Actividades económicas en Numancia

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Por A. Jimeno Martínez,R. Berzosa del Campo, J. I. De la Torre Echávarri, R. Granda Dpto. de Prehistoria. Universidad Complutense Ciudad Universitaria, s/n. 28040 Madrid. Plan Director de Numancia. INTRODUCCIÓN En el presente trabajo se pretende realizar, a partir del análisis del utillaje metálico procedente de las antiguas excavaciones realizadas en Numancia, actualmente depositado en los fondos del Museo Numantino de Soria, la identificación de las distintas actividades económicas que llevaron a cabo los numantinos, así como intentar diferenciar a través de la revisión de las memorias de excavación de la Comisión Española de Excavaciones (que realizó sus trabajos entre 1906 y 1923), distintos espacios, tanto públicos como domésticos, y dentro de estos últimos, reconocer las diferentes áreas de actividad económica o de producción. Estos trabajos se realizan en el marco del Plan Director de Numancia, patrocinado por la Dirección General de Patrimonio y Promoción Cultural de la Junta de Castilla y León. Como es sabido, los útiles de todo tipo, son quienes constituyen la referencia más abundante en el registro arqueológico. Pero estos no sólo sirven, como ha ocurrido en el pasado, para establecer relaciones tipológicas, sino que pueden acumular una importante información sobre actividades económicas, dieta, comercio, intercambio, e incluso, el mundo espiritual. Pero sobre todo, hay que destacar que son el medio básico en la relación del hombre con el entorno ambiental.

Su estudio arqueológico puede completarse con analítica y técnicas; pero no podemos olvidar la aportación que en el campo de la tecnología y la funcionalidad de los útiles puede hacer la etnografía y etnoarqueología. Todo ello puede ser ahora completado en el interés de revivir el pasado mediante la Arqueología Experimental. TRABAJOS ANTERIORES Y FUENTES DE INFORMACIÓN En el ámbito de la Celtiberia, los estudios realizados hasta el momento sobre utillaje y economía doméstica se reducen a los recientes trabajos de Magdalena Barril (1992; Idem e.p.), en los que reconoce, en función de los materiales estudiados, (pertenecientes a yacimientos sorianos ya excavados por Blas Taracena como Las Quintanas y Cuesta del Moro de Langa de Duero, Castilterreño en Izana, o los Castejones de Calatañazor, hoy conservados en el M.A.N.) distintas actividades económicas, así como el proceso de desarrollo de las mismas. En relación a Numancia, la única bibliografía existente consiste en un catálogo descriptivo de algunos materiales de la ciudad, conservados hoy en el Museo Numantino, publicado hace unos años por María Ángeles Manrique (1980), materiales que este equipo ha revisado recientemente (Jimeno et alii e.p.), ofreciéndose aquí algunos de los resultados de este estudio. Aparte de lo anterior, han sido las Memorias de la Junta Superior de Excavaciones y Antigüedades, donde año tras año la Comisión de Excavaciones de Numancia iba publicando los resultados de sus trabajos, los viejos y confusos inventarios de materiales que nos ha facilitado el Museo Numantino, y la colección, que muestra actualmente mezcla de materiales de otros yacimientos de la provincia y pérdida de datos y referencias que permitan su identificación y segura adscripción numantina, las fuentes de información de las que hemos dispuesto para llevar a cabo nuestro estudio.

El no poder disponer de las fichas del Inventario General y Catálogo Sistemático, que perfectamente ordenadas poseía el antiguo Museo Numantino y que han sido incomprensiblemente retiradas para la consulta, ha supuesto una dificultad añadida para la realización de éste trabajo. PROBLEMAS ESTRATIGRÁFICOS Y SUPERPOSICIÓN DE CIUDADES Abordar el estudio de los materiales antiguos de Numancia hace necesario plantearse previamente los problemas estratigráficos que presenta el yacimiento, así como las diferentes interpretaciones en relación con la superposición de ciudades, ya que de ello depende la posibilidad de ofrecer una ordenación cronológica más precisa de los materiales metálicos estudiados. Desde los primeros trabajos de la Comisión de Excavaciones la investigación asumió que los restos estratigráficos, dejando aparte los dispersos de época prehistórica, correspondían únicamente a dos ciudades, una más antigua celtibérica, que no podía ser otra que la heroica Numancia del 133 a.C., sepultada por un "sudario" de incendio y destrucción, que la separaba de otra romana posterior, atribuida a Augusto, superpuesta encima y acomodada en gran medida al trazado de la anterior. Adolf Schulten a su vez diferenciará dos momentos prehistóricos y tres niveles más, que denominó "ibérico", iberorromano y romano, sin aclarar si con esta denominación pretendía admitir una continuidad de la ciudad con posterioridad al 133 a.

