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Desarrollo


El año de 1800 se presentaba con un cariz agridulce ante los marinos españoles. Si por un lado los británicos habían golpeado duramente a la Real Armada en los años anteriores -batallas de San Vicente, desastre de Trinidad, captura de la Hermione- el balance no era tan negativo. Todos los intentos por descerrajar las posesiones españolas en América, por vía bélica o por vía conspirativa, habían fracasado. España, sujeta por sus tratados a la estrategia francesa, conservaba aún una importante flota; en gran parte inoperante, es cierto, por falta de interés gubernamental, pero de barcos bien construidos y con una oficialidad y marinería donde no faltaban ni los peritos ni los valientes, aunque carecía de presupuestos adecuados, descuidaba buques y arsenales, estaba falta de marineros, artilleros y municiones, se retrasaba en las pagas, padecía un caos en las matrículas... Los gobiernos de Carlos IV nunca asumieron la necesidad de una Marina fuerte para proteger el comercio. Los británicos, en aquella ya larga guerra contra Francia y España, eran, indiscutiblemente, dueños de los mares. Habían embotellado en los puertos a sus enemigos, y sus flotas de bloqueo surcaban incansables una y otra vez las bocanas de Tolón, Cádiz, y sobre todo, Brest, donde estaba anclada una importante escuadra. Los numerosos reveses no sometieron a los marinos españoles a la inactividad. Con astucia y pericia, algunos comandantes surcaban el mar manteniendo abiertas las vías de comunicación.

Extraordinario ejemplo es la odisea de Baltasar Hidalgo de Cisneros: en 1797, dos pequeños navíos, Astuto y Miño, y una fragata, Rosa, bajo el mando del marqués de Spínola, viajaron hasta Trieste para adquirir pertrechos a cambio de mercurio. En aquellas aguas les sorprendió la noticia de la gran victoria de Nelson en Abukir y la conquista de Menorca por los británicos. El Mediterráneo se convertía en un lago inglés y Spínola se refugió en Palermo, puerto de soberanía napolitana, sin sospechar que dicha rada iba a convertirse en la base de Nelson. En esos días estalló una revolución profrancesa en Nápoles: se proclamó la República Partenopea y la Corte huyó en los buques de Nelson... a Palermo. Los ingleses se toparon allí con los barcos de Spínola contra los que, en teoría, no podían hacer nada, porque Nápoles y España no estaban en guerra. No obstante, el Gobierno napolitano, presionado por sus salvadores, quiso obligar a los españoles a entregar toda su pólvora, les humilló y les negó auxilios y repuestos para sus barcos. Mientras, se encendía la pasión entre el almirante inglés y Lady Hamilton, esposa del embajador británico en Nápoles. Algún tiempo después, la flota británica regresó a las faldas del Vesubio y Nelson sofocó la revuelta, reponiendo al rey en su trono. Spínola había sido relevado, mientras tanto, por el brigadier Hidalgo de Cisneros.

Con la flota de Nelson en Nápoles y el almirante allí anclado por el amor, Hidalgo creyó libre el camino y se dispuso zarpar hacia España; pero fue alertado a tiempo de que la escuadra británica de Menorca vigilaba el sur de Cerdeña, mientras otras fuerzas enemigas patrullaban el norte de Córcega. Con las rutas cortadas, los barcos españoles permanecieron anclados toda la primavera y el verano. A mediados de septiembre, Hidalgo destacó al místico León para que recabara noticias del cónsul de Caller y averiguara la situación de la flota británica. La navecilla, al mando del alférez de navío José Dominici, trajo la gran noticia: los barcos ingleses habían abandonado Mahón para escoltar un convoy hasta Gibraltar. Hidalgo, con sus navíos maltrechos -cascos sin los oportunos cuidados, aparejos pasados, palos gastados: la Rosa perdió su trinquete, ya muy dañado, la noche antes de fondear en Cartagena-, las tripulaciones diezmadas por las deserciones y las enfermedades y la estación de peor estado del mar ya muy próxima, no pudo retrasar más su salida. Largó velas y levó anclas rápidamente, pillando desprevenido al cónsul inglés en Palermo. Además, Hidalgo dejó al León a su zaga, para que impidiera la salida del puerto de toda nave hasta que las suyas se perdieran de vista: sabía que en cuanto el representante británico descubriera su fuga, enviaría aviso a los suyos. Dominici permaneció algunos días en Palermo para recoger a los internados en el hospital y después siguió las estelas de su comandante.

