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LIBRO II TRATADO DE LOS RITOS Y CEREMONIAS Y DIOSES QUE EN SU GENTILIDAD USABAN LOS INDIOS DE ESTA NUEVA ESPANA Capítulo I Del gran ídolo de los mexicanos llamado Huitzilopuchtli La fiesta más celebrada y más solemnizada de esta tierra, y en particular de los mexicanos y tetzcucanos, fué la del ídolo llamado Huitzilopuchtli, cuyas ceremonias son muy diversas y tienen mucho que notar, porque simbolizan algunas de nuestra religión cristiana y otras de la Ley Vieja. Era tan temido y reverenciado este ídolo de toda esta nación indiana, que solo a él llamaban Todopoderoso y Señor de lo Criado. Para éste eran los principales y grandes sacrificios y, por el consiguiente, tenía el más suntuoso templo, de grande altura y más hermoso y galano edificio, cuyo sitio y fortaleza se ve en las ruinas que de él han quedado en medio de esta ciudad. La figura de este gran ídolo Huitzilopuchtli era una estatua de madera entallada en semejanza de un hombre sentado en un escaño azul, fundado en unas andas, y de cada esquina salía un madero con una cabeza de sierpe al cabo. Era el escaño de color azul, con que denotaban que estaba en el cielo sentado. Tenía este ídolo toda la frente azul, y por encima de la nariz una venda azul que tomaba de una oreja a otra. Tenía sobre la cabeza un rico plumaje de henchura de pico de pájaro: el pico en que estaba fijado el plumaje era de oro muy bruñido y las plumas de pavos verdes muy hermosas y en cantidad. Tenía una sábana verde con la que estaba cubierto y encima de ella, pendiente el cuello, un delantal de ricas plumas verdes, guarnecido de oro, que al estar sentado en un escaño, le cubría hasta los pies.

Tenía en la mano izquierda una rodela con cinco piñas de plumas blancas puestas en cruz, alderredor de la rodela estaban colgadas plumas amarillas a manera de flecadura. Subía por lo alto de ella un gallardete de oro y por el lugar de las manijas salían cuatro saetas, las cuales eran insignias que, decían los mexicanos, les fueron enviadas del cielo, con las cuales tuvieron las grandes y memorables victorias que quedan referidas. Tenía este ídolo en la mano derecha un báculo labrado a manera de culebra, todo azul y ondeado. Estaba ceñido con una banderilla que le salía a las espaldas, de oro muy bruñido. En las muñecas tenía unas ajorcas de oro y en los pies unas sandalias azules. Todo este ornato tenía su significación según diversos intentos, cuya efigie es esta que se sigue. Este es el ídolo famoso llamado Huitzilopuchtli, a quien adoraban los mexicanos, los de Tetzcuco y otras naciones. Lo llamaban "Señor de todo lo criado" Este ídolo, así vestido y aderezado, estaba siempre puesto en un altar alto, en una pieza pequeña muy cubierta de sábanas, de joyas, de plumas y aderezos de oro con muchas rodelas de pluma, lo más galano y curioso que ellos sabían y podían aderezarlo. Tenía siempre delante una cortina por más veneración y reverencia. Junto al aposento de este ídolo había otra pieza menos aderezada, donde tenían otro ídolo que se decía Tlaloc, del cual se tratará adelante. Estas dos piezas estaban en la cumbre del templo y para subir a ellas había ciento y veinte escalones.