C. (Schulten 1914: 12-17). Será, no obstante, González Simancas, que realizaba trabajos paralelos a los de la Comisión tratando de documentar el sistema defensivo de la ciudad, quien llama la atención sobre la existencia de más de un nivel de incendio. Distinguió dos momentos prehistóricos, una muralla preescipiónica, e identificó dos ciudades incendiadas celtibéricas, así como una de época imperial y otra del Bajo Imperio, aludiendo también a la existencia de restos altomedievales (González Simancas 1926: 39). Por otra parte, el esquema de evolución tipológica de la cerámica elaborado por Taracena, sin el apoyo de comprobaciones estratigráficas, fue el punto de referencia para establecer la ordenación cronológica. Distinguía en las cerámicas pintadas tres estilos: uno más antiguo vinculado a los vasos blanco-amarillentos con pinturas polícromas naturalistas, que situaba a finales del siglo IV o principios del III a.C.; un segundo, geométrico, de engobes rojos y pinturas bícromas de temas fantásticos con tendencia al horror vacui, fechados a mediados del siglo III a.C.; y un tercer y último estilo, esquemático, de vasos rojos con motivos geométricos en negro, desde finales del siglo III al 133 a.C., momento último de Numancia (Taracena 1924). Los trabajos de Wattenberg a principios de los sesenta, revisan las estratigrafías proporcionadas por Koenen (arqueólogo del equipo de Schulten) (Fig. 1), y asumiendo lo apuntado por González Simancas, relacionó los tres niveles de incendio con otros tantos momentos históricos o conflictos bélicos en los que se vería involucrada Numancia; atribuyó al 133 el más potente, un segundo, lo situó entre el 133 y el 75 a.

C., y el tercero entre ese año y el 29 a.C., coincidiendo con el inicio de las campañas de Augusto contra vacceos, cántabros y astures (Wattenberg 1963: 20-22). Para este autor, las dos plantas de ciudades, consideradas celtibérica y romana, recogidas en el plano clásico de Taracena (1941, fig. 11), serían posteriores al 133 a.C. y su urbanismo se explicaría por ser obra romana; trazado que se conservaría y aprovecharía posteriormente en época imperial. Este marco estratigráfico aportó las bases para ordenar las cerámicas numantinas con un esquema opuesto al propuesto por Taracena (Wattenberg 1963: 33-36). Como vemos, los distintos trabajos arqueológicos han tenido dificultad para dar con el nivel del 133 a.C.. Si aceptamos la estratigrafía de Wattenberg, la Numancia indígena es mucho mejor conocida a partir de esa fecha. Por otro lado, las fechas más recientes que resultan de esta interpretación estratigráfica para las cerámicas numantinas, se ven confirmadas por trabajos posteriores (Romero 1976: 177-189). Pero a su vez, el esquema de Wattenberg también tiene puntos débiles; en primer lugar, todas las conclusiones estratigráficas se deducen de cortes practicados en una superficie reducida de la ciudad, ofreciendo una visión continuista de la ocupación de la misma, sin interrupciones, desde la base indígena más antigua hasta la época imperial romana. Finalmente resulta evidente en esta interpretación el dirigismo que ofrecen los acontecimientos bélicos acaecidos en la Celtiberia narrados por las Fuentes, y es problemático admitir que estos quedasen reflejados con tal precisión en una parte tan reducida de la ciudad.

En el futuro, un mayor conocimiento de los datos estratigráficos del yacimiento en su totalidad, nos permitirá valorar más atinadamente estos trabajos. Los estudios realizados recientemente sobre la planta o plantas visibles de la ciudad, unen al conocimiento de la urbanística y de la información aportada por las excavaciones, los datos proporcionados por la fotografía aérea, a través de diferentes vuelos, antiguos y modernos, en color, blanco y negro e infrarrojos. El conjunto de toda esta información nos ha proporcionado referencias para diferenciar distintas ciudades y/o ampliaciones de recintos urbanos inicialmente más pequeños, siendo el primero de ellos el del 133 a.C., con un perímetro de unas 7,6 ha. El segundo, perteneciente al siglo I a.C., tendría unas 8 ha. El tercero, de época imperial romana, superaría las 11 ha, y existiría incluso uno posterior y último, tardorromano (Jimeno y Tabernero 1996: 421) (Fig. 2). Esta nueva ordenación de superposición de ciudades se ha hecho atendiendo exclusivamente a la información arquitectónica, ya que las excavaciones antiguas en pocas ocasiones nos han proporcionado datos referidos a la ubicación de los objetos a nivel espacial. Este problema estratigráfico y de falta de información se refleja en el estudio que realizamos sobre el utillaje metálico, al no poder diferenciar los materiales correspondientes a las dos ciudades superpuestas que identificó la Comisión de Excavaciones a principios de siglo, y que ahora sabemos que corresponden una al siglo I a.

