos, maldecían su desastrada suerte, la hora y quien allí los llevó. Unos clamaban a Dios, otros a Santa Maria, otros decían: "Ayuda, ayuda, que me ahogo". No se sabría decir si murieron tantos en agua como en tierra, por querer echarse a nado o saltar las quebradas y ojos de la calzada, y porque los arrojaban a ella los indios, no pudiendo vencerlos de otra manera. Y dicen que al caer el español en el agua, era con él el indio, y como nadan bien, los llevaban a las barcas y a donde querían, o los desbarrigaban. También andaban muchas calles a raíz de la calzada, peleando, y, como tiraban a bulto, daban a todos, aunque algo divisaban el vestido de los suyos, que parecían encamisados, y eran tantos los de la calzada, que se derribaban unos a otros al agua y a la tierra; y así, ellos se hicieron a sí mismos más daño que los nuestros, y si no se hubiesen detenido en despojar a los españoles caídos, pocos o ninguno dejaran vivos. De los nuestros tanto más morían cuanto más cargados iban de ropa, oro y joyas, pues no se salvaron más que los que menos oro llevaban y los que fueron delante o sin miedo; de manera que los mató el oro y murieron ricos. Cuando acabaron de pasar la calzada no siguieron los indios a nuestros españoles, o porque se contentaron con lo hecho, o porque no se atrevieron a pelear en lugar anchuroso, por ponerse a llorar a los hijos de Moctezuma, que hasta entonces nunca los habían conocido ni sabido que fuesen muertos. Grandes llantos y lamentaciones hicieron sobre ellos, mesándose la cabellera por haberlos matado ellos.
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Cómo llegó Cortés a Noco Embarcó Cortés así que llegó a cuantos españoles estaban allí, tanto suyos como de Gil González, y se fue a la bahía de San Andrés, donde ya le esperaban los suyos que enviara a Noco. Estuvo allí veinte días, y por ser buen puerto, y hallarse alguna muestra de oro en aquella comarca y ríos, pobló un lugar con cincuenta españoles, entre los cuales había veinte de a caballo. Le llamó Natividad de Nuestra Señora. Hizo cabildo e iglesia. Dejó clérigo y aparejo para decir misa, y unos tirillos de artillería, y se fue al puerto de Honduras, que por otro nombre se dice Trujillo, en sus naos, y envió por tierra, que había buen camino, aunque algunos ríos de pasar, veinte de a caballo y diez ballesteros. Estuvo nueve días en el mar, por algunos contratiempos que tuvo. Llegó en fin allá, y en peso le sacaron del batel los españoles de allí, que se metieron en agua mostrando mucha alegría. Fue luego a la iglesia a dar gracias a Dios, que le había traído a donde deseaba, y dentro de ella le dieron muy larga cuenta de todas las cosas que habían pasado Gil González de Ávila y Francisco Hernández, Cristóbal de Olid, Francisco de las Casas y el bachiller Moreno, según ya tengo relatado. Le pidieron perdón por haber seguido algún tiempo a Cristóbal de Olid, no pudiendo hacer más, y le rogaron los remediase, pues estaban perdidos. Él los perdonó, y restituyó los oficios a los que primero los tenían, y nombró de nuevo los otros, y comenzó a edificar casas; y a los dos días de llegar, envió un español de aquéllos, que entendía la lengua, y dos mexicanos, a unos pueblos a siete leguas de allí, que se llaman Chapaxina y Papaica, y que son cabezas de provincias, a decirles que el capitán Cortés, que estaba en México Tenuchtitlan, había venido allí. Oyeron aquellos pueblos la embajada con atención, y enviaron algunos hombres con el español, a saber más por entero si era así verdad. Cortés los recibió muy bien, y les dio cosillas de rescate. Les habló con Marina, rogándoles mucho que viniesen sus señores a verle, pues lo deseaba en gran manera; y que no iba allá, para que no huyesen. Aquellos mensajeros se alegraron mucho de hablar con Marina, porque su lengua y la mexicana no difieren mucho, excepto en la pronunciación; y prometieron a Cortés de hacer lo posible, y se fueron. De allí a cinco días vinieron dos personas principales. Trajeron aves, frutas, maíz y otras cosas de