El siglo XI se inició mal para los andalusíes: después de la guerra civil que duró más de veinte años, los reinos de taifas, que habían nacido como consecuencia de la misma, no sólo se desangraron luchando entre sí, con o sin ayuda de los reinos cristianos, sino que su política interior, excepto unos cuantos casos (Sevilla), se vio frecuentemente perturbada por luchas intestinas. Al fin y al cabo, si Sancho III el Mayor de Navarra o Fernando I de Castilla, al testar, repartían el reino entre sus hijos, lo mismo hacía Sulaymán b. Hud de Zaragoza. La diferencia radicaba en que los Estados musulmanes, mucho más numerosos que los cristianos, recurrían a éstos para que los ayudaran contra sus correligionarios. Para poder pagar a sus auxiliares -casi siempre los propios reyes cristianos, pero a veces también señores particulares (piénsese en el Cid, que estuvo al servicio de los Banu Hud de Zaragoza)- los impuestos sobre la población musulmana aumentaban constantemente. Y a esto se añadían los caprichos de los propios señores taifas: unos protegían a los poetas; otros, a los científicos, etcétera. Pero todo ello a costa de nuevas contribuciones que arrancaban a sus súbditos.Dentro del mismo círculo de los cortesanos existían numerosas rencillas que, en algún caso, tuvieron su importancia en el desarrollo científico-técnico. Maribel Fierro demuestra para Toledo, en un original artículo (1), cómo la sucesión de cadíes de esa ciudad bajo la égida de un mismo soberano, al-Mamún, pudo motivar cambios en la política científica. Said al-Andalusí, autor de la primera Historia de la Ciencia digna de ese nombre, ocupó el cargo, al menos dos veces (antes del 1058 y después del 1067 hasta su muerte). Este hombre estaba vinculado a la familia "liberal" de los Hadidí. Uno de sus amigos, al-Waqqasí (m. 1096), ha pasado a la posteridad con fama de librepensador a causa de su tendencia a colaborar con los cristianos, pero, especialmente, por un par de versos que se le atribuyeron y que decían: "Me aflige pensar que las ciencias de la humanidad son dos y que si las aprendo no tengo más que aprender / Una ciencia (la teología) cuya comprobación real es imposible y otra (la filosofía) cuya verdad de nada sirve" (2). Pero al-Waqqasí no era el único escéptico de la época. Fierro resume la situación con las siguientes palabras: "Es... cuando algunos médicos judíos abogaron por una persuasión universal... constituida a base de todo lo bueno y honorable ordenado por las diversas religiones, es decir, abogaron por una cultura ética. Es también la época en que se discutió en al-Andalus... la imposibilidad de demostrar la existencia de Dios o la veracidad de la profecía o cuál de las religiones existentes es la verdadera. No es de extrañar, por tanto, que cuando Toledo cae en manos de los cristianos, un musulmán... se convierte al cristianismo diciendo que, en último término, el Dios de los cristianos y el de los musulmanes es el mismo". A estos grupos les parecía correcto el estudio de la ciencia de los antiguos, es decir, las obras de Aristóteles y de Ptolomeo. Sin embargo, en un cierto momento el cadiazgo de Toledo pasó a manos de Abu Zayd al-Hassa, vinculado con la familia de los Banu Mugit, conservadores, y las ciencias de los antiguos empezaron a ser mal vistas. El asesinato de Ibn al-Hadidí (3) (1076) en presencia del sucesor de al-Mamún, al-Qádir, debió hacer pensar a los científicos más destacados que era hora de buscar refugio en los Estados del sevillano al-Mutamid: el astrónomo Azarquiel (h. 1078), los agrónomos Ibn Bassal y Ibn al-Luengo y otros emigraron hacia el sur. Además, vivir en Toledo, Zaragoza u otros reinos con frontera directa con los cristianos no permitía tener tranquilidad de espíritu para dedicarse a la investigación que, aunque entonces no se llamara así, se practicaba en casi todo al-Andalus. Y para muestra, basta ver la biografía y los textos de uno de los visires de al-Mamún, Abu-l-Mutarrif b. Mutanna (m. 1063) (4).Estas difíciles circunstancias políticas, en que cada taifa iba por su lado, llevaron a los alfaquíes a interrelacionarse entre sí, por encima de las fronteras políticas para mantener la unidad y ortodoxia de su islam. Esa fue la misión del