C. y la otra a época imperial romana, cuya vida se prolonga al menos hasta el siglo IV d.C. Existen también problemas heredados de las interpretaciones estratigráficas y de los trabajos arqueológicos antiguos, entre los cuales está la imposibilidad de ubicar la mayoría de los objetos estudiados sobre el plano de la ciudad (Fig. 3A). El hecho de estudiar los citados materiales de forma conjunta, aún sabiendo que pertenecen a dos momentos estratigráficos distintos (uno celtíbero-romano del siglo I a.C. y otro de época imperial que perdura hasta el s. IV d.C., como ya se ha dicho), se justifica en nuestra opinión, porque durante ese periodo de tiempo los cambios tecnológicos en el utillaje de uso doméstico no debieron de ser muy importantes. Según algunos autores, estos cambios se habrían producido al término de las guerras celtibéricas (finales del s. II a.C.), cuando se aceleró el proceso de romanización que afectó a la estructura económica (Barril 1992), o incluso antes, ya que en contextos ibéricos, encontramos ya en el s. IV a.C. utensilios prácticamente idénticos formalmente a los que tenemos en Numancia (Pla Ballester 1968; Sanahuja 1971). UTILES Y ACTIVIDADES En primer lugar hay que tener en cuenta que los materiales ofrecen una información parcial a la hora de reconstruir las actividades económicas realizadas, debido a la dificultad de hacer una valoración exacta del peso que aperos y utensilios hechos sobre materias perecederas como la madera, (arados, bieldos, horcas, enmangues de herramientas, telares, piezas de carros, etc.

) tuvieron en la economía doméstica. Además, hay que tener en cuenta las diferencias entre la interpretación que hiciera Blas Taracena y la nuestra respecto a determinados materiales, por ejemplo, al considerar como armas muchos objetos que nosotros hemos relacionado con actividades económicas. Tal es el caso de algunos "dardos", que tras nuestra revisión hemos identificado como punzones (u objetos de uso semejante), o de los "regatones de punta plana", que parecen ser más bien aguijadas o gavilanes, utensilios de uso agrícola que se empleaban antiguamente para liberar la reja del arado de hierbas o terrones de tierra, que solían atascarla mientras se araba. El número total de objetos de hierro que en los fondos del Museo Numantino figuran como pertenecientes a Numancia es de 1662 (número que no coincide curiosamente con el que figura en el propio inventario facilitado por el museo, que es de 1214). Tras la revisión de todos ellos, identificamos como utensilios propiamente dichos un total de 425 objetos , que suponen el 31% del total, diferenciándose más de cuarenta tipos distintos, algunos de los cuales han estado vigentes, sin apenas cambios hasta nuestros días (Jimeno et alii e.p.). LAS ACTIVIDADES ECONÓMICAS Si sólo atendiésemos a los utensilios de hierro su porcentaje respecto a las actividades en las que se integran estaría más o menos equilibrado, lo que indicaría que ninguna de ellas tendría mayor peso que las demás. Sin embargo, sabemos que este dato no es fiable pues hay actividades como la ganadería, la alfarería, o la producción textil, que para realizarse no necesitan a penas de instrumentos de hierro, mientras que otras como el trabajo de la madera, de la piedra, o la forja, precisan un instrumental casi por completo fabricado en este metal (Fig.

