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Datos principales


Desarrollo


Las primeras terciarias agustinas no formaron un beaterio, ni siquiera estaban radicadas en la ciudad de Manila, sino que procedían de Mindanao, paradójicamente una de las islas más refractarias a la evangelización. En 1622, el Papa Gregorio XV había concedido a los Agustinos Recoletos el privilegio de establecer la Orden Tercera de San Agustín en las tierras donde desarrollaban su labor evangelizadora. Los primeros terciarios filipinos fueron dos mujeres, dos indias de Butuan (Mindanao) que habían enviudado, Clara Caliman e Isabel de Butuan, que llevaban una reconocida vida virtuosa, llenas de celo apostólico y dedicadas a obras de misericordia entre su gente. En 1630 tomaron el hábito de la Tercera Orden. Un siglo más tarde se fundaría en Manila un beaterio de agustinas terciarias. San Sebastián fue fundado en 1724 en el arrabal del mismo nombre por las hermanas Dionisia y Cecilia Rosa Talangpaz y Pamintuan, dos indias de Calumpit (Bulacán). Pertenecían a una familia noble y habían solicitado infructuosamente el hábito agustino. En 1724 abandonaron su familia y renunciaron a su herencia, entregándola a los pobres. Salieron de Calumpit y se pusieron en camino a Calumpag (cerca de Quiapo). Allí ocuparon una casa y comenzaron una vida de oración y mortificación, bajo la dirección del recoleto fray Juan de Santo Tomás de Aquino. El 16 de julio de 1725 recibieron el hábito de mantelatas de la Orden Tercera de San Agustín, de manos de fray Diego de San José.

Entonces tomaron los nombres Dionisia de Santa María y sor Cecilia Rosa de Jesús. Concluida la investidura el prior las condujo a una pequeña casa de nipa y bambú construida en un extremo del jardín del convento, para que estuvieran cerca de la iglesia. Poco tiempo después su ejemplo fue seguido por otras indias nobles hasta constituir una comunidad de seis beatas Estas primeras beatas fueron Luisa de Brito (Cavite), Catalina Arayat (Pampanga), Josefa Lucía (Malate) y Margarita Miranda (Pampanga). Es entonces cuando queda establecido el beaterio de San Sebastián. La atracción que comenzó a ejercer determinó también su primera crisis, al decidir el provincial recoleto dispersar a las beatas y destruir la casa, porque no veía posible atender a tal número de mujeres que comenzaron a solicitar ingresar en el beaterio. Gráfico En 1728 se les entregaron nuevamente los hábitos y se reconstruyó el beaterio. El número de beatas creció hasta ocho. Dionisia, la mayor de las hermanas fue nombrada priora. En principio, la finalidad del beaterio era acoger a las indias que desearan llevar una vida de mayor penitencia y oración, aunque entre las cuatro primeras que se unieron a Dionisia y Cecilia había una criolla, Margarita Miranda. Esta era viuda y se había establecido en Manila donde su marido tenía una casa. Al ser admitida en el beaterio tomó el nombre de Margarita de Santa Mónica. Fue ella la sucedió a Dionisia como priora del beaterio, a la muerte de ésta.

Estaban sujetas al prior de los agustinos del convento de San Sebastián. Además de llevar una intensa vida contemplativa, acogían a huérfanas en calidad de alumnas, a las que enseñaban a leer, a escribir, a coser, etc. Cuando esas alumnas no gozaban de una condición suficiente para costear su educación eran recibidas gratuitamente. A veces llegaban algunas damas españolas para hacer allí ejercicios espirituales. También se encargaban de atender el culto de la Virgen del Carmen que se veneraba en la contigua basílica. Se mantenían con lo que recaudaban de las limosnas y de la venta de las labores que realizaban. El número de beatas fue creciendo en la medida que lo permitió su pobreza. No se profesaban votos hasta el momento de la muerte, por lo que podían abandonar el beaterio cuando lo deseasen. En 1741 se empezó a construir un edificio de piedra con los donativos de varios benefactores. Cinco años después, las beatas se establecieron en él, aunque aún no estaba terminado. La priora, Margarita de Santa Mónica, instituyó una obra pía sobre el edificio y determinó que las rentas se repartieran equitativamente entre el beaterio y el convento agustino. A cambio pedía al prior que se ofreciera anualmente una misa por el eterno reposo de su alma. En 1745 el gobernador Obando ordenó que se les cobrara tributos, que abandonaran sus hábitos, recortaran el número de residentes y dejaran de hablar en tagalo. Se escogió entonces a tres beatas para ejercer labores de enseñanza.

Ante la amenaza del gobernador de disolver el beaterio, los recoletos acudieron a la protección real que devolvió la tranquilidad a las beatas. En el siglo XIX el beaterio fue parcialmente destruido por los terremotos de 1863 y 1880. La institución se mantuvo al margen del movimiento de apertura que caracterizó a otras fundaciones de este tipo, entrado ya el siglo XIX. Parece además que los recoletos no tenían en gran estima a las beatas y no se preocuparon de elevar su nivel cultural y espiritual. Durante las revoluciones, guerra filipino-americana y la anterior invasión inglesa el beaterio no fue atacado. En 1907 fundaron el Colegio de Santa Rita y el 16 de julio de 1929 fue erigida canónicamente como una congregación religiosa. Entonces las beatas fueron autorizadas a profesar votos perpetuos. Fruto de la evolución jurídica y espiritual de este beaterio es la actual congregación de agustinas recoletas de Filipinas con casas en Estados Unidos, Australia, Sierra Leona y gran parte de las provincias filipinas. Todo este esfuerzo por hacer crecer instituciones educativas desembocó a finales del siglo XIX y principios del XX en las facilidades institucionales que el gobierno dio para el acceso de las mujeres a magisterio y la organización posterior de la formación de comadronas que se hizo depender de la universidad y que formó parte del panorama de renovación de la enseñanza de la medicina. En la primera mitad del siglo XX ya existían diez escuelas normales de carácter elemental en el país: Santa Isabel, Santa Catalina, Santa Rosa, el Beaterio de la Compañía, la Consolación, la Concordia, el Santísimo Rosario en Ligayén, el Santísimo Rosario en Vigán y el Colegio Normal de Nueva Cáceres.

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