comer; y dijeron al capitán que tomase aquello de parte de sus señores, y les dijese lo que quería de ellos o buscaba por aquella tierra, y que no venían ellos a verle, porque tenían temor de que se los llevasen los navíos, como habían hecho otros poco tiempo antes, que, según se supo, eran el bachiller Moreno y Juan Ruano. Cortés respondió que no era su venida para mal, sino para mucho bien y provecho de la tierra y de la gente, si le escuchaban y creían; y a castigar a los que hurtaban hombres, y que él trabajaría para recobrar aquellos vecinos suyos y restituirlos; y que no tuviesen miedo de venir ante él los señores, y sabrían muy por entero lo que buscaba; porque no se lo sabrían decir ellos, aunque lo oyesen; y que solamente les dijesen que venían para la conservación de sus personas y haciendas, y para la salvación de sus almas. Con tanto, los despidió, y rogó le trajesen gastadores para talar un monte. No tardaron en venir muchos hombres de más de quince pueblos, señoríos por sí, con bastimentos, y a trabajar donde les mandase. En este tiempo despachó Cortés cuatro navíos; tres que él traía, y un carabelón de los que arriba nombramos. Con uno envió a la Nueva España a los enfermos, escribió a México y a todos los concejos su viaje, y cómo cumplía al servicio del Emperador detenerse por aquellas partes algunos días. Les encargo mucho el gobierno y quietud de todos. Mandó a Juan de Ávalos, su primo, que iba como capitán de aquel navío, que tomase de camino sesenta españoles que estaban en Acuzamil, que dejó allí aislados un tal Valenzuela cuando robó el Triunfo de la Cruz, que fundó Cristóbal de Olid. Este navío recogió a los españoles de Acuzamil, y dio al través en Cuba, en la punta que llaman de San Antón. Se ahogaron Juan de Ávalos, dos frailes franciscanos y más de otras treinta personas. De los que escaparon la fortuna y se metieron tierra adentro, no quedaron vivos más que quince, que aportaron en Cuaniguanico, y éstos comiendo hierba. De suerte que murieron ochenta españoles, sin contar algunos indios, en este viaje. Al bergantín lo envió a la isla Española con cartas para los oidores, sobre su venida allí y sobre lo de Cristóbal de Olid, y para que mandase al bachiller Moreno devolver los indios que se llevó como esclavos de Papaica y Chapaxina. Los demás los envió a Jamaica y a la Trinidad de Cuba por carne, ropa y pan; pero tampoco tuvieron buen viaje, aunque no se perdieron.
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Cómo los de Cempoallan derrocaron sus ídolos por amonestación de Cortés No veía Cortés llegar la hora de estar con Moctezuma. Publicó su Partida; sacó del cuerpo del ejército ciento cincuenta españoles, que le parecieron bastaban para vecindad y guarda de aquella villa y fortaleza, que ya estaba casi acabada. Les dio por capitán a Pedro de Hircio, y los dejó en ella con dos caballos y otros dos mosquetes, y con muchos indios que los sirviesen, y con cincuenta pueblos a la redonda, amigos y aliados, de los cuales podían sacar cincuenta mil combatientes y más, siempre que algo les sucediese y los necesitasen; y él se fue con los demás españoles a Cempoallan, que está a cuatro leguas de allí, donde apenas había llegado, cuando le fueron a decir que andaban por la costa cuatro navíos de Francisco de Garay. Volvióse entonces, con aquellas noticias, con los españoles a Veracruz, sospechando mal de aquellos navíos. Cuando llegó, supo que Pedro de Hircio había ido a ellos a informarse quiénes eran y qué querían, y a convidarlos a su pueblo por si algo necesitaban. Supo asimismo que estaban surtos tres leguas de allí, y fue allá con Pedro de Hircio y con una escuadra de su compañía, a ver si alguno de aquellos navíos salía a tierra para tomar lengua, e informarse de qué buscaban, temiendo mal de ellos, pues no habían querido surgir allí cerca ni entrar en el puerto y lugar, pues los convidaban a ello. Y cuando habían andado hasta una legua, encontró a tres españoles de los navíos, de los cuales uno dijo ser escribano, y los otros