Catedral de Santiago de Compostela. Tabernáculo de la Capilla Mayor

Datos principales


Autor

Domingo de Andrade

Fecha

1665

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La historia de este gran baldaquino que corona y monumentaliza la tumba de Santiago tuvo su inicio ya en 1643, cuando el Cabildo propuso reformar la Capilla Mayor, pidiendo trazas en 1648 a dos maestros de Madrid; el Cabildo optaba por un retablo de plata situado bajo el Tabernáculo ya existente, idea que rechazó de plano Vega y Verdugo, tanto por la estrechez del espacio de la Capilla Mayor como porque un retablo no era apropiado para visualizar el lugar de la tumba. Su propuesta está dominada por la idea de la consecución de una corrección óptica que permita captar el espacio de la Capilla Mayor como un gran recinto aéreo y dinámico, lo que llevará a utilizar como soporte columnas salomónicas y a erigir el baldaquino sobre cuatro grandes ángeles en vuelo superando, según sus propias palabras, "a el de Roma (el baldaquino de Bernini) mejorado, pues si allí columnas lo sostienen, acá ángeles le están sustentando". Para esta obra, de evidentes referencias italianas, Vega hubo de contar en un principio con los maestros de obras que por entonces trabajaban en la catedral, como Francisco de Antas Franco o Bernardo Cabrera, ambos entalladores, y llamó también al arquitecto madrileño Pedro de la Torre, lo que evidencia los contactos del fabriquero con la Corte de Madrid, así como su deseo de que en el conjunto trabajasen los artífices entonces más actualizados, lo que lleva también a que diversos elementos decorativos se tallen en Madrid. A partir de 1665 trabaja en el baldaquino Domingo Antonio de Andrade, quien sabe traducir a la perfección todos los deseos de Vega y Verdugo, tanto en el terreno de lo decorativo (a Vega se debe la exaltación de una decoración naturalista como la que usará Andrade) como sobre todo en el planteamiento espacial del tabernáculo, de macizo remate octogonal en el primer proyecto de Vega, pero que en manos de Andrade se transforma en una pirámide hueca en donde juega un papel esencial la luz, configuradora de un espacio dinámico y abierto en el que se suspende el baldaquino.

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