Estaban estas piezas muy de las cuales hay bien labradas todas con figuras de talla, hasta ahora por las calles de esta ciudad. Estos dos ídolos estaban siempre juntos, porque los tenían por compañeros y de igual valor y poder. Delante de sus dos aposentos había un patio de cuarenta pies en cuadro, en medio del cual había una piedra de hechura de pirámide, verde y puntiaguda, de altura de cinco palmos, que echando un hombre de espaldas sobre ella le hacía doblar el cuerpo, y en esta forma sacrificaban a los hombres sobre esta piedra al modo que adelante diremos. La hermosura de este templo era muy grande. Había en la ciudad ocho o nueve como él, los cuales estaban pegados unos con otros, dentro de un circuito grande, y tenían sus gradas particulares y su patio con aposentos y dormitorios para los ministros de los templos. Todo esto tomaba mucho campo y lugar. Estaban las entradas de los unos a oriente, otras a poniente, otras a norte, y otras al sur. Todos muy bien encalados, labrados y torreados con diversas hechuras de almenas y pinturas con muchas figuras de piedra fortalecidas de grandes y anchos estribos. Eran dedicados a diversos dioses que tenían, pero aunque todos eran muy diversos y autorizaban mucho la ciudad, el del principal Huitzilopuchtli era el más suntuoso y galano, y así se hará mención de él en particular. Tenía este templo una cerca muy grande, que formaba dentro de sí un muy hermoso patio. Toda ella era labrada de piedras grandes, a manera de culebras asidas las unas de las otras; llamábase esta cerca Cohuatepantli, que quiere decir "cerca de culebras".

Tenía en las cumbres de las cámaras y oratorios donde los ídolos estaban, un pretil muy galano labrado con piedras menudas, negras como el azabache, puestas con mucho orden y concierto, revocado todo el campo de blanco y colorado, que desde abajo lucía mucho. Encima de este pretil había unas almenas muy galanas labradas como caracoles. Tenía por remate de los estribos dos indios de piedra sentados con unos candeleros en las manos. De ellos salían unas como mangas de luz con remates de ricas plumas amarillas y verdes y unos rapacejos largos de lo mismo. Dentro de la cerca de este patio había muchos aposentos de religiosos y religiosas, sin contar otros que en lo alto había para los sacerdotes y papas que al ídolo servían. Era este patio tan grande y espacioso que se juntaban a bailar en él, sin estorbo ninguno, ocho o diez mil hombres en rueda como ellos bailan. Tenían cuatro puertas o entradas: una hacia oriente, otra hacia poniente, otra al mediodía y otra a la parte del norte. De cada puerta de estas principiaba una calzada muy hermosa de dos o tres leguas y así, había en medio, donde estaba fundada esta ciudad, cuatro calzadas en cruz, muy anchas y bien aderezadas, que la hermoseaban mucho. Estaban en estas portadas cuatro dioses con los rostros vueltos hacia las partes donde estas puertas estaban. La causa de ello dicen que fué una disputa que tuvieron los dioses antes que el sol fuese criado. Fingen los antiguos que al tiempo que los dioses quisieron crear el sol, tuvieron entre sí contienda hacia qué parte sería bueno que saliese, y queriendo cada uno que saliese a la parte donde estaba, volvían el rostro hacia su pertenencia; pero al fin vino a vencer el de oriente, porque le ayudó Huitzilopuchtli y, desde entonces, se quedaron con las caras vueltas así.

Frontero de la puerta del templo de Huitzilopuchtli había treinta gradas de treinta brazas de largo, que las dividía una calle que estaba entre la cerca del patio y ellas. En lo alto de ellas había un paseadero ancho de treinta pies, tan largo como las gradas y encalado. Por medio de este espacio del paseadero, estaba, a lo largo, una muy bien labrada palizada de árboles muy altos puestos en hilera y de uno a otro había una braza. Estos maderos eran muy gruesos y estaban barrenados con unos agujeros pequeños desde abajo hasta la cumbre; y venían por los agujeros, de un madero a otro, unas varas delgadas, en las cuales estaban ensartadas muchas calaveras de hombres por las sienes. Tenía cada vara veinte cabezas. Llegaban estas hileras de calaveras desde lo bajo hasta lo alto de los maderos. Llenando de cabo a cabo la palizada, y eran tantas y tan espesas que ponían grande admiración y grima. Eran estas cabezas de los que sacrificaban, porque, después de muertos y comida la carne, traían la calavera y entregábanla a los ministros del templo, y ellos la ensartaban allí. Dejábanlas hasta que de añejas se caían a pedazos, si no era cuando había tantas que las iban renovando y quitando las más añejas, o renovaban la palizada para que cupiesen más. Hacíase al pie de esta palizada una ceremonia con los que habían de ser sacrificados, y era que a todos los ponían en hilera al pie de ella con gente de guarda que los cercaba. Salía luego un sacerdote vestido con una alba corta llena de flecos por la orla y, descendiendo de lo alto del templo con un ídolo de masa de bledos y maíz amasado con miel, que tenía los ojos de unas cuentas verdes y los dientes de granos de maíz, venía con toda la prisa que podía por las gradas del templo abajo y salía por encima de una gran piedra, que estaba fijada en un alto humilladero en medio del templo, llamábase la piedra Quauhxicalli, que quiere decir "la piedra del águila".