censor de costumbres Muhammad b. Labid al-Murabit, para conseguir que la pena capital dictada en Toledo contra el hereje Ibn Hatim -quien huyó- se cumpliera bastantes anos más tarde legalmente (1072) en Córdoba, que entonces dependía de Sevilla. Ahora bien: el censor de costumbres o sus mensajeros recorrieron media España para evitar que el Tribunal religioso de cualquier ciudad absolviera a un pecador, ya condenado, acusado de ser maniqueo (zandaqí).Pero, a pesar de todos estos inconvenientes, los estudios científico-técnicos se desarrollaron por doquier. A mediados del siglo XI eran conocidas y discutidas casi todas las obras, auténticas o no, atribuidas a Aristóteles; las poco recomendables ciencias ocultas y la mitología astral de Harran (Asia Menor) se introducían a través de Abu Maslama de Madrid y al-Karmani hasta el pie de los Pirineos; el Almagesto de Ptolomeo era objeto de la atención de Azarquiel, quien, con sus colaboradores, calculó unas nuevas Tablas astronómicas que son el precedente inmediato de las de Alfonso X, además de un Almanaque que es el único conocido en su género hasta ahora. Gracias a sus trabajos astronómicos, Azarquiel llegó a utilizar, por primera vez en el campo de la astronomía, una curva no circular: el óvalo del deferente de Mercurio, y a descubrir el movimiento del apogeo del Sol. Además, Azarquiel construyó dos clepsidras, a orillas del Tajo, que no sólo señalaban la hora del día sino también las fases de la Luna. Funcionaron hasta el reinado de Alfonso VII, cerca de medio siglo después de la reconquista de Toledo. En esta misma ciudad y época, con los mismos hombres, se realizó una serie de modificaciones del astrolabio que transformaron este instrumento en un útil de observación y cálculo más sencillo. Así nacieron la azafea, la lámina universal, los ecuatorios, etcétera, que se utilizaron en el mundo europeo hasta fines del siglo XVI (5).Personaje al que no se puede olvidar es Ibrahim b. Said, el de (Castellón de) la Plana, pues no sólo nos habla de él el cadí Said en su Historia de la Ciencia como de un joven sabio constructor de astrolabios en Toledo, sino que después de la muerte de aquél siguió trabajando primero en la capital del Tajo, luego en Valencia, y construyó numerosos instrumentos hasta fines del siglo XI. En el año 1080 parece que ya se había trasladado al Levante español, pues hizo uno de los primeros globos celestes que conservamos y que dedicó al alcaide Isa b. Labbún (lo tenemos documentado por la Dajira), señor de Murviedro (Sagunto). El análisis de sus astrolabios muestra que al-Sahlí construía -al menos nos consta en un caso- más láminas para latitudes de las que cabían en la madre del instrumento.Al mismo tiempo, en la Huerta del Rey de Toledo, Ibn Bassal -que había recorrido medio mundo con motivo de su peregrinación a La Meca- realizaba experimentos sobre injertos, mejora de especies botánicas, etcétera, que continuó más tarde en el Jardín del Sultán en Sevilla (6). La introducción de los cítricos en la Península estaba ya muy adelantada, pues en el siglo XI era conocida la naranja amarga y, probablemente, la dulce. Al mismo tiempo, los agrónomos andalusíes que se refugiaron en Sevilla desarrollaron un original sistema de clasificación de las plantas que puede considerarse como precedente del de Linneo.En Zaragoza se desarrolló especialmente el cultivo de las matemáticas y el análisis de las obras de Aristóteles. En el primer campo se distinguió su rey, al-Mutaman (1081-1086) cuya obra, que se creía perdida, se va encontrando ahora, poco a poco, en los manuscritos. En ese mismo campo hay que incluir al valenciano Ibn al-Sayyid, cuyos logros -que superaron a los de los griegos- nos han sido transmitidos en resumen por su discípulo Avempace. Es curioso observar la gran cantidad de alfaquíes y de hombres de letras -menos de ciencias- que residieron durante algún tiempo en Zaragoza. Esta cuña del islam, que avanzaba hasta los pies de los Pirineos, parece haber tenido una gran influencia en la introducción en el mundo cristiano de muchos conocimientos propios del árabe, gracias a su nutrida y, en parte, selecta, comunidad judía. Uno de ellos, el oscense Mosé ha-Sefardí, convertido al cristianismo