Desde el punto de vista del evolucionismo cultural, civilización es el estadio máximo de la cultura, superior al salvajismo y la barbarie. Dichas etapas fueron postuladas en el siglo XIX por L.H. Morgan en su libro Ancient Society, recogiendo los esquemas evolucionistas del siglo XVI, fases que procedió a subdividir y completar con referencias etnográficas. Para Morgan, civilización se corresponde con el inicio de la escritura, el surgimiento del gobierno civil y la aparición de la familia monógama. Otros autores completan la relación con el surgimiento de la vida urbana.
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La economía española durante el período de los Austrias Mayores respondió plenamente al tipo económico preindustrial. La mayor parte de la población se dedicaba a las labores agrarias y la demanda de alimentos constituía el primero de los gastos para la mayoría. Se ha hablado de una civilización del pan, que animó a dedicar las tierras preferentemente al cultivo de cereales panificables ("tierras de pan llevar", trigo, centeno, cebada, avena, panizo) y en la cual el abasto de pan fue una preocupación constante. Aunque también el viñedo es un cultivo en expansión, el proceso de nuevas roturaciones que resulta característico del XVI hispánico se hizo bajo el signo del cerealismo y logró dar respuesta a la demanda creciente de una población en expansión, la cual, a su vez, pudo incrementarse gracias a que había nuevas tierras que se ponían en cultivo en las comunidades de villazgo. Se roturaron tierras que habían sido abandonadas tiempo atrás, pero también otras que nunca habían sido puestas en cultivo. De esta manera, se produjeron muchos rompimientos de montes y dehesas, sobre todo de bienes de propios y comunes, así como de baldíos reales, lo que vino en detrimento del número y la calidad de los animales dedicados a la labranza. Se asistió así, por ejemplo, a una sustitución paulatina del tradicional trabajo con bueyes por el recurso a pares de bestias mulares, mucho menos exigentes en cuanto a su alimentación, pero, también, menos capaces de hacer los profundos surcos que permiten oxigenarse convenientemente a los suelos. Las tierras también se cansaron, como se decía, porque el ritmo de continuas cosechas hizo que se modificara la rotación de cultivos, bienal (año y vez, pan y barbecho) o trienal (pan, rastrojeras en las que pasta ganado y barbecho). De la conjunción de un utillaje rudimentario con tierras mal abonadas resultó una agricultura extensiva cuya productividad era muy baja, estaba sometida a rendimientos cada vez menores y por tanto, exigía una mano de obra numerosísima. Todo esto en un período caracterizado por una dependencia absoluta del medio, las plagas y el azote periódico (10, 15, 20 años) de las llamadas crisis agrarias de tipo antiguo, que provocaban un gran descenso en el producto o la entera pérdida de las cosechas y el incremento automático de los precios. La amenaza de las hambrunas era, por tanto, permanente, así como omnipresente la de las carestías. Ya en condiciones normales, el peligro de desabastecimiento era cierto. En consecuencia, tanto las autoridades concejiles como las reales recurrieron a una serie de expedientes que intentaban alejarlo o disminuir sus efectos. En mayo de 1589, Felipe II, alarmado por "lo que estos días he visto de los campos", escribía al Presidente del Consejo de Castilla sobre ciertas medidas para prevenir los efectos de las malas cosechas que se temían: "Mírese si sería bien escribir a todos los partidos que miren cómo va lo del año en ellos y qué trigo, cebada y paja hay de los del año pasado y cómo está lo de los pósitos, así en grano como en dinero, y qué ganados hay, para que entendiendo bien todo lo que hubiere se trate de ordenar cómo se ayuden las unas partes a las otras y del modo de proveer de fuera lo que se pueda y pareciendo bien se escriba luego encargando esta diligencia a los corregidores para sus distritos y a los señores de vasallos para los suyos y poder más decir de consejo, que previniendo a esto ha días que mandé escribir a Sicilia con un correo yente y viniente para saber lo que allí hay y lo que se podría proveer por aquella vía". En su carta al Conde de Barajas, donde se reserva a los corregidores y a los señores de vasallos un importante papel, Felipe II menciona dos de los medios a que se recurrió para evitar la escasez y la carestía del pan. De un lado, cita los pósítos locales, en los que se almacenaba grano de un año a otro y que también disponían de rentas para su compra. De otro, señala la posibilidad de importar cereal, aludiendo a que ya ha escrito a Sicilia, verdadero granero del Mediterráneo que suministró el llamado "pan del mar" a muchos puntos de la Monarquía. También se importaba el grano que, procedente de las llanuras al este del Elba, salía al Atlántico por los pasos del Sund. Otro medio con el que se pretendía garantizar el abasto y prevenir la carestía era la tasa del pan. La tasa era el precio máximo al que, por real pragmática, se podía vender un producto y se imponía para garantizar el abastecimiento de las ciudades, donde los motines de subsistencias no tardaban en estallar. Dado que el pan era el alimento más demandado, siempre estaba sujeto a venta tasada, lo que repercutía enormemente sobre las haciendas agrarias, que, además, ya soportaban el peso de los diezmos. La venta a la tasa constituía un grave inconveniente para la producción cerealística, y su imposición fue protestada por los agricultores. Por ejemplo, en 1567, hubo que rectificar al alza el precio en el que se había tasado la fanega de cebada nueve años atrás, porque se había dejado de sembrarla "por ser el precio tan bajo que no se allega al gasto que los labradores hacen". El respeto a la tasa era obligatorio y las ventas a un precio superior al estipulado eran perseguidas judicialmente. Sin embargo, de hecho, se vendía pan por encima de la tasa, aunque sólo lo hacen aquéllos que podían esperar para sacar sus productos al mercado cuando todos los demás habían vendido y el grano empezaba a escasear. Ese tipo de rentable agricultura especulativa sólo se lo podían permitir los grandes productores o los grandes arrendatarios, pero no los pequeños propietarios que tenían que vender pronto y debían hacerlo a la tasa. Las grandes propiedades rurales corresponden a los señores de vasallos, civiles o eclesiásticos, que cultivan directamente la parte dominical de sus estados, dejando el resto en manos de colonos y arrendatarios. También la nobleza urbana (caballeros, por ejemplo) fue propietaria de algunas tierras en los términos locales. Con el nombre de labradores se conocía a los pequeños propietarios rurales que cultivaban algunas parcelas de su propiedad (los labradores villanos ricos), pero que, por lo general, tenían que tomar otras en arriendo, pudiendo ser, incluso, todas. Los jornaleros, por último, no disponían de animales y utillaje como los labradores y se contrataban para realizar distintas labores agrarias (segar, vendimiar, etc.). En la economía del campesino ocupan un lugar central los bienes de propios y comunes, así como las tierras baldías, que están abiertos, con ciertas condiciones, a su aprovechamiento. Sobre aquéllos pesó el abuso de las oligarquías locales, sobre éstas la necesidad de la Hacienda Real, que obligó a vender una buena parte de ellas durante el reinado de Felipe II. El pastoreo y la ganadería (crianza) constituían un necesario complemento de la labranza en las explotaciones agrarias.