Siempre temiendo la aparición de los buques ingleses que hasta hacía pocas semanas sitiaban Malta, Hidalgo logró llegar a Cartagena el 15 de octubre de 1800. Los tres barcos fueron declarados inservibles por su mal estado, y se les desarmó para equipar dos nuevas fragatas. Lo cierto es que los británicos procedían con gran prudencia. Nunca arriesgaban, sólo atacaban cuando sabían que su superioridad estaba asegurada. El mayor entrenamiento de sus tripulaciones, la ambición de sus oficiales y la preocupación del Gobierno por la Royal Navy habían convertido a ésta en una magnífica máquina de guerra. Pero, por magnífica, también era delicada. Una sola derrota naval de importancia, una sola, bastaría para que la Gran Bretaña tuviera que pedir la paz a Napoleón. De ahí la necesidad de mantener la iniciativa y la superioridad... pero sin jugarse demasiado. En 1799, el Directorio francés reunió una gran flota de guerra conjunta, para invadir Irlanda o reconquistar Menorca. Después de varias vicisitudes, esta armada recaló en Brest. La parte española, que ascendía a veinte barcos y más de doce mil hombres, estaba al mando de José de Mazarredo, quien recelaba tanto de la capacidad táctica de los galos como de sus verdaderas intenciones. El caso es que, acantonada inútilmente, fue pronto sometida al bloqueo naval británico y al terrestre de los sublevados antirrevolucionarios de La Vendée. Brest se había convertido en una ratonera.

Sin embargo, Mazarredo sabía que con decisión se podía salir a la mar, y por ello, deseando recuperar la libertad de acción para la flota española, viajó a París, a negociar con el Gobierno del Directorio, dejando el mando a Federico Gravina. Éste, para alejar a los ingleses de la boca de la rada, dispuso una flotilla de lanchas cañoneras, tal y como años atrás se hiciera en Cádiz. La situación francesa era difícil. A principios de noviembre de 1799 -18 Brumario- Napoleón había derribado al Directorio e instaurado el Consulado, siendo proclamado Primer Cónsul y una de las grandes preocupaciones era la situación de la isla de Malta -conquistada por Bonaparte en 1798- sitiada por una flota integrada por buques británicos, portugueses y napolitanos; Malta aguantaría hasta el 5 de septiembre de 1800. Otro problema era el propio Egipto, donde resistía aislado el ejército francés llevado allí y después abandonado por el propio Napoleón. Éste planeaba emplear la flota de Brest para liberar Malta y, luego, repatriar a las tropas de Egipto. Ese plan, como le manifestó el almirante Mazarredo, tenía demasiados flecos sueltos. En realidad, el marino español recelaba de Bonaparte, pues el peso y el riesgo principales de la empresa recaían en España. El propio Napoleón abandonó el plan poco después, pero sin dejar el control de la flota española, cuya actividad y eficacia en la defensa de Brest incrementaban su deseo de disponer de su fuerza.

