Hecha en Roma y firmada por un toreuta, de nombre Novios Plautios y de origen campano quizá, fue hallada en una tumba de la necrópolis de Palestrina en 1738. Destinada a guardar objetos de tocador como otras muchas cistas existentes, aunque ninguna tan célebre como ella. Los pies, los apliques y los grabados de las paredes pertenecen todos a un mismo artista y a su taller; pero las tres estatuillas que coronan la tapa son de una autoría distinta y menos relevante que la de Plautios.
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Pese a la importancia de la reforma de la Iglesia y de la Cristiandad iniciada por los cluniacenses, la Iglesia no fue capaz de escapar a los condicionamientos de la época, mantuvo una estructura feudal semejante a la de los laicos y conservó idéntica organización económica y social, por lo que monjes y eclesiásticos pueden ser asimilados por sus riquezas y formas de vida a los nobles. Contra esta situación se alzan numerosos reformadores que creen se debe llegar a un cambio total de las costumbres y exigen la vuelta de la Iglesia al ideal evangélico de la pobreza; dentro de esta corriente se inscribe la comunidad cisterciense creada en 1098 por Roberto de Molesmes y prontamente extendida por la Península. Son de fundación cisterciense monasterios como Fitero, La Oliva y Leire en Navarra, Poblet y Santes Creus en Cataluña, Piedra y Rueda en Aragón, Valbuena, Sacramenia, Bujedo y Sotosalbos en Castilla, Sandoval, Moreruela, Valparaiso y Carracedo en León, Sobrado, Melón y Osera en Galicia, Belmonte y Valdediós en AsturIas, Tarouca y Alcobaça en Portugal .... San Bernardo de Claraval, cisterciense, está en la base de la creación y organización de las Ordenes militares creadas para acoger y defender a los peregrinos que se dirigían a Tierra Santa y combatir a los musulmanes, objetivo que despierta temprano interés en la Península, donde Alfonso el Batallador de Aragón y Navarra crea cofradías como las de Zaragoza, Uncastillo, Monreal o Belchite, precedentes de las Ordenes que se crearán en la segunda mitad del siglo XII. Calatrava fue la primera de una larga serie que incluye a las de Santiago, Alcántara y Avis y órdenes menos conocidas como las de Montegaudio, Santa María de España o San Jorge de Alfama; la disolución del Temple dio lugar en 1319 a la creación de dos nuevas órdenes: la de Montesa en la Corona de Aragón y la de Cristo en Portugal, que heredaron los bienes de los templarios...Por los mismos años en que surge el Císter y con características semejantes se fundan en Francia órdenes como la de Fontevrault, la Cartuja o la de los Premostratenses; en Fontevrault tienen acogida preferente las mujeres, por lo que ha llegado a afirmarse que se crea la abadía para acoger a las viudas de la alta nobleza; en la Península pertenecieron a este grupo los monasterios de Nuestra Señora de las Nieves, junto a Mayorga, protegido por la infanta Sancha, hermana del emperador, o el monasterio de Nuestra Señora de la Paz, junto a Oviedo, fundado por Guntroda Pérez, madre de una de las hijas de Alfonso VII. Los cartujos tienen sus primeras casas peninsulares en Scala Dei -1167-, entre Tarragona y Poblet, y San Pol de Mar en Cataluña, Portaceli en Valencia -1272-; más tardíamente se fundan las cartujas de Santa María del Paular en Castilla, Valldemosa en Mallorca... La Orden premostratense tiene casas en Fuentesclaras o Retuerta, La Vid, Sancti Spiritus de Ávila, San Leonardo de Alba de Tormes, La Caridad de Ciudad Rodrigo, Santa María la Real de Aguilar de Campóo, Ibeas de Juarros en Burgos; Vallclara, cerca de Montsant, Bellpuig en la comarca de Balaguer, Santa María de Artá en Mallorca, Urdax en Navarra...Cistercienses, premostratenses, comunidad de Fontevrault y cartujos buscan la reforma de la Iglesia mediante el ejemplo personal, huyendo de los honores y riquezas -aunque sus herederos no siempre lo consigan- y viviendo en el más absoluto aislamiento; otros grupos de clérigos y laicos aspiran a reformar las costumbres mediante la predicación, intentando convencer no sólo con el ejemplo sino también con la palabra; su actitud choca con la jerarquía eclesiástica, que se resiste a abandonar el monopolio de la predicación-enseñanza en favor de los laicos, y que teme que los fieles contrasten la teoría evangélica de los predicadores con la práctica de los clérigos y se opongan a la jerarquía por cuanto ésta se identifica con la nobleza feudal en el campo y con el patriciado en las ciudades.Entre los predicadores laicos destacan Pedro Valdo y Francisco de Asís; el segundo se acomodaría a las exigencias de la jerarquía y su movimiento será incorporado, tras la adaptación correspondiente, al sistema eclesiástico; sus seguidores formarán la orden franciscana. Pedro Valdo se negaría a aceptar la injerencia eclesiástica y sus teorías serán condenadas como heréticas por la Iglesia, y para combatir doctrinalmente a los valdenses y a los cátaros -otro grupo herético surgido en el sur de Francia- fue creada en el siglo XIII por Domingo de Guzmán la orden de los dominicos; completan esta relación de órdenes surgidas durante este período las creadas a comienzos del siglo XIII para redimir cautivos (trinitarios y mercedarios) y las de origen eremítico (carmelitas y agustinos). Todos estos frailes, por