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En la zona noroccidental del subcontinente indio, entre las actuales India y Pakistán, se desarrolló a partir del III milenio a.C., en torno a los cinco afluentes del río Indo, una de las primeras civilizaciones del mundo. Esta cultura, llamada del valle del Indo, se dispersaba a lo largo de 1500 km por la frontera con Pakistán y en los actuales estados indios de Gujarat, Rajasthan, Haryana y Pundjab Actualmente se han localizado más de cuarenta yacimientos arqueológicos, como los de Lothal, Chanhu-Daro, Kalibalgan o Rupar. Pero sus centros más importantes son Mohen-jo Daro y Harappa, que también da nombre a esta civilización. Las excavaciones de la monumental Mohen-jo Daro han sacado a la luz una ciudad con un alto desarrollo urbanístico, así como numerosas piezas de artesanía, con las que sin duda debió comerciar con la vecina Sumeria.
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La historia de la antigua Grecia se desarrolla en un escenario de difícil definición, porque no se trata de una nación en el sentido moderno del término, que tenga, en consecuencia, unas fronteras bien definidas, y porque, además, ni siquiera poseyó siempre una unidad étnica delimitada, ni en aspectos materiales que pudieran determinarse de modo preciso, ni en aspectos subjetivos, pues la conciencia del pueblo griego como tal fue también un resultado del mismo proceso histórico. En esta misma línea, puede decirse que, en cada período, los escenarios varían de acuerdo con movimientos expansivos u ocupaciones exteriores, de tal modo que uno de los rasgos para marcar una periodización ajustada podría consistir en señalar los territorios ocupados por griegos de manera sucesiva. De ese modo, el contenido de este momento histórico resulta en el aspecto geográfico más ambiguo que ninguno, pues se trata precisamente de indicar la formación de Grecia, la presencia de los griegos en el territorio al que darán nombre y la formación del pueblo griego propiamente dicho. La cuestión en sí se encuentra rodeada de problemas.
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Un nuevo mundo, que puede encuadrarse tanto en la historia de Grecia como en la historia de Oriente, se abre con la muerte de Alejandro, efecto de la influencia de todos los factores que llevaron a su propio protagonismo e hicieron de él el eje de los cambios y el teórico responsable de toda la historia de la época, imitado y rechazado. El nuevo mundo, imaginado como creación de Alejandro, interpretado como resultado de factores múltiples, es el ejemplo de una unidad sólo comprensible en su más variada complejidad, entre oriente y occidente, entre el clasicismo griego y la romanidad del Mediterráneo, entre la ciudad estado y el poder personal, donde lo más característico sería su naturaleza sintética. La síntesis se lleva a cabo entre lo griego y lo oriental, pero en lo griego se ha encontrado ya la ciudad con los pueblos periféricos, macedonios, etolios, epirotas, y en Oriente los estados despóticos, con palacios, templos y poblaciones sometidas a dependencias colectivas se encuentran con pueblos nómadas, libres. La unidad sólo se entiende como síntesis de la diversidad y la contradicción. Las complejidades se resolverán en el imperio romano, donde el poder personal se erige en único sistema de control de ciudades y pueblos, donde las estructuras mercantiles, heredadas de la ciudad, aunque superadoras de la misma, encuadran en su propio sistema de realidades sociales de la parte oriental.
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En palabras de Sourdel "la civilización islámica se ha elaborado a partir de datos religiosos y jurídicos explicitados progresivamente en un cuadro material variable... sometida, como cualquier otra, a progresos y decadencias". La singularidad religiosa define sus principales aspectos pero muchos de éstos no son nuevos sino fruto de múltiples herencias porque el Islam, escribe F. Braudel, creció "sobre el humus de la civilización abigarrada y dinámica que le ha precedido en el Medio Oriente... quizá la más antigua encrucijada de hombres y de pueblos que haya existido en el mundo". De todos modos, parece evidente que la dimensión religiosa organizaba aquella herencia en un ámbito histórico nuevo, complejo y múltiple, sin duda, pero común. Por eso, el conocimiento de la doctrina del Islam, de sus modificaciones, comentarios e influencias, y de los momentos e intensidades de conversión al Islam en cada territorio, hecho que parece haber culminado en el siglo X, son aspectos indispensables para comprender mejor los acontecimientos políticos, y previos para el estudio de las demás cuestiones que se refieren a la civilización y las sociedades musulmanas de aquellos tiempos.