De esta forma, buena parte de la escuadra española siguió en Brest. Sin posibilidades de destruirla, los británicos proyectaron debilitar de alguna manera las fuerzas navales enemigas y se fijaron como objetivo la toma de El Ferrol, un puerto importante y poco guarnecido. En el puerto gallego se asentaba uno de los arsenales de la Real Armada. Además, allí estaban anclados seis de sus principales buques: Real Carlos, San Hermenegildo, Argonauta, San Fernando, San Agustín y Monarca, de 112 cañones los dos primeros, 94 el tercero, 80 el cuarto y 74 los otros dos. Seis navíos de línea, representativos del buen hacer de los arquitectos navales hispánicos de ambos hemisferios. Con un golpe de mano era posible, pensaban en Londres, incendiar el arsenal y los barcos, ratificando así el poderío naval británico. El Ferrol se encontraba, peor que desprevenido, mal preparado. Los fuertes carecían de balas, incluso de cañones; los barcos estaban desprovistos de todo, no había suficientes tropas para rechazar un ataque de envergadura, ni fusiles, ni municiones abundantes. Estas tristes condiciones debían ser de alguna manera conocidas en Londres. La estrategia británica consistía en atacar puntos concretos donde estuvieran ancladas pequeñas escuadras enemigas, forzando los puertos bien con infantería, con fragatas, o con golpes de mano nocturnos, para incendiar o apoderarse de los navíos. Este planteamiento les había dado excelentes resultados el año anterior al asaltar Puerto Cabello y recuperar la fragata Hermione.

Con tan positivo antecedente, barajaron diversos objetivos: Sta. Cruz de Tenerife, Vigo, Cádiz y El Ferrol. Realizaron varios reconocimientos de Santa Cruz y Nelson, allí derrotado en 1797, elaboró informes acerca de las fortificaciones y defensas. Por consiguiente, el famoso juramento de "no volver a atacar Santa Cruz" pronunciado por el famoso almirante, nunca fue tomado en serio. Pero este objetivo de mal recuerdo fue desechado, eligiéndose una víctima más próxima, teóricamente más fácil y cuyo botín era más tentador. Para asaltar El Ferrol y destruir los navíos y el arsenal, el Gobierno británico ordenó que la flota del contraalmirante Sir John Borlase Warren transportara las tropas del general James Pulteney. Contaba para ello con cinco navíos -London, de 98 cañones; Renown, Impetueux, Courageux y Captain, de 74- cinco fragatas -entre ellas la Brilliant-, el balandro Cynthia -equipado con quillas experimentales- y los transportes, totalizando 97 buques. El día 25 de agosto de 1800, mientras las autoridades ferrolanas, encabezadas por el comandante general del Departamento, Francisco Melgarejo, se preparaban para festejar el santo de la reina María Luisa de Parma, la flota británica avistó las costas gallegas. Para pasar desapercibida, se acercó a tierra con bandera francesa. Esta estratagema no engañó a los vigías españoles, que sospecharon de sus movimientos y dieron la alarma a las diez de la mañana. Las autoridades, más pendientes de agasajos y ceremonias, no hicieron mucho caso.

A las doce se repitió el aviso, advirtiendo que las naves llevaban colgando de pescantes y costados sus botes y lanchas, lo que hacía suponer que su objetivo era el desembarco. Estas notas "fueron miradas por los que mandaban con un discreto desprecio", diría un informe redactado después de aquellos sucesos; pero no fue esa la actitud de todos: Juan Joaquín Moreno, jefe de la escuadra sita en el puerto, subió a la estación de Monteventoso para comprobar la noticia. Moreno era un marino experto -sobre él pesaba el desastre de la Batalla del Cabo de San Vicente, en la cual participó con poco lucimiento- que pudo ver directamente cómo los navíos británicos llegaban a las playas de Doniños y de San Justo, fondeaban, izaban la bandera inglesa, y bombardeaban la batería de ocho piezas y cuarenta hombres que vigilaba aquel trozo de costa. Las andanadas de la escuadra británica, a cargo del Impetueux, de la fragata Brilliant, del Cynthia y del cañonero St. Vincent convencieron a los artilleros españoles de lo inútil de resistencia, así que, tras disparar nueve veces, clavaron las piezas y se retiraron, reuniéndose con los veinte hombres que componían la vigilancia de la playa de San Justo, en donde se inició el desembarco de las tropas de Pulteney: siete regimientos de infantería y un cuerpo de fusileros, unos ocho mil soldados, reforzados por un destacamento de marineros y el apoyo de dieciséis cañones de campaña. Moreno regresó corriendo al Real Carlos, su buque insignia y ordenó el desembarco de 500 infantes de Marina, que al mando del capitán de navío, Ramón Topete, cruzaron la bahía en lanchas, desembarcaron en El Vispón y se apostaron en las alturas de Brión y La Graña; avisó, también, al general Melgarejo de la situación, quien ordenó a sus escasas tropas que secundaran a la infantería de marina.