estricta que sea la regla, viven en el mundo, en las ciudades, y desempeñan un papel fundamental en la centralización realizada por Roma en el siglo XIII, y en las Universidades. Numerosos conventos franciscanos atribuyen su fundación a Francisco de Asís, peregrino a Santiago en 1213-1214, pero no parece que el santo interviniera en la fundación de las casas de Vitoria, Pamplona, Sangüesa, Tudela, Tarazona, Lérida, Cervera, Barcelona, Burgos, León, Astorga... aunque muchos de estos conventos fueron creados en vida del fundador y ya en 1217 se menciona la provincia franciscana de España, que se dividiría en tres, dada la proliferación de conventos, en 1322. Similar difusión tuvieron los monasterios femeninos (clarisas) existentes prácticamente en todas las ciudades peninsulares. La orden de los frailes predicadores o dominicos se extendió rápidamente por la Península, donde en 1217 ya existía un convento en Madrid y poco después el fundador creaba personalmente los conventos de Segovia, Palencia, Zamora, Santiago y Zaragoza, a los que siguieron los de Barcelona, Valencia, Játiva, Palma de Mallorca, Salamanca, Tarragona, Gerona...Si en algún lugar podían surgir órdenes dedicadas a la redención de cautivos en poder de los musulmanes era en la Península, en las zonas costeras amenazadas por los piratas, y catalanes fueron el fundador de los trinitarios, San Juan de Mata, y el de los mercedarios, San Pedro Nolasco, cuyas casas hallamos repartidas por toda la geografía hispana, y no menor difusión, aunque algo más tardía, tuvieron los mendicantes agustinos y los carmelitas, cuyos conventos coexisten con los antiguos monasterios benedictinos, agrupados por disposición del concilio de Letrán de 1215 en provincias.
obra
De las escasas construcciones que conservamos del Bizancio del siglo V, destacan estas cisternas hoy llamadas Yerebatan Sarayi . Están formadas por 336 columnas de mármol, con un tipo de capiteles que serán muy comunes en el arte bizantino. Sobre ellas descansan una serie de bóvedas esféricas de clara influencia oriental .
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La citania del Monte Santa Tecla fue descubierta y comenzada a excavar en 1913. Debió ser un importante poblado minero pre-romano, teniendo además una excelente ubicación estratégica gracias a controlar la desembocadura del río Miño desde sus 200 metros de altura. El apogeo de esta población se prolongó hasta el siglo II de nuestra era, en que cayó en el olvido. El castro estaba fuertemente defendido por una muralla, fosos y torres. En el interior del recinto amurallado, sin apenas espacio entre ellas, se situaban las viviendas, perfectamente distribuidas ya que se han encontrado pequeñas calles y plazas. Se ha calculado que en su interior habitaría una media de 250 individuos. Las viviendas presentan distinta tipología que obedecen a la diferente función que tendría para los habitantes: vivienda, almacén, etc. La mayoría de las casas de los castros eran pequeñas y circulares. La parte baja de la construcción se realizaba a base de piedras irregulares de tamaño medio. Cubiertas de brezo o paja, en el interior de las viviendas se desarrollaba la vida cotidiana, en torno a un fuego central rodeado por bancos corridos. La citania de Santa Tecla fue declarada Monumento histórico-artístico en 1931.
obra
A mediados del siglo VIII a.C., en el noroeste de la Península Ibérica, se aprecia una transformación radical con la aparición de los primeros poblados de carácter estable, denominados castros o citanias, una forma de hábitat no exclusiva de esta zona pero que en ella alcanza su máxima expresión. El esplendor de la cultura castreña se sitúa ya en plena época de la dominación romana, siendo los ejemplos mejor conservados los castros de Coaña, en Asturias, y el de Santa Tecla, en Galicia. Estos nuevos poblados surgen de forma progresiva, imponiéndose como sistema dominante porque su emplazamiento controla los pasos estratégicos y permite el acceso a recursos naturales fácilmente explotables.Su forma de hábitat se caracteriza por núcleos de distinto tamaño, desde los más pequeños, de 23 por 20 m., hasta los mayores, de 391 por 280 metros. Se ha calculado que en su interior habitarían una media de 250 individuos.La citania del Monte Santa Tecla, descubierta y comenzada a excavar en 1913, debió ser un importante poblado minero pre-romano, teniendo además una excelente ubicación estratégica gracias a controlar la desembocadura del río Miño desde sus 200 metros de altura. El apogeo de esta población se prolongó hasta el siglo II de nuestra era, en que cayó en el olvido.Fuertemente defendida por una muralla, fosos y torres, en el interior del recinto amurallado, de forma desordenada y sin apenas espacio entre ellas, se situaban las viviendas. La mayoría de las casas de los castros eran pequeñas y circulares, mientras que otras, de planta cuadrada, podían tener hasta diez metros de longitud.Cubiertas de brezo o paja, en el interior de las viviendas se desarrollaba la vida cotidiana, en torno a un fuego central rodeado por bancos corridos. Al frente de los castros se hallaría un grupo privilegiado, que se beneficiaría de los bienes y objetos suntuarios procurados por actividades como la agricultura, la ganadería, la caza, el marisqueo o el comercio.