3B). Centrándonos más en cada una de las actividades, diremos en primer lugar que, la actividad agrícola queda representada por un 5% del total de los utensilios identificados, documentándose a través de ellos todo el proceso que explica Mingote Calderón, desde la preparación y siembra, con azadas, azadones, legones, layas, alcotanas y aguijadas o gavilanes (sin haberse constatado la presencia de rejas de arado), la recogida, con hoces y podaderas (también llamados escardillos), o el acarreo, con la presencia de horcas (Mingote 1990). En relación a la ganadería, se le han adscrito el 4% del total de objetos, entre ellos, cencerros, esquilas, tijeras de esquilar, etc.. En cuanto a estas últimas, diremos que sólo tres de ellas han sido relacionadas con el esquileo, no superando las demás el tamaño mínimo establecido por Carmen Alfaro (25 cm de longitud) para ser consideradas aptas para el desempeño de esta labor (1978: 304), apreciación con la que coincidimos plenamente. Los objetos que se han podido reconocer como relacionados con la actividad textil suponen un 3% del total, habiéndose documentado sólo dos tipos de utensilios: agujas, entre ellas las llamadas "lanzaderas", empleadas para pasar la lana entre los hilos de la urdimbre del telar, y las tijeras, que por su menor tamaño se ha descartado que fuesen utilizadas para el esquileo. Aparte de los anteriores, están documentados muchos otros objetos no de hierro relacionados con esta actividad, lo que denotaría una considerable producción textil.

Algunos de ellos se han podido ubicar en el plano de la ciudad identificándose así áreas de producción especializada, nos referimos a pesas de telar y fusayolas, así como a alfileres y agujas de bronce. El mayor porcentaje de utensilios para una actividad lo tiene el curtido de pieles, representando un 9% del total. Entre ellos se encuentran chiflas, cuchillas, tijeras, agujas y punzones. Estos últimos, como ya se ha dicho, interpretados por Taracena como puntas de dardo (Taracena 1932: 14 ss.), serían en algunos casos leznas o punzones empleados para el trabajo del cuero. Los utensilios adscritos al trabajo de la madera representan el 8%. En este grupo también se incluyen tanto los relacionados con el aprovechamiento forestal, empleados para la poda de ramas y tala, como podones, hachas, hachas-pico, descortezadores, hachuelas y podaderas, como los de carpintería: escoplos, gubias, formones, cuñas, barrenas helicoidales, azuelas, sierras, etc. Respecto al trabajo de la piedra, tememos utensilios como barrenas de cantero, compases, picos (también adscribibles a labores agrícolas), cinceles, cuñas, escoplos de cantería y punteros, que representan un 7% del total. Si bien es cierto que la piedra en las construcciones de Numancia que hoy conocemos no suele estar trabajada, la confirmación de la existencia de numerosos asentamientos tipo villae a partir de época imperial en el entorno inmediato de la ciudad (Morales 1995: 134 s.), así como de monumentos funerarios de cierto porte (Jimeno 1994: 50-51), justificaría la presencia de este tipo de utensilios.

Por último los utensilios relacionados con el trabajo del metal, que suponen el 4%, serían entre otros: cortafríos, tenazas, martillos, cuñas, etc., destacando entre ellos un martillo y un yunque que, dado su pequeño tamaño, pudieron haber pertenecido a un orfebre. ZONAS DE ACTIVIDAD DIFERENCIADAS EN LA CIUDAD La información obtenida del estudio del utillaje de hierro, en relación con las diferentes actividades económicas realizadas en la ciudad, ha sido complementada con los datos reflejados en las Memorias de la Junta Superior de Excavaciones y Antigüedades, que nos han permitido situar sobre el plano de la ciudad más moderna, de época imperial, algunas áreas de actividad diferenciada (Fig. 4). En función de la densidad de materiales adscritos a cada manzana, se han distinguido tres grupos : el primero formado por las II, III, V, VI y VIII, en las que el registro material es muy escaso, y que coincide con las campañas efectuadas los primeros años, entre 1906 y 1911; el segundo grupo, constituido por las manzanas IV, VII, y de la X a la XVIII, en las que la información de la que disponemos es mayor. El último grupo, estaría constituido por las denominadas IX, XIX, XXI y XXII, que fueron excavadas en último lugar y con mayor meticulosidad, en las que el volumen de información con el que contamos es considerablemente superior al resto (Fig. 4). Aunque la información que nos proporcionan dichas Memorias es escasa y parcial, se habla en ellas de dos tipos de espacios; unos de uso público, y otros de uso doméstico o privado.