Subiendo este sacerdote por una escalerilla que estaba al frente del humilladero y bajando por otra que estaba en otra parte, siempre abrazado con su ídolo, subía adonde estaban los que se habían de sacrificar y, desde un lado hasta otro, iba mostrando aquel ídolo en particular, y diciendo: -"este es vuestro dios". En acabando de mostrárselo, descendía por el otro lado de las gradas, y todos los que habían de morir se iban en procesión tras de él hasta el lugar donde habían de ser sacrificados, y allí hallaban aparejados los ministros que los habían de sacrificar. El modo ordinario del sacrificio era abrir el pecho al que sacrificaban y, sacándole el corazón medio vivo, lo echaban a rodar por las gradas del templo, las cuales se bañaban en sangre. Esta era la ordinaria ceremonia que en la fiesta de este ídolo y los demás se hacia. Había en la cerca de este gran templo, como queda referido, dos monasterios: el uno de mancebos recogidos de diez y ocho a veinte años, a los cuales llamaban religiosos. Traían en las cabezas unas coronas como frailes, el cabello poco más crecido que les daba a media oreja, excepto que al colodrillo dejaban crecer el cabello cuatro dedos en ancho, que les descendía por las espaldas, y a manera de trenzado les ataban y trenzaban. Estos mancebos que servían en el templo de Huitzilopuchtli vivían en pobreza, castidad, y hacían el oficio de levitas administrando a los sacerdotes y dignidades del templo el incensario, la lumbre y las vestimentas; barrían los lugares sagrados, traían leña para que siempre ardiese en el brasero del dios, que era como lámpara, la cual ardía continuo delante del altar del ídolo.

Sin estos mancebos había otros muchachos que eran como monaguillos, que servían en cosas manuales, como eran enramar y componer los templos con rosas y juncos, dar aguamanos a los sacerdotes, administrar navajuelas para sacrificar, ir con los que iban a pedir limosna para traer la ofrenda. Todos éstos tenían sus prepósitos que tenían cargo de ellos, y vivían con tanta honestidad y miramiento, que cuando salían en público donde había mujeres, iban las cabezas muy bajas, los ojos en el suelo, sin osar alzarlos a mirarlas. Traían por vestidos unas sábanas de red. Estos mozos recogidos tenían licencia de salir por la ciudad de cuatro en cuatro y de seis en seis muy mortificados a pedir limosna por los barrios, y cuando no se la daban tenían licencia de llegarse a las sementeras, y coger las espigas de pan y mazorcas que habían menester, sin que el dueño osase hablarles ni evitárselo. Tenían esta licencia porque vivían en pobreza, sin otra renta más que la limosna. No podía haber más de cincuenta; ejercitándose en penitencia y levantándose a media noche a tocar unos caracoles y bocinas con que despertaban a la gente; velaban al ídolo por sus cuartos porque no se apagase la lumbre que estaba delante del altar. Administraban el incensario con que los sacerdotes incensaban el ídolo a media noche, a la mañana, a mediodía y a la oración. Estos estaban muy sujetos y obedientes a los mayores, y no salían un punto de lo que les mandaban. Después que a media noche acababan de incensar los sacerdotes, éstos se iban a un lugar particular, y sacrificaban sacándose sangre de los molledos con unas puntas duras y agudas.

