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Datos principales


Desarrollo


Capítulo IX 257 Del sentimiento que hicieron los indios cuando les quitaron los frailes, y de la diligencia que tuvieron para que se los diesen; y de la honra que hacen a la señal de la cruz 258 En el capítulo que los frailes menores celebraron en México en el año de 1538, a 19 días del mes de mayo, que fue la domínica cuarta después de Pascua, se ordenó por la falta que había de frailes, que algunos monasterios cercanos de otros no fuesen conventos, sino que de otros fuesen proveídos y visitados; esto fue fuego sabido por los indios de otra manera, y era que les dijeron que del todo los dejaban sin frailes; y como se leyó la tabla del capítulo, que la estaban esperando los indios que los señores tenían puestos como en postas para saber a quién les daban por guardián o predicador que los enseñe, y como para algunas casas no se nombraron frailes, sino que de otras se proveyesen, una de las cuales fue Xuchimilco, que es un gran pueblo en la laguna dulce, cuatro leguas de México, y aunque se leyó la tabla un día muy tarde, luego por la mañana otro día lo sabían todos los de aquel lugar; y tenían en su monasterio tres frailes, y júntase todo el pueblo y entran en el monasterio, en la iglesia, que no es pequeña, y quedaron muchos de fuera del patio que no cupieron, porque dicen que eran más de diez mil ánimas, y pónense todos de rodillas delante del Santísimo Sacramento, y comienzan a clamar y a rogar a Dios que no consintiese que quedasen desamparados, pues los había hecho tanta merced de traerlos a su conocimiento; con otras muchas palabras muy lastimeras y de compasión, cada uno las mejores que su deseo y necesidad les dictaba; y esto era con grandes voces, y lo mismo hacían los del patio; y como los frailes vieron el grande ayuntamiento, y que todos lloraban y los tenían en medio, lloraban también sin saber por qué, porque aún no sabían lo que en el capítulo se había ordenado, y por mucho que trabajaban en consolarlos, era tanto el ruido, que ni los unos ni los otros no se podían entender.

Duró esto todo el día entero, que era un jueves, y siempre recreciendo más gente; y andando la cosa de esta manera acordaron algunos de ir a México, y ni los que iban ni los que quedaban se acordaban de comer. Los que fueron a México allegaron a hora de misa, y entraron en la iglesia de San Francisco con tanto ímpetu, que espantaron a los que en ella se hallaron, e hincándose de rodillas delante del Santísimo decían cada uno lo que mejor le parecía que convenía, y llamaban a Nuestra Señora para que les ayudase, otros a San Francisco y otros santos, con tan vivas lágrimas, que dos o tres veces que entré en la capilla y sabida la causa quedé fuera de mí espantado, e hiciéronme llorar en verlos tan tristes, y aunque yo y otros frailes los queríamos consolar, no nos querían oír, sino decíannos: "padres nuestros, ¿por qué nos desamparáis ahora, después de bautizados y casados? Acordaos que muchas veces nos decíades, que por nosotros habíades venido de Castilla, y que Dios os había enviado. Pues si ahora nos dejáis, ¿a quién iremos?, que los demonios otra vez nos querrán engañar, como solían y tornaremos a su idolatría". Nosotros no les podíamos responder por el mucho ruido que tenían, hasta que hecho un poco de silencio les dijimos la verdad de lo que pasaba, cómo en el capítulo se había ordenado, consolándolos lo mejor que pudimos, y prometiéndoles de no les dejar hasta la muerte. Muchos españoles que se hallaron presentes estaban maravillados; y otros que oyeron lo que pasaba vinieron luego, y vieron lo que no creían, y volvían maravillados de ver la armonía que aquella pobre gente tenía con Dios y con su Madre, y con los santos, porque muchos de los españoles están incrédulos en esto de la conversión de los indios, y otros como si morasen mil leguas de ellos no saben ni ven nada, por estar demasiadamente intentos y metidos en adquirir el oro que vinieron a buscar, para en teniéndolo volverse con ello a España; y para mostrar su concepto, es siempre su ordinario juramento, "así Dios me lleve a España"; pero los nobles y caballeros virtuosos y cristianos, muy edificados están de ver la buena conversión de estos indios naturales.