en 1106, llegó hasta Inglaterra, en donde introdujo sistemas de cálculo árabes y tradujo al latín cuentos, algunos de los cuales se encuentran aún hoy en Las mil y una noches. Y también, y por los motivos que fueran, Zaragoza fue objeto de la atención de las primeras misiones cristianas que inauguraban un nuevo estilo de polémica religiosa entre el cristianismo y el islam occidentales. Said de Toledo, en su Historia de la Ciencia, demuestra estar bien informado sobre lo que ocurría en al-Andalus, aunque no de todo. Autores de primer orden se le escapan. Si sabe que en Cuenca al-Istichí está escribiendo el Libro de las cruces -en realidad una nueva redacción de la antigua astrología bajorromana traducida al árabe por al-Dabbí (h. 800)-, no tiene en cambio noticia de otros científicos importantes. Por ejemplo, no habla ni de Abd al-Karim b. Muttanna ni de Ibn al-Muad de Jaén el Joven (m. 1093), autor del primer tratado andalusí dedicado exclusivamente al estudio de la Trigonometría esférica y cuyo texto innovador no puede explicarse por completo a base de los conocimientos que habría adquirido en un hipotético viaje a Oriente, del que por ahora no se ha encontrado mención en las fuentes. Además, calculó correctamente la altura de la atmósfera de la Tierra.Al lado de la ciencia va la técnica, y es en el siglo XI cuando un tal Ibn Jalaf al-Muradí escribe el único tratado árabe occidental sobre mecánica hasta hoy conocido. Ha llegado a nosotros gracias a una copia hecha en la corte de Alfonso X el Sabio y en la cual intervino el célebre judío Rabí Zag (Ishaq b. al-Sid), uno de los principales ayudantes científicos del rey. El opúsculo de al-Muradí encabeza un manuscrito (conservado en la Biblioteca Medicea Laurenciana de Florencia) que tiene tratados distintos y de varios autores. El análisis del de al-Muradí ha permitido reconstruir la primera máquina que fue presentada, funcionando, en la exposición sobre El legado científico andalusí que tuvo lugar en Madrid en la primavera de 1992. La misma puede programarse de modo que la acción teatral que se realiza sobre el tablado se repita cíclicamente en un intervalo de tiempo prefijado y, en estas circunstancias, puede emplearse como reloj. La segunda máquina (intervienen dos caballeros, dos muchachas y dos infantes) puede ajustarse para que dé o haga sonar la hora a voluntad. Las restantes -más de veinte- siguen mostrando que nos encontramos ante una concepción distinta de la de los autores orientales que trataron del mismo tema como son los Banu Musa, del siglo IX, o al-Chazarí, del siglo XII. Pero lo más importante de todos estos juguetes, y algunos datos sueltos que figuran desperdigados por los textos literarios (como, por ejemplo, el de un laúd automático que estuvo en Toledo), es que nos dan una idea bastante aproximada de cómo podían ser las máquinas de la época y de cómo se podía transformar un movimiento circular en lineal y viceversa. Conocían las poleas, los polipastos, las palancas, engranajes de cualquier número de dientes o bien con dientes en sólo un sector de su circunferencia, las ruedas locas, los piñones, las cintas transportadoras, que a veces se bifurcaban; sabían producir movimientos alternativos o de vaivén, etcétera. Parte de estos artificios -no todos- tiene sus precursores en el mundo helenístico, pero, evidentemente, los mecánicos andalusíes sacaron de éstos y de los de su propia invención el máximo partido posible. Parece evidente que el mayor deseo del hombre era poder vivir sin trabajar, pero para ello habría que inventar los móviles perpetuos. Eso es lo que pretendió el autor de uno de los opúsculos que figuran en el citado manuscrito alfonsí al describirnos una serie de aparatos que elevaban teóricamente el agua en grandes cantidades sin consumo de energía. Pero, en medio de sus fantasías, aparecen otros que se basan en principios científicos correctos, aunque irrealizables en su época. Posiblemente, fue en este siglo XI cuando se introdujeron en la Península los molinos de viento y los de marea y, tal vez, se fijaran, por parte de los emires de Valencia y Játiva, Mubarak y Muzaffar, las primeras normas jurídicas por las que hasta hoy se rige el Tribunal de Aguas de Valencia.
