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Datos principales


Desarrollo


Castigo que se hizo en los de Chololla por su traición Así que, al día siguiente por la mañana, muy alegres, pensando que tenían bien entablado su juego, hicieron venir a muchos para llevar el hato, y otros con hamacas para llevar a los españoles, como en andas, creyendo cogerlos en ellas. Vinieron asimismo gran cantidad de hombres armados, de los más valientes, para matar al que se rebullese; y los sacerdotes sacrificaron a su Quezalcouatlh diez niños de tres años, cinco de ellos hembras, costumbre que tenían al comenzar alguna guerra. Los capitanes se pusieron disimuladamente en las cuatro puertas del patio y aposento de los españoles, con algunos que traían armas. Cortés, muy silenciosamente, avisó muy de mañana a los de Tlaxcallan y Cempoallan y los demás amigos. Hizo estar a caballo a los suyos, y dijo a los demás españoles que meneasen las manos en sintiendo una escopeta, pues les iba en ello la vida; y como vio que los del pueblo iban llegando, mandó que llamasen a su cámara a los capitanes y señores, que se quería despedir de ellos. Vinieron muchos, pero no dejó entrar mas que hasta treinta, que le parecieron, por lo que antes había visto, ser los principales, y les dijo que siempre les había dicho verdad, y que ellos a él mentira, aun habiéndoselo rogado y avisado; y que porque le rogaron, aunque con dañada intención, que no entrasen los de Tlaxcallan en su pueblo, lo había hecho con gusto, y aun también había mandado a los de su compañía que no les hiciesen mal ninguno, y a pesar de que no le habían dado de comer, como era de razón, no había consentido que los suyos les cogiesen ni siquiera una gallina, y que en pago de aquellas buenas obras tenían acordado de matarle con todos los suyos.

Y ya que dentro de casa no podían, allá fuera en el camino en los malos pasos por donde le querían guiar, ayudándose de los treinta mil hombres de las guarniciones de Moctezuma, que estaban a dos leguas. Pues por esta maldad, dijo, moriréis todos; y en señal de traidores, se asolará la ciudad, hasta no quedar ni recuerdo; y pues ya lo sabía, no tenían por qué negarle la verdad. Ellos se sorprendieron terriblemente: mirábanse unos a otros, más encendidos que las brasas, y decían: "Éste es como nuestros dioses, que todo lo sabe; no hay por qué negárselo". Y, así, confesaron luego que era verdad delante de los embajadores, que estaban también allí. Fuera de esto apartó a cuatro o cinco por sí, para que no los oyesen aquellos mexicanos, y contaron todo el hecho de la traición desde su principio, y entonces dijo a los embajadores cómo los de Chololla le querían matar, inducidos por ellos, de parte de Moctezuma; mas que no lo creía, porque Moctezuma era su amigo y gran señor, y los grandes señores no solían mentir ni hacer traiciones, y que quería castigar a aquellos bellacos traidores y fementidos. Pero que ellos no temiesen, que eran inviolables, como personas públicas y enviados de rey, a quien tenían que servir, y no enojar; y que era tal y tan bueno, que no mandaría tan fea e infame cosa. Todo esto lo decía por no descompadrear con él hasta verse dentro de México. Mandó matar a algunos de aquellos capitanes, y los demás los dejó atados.

Hizo disparar la escopeta, que era la señal, y arremetieron con gran ímpetu y enojo todos los españoles y sus amigos a los del pueblo. Hicieron conforme al apuro en que estaban, y en dos horas mataron más de seis mil. Mandó Cortés que no matasen niños ni mujeres. Pelearon cinco horas, porque, como los del pueblo estaban armados y las calles con barreras, tuvieron defensa. Quemaron todas las casas y torres que hacían resistencia. Echaron fuera toda la vecindad; quedaron teñidos en sangre. No pisaban más que cuerpos muertos. Se subieron a la torre mayor, que tiene ciento veinte gradas, hasta veinte caballeros, con muchos sacerdotes del mismo templo; los cuales con flechas y cantos hicieron mucho daño. Fueron requeridos, pero no se rindieron, y así, se quemaron con el fuego que les prendieron, quejándose de sus dioses cuán mal lo hacían en no ayudarlos ni defendiendo su ciudad y santuario. Se saqueó la ciudad. Los nuestros tomaron el despojo de oro, plata y pluma, y los indios amigos mucha ropa y sal, que era lo que más deseaban, y destruyeron cuanto les fue posible, hasta que Cortés mandó que cesasen. Aquellos capitanes que estaban presos, viendo la destrucción y matanza de su ciudad, vecinos y parientes, rogaron con muchas lágrimas a Cortés que soltase a alguno de ellos, para ver qué habían hecho sus dioses de la gente menuda; y que perdonase a los que quedaban vivos, para volverse a sus casas, pues no tenían tanta culpa de su daño como Moctezuma, que los sobornó. Él soltó a dos, y al siguiente día estaba la ciudad que no parecía que faltaba hombre; y luego, a ruegos de los de Tlaxcallan, que tomaron por intercesores, los perdonó a todos y soltó los presos, y dijo que otro semejante castigo y daño haría donde le mostrasen mala voluntad y le mintiesen y urdiesen aquellas traiciones; de que no poco miedo les quedó a todos. Hizo amigos a los de Chololla con los de Tlaxcallan, como ya en tiempo pasado solían ser, sino que Moctezuma y los otros reyes antes que él los habían enemistado con dádivas y palabras y aun por miedo. Los de la ciudad, como había muerto su general, crearon otro con licencia de Cortés.

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