La sangre que así sacaban se la ponían por las sienes hasta lo bajo de la oreja. Hecho este sacrificio, se iban luego a lavar a una laguna. No se untaban estos mozos con ningún betún en la cabeza ni en el cuerpo como los sacerdotes, y su vestido era de una tela que acá se hace muy áspera y blanca. Durábales este ejercicio y aspereza de penitencia un año entero, en el cual vivían con mucho recogimiento y mortificación. La segunda casa de recogimiento estaba frontera de ésta, la cual era de monjas recogidas, todas doncellas de doce a trece años, a las cuales llamaban las mozas de la penitencia. Eran tantas como los varones. Vivían, asimismo, en castidad y clausura, como doncellas diputadas al servicio de Dios. No tenían otro ejercicio sino rezar y barrer el templo, y hacer cada mañana de comer para el ídolo y sus ministros, de aquello que de limosna recogían los mozos. La comida que al ídolo hacían eran unos bollos pequeños hechos unos a manera de manos y pies y otros retorcidos como melcochas. Con este pan hacían unos guisados, y poníanselo al ídolo delante cada día. Entraban estas mozas trasquiladas y después dejaban crecer el cabello hasta cierto tiempo. Estas, en algunas festividades, se emplumaban las piernas y brazos y poníanse color en los carrillos. Levantábanse a media noche a las alabanzas de los ídolos que de continuo se hacían, haciendo los mismos ejercicios que los demás. Tenían amas, que eran como abadesas y prioras, que las ocupaban en hacer lienzos de labores de muchas diferencias para el ornato de los dioses y de los templos.

El traje que a la continua traían era todo blanco, sin labor ni color alguno. Estaban en este ejercicio y penitencia un año como los varones, el cual cumplido salían de allí Para poderse casar, así ellos como ellas. En saliendo éstos, luego sucedían otros, porque de ordinario ellos, o sus padres por ellos, hacían voto de servir en el templo un año con esta aspereza y penitencia, la cual hacían las mujeres a media noche al mismo tiempo que los varones sacrificándose en las puntas de las orejas hacia la parte de arriba, y la sangre que se sacaban poníansela en las mejillas. Dentro de su recogimiento vivían en mucha honestidad y tenían una alberca donde se lavaban aquella sangre. Su recogimiento era muy grande y vivían en mucha honestidad. Era tanto el rigor con que se miraba por ellas que si hallaban a alguno en algún delito contra honestidad por leve que fuese, los mataban luego sin ninguna remisión, diciendo haber violado la casa de su dios y gran señor. Sobre lo cual fundaban un agüero y era que como había mozos y mozas y conocían su poca constancia y mucha flaqueza, vivían siempre con gran cuidado y recelo, y así viendo entrar algún ratón en el oratorio del ídolo o algún murciélago o si hallaban acaso roído algún velo del templo, o agujero que hubiese hecho el ratón, decían que algún pecado se había cometido y que alguna injuria se había hecho a su dios, pues el ratón o murciélago se había atrevido a ofender el ídolo, y andaban muy sobre aviso para saber quién era la causa de tan gran desacato.