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En el total de Universidades del país, en 1922-1923 nos encontramos con 245 muchachas matriculadas en ella, frente a las 164 de Filosofía, las 14 de Derecho, las 106 de Medicina y las 217 de Farmacia. Esto requiere una explicación, pues a primera vista parece la más solicitada por las mujeres. Pero el primer curso de Ciencias era común con Farmacia y Medicina, por lo que sus cifras engañan. Sin embargo, a pesar de ello, el ritmo de incorporación de las universitarias a los estudios de Ciencias creció interrumpidamente durante los años 20. En el curso académico 1927-1928 nos encontramos con 395 chicas estudiando Ciencias, el 6,3% del total de universitarios en esta rama, y el 23% de la matrícula femenina. También durante esta época pudieron algunas de ellas desarrollar cierta carrera profesional en esas áreas, una vez terminados sus estudios. Se conoce la identidad y contribuciones de 17 mujeres que estuvieron presentes en los laboratorios del Instituto Nacional de Ciencias durante la década de los veinte. Así, en el Laboratorio de Investigaciones Físicas, en el área de Rayos X y estructura de cristales nos encontramos con Felisa Martín Bravo y Pilar Álvarez-Uder; en electroquímica y electro-análisis con Teresa Salazar, Francisca Lorente y Carmen García Amo. En el Laboratorio de Análisis Químico de la Facultad de Farmacia investigaron Carmen Miguel, Ascensión Vidal, María Luz Navarro, Mercedes Loperena, y Carmen y Maria de los Desamparados Brugger. Y por último, en el Laboratorio de Química Orgánica y Biología desarrollaron sus trabajos Concepción Espeso, Carmen Gómez Escolar y Natividad Gómez. Aunque licenciadas en Farmacia, Carmen Pradel y Trinidad Salinas también trabajaron en el Instituto Nacional de Ciencias. Destaca entre estas investigadoras la figura de Felisa Martín Bravo, primera doctora española en Ciencias Físicas en 1926, que seguiría desarrollando en los años 30 una sólida carrera profesional, con becas en el extranjero y docencia en la Universidad Central. La misma trayectoria (estancias en otros países, profesor auxiliar en la Universidad) siguió Teresa Salazar. Carmen Gómez Escolar continuó igualmente con sus investigaciones hasta 1936. Jenara Vicenta Arnal, hija de jornalero y de ama de casa, es otro buen ejemplo de la valía profesional de estas mujeres universitarias de los años 20. En 1921 logró el título de maestra de primera enseñanza. En 1923 el de bachillerato. En 1926 era Licenciada en Química por la Universidad de Zaragoza. Accedió tempranamente a la docencia superior, pues en 1927-28 la encontramos en esa misma Universidad como ayudante de prácticas, y el curso siguiente como ayudante temporal de electroquímica. Este trabajo lo compaginó con la preparación de oposiciones a cátedra de Instituto, ganadas en 1928, y con la realización de su tesis doctoral, defendida en 1929, por la que obtuvo además Premio Extraordinario. En los años 30 su trayectoria sería aun más brillante. La primera licenciada y doctora en Matemáticas fue Carmen Martín Sancho. En 1924 consiguió la licenciatura y en 1927 el doctorado, con Premio Extraordinario. Hizo oposiciones a cátedra de Instituto y ejerció primero en El Ferrol (1928) y después en el Instituto Infanta Beatriz de Madrid (1929). En 1931 recibiría una pensión de la Junta para Ampliación de Estudios para dedicarse a la geometría multidimensional en Berlín. María Dolores Ferrer Sensat, licenciada en Ciencias por la Universidad de Barcelona, también fue en 1929 profesora auxiliar de esa Facultad. Era entonces bastante insólito que este tipo de puestos docentes fueran ocupados por mujeres, aun tratándose de los más bajos del escalafón. Gráfico Margarida Comas i Camps se licenció en Ciencias en 1925, también en la Universidad de Barcelona. Era de origen mallorquín, y su padre estuvo ligado a la Institución Libre de Enseñanza. En 1911 consiguió su título de maestra de primera enseñanza y en 1912-15 estudió en la Escuela Superior de Estudios del Magisterio, en Madrid. En 1920, gracias una pensión de la JAE, amplió estudios en Inglaterra, en el Belford College for Women de la Universidad de Londres. En 1926, después de su licenciatura consiguió otra beca de la JAE para seguir estudios en la Sorbona, de cara a realizar su tesis doctoral. En los años 30 se introdujo en temas de pedagogía sexual. Fue admiradora y seguidora de los principios de la 'Escuela Nueva' inglesa y colaboradora de Revista de Educación. Tras la guerra se exilió en Inglaterra. Por último, cabe destacar el caso de Dorotea Barnés, una de las cuatro hijas del que sería ministro de Educación de la Segunda República, Domingo Barnés. Todas fueron universitarias. Dorotea estudió su carrera durante los años 20. En 1928 fue admitida como miembro de la Real Academia de Española de Física y Química, presentada por el Dr. Moles y por el Dr. Gutiérrez de Celis. En 1929 pasó un año en el Smith College, con una beca de intercambio, completada por una pensión de la JAE. Al año siguiente consiguió la beca "Marion Le Roy Burton" para trabajar en el Departamento de Química de la Universidad de Yale. La distinción era ya en sí algo de bastante envergadura, pero mucho más tratándose de una mujer.