obra
La mayoría de las casas de los castros eran pequeñas y circulares, mientras que otras, de planta cuadrada, podían tener hasta diez metros de longitud. Cubiertas de brezo o paja, en el interior de las viviendas se desarrollaba la vida cotidiana, en torno a un fuego central rodeado por bancos corridos.
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A mediados del siglo VIII, en el noroeste de la Península Ibérica, se aprecia una transformación radical con la aparición de los primeros poblados de carácter estable, denominados castros o citanias, una forma de hábitat no exclusiva de esta zona pero que en ella alcanza su máxima expresión. El esplendor de la cultura castreña se sitúa ya en plena época de la dominación romana, siendo los ejemplos mejor conservados los castros de Coaña, en Asturias, y el de Santa Tecla, en Galicia. Estos nuevos poblados surgen de forma progresiva, imponiéndose como sistema dominante porque su emplazamiento controla los pasos estratégicos y permite el acceso a recursos naturales fácilmente explotables. Su forma de hábitat se caracteriza por núcleos de distinto tamaño, desde los más pequeños, de 23 por 20 m., hasta los mayores, de 391 por 280 metros. Se ha calculado que en su interior habitarían una media de 250 individuos. La citania del Monte Santa Tecla, descubierta y comenzada a excavar en 1913, debió ser un importante poblado minero pre-romano, teniendo además una excelente ubicación estratégica gracias a controlar la desembocadura del río Miño desde sus 200 metros de altura. El apogeo de esta población se prolongó hasta el siglo II de nuestra era, en que cayó en el olvido. Fuertemente defendida por una muralla, fosos y torres, en el interior del recinto amurallado, de forma desordenada y sin apenas espacio entre ellas, se situaban las viviendas. La mayoría de las casas de los castros eran pequeñas y circulares, mientras que otras, de planta cuadrada, podían tener hasta diez metros de longitud. Cubiertas de brezo o paja, en el interior de las viviendas se desarrollaba la vida cotidiana, en torno a un fuego central rodeado por bancos corridos. Al frente de los castros se hallaría un grupo privilegiado, que se beneficiaría de los bienes y objetos suntuarios procurados por actividades como la agricultura, la ganadería, la caza, el marisqueo o el comercio.
monumento
El poblado de Santa Tecla, en La Guardia (Pontevedra), es uno de los mejores ejemplos de la llamada cultura castreña. El origen de esta cultura se remonta a mediados del siglo VIII, en el noroeste de la Península Ibérica, cuando aparecen los primeros poblados de carácter estable, denominados castros o citanias, una forma de hábitat no exclusiva de esta zona pero que en ella alcanza su máxima expresión. El esplendor de este horizonte cultural se sitúa ya en plena época de la dominación romana, siendo los ejemplos mejor conservados los castros de Coaña, en Asturias, y este de Santa Tecla. El surgimiento de estos poblados es progresivo, estableciéndose en zonas o lugares de marcado carácter estratégico y de fácil acceso a recursos naturales, en el caso que nos ocupa el río Miño, que domina desde una altura de 200 m., y los yacimientos mineros de su entorno. Comenzado a excavar en fecha muy tardía, en 1913, su forma de hábitat se caracteriza por núcleos de distinto tamaño, desde los más pequeños, de 23 por 20 m., hasta los mayores, de 391 por 280 metros. Diversos estudios han determinado que en su interior habitarían una media de 250 individuos. Fuertemente defendida por una muralla, fosos y torres, en el interior del recinto amurallado, de forma desordenada y sin apenas espacio entre ellas, se situaban las viviendas. La mayoría de las casas de los castros eran pequeñas y circulares, mientras que otras, de planta cuadrada, podían tener hasta diez metros de longitud. Cubiertas de brezo o paja, en el interior de las viviendas se desarrollaba la vida cotidiana, en torno a un fuego central rodeado por bancos corridos. Al frente de los castros se hallaría un grupo privilegiado, que se beneficiaría de los bienes y objetos suntuarios procurados por actividades como la agricultura, la ganadería, la caza, el marisqueo o el comercio. El apogeo de esta población se prolongó hasta el siglo II de nuestra era, en que cayó en el olvido.