Hallado el delincuente por muy aventajado que fuese en dignidad y linaje, le mataban, vengando con aquello la injuria que a su dios se había hecho. Estos mozos y mozas habían de ser de seis barrios que para este efecto estaban nombrados y no podían ser de otros. Las mozas de este recogimiento, dos días antes de la fiesta de este ídolo Huitzilopuchtli, molían mucha cantidad de semilla de bledos juntamente con maíz tostado y, después de molido, amasábanlo con miel y hacían de aquella masa un ídolo tan grande como era el de madera. Poníanle por ojos unas cuentas verdes, o azules, o blancas y por dientes unos granos de maíz, sentado con todo el aparato que arriba queda dicho. Después de perfeccionado, venían todos los señores y traían un vestido curioso y rico conforme al traje del ídolo, con el cual le vestían, y depués de muy bien vestido y aderezado, sentábanle en un escaño azul en sus andas con sus cuatro maderos para llevarlo en hombros. Llegada la mañana de la fiesta, una hora antes de amanecer, salían todas estas doncellas vestidas de blanco con atavíos nuevos y aquel día las llamaban hermanas del dios Huitzilopuchtli. Venían coronadas con guirnaldas de maíz tostado y reventado, que parece azahar, y a los cuellos gruesos sartales de lo mismo, que les venían por debajo del brazo izquierdo, puesta su color en los carrillos y los brazos desde los codos hasta las muñecas, emplumados de plumas coloradas de papagayos. Así aderezadas, tomaban las andas del ídolo en los hombros y sacábanlas al patio, donde estaban ya todos los mancebos vestidos con unas sábanas de red galanas y coronados de la misma manera que las mujeres.

En saliendo las mozas con el ídolo, llegaban los mancebos con mucha reverencia y tomaban las andas en los hombros trayéndolas al pie de las gradas del templo, donde se humillaba todo el pueblo, y tomando tierra del suelo se la ponían en la boca, que era ceremonia ordinaria entre ellos en los principales días de fiesta de sus dioses. Hecha esta ceremonia, salía todo el pueblo en procesión con toda la prisa posible e iban a un cerro que está a una legua de esta ciudad, llamado Chapultepec. Allí hacían estación y sacrificios. Luego partían con la misma prisa a un lugar cerca de allí, que se dice Atlacuyhuayan, donde hacían la segunda estación. De allí iban a otro pueblo, una legua adelante, que se dice Coyohuacan, de donde partían volviéndose a la ciudad de México sin hacer pausa. Hacían este viaje de más de cuatro leguas en tres o cuatro horas. Llamaban a esta procesión ypaina Huitzilopuchtli, que quiere decir "el veloz y apresurado camino de Huitzilopuchtli". Acabados de llegar al pie de las gradas ponían allí las andas, tomaban unas sogas gruesas y atábanlas a los asideros de las andas, y con mucho tiento y reverencia, unos tirando de arriba y otros ayudando de abajo, subían las andas con el ídolo a la cumbre del templo con mucho ruido de flautas y clamor de bocinas y caracoles y atambores, subiendo de esta manera por ser las gradas del templo muy empinadas y angostas y la escalera bien larga, y así no podían subir con las andas en los hombros.

Al tiempo que subían al ídolo, todo el pueblo estaba en el patio con mucha reverencia y temor. Acabado de subirlo a lo alto y metido en una casilla de rosas que le tenían hecha, venían los mancebos y derramaban muchas rosas de diversos colores hinchendo todo el templo dentro y fuera de ellas. Hecho esto, salían todas las doncellas con el aderezo referido y sacaban de su recogimiento unos trozos de masa de maíz tostado y bledos, que es la misma de que el ídolo era hecho, hechos a la manera de huevos grandes y entregábanlos a los mancebos. Ellos subíanlos arriba y poníanlos a los pies del ídolo por todo aquel lugar hasta que no cabían más. A estos trozos de masa llamaban "los huesos y carne de Huitzilopuchtli". Puestos así los huesos, salían todos los ancianos del templo, sacerdotes y levitas y todos los demás ministros según sus dignidades y antigüedades, porque las había con mucho concierto y orden con sus nombres y dictados. Salían unos tras otros con sus velos de red de diferentes colores y labores, según la dignidad y oficio de cada uno, con guirnaldas en las cabezas y sartales de rosas en los cuellos. Tras estos, salían los dioses y diosas que adornaban en diversas figuras vestidas de la misma librea y poniendo en orden alrededor de aquella masa, hacían cierta ceremonia de canto y baile sobre ellos, con la cual quedaban benditos y consagrados por "carne y huesos" de aquel ídolo. Luego, se apercibían los sacrificadores para hacer el sacrificio en este gran templo de Huitzilopuchtli, cuya forma pintan de esta manera.