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El desarrollo de la ciencia y la técnica de China desde el período neolítico hasta la dinastía Han, es decir, desde el siglo XX a.C. hasta el siglo III d.C., quedó reflejado en los libros escritos por los propios científicos y también por los historiadores en sus crónicas o en sus registros. La técnica de la fundición del bronce y del hierro, cuya culminación fue conseguida en la dinastía Shang; el desarrollo de la ciencia de las matemáticas y del sistema del calendario relacionado a su vez con la astronomía; la avanzada ingeniería de construcción de sistemas de regadío, canales y de la Gran Muralla; la teoría cosmológica y las ciencias aplicadas; la invención del papel, la rueca, el telar de pedal, o del sismocopio, etc., todo ello causa sorpresa y admiración, junto a la ciencia de la medicina, tan en boga en este inicio del siglo XXI que vivimos. También habría que añadir la astrología y la geomancia, que tuvieron su origen y desarrollo en la antigua China. Los primeros conocimientos e inicio de la astronomía así como la fijación del calendario se remontan a la dinastía Xia, considerada como época legendaria, entre los siglos XXI a XVIII a.C., que fomentó también la ganadería y la agricultura. El calendario del período Xia era lunar, por lo que pudieron ser recordados y anotados los hechos y acontecimientos históricos de cada reinado. Ya en la dinastía Shang existió el calendario desarrollado, con el que se anotaba la marcha cronológica de los acontecimientos históricos. El calendario de los Shang era ya de carácter más perfeccionado al combinar el año solar con el ciclo lunar. Además, bajo los Shang se prestó gran atención a la astronomía. En los escritos realizados sobre caparazones de tortugas hay apuntes sobre los eclipses solares y lunares, explicaciones sobre las constelaciones y el descubrimiento de los planetas, etc. El sistema del calendario Shang refleja los logros obtenidos en la matemática y la astronomía, y con el sistema decimal de numeración. El "Tian Guan Shn", de "Registros históricos", de Sima Qian, contiene la recopilación de los conocimientos astronómicos alcanzados. Respecto a la medicina china, el libro más antiguo sobre ella es, posiblemente, el "Libro de la Medicina Interna", de Huang Di -Huang-di Neijing-, redactado a principios de la dinastía Han del Oeste, que explicaba en forma de diálogo los diversos fenómenos fisiológicos y patológicos, y exponía por primera vez la circulación de la sangre y la importancia del examen del pulso en el diagnóstico. Este libro de medicina indicaba los tratamientos para más de 300 enfermedades, y formulaba la tesis de la búsqueda del origen o raíz de las enfermedades. En el otro libro nacido en la dinastía Han del Este fue el "Compendio de Materia Médica" de Shen Nong, que sintetizaba los conocimientos farmacológicos acumulados durante muchos siglos, registrando más de 365 medicinas -más bien medicamentos- y entre ellos, más de 252 eran de origen vegetal, 67 animal y 46 mineral. Asimismo se anotaban sus propiedades, períodos y métodos de recolección -Bai Shouyi-, sus efectos y sus fórmulas. Estas dos obras marcaban la formación inicial de la medicina y la farmacología tradicionales de China. La medicina se caracteriza por la utilización de los materiales de herboristería, e igualmente por la magia o las prácticas del Shamanismo, según el primer libro de esta materia conocido. Asimismo, los médicos estaban divididos en tres categorías: el grupo de los Grandes doctores, los de clase social alta que atendían al emperador y a los funcionarios de alto nivel y que habían estudiado y practicado la medicina china tradicional y aprobado el examen de Estado; el segundo grupo, también perteneciente a la clase social alta, atendía a sus amigos enfermos, estaba integrado por funcionarios que habían estudiado la medicina en su tiempo libre, y nunca exigían el pago de sus servicios, aceptando únicamente regalos de gratitud con ocasión de los días festivos; y los de la tercera categoría se situaban entre los de nivel social bajo. Solían ser hijos o nietos de un Gran Doctor y, en ocasiones, poseían los libros particulares de remedios y de tratamientos, bien guardados a causa de la competencia de sus rivales. Trabajaban en pequeños puestos o en plena calle, y cobraban por los servicios prestados. La característica más peculiar de la medicina china fue la ausencia de la cirugía. La creencia tradicional consideraba el cuerpo humano como legado de los padres, por lo que no podía ser mutilado de ninguna manera. Excepto en el caso de los eunucos -que eran castrados, pero