Estuvieron los indios de la manera que está dicha, hasta que salimos de comer a dar gracias, y entonces el provincial consolándolos muchos, les dio dos frailes, para que fuesen con ellos; con los cuales fueron tan contentos y tan regocijados, como si les hubiesen dado a todo el mundo. 259 Cholola era una de las casas adonde también quitaban los guardianes; y aunque está de México casi a veinte leguas, supiéronlo en breve tiempo y de la manera que los de Xuchimilco, y lo primero que hicieron fue juntarse todos e irse al monasterio de San Francisco con las mismas lágrimas y alboroto, que en la otra parte habían hecho, y no contentos con esto vanse para México, y no tres o cuatro, sino ochocientos de ellos, y aun algunos decían que eran más de mil, y allegan con gran ímpetu y no con poca agua, porque llovía muy recio, a San Francisco de México, y comienzan a llorar y a decir: "que se compadeciesen de ellos y de todos los que quedaban en Cholola, y que no les quitasen los frailes; y que si ellos por ser pecadores no lo merecían, que lo hiciesen por muchos niños inocentes que se perderían si no tuviesen quién les doctrinase y enseñase la ley de Dios"; y con esto decían otras muchas y muy buenas palabras, que bastaron a alcanzar o que demandaban. 260 Y porque la misericordia de Dios no dejase de alcanzar a todas partes, como siempre lo hizo, hace y hará, y más adonde hay más necesidad, proveyó que andando la cosa de la manera que está dicho, vinieron de España veinte y cinco frailes, que bastaron para suplir la falta que en aquellas casas había y no sólo esto, pero cuando el general de la orden de los menores no quería dar frailes, y todos los provinciales de la dicha orden estorbaban que no pasasen acá ningún fraile, y así casi cerrada la puerta de toda esperanza humana, inspiró Dios en la Emperatriz doña Isabel, que es en gloria, y mandó que viniesen de España más de cien frailes, aunque de ellos no vinieron sino cuarenta; los cuales hicieron mucho fruto en la conversión de estos naturales o indios.

261 En México, en el año de 1528, la justicia sacó a un hombre del monasterio de San Francisco por fuerza, y por causa tan liviana, que aunque le prendieran en la plaza, se librara, si le quisieran oír por su juicio con procurador y abogado, porque sus delitos eran ya viejos y estaba libre de ellos; mas como no le quisieron oír fue justiciado. Y antes de esto había la justicia sacado del mismo monasterio otros tres o cuatro, con mucha violencia, quebrantando el monasterio; y los delitos de éstos no merecían muerte, y sin los oír fueron justiciados, ni casi darles lugar para que se confesasen, siendo contra derecho divino y humano; y ni por estas muertes ni por la ya dicha la justicia nunca hizo penitencia ni satisfacción ninguna a la Iglesia, ni a los difuntos, sino que los absolvieron a reincidencia, o no sé cómo; aunque Dios no ha dejado sin castigo a alguno de ellos, y yo lo he bien notado, y así hará a los demás si no se humillaren, porque un idiota los absolvió, sin que penitencia se haya visto por tan enorme pecado público, y por estas causas y por otras de esta calidad el prelado de los frailes sacó los frailes del monasterio de San Francisco de México, y consumieron el Santísimo Sacramento y descompusieron los altares, sin que por ello respondiesen ni lo sintiesen los españoles vecinos que eran de México, no teniendo razón de lo hacer, porque los frailes franciscanos fueron sus capellanes y predicadores en la conquista, y tres frailes de muy buena vida y de muy grande ejemplo murieron en Tezcuco antes que se habitase México, y los que quedaron perseveraron siempre en su compañía.