De esta manera, los españoles ocuparon las mencionadas colinas del norte de la rada. Tras desembarcar cómodamente, los británicos rodearon por ambos lados la laguna de Doniños y avanzaron en formación hacia las alturas de La Graña. Caía la noche, cuando tropezaron con la resistencia de los españoles que, pocos y escasos de munición, se retiraron al poblado de La Graña durante la noche; sin embargo, su inicial resistencia fue suficiente para detener el avance de las tropas de Pulteney, que, en la oscuridad, no se atrevieron a ocupar el Brión. Mientras tanto, Moreno ordenó que los buques se movieran hacia el martillo del Arsenal, lejos de las colinas que podían dominar los enemigos y envió a otros 200 marineros para reforzar a los fortificados en La Graña. Aparte de esto, dispuso que se montaran baterías en el murallón de la dársena y dos cañones en el castillo de San Felipe, que estaba desarmado; además, destacó a diez lanchas cañoneras -seis de El Ferrol y cuatro de Ares- para que cerraran la bocana de la ría e impidieran el acceso a los barcos ingleses. Por su lado, el general Melgarejo alertó a las guarniciones cercanas, y a las 5 de la tarde de ese mismo día la División de Granaderos y Cazadores de Jubia se puso rápidamente en marcha, llegando a Catabois al anochecer y, ocupando esa zona sin hallar enemigos, se preparó para el contraataque. Cuando amaneció el 26 de agosto, el mariscal de Campo, conde de Donadío, había tomado con las fuerzas del Batallón de Orense las alturas desde Serantes a Balón, intentando cortar a los asaltantes el acceso a El Ferrol desde el norte.

En La Graña, los marinos y las tropas de la plaza se habían reorganizado durante la noche y volvieron a subir al Brión. Los de Jubia, por su parte, sin esperar órdenes, atacaron el flanco izquierdo de los invasores. Así, arrastrado por el ímpetu de los granaderos y pese a que sólo contaba con unos mil quinientos hombres, el conde ordenó un ataque general. La columna británica se retiró por dos veces, pero, a la tercera embestida, impuso su superioridad numérica y obligó a Donadío a retroceder. En su avance, el flanco derecho de las tropas británicas había llegado hasta las inmediaciones del castillo de San Felipe; por el centro, a La Graña, y por su izquierda, escalaron el Balón y batieron al Batallón de Orense, que defendía aquel punto. Seguidamente, atacaron el fuerte de San Felipe por su espalda, pero fueron frenados por el fuego de las dos piezas instaladas en él, reforzado por el que les hacía el fuerte de La Palma desde el lado opuesto de la ría, y los disparos de las lanchas cañoneras. Muy castigados, se replegaron hacia el poblado de La Graña, donde saquearon los almacenes de víveres... El frente español se hundía lentamente. La División de Jubia y el Batallón de Orense se retiraron hacia la ciudad. Pero su agresividad y la tenaz resistencia que le habían ofrecido hicieron que Pulteney se temiese una celada y más cuando le llegaron noticias de nuevos refuerzos españoles que llegaban por Mugardos, en la orilla sur de la ría. El inglés debió pensar que se acercaba un gran ejército y que El Ferrol estaba mejor pertrechado y defendido de lo que imaginaba.