guardaban las partes hasta su muerte para ser enterradas junto a ellos- nunca se practicó cirugía alguna hasta el siglo XX, debido a la profunda creencia en la inviolabilidad de los cuerpos humanos como don heredado de sus antepasados. Según datos históricos, en el período de Primavera y Otoño y en el de los Reinos Combatientes, el famoso médico Bian Que dominaba la técnica del diagnóstico por el pulso, la sombra y la voz del enfermo, y recetaba tratamientos basados en la acupuntura y plantas medicinales. La medicina china tenía sus fundamentos teóricos -desde hace más de 2.000 años- relacionados con la teoría de los Cinco elementos básicos. Para los antiguos chinos, la enfermedad se producía cuando el balance de fuerzas en el cuerpo no estaba en equilibrio con las del ambiente que le rodeaba. El uso correcto de los medicamentos adecuados podía restaurar la armonía perdida y el enfermo mejoraba. Por ejemplo, un catarro podía ser curado tomando un medicamento que contuviese calor, y consecuentemente, conectado con la teoría de Yin-Yang de la cosmovisión del pueblo chino, que da importancia al balance entre el calor y el frío, entre la humedad y la sequedad, etc. La acupuntura es una de las ramas de la práctica de la medicina tradicional china. El procedimiento se basa en la inserción de agujas finas en uno o varios puntos del cuerpo humano para curar o aliviar la dolencia. El origen de esta práctica se remonta al siglo V a.C. Se basa en la teoría de que en el cuerpo humano existe una red de conexiones que une los órganos con determinados puntos del cuerpo. De este modo, insertando la aguja en un determinado punto se puede llegar a curar el órgano afectado. La astrología china está fundamentalmente relacionada con las ciencias naturales y la filosofía. Según esto, el hombre, la tierra y el cielo son las tres fuerzas de la naturaleza y el hombre se sitúa entre el cielo, la fuerza creativa de los procesos históricos, y la tierra, la fuerza receptiva de la extensión del espacio. En el "Libro de Cambios o de Mutaciones" -Yijing- se trata acerca de los fundamentos de la astrología china y las formas de conseguir la armonía entre las tres fuerzas a través de la predicción de los oráculos. Además, era una especie de manual para identificación e interpretación de las relaciones recíprocas entre las fuerzas celestiales y terrestres. Las 12 estaciones estelares o las 28 estaciones lunares, según la denominación dada por los astrólogos chinos a la constelación celestial, correspondían en la tierra a las 12 o 28 provincias de China. Y la presencia de las estrellas fugaces en alguna de estas provincias era interpretada como la terminación del mandato del soberano o del gobernante que había sido negligente en sus deberes, y el presagio de su sustitución por otro. Los astrólogos chinos dieron nombre a las doce estaciones estelares basadas en los doce ciclos del universo y utilizando símbolos. Aunque los inmortales, los seres mitológicos chinos, fueron considerados como emanaciones de las estrellas, las constelaciones no influían directamente en la vida de las personas, según la astrología china. Sin embargo, se podía consultar sobre cualquier asunto de importancia en la vida de alguien, de la familia, del Estado, etc., para ver si había armonía o no entre las fuerzas cósmicas relacionadas. De las doce ramas del ciclo de las estrellas del universo, se derivaron las formas de doce ciclos de criaturas simbólicas, que son representadas como los doce animales del denominado horóscopo chino: Tigre, Liebre, Dragón, Serpiente, Caballo, Oveja, Mono, Gallo, Perro, Cerdo, Rata y Buey. Hace veinte siglos la geomancia fue la ciencia del "Viento y Agua" -Feng-Shui-, y nadie se atrevía a construir su casa o escoger el lugar de entierro sin antes consultar con un experto en la materia. En ocasiones, una persona podía prescindir de los consejos e interpretaciones dados por un astrólogo, pero nunca era ignorado el dictamen de un experto en geomancia. Según el "Libro de Ritos" -Lijing-, uno de los clásicos recopilados por Confucio, el cielo y la tierra tienen sus lugares correctos o correspondidos, en los que todo florece y es favorable. Y ello influía no sólo sobre la vida de la persona, sino sobre la de sus descendientes, debido a la creencia de que los antepasados protegen a éstos contra la influencia de los espíritus malignos. Para ser experto en geomancia eran necesarios estudios de la superficie del suelo, de la tierra, y de las teorías de Yin-Yang, entre otras cosas. La geomancia servía únicamente en relación con la astronomía y la astrología y hacía especial hincapié en las estaciones estelares.
