Visión de San Antonio de Padua

Datos principales


Autor

Bartolomé Esteban Murillo

Fecha

1656

Estilo

Barroco Español

Material

Oleo sobre lienzo

Dimensiones

56 x 33 cm.

Museo

Catedral de Sevilla

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En 1656 el cabildo de la Catedral de Sevilla encarga a Murillo un gran lienzo para decorar el altar de la capilla de San Antonio, que también hacía de capilla bautismal. En el mes de octubre el cuadro estaba colocado en el retablo construido para la ocasión por Bernardo Simón de Pineda. Murillo realiza un gran cuadro de altar con el que sigue la tradición de décadas anteriores, colocando un cuadro de grandes dimensiones en capillas de pequeño tamaño, lo que permitía aumentar la espectacularidad. Esta tradición ya había sido seguida por Roelas o Herrera el Viejo. San Antonio se encuentra en el interior de una estancia monumental, leyendo sobre una austera mesa -decorada con unos lirios que simbolizan la pureza- cuando recibe la visita del Niño Jesús rodeado de una corte de ángeles que forman una mandorla a su alrededor. El santo interrumpe su lectura y se arrodilla ante la espectacular visión, quedando iluminado por el resplandor que emana de la sagrada figura. Al fondo de la estancia se abre una puerta que permite contemplar una arquitectura monumental, exactamente una gran columna que formaría un pórtico de acceso al edificio donde está el santo. De esta manera son dos los focos lumínicos que inundan la parte baja de la composición, creando Murillo un sensacional efecto atmosférico que recuerda a Velázquez. La composición se estructura a través de una diagonal que enlaza las dos zonas mientras que el rompimiento de Gloria está organizado por un círculo.

Escorzadas figuras forman este rompimiento, acentuando el aspecto de teatralidad barroca que manifiesta el maestro en la escena, trayendo a la memoria los grandes lienzos de altar pintados por Rubens, Herrera el Mozo o Van Dyck. El juego de luces y sombras sirve para unificar la composición, de la misma manera que emplea el color con tal fin. Definitivamente Murillo ha abandonado el claroscuro para trabajar en un estilo propio, superando el naturalismo de la generación anterior que tenía en Zurbarán a su máximo representante. La llegada de las tropas francesas del Mariscal Soult en 1810 provocaron un gran peligro para las obras de Murillo. El general francés admiraba la obra del sevillano y desde un primer momento tuvo la intención de llevarse este cuadro a Francia. El cabildo catedralicio pudo persuadirle y le entregó en compensación el Nacimiento de la Virgen. Sin embargo, aquí no acaban los avatares del lienzo ya que en noviembre de 1874 la figura del santo fue recortada por un ladrón que la ofreció al año siguiente a un anticuario de Nueva York. La honradez del anticuario permitió que la embajada española comprara el recorte y éste fuera devuelto a la catedral, donde Salvador Martínez Cubells realizó un excelente trabajo de restauración, exhibiéndose en octubre de 1875.

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