dos testigos, que venían a notificarle algunas escrituras que no mostraron, y a hacerle requerimiento que partiese con el capitán Garay, de aquella tierra, echando mojones por parte conveniente, por cuanto pretendía también él aquella conquista como primer descubridor, y porque quería asentar y poblar en aquella costa, a veinte leguas de allí, hacia poniente, cerca de Nahutlan, que ahora se llama Almería. Cortés les dijo que volviesen primero a los navíos, a decir a su capitán que se viniese a Veracruz con su armada, y que allí hablarían, y se sabría de qué manera venía; y si traía alguna necesidad, que se la remediarían como mejor pudiesen; y si venía, como ellos decían, en servicio del Rey, que no deseaba él cosa mejor que guiar y favorecer a los semejantes, pues estaba allí por su alteza y eran todos españoles. Ellos respondieron que de ninguna manera el capitán Garay ni hombre de los suyos saldría a tierra ni vendría donde estaba. Cortés, viendo la respuesta, entendió el negocio. Los prendió y se puso tras un médano de arena alto, y frontero de las naos, ya que casi era de noche, donde cenó y durmió, y estuvo hasta bien tarde del día siguiente, esperando si el tal Garay o algún piloto, o cualquiera otra persona, saltaría a tierra, para cogerlos e informarse de lo que habían navegado, y del daño que habían hecho, que por lo uno los enviara presos a España, y por lo otro supiera si habían hablado con gente de Moctezuma. Comprendiendo, al fin, que se recelaban mucho, creyó que por algún mal recaudo o despacho; hizo a tres de los suyos que cambiasen vestidos con aquellos mensajeros, y que llegasen a la lengua del agua, llamando y capeando a los de las naos; de las cuales, o porque conocieron los vestidos, o porque los llamaban, vinieron hasta una docena de hombres en un esquife con ballestas y escopetas. Los de Cortés, que tenían los vestidos ajenos, se apartaron a unas matas como para ponerse a la sombra, pues hacía mucho sol y era mediodía, para no ser conocidos, y los del esquife echaron en tierra dos escopeteros, dos ballesteros y un indio, los cuales caminaron recto hacia las matas, pensando que los que estaban debajo eran sus compañeros. Arremetió entonces Cortés con otros muchos, y los cogieron antes de que pudiesen meterse en el barco, aunque también se quisieron defender; y uno de ellos, que era piloto y llevaba escopeta, encaró al capitán Hircio, y si hubiese llevado buena mecha y pólvora le hubiera matado. Cuando los de las naves vieron el engaño y burla, no aguardaron más, y se dieron a la vela antes de que su esquife llegase. Por estos siete que hubo a las manos se informó Cortés de cómo Garay había corrido mucha costa en busca de la Florida, y tocado en un río y tierra, cuyo rey se llamaba Pánuco, donde vieron oro, aunque poco, y que sin salir de las naves habían rescatado hasta tres mil pesos de oro, y obtenido mucha comida a cambio de cosillas de rescate; pero que nada de lo andado ni visto había contentado a Francisco de Garay, por descubrir poco oro y no bueno. Volvióse Cortés sin otra relación ni recaudo a Cempoallan con los mismos cien españoles que trajera, y antes de salir de allí acabó con los de la ciudad que derribasen los ídolos y sepulcros de los caciques, que también reverenciaban como a dioses, y adorasen al Dios del Cielo y la cruz que les dejaba, e hizo amistad y confederación con ellos y con otros lugares vecinos, contra Moctezuma, y ellos le dieron rehenes para que estuviesen más cierto y seguro que le serían siempre leales y no faltarían a la fe y palabra dada, y que abastecerían a los españoles que dejaba de guarnición en Veracruz, y le ofrecieron cuanta gente mandase de guerra y servicio. Cortés tomó los rehenes, que fueron muchos, mas los principales eran Mamexi, Teuch y Tamalli, y para servicio al ejército de agua y leña y para carga pidió mil tamemes. Tamemes son bastajes, hombres de carga y recua, que cargan con dos arrobas de peso por dondequiera que los llevan. Éstos tiraban de la artillería y llevaban el hato y comida.