Este es el templo del dios Huitzilopuchtli, do se enterraban los reyes y personas graves, como capitanes y ministros del templo. Quiere decir Huitzilopuchtli, "Siniestro de plumas relumbrante". Acabada pues la ceremonia y bendición de aquellos trozos de masa en figura de huesos y carne del ídolo, en cuyo nombre eran reverenciados y honrados con la misma veneración y acatamiento que nosotros reverenciamos al Santísimo Sacramento del altar, salían los sacrificadores que para este día y fiesta había diputados y constituídos en aquella dignidad, los cuales eran seis: cuatro para tener los pies y manos del que había de ser sacrificado, otro para sujetar la garganta y el otro para cortar el pecho y sacar el corazón del sacrificado. Llamaban a estos chachalmeca, que en nuestra lengua es lo mismo que "ministro de cosa sagrada". Era ésta una dignidad suprema y entre ellos tenida en mucho, la cual se heredaba como cosa de mayorazgo. El ministro que tenía oficio de matar, que era el sexto de éstos, era tenido y reverenciado como supremo sacerdote o pontífice, el nombre del cual era diferente, según la diferencia de los tiempos y solemnidades en que sacrificaban. Asimismo, eran diferentes las vestiduras cuando salía a ejercitar su oficio en diversos tiempos; el nombre de su dignidad era papa y topiltzin. El traje y ropa eran una cortina colorada, a manera de dalmática, con unas flechaduras verdes por orla, una corona de ricas plumas verdes y amarillas en la cabeza, en las orejas unos como zarcillos de oro engastados en ellos unas piedras verdes y debajo del labio, junto al medio de la barba, una pieza como canutillo de una piedra azul.

Venían estos seis sacrificadores embijados el rostro y las manos, untados de negro y muy atezados. Los cinco traían unas cabelleras muy encrespadas y revueltas con unas vendas de cuero ceñidas por medio de las cabezas. En la frente traían unas rodelas de papel, pequeñas, pintadas de diversos colores e iban vestidos con unas dalmáticas blancas labradas de negro. Con este atavío se revestían en la misma figura del demonio, que verlos salir con tan mala catadura ponía grandísimo miedo a todo el pueblo. El supremo sacerdote traía en la mano un gran cuchillo de pedernal muy agudo y ancho, el otro traía un collar de palo labrado a manera de una culebra. Puestos todos los seis ante el ídolo, hacían su humillación y poníanse en orden junto a la piedra piramidal puntiaguda, que ya queda dicho estaba frontera de la puerta de la cámara del ídolo. Era tan puntiaguda esta piedra, que echando de espaldas sobre ella el que había de ser sacrificado, se doblaba de tal suerte, que dejando caer el cuchillo sobre el pecho, con mucha facilidad se abría un hombre por medio. Después de puestos en orden estos sacrificadores, sacaban todos los que habían preso en las guerras, que en esta fiesta habían de ser sacrificados, y, muy acompañados de gente de guarda, subíanlos en aquellas largas escaleras de pie de la palizada, todos en ringlera y desnudos en carnes. Descendía luego una dignidad del templo, constituida en aquel oficio, y bajando en brazos un ídolo pequeño (como en otra parte queda dicho), lo mostraban a los que habían de morir.