En aquel momento, cuando las opciones defensivas de El Ferrol parecían muy escasas, el general inglés decidió retirarse. El relato oficial de la batalla conjetura que "figuransele ser mucho más el número del que era (... por lo que) ynmediatamente desistieron de su proiecto y enpezaron a retirarse, replegandose en las expresadas alturas, a cuja ora que ya seria la de las 11 de la mañana también bieron atrabesar desde Mugardos y el Seijo las tropas de la corona y Ares, todo esto, y el ber que sin motibo la Dibisión y el batallón de Orense abandonaban sus buenas posiciones y se retiraban hacia las ynmediaciones de la plaza, sin duda, ofuscándoseles el entendimiento despreciaron las ventajas con que se hallaban y acollonandose empezaron a retirarse, con orden sin duda de dar principio al reembarco, el que comenzaron a berificar a las dos de la tarde". Efectivamente, sobre las 11 de la mañana, las tropas expedicionarias recibieron la orden de retirarse y reembarcar. Para los historiadores británicos, la decisión se basó en que Pulteney se dio cuenta de que, pese a dominar las alturas, no podría tomar la ciudad fácilmente, y ello a un coste humano que le estaba vedado por sus órdenes. En efecto, Melgarejo, Donadío y Moreno contaban ya con unos tres mil hombres, quizá cuatro mil, bajo las murallas de la ciudad. Las lanchas cañoneras de El Ferrol y de Ares hostigaban la flota y los cañones del castillo de San Felipe castigaban el flanco izquierdo británico.

La sorpresa ya no era tal y por ello, los británicos rehicieron el camino. Para los españoles, la victoria fue milagrosa. Si Pulteney hubiera obrado con más decisión, tomando las alturas de Chamorro, su amenaza contra la ciudad hubiera forzado a Moreno -como ya lo había establecido- a incendiar sus navíos; él mismo lo reflejó en su diario, citado por Fernández Duro: "Es preciso decir la verdad; el estado de la plaza era tal, que sobraban fuerzas al enemigo para tomarla, y aún sin entrar en ella, pudieron quemar este magnífico costoso arsenal, con sus pertrechos y bajeles en carena y grada. La escuadra precisamente se hubiera perdido entre las llamas o sumergido dentro del agua; pues, resuelto yo a defenderla hasta uno de aquellos dos tristes momentos, llamé a todos los comandantes y les previne que en aquel desgraciado suceso, después de consumir el último grano de pólvora, tomaría yo la resolución que dictasen las circunstancias de echar a pique los buques o quemarlos". De esta manera, el día 27, las tropas invasoras terminaron su reembarque y zarparon. Quizá temerosos de que reconsideraran su decisión, los militares españoles no les molestaron. Tenían muy claro que su triunfo era asombroso. Así, el anónimo relator de la Berdadera relación de lo acaecido en la tentativa echa por los Ingleses al departamento del Ferrol en los días 25 y 26 de Agosto del año 1800, conservada en la Real Academia de la Historia, deja constancia de que "lo cierto es que yo decantaré siempre que las suplicas de alguna alma buena llegaron a los ohídos del Dios de los ejércitos, e hizo por su ynmenso poder retirar al enemigo".

Los británicos habían tenido dieciséis muertos y sesenta y ocho heridos; los españoles, treinta y siete muertos, ciento dos heridos y cinco desaparecidos. La desproporción en las bajas es manifiesta. La victoria de los defensores se debió a los errores británicos: falta de arrojo, carencia de exploradores que informaran de la situación del enemigo, reserva de la flota que no intentó forzar la entrada en el puerto... Pero, también, se produjo por el arrojo de los defensores, que se sobrepusieron a la sorpresa, a su inferioridad material y humana... Gran parte del mérito de que así fuera le corresponde a Juan Joaquín Moreno, que fue diligente para informarse y sereno y oportuno en sus decisiones.

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