Personaje
Literato
Político
Ha realizado colaboraciones para los rotativos más importantes de la prensa nacional. Tiene en su haber numerosos galardones como el "Mariano de Cavia", "Luca de Tena" o "Víctor de la Serna". De su faceta como literato cabe destacar algunos de sus ensayos sobre política e historia. Su enfoque, desde una perspectiva conservadora y proclive a la polémica, ha provocado interesantes debates entre otros especialistas. Dentro de este ámbito ha publicado títulos como "Jesuitas, Iglesia y marxismo: la teología de la liberación desenmascarada", "Agonía y victoria", "Victoria Eugenia: el veneno en la sangre", "Mujeres esenciales de la historia", "Retratos que entran en la historia" o "Carrillo miente". Su producción literaria se completa con novelas como "La dama de Montmarte" o "El triángulo. Alumna de la libertad".
obra
Procedente de Madinat Al-Zahra, esta pieza es una de las obras maestras del taller de metalistería que se desarrolló en la ciudad fundada por Abd al-Rahman III. Posiblemente se tratara de una pieza de fuente, ya que en la parte baja del animal encontramos un agujero para permitir el paso del agua hasta la boca. El ciervo está decorado por hojas inscritas en círculos.
obra
En las tumbas reales del sitio de Alaca Hüyük se descubrieron numerosas estatuillas simples o múltiples realizadas en bronce. Dado que todas ellas poseen en la base una espiga de fijación, se supuso que podrían haber servido como estandartes, símbolos de clanes o adornos de lechos funerarios, muebles o carros. Los círculos de plata incrustada representan signos solares. Sorprende en esta pieza que el artesano anatólico conociera ya tres difíciles técnicas: la fundición en molde, el chapado y la ataujía.
Personaje
Literato
Pedro de Cieza participó en la tropa dirigida por Almagro y Pizarro que conquistaron el Perú en 1531. Todas las vivencias que tuvo el soldado fueron recogidas en la "Crónica del Perú". La obra está dividida en cuatro libros, estando el primero dedicado al clima, costumbres y tradiciones indígenas; el segundo lo dedica a las hazañas del señorío inca; en el tercero se narra la conquista, aunque esta parte está perdida; y el cuarto quedó incompleto.
contexto
Cieza investigador El hombre siempre ha investigado, siempre ha inquirido, en los tiempos primitivos --empíricamente, en los helenísticos y romanos con método y curiosidad (germen de la ciencia, según Aristóteles), y en la Edad Media procurando representar la figura de la Tierra, o los misterios de La Sphera, como Alfonso X. Cabe sin embargo, a los españoles --sin que haya en esta declaración un chauvinismo hispánico, lejos de nuestra actitud neutra y científica-- el haber proporcionado a los estudiosos del futuro las primicias de la investigación etnográfica e histórica de los pueblos sin escritura. No cansamos al paciente lector con erudición farragosa, sino que le recordaremos simplemente a Fray Bernardino de Sahagún, Fray Toribio de Benavente o Motolinía, en México, a Fr. Diego de Landa en el Yucatán y a una larga lista de otros, comenzando, en tiempos mismos del Almirante Colón, con Fray Ramón Pané. Todos ellos han dado cuenta de la historia, costumbres, leyes, religión y gobierno de los pueblos primitivos, pero --y ésto ha de ser resaltado con énfasis-- sin que haya habido una instrucción oficial para ello31, es decir, sin que los españoles que iban a Indias supieran que debían realizar obras de este tipo. Y es más: sin que supieran los unos y los otros recíprocamente de sus inquietudes y trabajos. A lo sumo --y este es el caso de Cieza-- tenían noticia, sin haberlo leído, de que un madrileño, Fernández de Oviedo, había hecho un sumario de la Historia Natural de las Indias. Por lo demás, todos obedecían al mismo estímulo32, sin estar en contacto los unos con los otros. Pero no sólo quiero afirmar ahora que gracias a esta inquietud hispana se conocen las cosas de las Indias, sino que se realiza mediante una sensata y casi profética manera metódica de investigación. Esto es lo que sucede con Cieza. El mismo nos lo dice en el último párrafo de esta obra (y el lector puede comprobarlo, pues va en esta edición), en que afirma: Hasta aquí es lo que se me ha ofrecido escribir de los Incas, lo cual hice por relación que tomé en el Cuzco. Si acertare alguno a lo hacer más largo y cierto, el camino tiene abierto, como yo lo tuve para hacer lo que no pude, aunque para lo hecho trabajé lo que Dios sabe. Que fue visto lo más de lo escrito por el doctor Bravo de Saravia, y el Licenciado Hernándo de Santillán, oidores de la Audiencia Real de los Reyes (Lima). Párrafo éste inestimable: a) Información de boca de informantes, valga la redundancia, aprovechándose de la tradición oral. Muchas veces pondera que ha de hacerlo así, porque no tienen escritura los indios del Perú, b) Que trabajó en ello mucho, es decir, que no se limitó a escribir, o