En acabando, se bajaba y todos tras él, y subiendo al lugar donde estaban apercibidos los ministros, llevaban uno a uno a los que habían de ser sacrificados. En llegando los seis sacrificadores, le tomaban uno de un pie y otro del otro, uno de una mano y otro de la otra y lo echaban de espaldas encima de aquella piedra puntiaguda, donde el quinto de estos ministros le echaba el collar a la garganta. Luego el sumo sacerdote le abría el pecho con aquel agudo cuchillo con una presteza extraña, arrancándole el corazón con las manos, y, baheando, se lo mostraba al sol, a quien ofrecía aquel calor y vaho del corazón. Luego, se volvía al ídolo y arrojábaselo al rostro. Luego echaban rodando el cuerpo sacrificado por las gradas del templo con mucha facilidad, porque estaba la piedra puesta tan junto a las gradas que no había dos pies de espacio entre la piedra y el primer escalón, y así, con un puntapié, echaban los cuerpos por las gradas abajo. De esta suerte sacrificaban todos los presos en la guerra. Después de muertos y echados abajo los cuerpos, los alzaban los dueños por cuyas manos habían sido presos, se los llevaban y repartíanlos entre sí, y se los comían celebrando con ellos la solemnidad. Los cuales por pocos que fuesen siempre pasaban de cuarenta y cincuenta, porque había hombres muy diestros en cautivar. Lo mismo hacían todas las demás naciones comarcanas, imitando a los mexicanos en sus ritos y ceremonias en servicio de sus dioses. Esta fiesta de Huitzilopuchtli era general en toda la tierra, porque era un dios muy temido y reverenciado, y así, unos por temor y otros por amor, no había provincia ni pueblo alguno que en la forma dicha no celebrase la fiesta del ídolo Huitzilopuchtli con la misma reverencia y acatamiento con que nosotros celebramos la fiesta del Santísimo Sacramento.

La nombraban Cohuailhuitl, que quiere decir "fiesta de todos", y cada pueblo en tal día sacrificaba lo que sus capitanes y soldados habían cautivado, y certifican que pasaban de mil los que morían aquel día. Y para este fin de tener cautivos para los sacrificios, ordenaban las guerras que entre México y toda la nación tlaxcalteca había, no queriendo los mexicanos destruir y sujetar a Tlaxcala, a Huexotzinco, a Tepeaca, a Calpa, Acatzinco, Quauhquechulan y Atlixco, con otros comarcanos suyos, pudiéndolo hacer con mucha facilidad como habían sujetado a todo lo restarte de la tierra, por dos razones: la primera y principal era decir que querían aquella gente para comida de sus dioses, cuya carne les era dulcísima y delicada, y la segunda era para ejercitar sus valerosos brazos, y donde fuese conocido el valor de cada uno. Y en realidad de verdad no se hacían para otro fin las guerras, sino para traer gente de una parte y otra, para sacrificar, porque nunca sacrificaban sino esclavos comprados o habidos en guerra. El modo que había para traer cautivos era que cuando se acercaba el día de cualquier fiesta donde había de haber sacrificios, iban los sacerdotes a los reyes y manifestábanles cómo los dioses se morían de hambre, que se acordasen de ellos. Luego, los reyes se apercibían y avisaban unos a otros cómo los dioses pedían de comer, por tanto, que apercibiesen sus gentes para el día señalado, enviando sus mensajeros a las provincias contrarias para que se apercibiesen a venir a la guerra.

Y así, congregadas sus gentes y ordenadas sus capitanías y escuadrones, salían al campo, situado donde se juntaban los ejércitos, y toda su contienda y batalla era prenderse unos a otros para el efecto de sacrificar, procurando señalarse así una parte como otra en traer más cautivos para el sacrificio, de suerte que en estas batallas más pretendían prenderse que matarse, porque todo su fin era traer hombres vivos para dar de comer al ídolo. Y este era el modo y manera con que traían las víctimas a sus dioses, las cuales acabadas salían luego todos los mancebos y mozos del templo, aderezados como ya se ha dicho, puestos en orden y en hileras los unos enfrente de los otros, bailaban y cantaban al son de un atambor que les tañían en loor de la solemnidad e ídolo que celebraban, a cuyo canto todos los señores y viejos y gente principal respondían bailando en el circuito de ello, haciendo un hermoso corro como lo tienen de costumbre, teniendo siempre a los mozos y mozas en medio, a cuyo espectáculo concurría toda la ciudad. En este día del ídolo Huitzilopuchtli, era precepto muy guardado en toda la tierra que no se había de comer otra comida, sino de aquella masa con miel de que el ídolo era hecho. Y este manjar se había de comer en amaneciendo y no habían de beber agua ni otra cosa hasta pasado el mediodía. Lo contrario tenían por agüero y sacrilegio. Pasadas las ceremonias, podían comer otras cosas. En este ínterin escondían el agua de los niños y avisaban a todos los que tenían uso de razón que no bebiesen agua, porque vendría la ira de dios sobre ellos y morirían, y guardaban esto con gran cuidado y rigor.