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Cómo los de Chololla trataron de matar a los españoles Pasó la noche Cortés muy sobre aviso y a recaudo, porque por el camino y en el pueblo hallaron algunas señales de lo que en Tlaxcallan le dijeran; y más que, aunque la primera noche les proveyeron a gallina por barba, los otros tres días siguientes no les dieron casi nada de comida, y muy pocas veces venían aquellos capitanes a ver a los españoles, lo que le daba mala espina. Durante aquel tiempo le buscaron no sé cuántas veces aquellos embajadores de Moctezuma para estorbarle la ida a México; unas veces diciendo que no fuese allí, que el gran señor se moriría de miedo si le viese; otras, que no había camino para ir; otras, que a qué iba, pues no tenía de qué mantenerse; y aún también, como viesen que a todo esto les satisfacía con buenas palabras y razones, echáronle de manga a los del pueblo, que le dijesen cómo donde Moctezuma estaba había lagartos, tigres, leones y otras muy bravas fieras. Que siempre que el señor las soltase, bastaban para despedazar y comerse a los españoles, que eran poquitos. Y viendo que esto tampoco aprovechaba nada contra él, tramaron con los capitanes y principales de matar a los cristianos. Y para que lo hiciesen les prometieron grandes partidos por Moctezuma. Y dieron al capitán general un tambor de oro, y que traería los treinta mil soldados que estaban a dos leguas. Los cholollanos prometieron atarlos y entregárselos. Pero no consintieron que entrasen aquellos soldados de Culúa en su pueblo, temiendo que con aquel pretexto no se alzasen contra él, que solía ser maña de mexicanos; y dicen que pensaban matar dos pájaros de un tiro, pues tenían creído coger durmiendo a los españoles y quedarse con Chololla; y que si no pudiesen atarlos dentro de la ciudad, que los llevasen por otro camino, que no fuese el real para México, sobre la mano izquierda; en el cual había muchos malos pasos, que se hacían en él por ser tierra arenisca, y que tenía tal barranco comido de las aguas, que era de veinte, treinta y aun más estados de profundidad; y que allí los atajarían y llevarían atados a Moctezuma. Concluido, pues, el acuerdo, comenzaron a alzar el hato, y sacar fuera a la sierra los hijos y las mujeres. Estando ya los nuestros para marcharse de allí, por el ruin tratamiento que les daban y mal talante que les mostraban, sucedió que la mujer de un principal, que por ser piadosa, o por parecerle bien aquellos barbudos, dijo a Marina de Viluta, que se quedase allí con ella, que la quería mucho, y sentiría que la matasen con sus amos. Ella disimuló la mala nueva, y le saco quien y cómo la tramaban. Corrió luego a buscar a jerónimo de Aguilar, y juntos se lo dijeron a Cortés. Él no se durmió, sino que rápidamente hizo coger a un par de vecinos, que, examinados, le confesaron la verdad de lo que pasaba, como aquella señora dijera. Difirió por esto la partida dos días para enfriar el negocio y para desviar a los de allí de aquel mal propósito, o castigarlos. Llamó a los que gobernaban, y les dijo que no estaba satisfecho de ellos; y les rogó que ni le mintiesen ni anduviesen con él en mañas, pues sentiría esto mucho más que si le desafiasen para batalla, porque de hombres de bien era pelear y no mentir. Ellos respondieron que eran sus amigos y servidores, y que lo serían siempre; y que ni le mentían ni mentirían, sino que antes bien les dijese cuándo quería partir, para irle a servir y acompañar armados. Él les dijo que al día siguiente, y que no quería más que algunos esclavos para llevar el fardaje, pues ya venían cansados sus tamemes, y alguna cosa de comer. De esto último se sonreían, diciendo entre dientes: "¿Para qué quieren comer éstos, pues pronto los tienen que comer a ellos cocidos en ají, y si Moctezuma no se enojase, que los quiere para su plato, aquí los habríamos comido ya?".