Respecto a los primeros, la Comisión los situó en torno a un hipotético Foro, (cuya existencia nunca quedó avalada por las excavaciones) (Mélida 1919: 178 y 184), con restos de termas y supuestos edificios públicos "importantes" (VV.AA. 1912; Mélida et alii 1924), precisándose incluso la funcionalidad de algunas de estas edificaciones: "#El resto de edificios contiguos situados en el foro debieron ser públicos, curia o tribunal, basílica o casa de contratación, sin que permita asegurarlo el mal estado de conservación." (Mélida 1922: 206). El estudio de las planimetrías antiguas y de los restos aún hoy visibles, no permiten hablar con certeza de la presencia de tales construcciones en la ciudad, aunque sí puede constatarse la existencia de dos edificios que seguramente fueron termas, otro gran edificio cuya funcionalidad no se ha podido determinar (pero que a juzgar por sus proporciones bien pudo ser de uso público), y un posible templo, en el que aparecieron dos aras dedicadas a los dioses Marte y Júpiter, junto al brazo de bronce de una estatua "femenil" de gran tamaño que se conservan hoy en el Museo Numantino (Mélida 1922: 205, 206 y 294). Se trataba este último al parecer, de un edificio con fachada resaltada por dos pequeños contrafuertes, a modo de antas y tres basas de columna sencillamente molduradas (Saavedra 1877; VV.AA 1912: IV). Respecto a las termas, unas estarían ubicadas en la Manzana XIII, siendo aún visibles hoy bajo uno de los monumentos conmemorativos erigidos en el yacimiento.

Puede distinguirse en ellas el horno para calentar el agua o praefurnia, y el caldarium, encontrándose en su día restos del enlucido de las paredes, que estuvieron adornadas con motivos vegetales y ornamentales de colores (Mélida 1918 y 1922). Las otras termas descubiertas por Saavedra en la zona este del cerro, contaban al parecer con dos grandes pavimentos que pudieron ser piscinas y un canal para conducir el agua (Saavedra 1877: 28; VV.AA. 1912: IV; Mélida 1922: 206). Entre los espacios de uso doméstico o privado llama la atención la gran concentración de pesas de telar que aparecieron en dos viviendas de la manzana X. En una de ellas se encontraron 11 en el interior de una "cueva" , y en otra cercana 37 más. En la segunda casa, otra asociación de 17 piezas se encontró en una misma habitación (VV.AA 1912: 39). Esta gran cantidad de pesas, junto con el alto número de fusayolas y agujas de bronce encontradas en la viviendas de la manzana XI (lo que contrasta con la relativa escasez de materiales de este tipo aparecidos en otras zonas), plantea la posibilidad de que este área de la ciudad fuese total o parcialmente dedicada a la actividad textil, respondiendo a un modelo de producción que sobrepasase las meras necesidades domésticas (Arlegui y Ballano 1995). En la manzana V, en el interior de una bodega, apareció un hueco excavado en una de las paredes "a modo de alhacena cuadrada, que comunicaba con la cueva contigua, y que apareció llena de carbón, con algo de metal, como si hubiese sido una fragua.

" (VV.AA. 1912: 13; Mélida 1922: 191). La interpretación dada a este espacio quedaría respaldada a nivel material por el gran número de utensilios de hierro relacionados con esta actividad anteriormente descritos. En la manzana I, que se ubica en la zona más cuidada y rica de la ciudad (situada en la ladera sur del cerro), se reconocieron distintas actividades especializadas a partir del hallazgo de un importante conjunto de utensilios. Unos de bronce, como bisturíes, sondas, espátulas de hueso y bronce, pinzas homeostáticas, etc., que se interpretaron como instrumentos para uso quirúrgico, por lo que se denominó a la vivienda donde se encontraron como "la casa del médico" (Mélida 1922: 291; Iñiguez 1916), y otro grupo, hallado en una vivienda cercana, formado por gran número de stila de hierro empleados como instrumentos de escritura. La interpretación de este espacio podría ir desde una simple escuela, hasta un lugar donde la escritura o contabilidad fuesen necesarias, bien por negocios privados, bien debido a actividades públicas. En la misma manzana, también se documentó la existencia de un posible alfar; se halló un horno de alfarero, consistente en un hogar de piedras y la pared socavada en forma de embovedado artificial con el enlucido ahumado. A su lado, una pila de piedra, acaso utilizada para lavar la arcilla, así como abundantes pellas de barro y otros residuos. (Mélida y Taracena 1919: 10; Mélida 1922: 192). Finalmente, en las Memorias se habla en varias ocasiones de grandes espacios dentro de la ciudad relacionados con lugares de habitación, interpretados como corrales, siendo el caso de las manzanas XVI (Mélida el alii 1924: 21) y III, así como dos "departamentos" o patios en la XVII, que podrían haber tenido relación con faenas de tipo agrícola.