Concluidas las ceremonias, bailes y sacrificios, íbanse a desnudar, y los sacerdotes y dignidades del templo tomaban el ídolo de masa y desnudábanlo de aquellos aderezos que tenía, y así a él como a los trozos que estaban consagrados, hacíanlos muchos pedacitos y, comenzando desde los mayores, comulgaban con ellos a todo el pueblo, chicos y grandes, hombres y mujeres, viejos y niños. Recibíanle con tanta reverencia, temor y lágrimas que ponía admiración, diciendo que comían la carne y huesos de dios, teniéndose por indignos de ello. Los que tenían enfermo pedían para él y llevábanselo con mucha reverencia y veneración. Todos los que comulgaban quedaban obligados a dar diezmo de aquella semilla de que se hacía el ídolo. Acabada la solemnidad de la comunión, se subía un viejo de mucha autoridad, y a voz alta predicaba su ley y ceremonias, entre ellos los diez mandamientos que nosotros somos obligados a guardar. Conviene a saber: que temiesen y honrasen a los dioses, los cuales eran tan reverenciados, que el ofenderlos no se pagaba menos que con la vida. Tambien el no tomar a sus dioses en su boca en ninguna materia. El santificar las fiestas con un rigor extraño, cumpliendo los ritos y ceremonias de ellas con sus ayunos y vigilias inviolablemente. El honrar a los padres y a las madres, a los parientes y a los sacerdotes y viejos, y así no había gente en el mundo que con más temor y reverencia honrase a sus mayores, tanto que a los que no reverenciaban a los padres y ancianos, les costaba la vida; y lo que encargaba más esta gente a sus hijos era reverenciar a los ancianos de cualquier estado y condición que fuesen, de donde venían a ser los sacerdotes tan venerados, de grandes y chicos, de señores y populares.

El matar uno a otro era muy prohibido y, aunque no se pagaba con muerte, hacían al homicida esclavo perpetuo de la mujer o parientes del muerto para que les sirviese y supliese la falta del muerto, ganando el sustento de los hijos que dejaba. El fornicar y adulterar se prohibía de tal manera que si tomaban a uno en adulterio, le echaban una soga a la garganta y le apedreaban y apaleaban, arrastrándole por toda la ciudad, y después le echaban fuera del poblado para que fuese comido de fieras. Al que hurtaba, o le mataban o le vendían por el precio del hurto. Al que levantaba falso testimonio le daban pena afrentosa, etc. Con este rigor que se guardaba en la observancia de las leyes, el que había caído en algún pecado de estos andaba siempre temeroso y pidiendo a los dioses favor para no ser descubierto. El perdón de los delitos era cada cuatro años como jubileo, donde tenían remisión de ellos en la fiesta de un gran ídolo llamado Tezcatlipuca, la cual fiesta se celebraba con gran solemnidad y ceremonia, con tanto aparato de sacrificios como en la de Huitzilopuchtli. La pintura del modo y manera del sacrificio, es esta que se sigue, que queda dicho en la solemnidad del ídolo Huitzilopuchtli. Y porque no quede por declarar el nombre de este ídolo, es de saber que Huitzilopuchtli quiere decir "Siniestra de pluma relumbrante". Compónese de este nombre Huitzitzilin, que es Un pájaro de pluma rica, y de este nombre Opochtli, que quiere decir "lado siniestro". Y así dicen Huitzilopuchtli. La razón porque le pusieron este nombre fué porque siempre tenía en el brazo siniestro un brazalete de oro con mucha plumería rica. Desta manera sacrificaban, enseñado por el ídolo Huitzilopuchtli.

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