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Cómo los de Potonchan rompieron sus ídolos y adoraron la cruz Tras esta relación vio Cortés que aquélla no era tierra para españoles, ni le interesaba asentar allí, no habiendo oro ni plata ni otra riqueza; y así, propuso pasar adelante para descubrir mejor dónde estaba aquella tierra hacia poniente que tenía oro. Pero antes les dijo que el señor en cuyo nombre iban él y aquellos compañeros suyos, era rey de España, emperador de cristianos, y el mayor príncipe del mundo, a quien más reinos y provincias servían y obedecían vasallos, que a otro, y cuyo mando y gobernación de justicia era de Dios, justo, santo, pacífico, suave y a quien le pertenecía la monarquía del universo; por lo cual ellos debían darse como vasallos y conocidos suyos; y que si lo hacían así, les vendrían muchos y muy grandes provechos de leyes, policía y costumbres. Y en cuanto a lo que tocaba a la religión, les dijo la ceguedad y vanidad grandísima que tenían en adorar muchos dioses, en hacerles sacrificios de sangre humana, en pensar que aquellas estatuas les hacían el bien o mal que les venía, siendo mudas, sin alma, y hechas con sus mismas manos. Les dio a entender un Dios, creador del cielo y de la tierra y de los hombres, que los cristianos adoraban y servían, y que todo lo debían adorar y servir. En fin, tanto les predicó, que rompieron sus ídolos y recibieron la cruz, habiéndoles declarado primero los grandes misterios que en ella hizo y pasó el Hijo del mismo Dios. Y así, con gran devoción y concurso de indios, y con muchas lágrimas de españoles, se puso una cruz en el templo mayor de Potonchan, y de rodillas la besaron y adoraron los nuestros primero, y tras ellos los indios. Los despidió después, y se fueron todos a comer. Les rogó Cortés que viniesen dentro de dos días a ver la fiesta de ramos. Ellos, como hombres religiosos, y que podían venir con toda seguridad, no sólo vinieron los vecinos, sino hasta los comarcanos del lugar, en tanta multitud, que causó admiración de dónde tan pronto se pudo juntar allí tantos miles de hombres y mujeres, los cuales todos juntos prestaron obediencia y vasallaje al rey de España en manos de Hernán Cortés, y se declararon como amigos de los españoles. Y esos fueron los primeros vasallos que el Emperador tuvo en la Nueva España. Así que fue hora el domingo, mandó Cortés cortar muchos ramos y ponerlos en un montón, como en mesa, mas en el campo, por la mucha gente, y decir el Oficio con los mejores ornamentos que había, al cual se hallaron los indios, y estuvieron atentos a las ceremonias y pompa con que se anduvo la procesión, y se celebró la misa y fiesta, con lo que los indios quedaron contentos, y los nuestros se embarcaron con los ramos en las manos. No menor alabanza mereció en esto Cortés que en la victoria, porque en todo se portó cuerda y esforzadamente. Dejó a aquellos indios a su devoción, y al pueblo libre y sin daño. No tomó esclavos ni saqueo, ni tampoco rescató, aunque estuvo allí más de veinte días. Al pueblo lo llaman los vecinos Potonchan, que quiere decir lugar que huele mal, y los nuestros la Victoria. El señor se llamaba Tabasco, y por eso le pusieron de nombre los primeros españoles al río, el río de Tabasco, y Juan de Grijalva le nombró como él, por lo que no se perderá su apellido ni recuerdo con esto tan pronto, y así habían de hacer los que descubren y pueblan, perpetuar sus nombres. Es gran pueblo, mas no tiene veinticinco mil casas, como algunos dicen; aunque, como cada casa está por sí como isla, parece más de lo que es. Son las casas grandes, buenas, de cal y ladrillo o piedra; otras hay de adobes y palos, pero el tejado es de paja o lancha. La vivienda está en alto, por la niebla y humedad del río. Por el fuego tienen apartadas las casas. Mejores edificios tienen fuera que dentro del lugar, para su recreo. Son morenos, andan casi desnudos, y comen carne humana de la sacrificada. Las armas que tienen son arco, flecha, honda, vara y lanza. Las otras con que se defienden son rodelas, cascos y unos como especie de escarcelones: todo esto de palo o corteza, y alguno de oro, pero muy delgado. Llevan también cierta especie de corazas, que son unos listones estofados de algodón, revueltos a lo hueco del cuerpo.