CONCLUSIONES: RECONSTRUCCIÓN ECONÓMICA Los utensilios de hierro estudiados y las zonas de actividad permiten diferenciar en la ciudad trabajos relacionados con la agricultura, ganadería, aprovechamiento forestal, carpintería, actividad textil, trabajo del metal (forja y orfebrería), de la piedra, y los relacionadas con el curtido de pieles y su aprovechamiento, como guarnicionería (deducida por la gran cantidad de arreos), albardería (agujas), etc. Se han podido identificar también elementos relacionados con el transporte (como posibles piezas de carro), y múltiples utensilios de uso doméstico (entre ellos llaves, cazos, atizadores, etc.) (Jimeno et alii e.p.), (Fig. 3B). La consideración de zonas de actividad permite determinar la existencia de fraguas, talleres textiles y alfares. A estos trabajos hay que añadir algunos muy especializados, como el conjunto de instrumentos quirúrgicos de bronce encontrados en la "Casa del Médico" y la gran cantidad de stila hallados en la "Casa del Escribano", situadas en el barrio sur de la ciudad, donde se encuentran las construcciones más cuidadas, en época romana. La consideración de algunos datos, que proporcionan otros materiales conocidos en Numancia, permiten completar la información del utillaje de hierro y ampliar la gama de actividades, como la relacionada con la caza (presencia de armas, como puntas de flecha o lanza y abundantes restos de fauna), empleándose las cornamentas de los cérvidos para enmangar algunos utensilios de hierro (cuchillos, hoces, navajas y punzones, etc.

), la recolección, la pesca (se conocen un buen número de anzuelos de bronce y las frecuentes representaciones de peces en las cerámicas numantinas) o la alfarería (punzones de hueso para la decoración impresa de las cerámicas grises), permiten completar la información del utillaje de hierro y ampliar el panorama de las actividades económicas llevadas a cabo en la ciudad (García Heras, 1998). En el conjunto del utillaje estudiado quedan bien evidenciadas las actividades conectadas con las bases de la producción económica numantina. En este sentido, la mayor parte del utillaje está relacionado con la actividad agrícola, la explotación del bosque y, sobre todo, los derivados del aprovechamiento ganadero, especialmente los vinculados al aprovechamiento de la lana y el cuero, que ofrecen en conjunto una mayor representación. Estas actividades básicas coinciden plenamente con las características ambientales y el aprovechamiento de los recursos potenciales, ya que en el área inmediata a Numancia se conjugan tres tipos de suelos diferentes: los suelos aluviales, que ofrecen buenas praderas aptas para bóvidos y équidos, y en menor medida cultivos; las llanuras terciarias de buenos suelos para cultivo de cereal y pastos para ovicápridos y suidos, y por último, las sierras con pastizales y reservas de especias venatorias (Tabernero et alii e.p.). A este panorama descrito hay que incorporarle la amplia zona del entorno próximo a Numancia (entre los Llanos de Chavaler y el Capillo de Buitrago) ocupada por lagunas y humedales, que mantendrían la posibilidad de pastos verdes en verano.

El utillaje refleja el esquema planteado para Numancia de una estrategia mixta de explotación del entorno, con bajo rendimientos de la agricultura cerealista, afectada por las variaciones interanuales y ciclos periódicos de malas cosechas, siendo la explotación del bosque, mediante la recolección de productos vegetales, especialmente la bellota (estando documentado su consumo por el análisis de fitolitos realizados a los molinos de mano), la que compensaría las fluctuaciones de la producción agrícola. A estos vegetales hay que añadir las verduras cultivadas en huertos junto a los ríos (azadones y legones). Pero la ganadería, aunque secundaria en la dieta (Jimeno et alii 1996: 31-44), supondría una parte importante de la economía, ya que existen amplias zonas potenciales para ser utilizadas como pastos, lo que permitiría una práctica en régimen extensivo sin gran inversión del trabajo. En estas circunstancias el sector ganadero posibilitaría una acumulación de excedentes, compensando los años favorables con las carestía (Tabernero et alii e.p.). BIBLIOGRAFíA ALFARO, C. (1978): Algunos aspectos del trasquileo en la antigüedad; a propósito de las tijeras del castro de Montesclaros, Zephyrus, XXVIII-XIX, Salamanca, pp. 301-308. ARLEGUI, M. A.; BALLANO, M. (1995): Algunas cuestiones acerca de las llamadas pesas de telar: Los "Pondera" de Numancia, "Cuesta del Moro" y "Las Quintanas" (Langa de Duero) y Castilterreño (Izana), en F. Burillo (coord.

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