trasladar, simplemente lo que oía; y c) que lo sometió al criterio, y posible censura de Bravo de Saravia y de Hernando de Santillán, luego presidente de la Audiencia de Quito y autor de una Relación de los Incas en 1572, veintidós años después de que leyera el Señorío de Cieza, en Lima. El lector irá conociendo en cada caso cuándo y cómo Cieza se informa de los nativos, cómo se interesa por conocer lo que son los quipus (por medio del cacique de Huacarapora), que para lo relativo a la Conquista busca a los protagonistas veteranos, y supervivientes, de la hazaña, como Juan de Pancorbo y Carrasco, y cómo, finalmente, reúne un verdadero seminario en el Cuzco, con Orejones y Amautas, que gozan exponiéndose las tradiciones oficiales del Inkario. Su principal informante fue Cayu Tupac Yupanqui, hijo de Huayna Capac, el gran conquistador del norte del Tahuantinsuyu. Se da cuenta de que está aún tierna la memoria de la penetración incaica en el Collao, y no se fía sólo de los quéchuas dominadores, y busca a collas y chirguanos, para que le cuenten qué fue lo que pasó. En nuestro estudio preliminar a la Primera Parte, hacemos un acabado análisis de la probidad de Cieza en recibir informes fidedignos, dignos de fe o credibilidad. Claro que con ello, como dice Aranibar33, recibía la versión oficial de la historia de los Incas. Cieza, como hemos sucintamente expuesto, al recibir encargo concreto del Presidente Gasca, no se limita a cumplir el expediente, mostrando unos papeles que demostraran que no había perdido el tiempo, sino que, exigente consigo mismo e implícitamente con la posteridad, lleva su averiguación hasta el límite de su responsabilidad: no escribe nada de lo que no esté convencido, y para ello ha investigado.
contexto
El botín fue abundante e importante: oro, plata, ricos vestidos, atalajes de seda y muchos otros ornamentos valiosísimos, además de mucho dinero y vasos preciosos, según las propias palabras del arzobispo, que añade: "Difícilmente podría calcular una fina mente que cantidad de camellos y otros animales además de vituallas fueron hallados allí." Parece ser que tanto el estandarte como la lanza de al-Nasir fueron enviados a Roma por Alfonso VIII. Mas, sin duda, lo verdaderamente significativo en el terreno de lo conquistado fue la toma de los castillos del Ferral, Vilches, Tolosa y Baños de la Encina, así como las ciudades de Úbeda y Baeza. Mucho se ha debatido sobre las proporciones de ambos ejércitos, que se han llegado a desmesurar por cientos de miles y aun de millones. Del cristiano, se decía que era de cincuenta mil hombres: diez mil caballeros y cuarenta mil infantes; del musulmán, dice Jiménez de Rada, que se componía de 185.000 caballeros e innumerables peones. Albarico de Tres Fuentes exagera aún más: 925.000 guerreros y el Rawd al-Qirtas llega a afirmar que eran 600.000. La magnitud de esos ejércitos no pudo ni remotamente aproximarse a las cifras que citan estos contemporáneos a la batalla. Consideramos que, por la población de la época, los bastimentos necesarios, los lugares de acampada y el escenario de la lucha, el ejército cristiano no debía sobrepasar los doce mil hombres. Respecto al musulmán, es difícil admitir que un ejército que duplicara en número de efectivos a otro, saliera derrotado, tratándose de una lucha cuerpo a cuerpo y en ventaja posicional. Por tanto, es razonable pensar que el ejército musulmán debía ser semejante al cristiano en cuanto a número de combatientes. Por otro lado, la zona es tan quebrada y tan escasa en agua -recuérdese que era julio- y recursos que difícilmente pueden admitirse ejércitos mayores de diez o doce mil hombres por bando. El número de bajas debió ser muy similar en ambos campos durante la batalla, pero, tras la ruptura del frente, se produciría la degollina general característica de la época, multiplicándose la mortandad almohade. Claro, que, si admitimos que sus fuerzas no serían de más de unos doce mil hombres, sus bajas no pudieron alcanzar los doscientos mil muertos que algunos cronistas les suponen. Las pérdidas cristianas serían, probablemente, bastante más numerosas de lo que se refiere en las crónicas, algunas de las cuales cuentan que, gracias a un milagro, sólo fueron veinticinco o cincuenta muertos. Recuérdese al respecto que, al iniciarse la lucha, los musulmanes estuvieron cerca de la victoria y lograron desbaratar las primeras líneas. La brecha producida por los almohades en la vanguardia cristiana se taponó a expensas de la segunda línea, compuesta por las mesnadas de las órdenes militares, cuyos caballeros sufrieron muchas bajas: murieron los maestres del Temple y de Santiago y, también, el Comendador de Santiago y el alférez de Calatrava, mientras que el maestre de Calatrava quedó tan mal herido que se vio obligado a renunciar a su cargo. Si tanta mortandad hubo entre los jefes, imagínese lo que ocurrió entre sus mesnadas.