San Francisco fue la primera iglesia de toda esta tierra, y adonde primero se puso el sacramento, y siempre han predicado a los españoles y a sus indios, y éstos son los que descargan sus conciencias, porque con esta condición les da el rey los indios; y con todo esto estuvo San Francisco de México sin frailes y sin sacramento más de tres meses, que apenas hubo sentimiento en los cristianos viejos, y si lo tuvieron callaron por el temor de la justicia; y los recién convertidos, porque no les quitasen el sacramento y sus maestros que les enseñaban y doctrinaban, hicieron lo que está dicho. 262 Está tan ensalzada en esta tierra la señal de la cruz por todos los pueblos y caminos, que se dice que ninguna parte de la cristiandad está más ensalzada, ni adonde tantas ni tales ni tan altas cruces haya; en especial las de los patios de las iglesias son muy solemnes, las cuales cada domingo y cada fiesta adornan con muchas rosas y flores, y espadañas y ramos. En las iglesias y en los altares las tienen de oro y de plata, y pluma, no macizas, sino de hoja de oro y plata sobre palo. Otras muchas cruces se han hecho y hacen en piedras de turquesas, que en esta tierra hay muchas, aunque sacan pocas de tumbo, sino llanas, éstas, después de hecha la talla de la cruz, o labrada en palo, y puesto un fuerte betún o engrudo, y labradas aquellas piedras, van con fuego sutilmente ablandando el engrudo y asentando las turquesas hasta cubrir toda la cruz, y entre estas turquesas asientan otras piedras de otros colores.

Estas cruces son muy vistosas, y los lapidarios las tienen en mucho, y dicen que son de mucho valor. De una piedra blanca, transparente y clara hacen también cruces, con sus pies, muy bien labrados; de éstas sirven de portapaces en los altares, porque las hacen del grandor de un palmo o poco mayores. Casi en todos los retablos pintan en el medio la imagen del crucifijo. Hasta ahora que no tenían oro batido, y en los retablos, que no son pocos, ponían a las imágenes diademas de hoja de oro. Otros crucifijos hacen de bulto, así de palo como de otros materiales, y hacen de manera que aunque el crucifijo sea tamaño como un hombre, le levantara un niño del suelo con una mano. Delante de esta señal de la cruz han acontecido algunos milagros, que dejo de decir por causa de brevedad; mas digo que los indios la tienen con tanta veneración, que muchos ayunan los viernes y se abstienen aquel día de tocar a sus mujeres, por devoción y reverencia de la cruz. 263 Los que con temor y por fuerza daban sus hijos para que los enseñasen y doctrinasen en la casa de Dios, ahora vienen rogando para que los reciban y los amuestren la doctrina cristiana y cosas de la fe; y son ya tantos los que se enseñan, que hay algunos monasterios adonde se enseñan trescientos y cuatrocientos y seiscientos, y hasta de mil de ellos, según son los pueblos y provincias; y son tan docibles y mansos, que más ruido dan diez de España que mil indios. Sin los que se enseñan aparte en las salas de las casas, que son hijos de personas principales, hay otros muchos de los hijos de gente común y baja, que los enseñan en los patios, porque los tienen puestos en costumbre, de luego de mañana cada día oír misa, y luego enseñarles un rato; y con esto vanse a servir y ayudar a sus padres, y de éstos salen muchos que sirven las iglesias y después se casan y ayudan a la cristiandad por todas partes.

264 En estas partes es costumbre general que en naciendo un hijo o hija le hacen una cuna pequeñita de palos delgados como jaula de pájaros, en que ponen los niños en naciendo, y en levantándose la madre, le lleva sobre sus hombros a la iglesia o doquiera que va, y desde que llega a cinco o seis meses, pónenlos desnuditos inter scapulas, y échanse una manta encima con que cubre su hijuelo, dejándole la cabeza de fuera, y ata la manta a sus pechos la madre, y así anda con ellos por los caminos y tierras a doquiera que van, y allí se van durmiendo como en buena cama; y hay de ellos que así a cuestas, de los pueblos que se visitan de tarde en tarde, los llevan a bautizar; otros en naciendo o pasados pocos días, y muchas veces los traen en acabado de nacer; y el primer manjar que gustan es la sal que les ponen en el bautismo, y antes es lavado en el agua del Espíritu Santo que guste de la leche de su madre ni de otra; porque en esta tierra es costumbre tener los niños un día natural sin mamar, y después pónenle la teta en la boca, y como está con apetito y gana de mamar, mama sin que haya menester quien lo amamante, ni miel para paladearle: y le envuelven en pañales pequeños, bien ásperos y pobres, armándole del trabajo a el desterrado hijo de Eva que nace en este valle de lágrimas y viene a llorar.

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