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Las creencias de los pueblos del Pacífico despertaron escaso interés entre los navegantes y colonizadores de los siglos XVI y XVII, e incluso entre los científicos del XVIII. Sus relatos no aportaron nada provechoso que pudiera ayudar a reconstruirlas. Seguramente les pareció que eran demasiado simples y primitivas para ser susceptibles de provocar algún interés. A partir de la década de los 50 se han hecho numerosos estudios antropológicos y etnográficos sobre el mundo religioso y espiritual de los pueblos del Pacífico, pero ha sido demasiado tarde. Las culturas en estado puro ya habían desaparecido y, con ella sus costumbres. Por otra parte, la huella evangelizadora de los misioneros cristianos, católicos y protestantes, que comenzaron a proliferar, sobre todo a partir del siglo pasado, ha dado lugar a la formación de un extraño sincretismo, en el cual las creencias tradicionales, basadas en el animismo y en el totemismo se han fundido e interrelacionado con las nuevas creencias introducidas. Resulta evidente, efectivamente, que el animismo y el totemismo constituyen la base de los rituales y cultos de los pueblos del Pacífico. Sin embargo, parecen existir ciertas diferencias entre ellos: por ejemplo, entre los melanesios, las fuerzas sobrenaturales en las que creen, no parece, en ningún momento, que representen algo parecido a una divinidad; son, más bien, espíritus de antepasados que se manifiestan de una o de otra manera.

Por el contrario, Tangaroa, el dios de la creación de los polinesios, parece más afín al concepto tradicional de lo que es una divinidad. Existen, sin embargo, elementos comunes a todas sus culturas: 1) el culto a los antepasados, relacionado con el culto al cráneo, con la caza de cabezas y con el canibalismo ritual; 2) el culto al pájaro, muy extendido, aunque no tan evidente como el culto a los antepasados en algunos lugares; 3) los conceptos de mana y de tapú (tabú); 4) y las ceremonias de iniciación. Por animismo se entiende una concepción del mundo, según la cual casi todos los elementos que forman la Naturaleza tienen alma o espíritu. Algunas de estas fuerzas o espíritus están encarnadas en los antepasados, directos o indirectos de la Humanidad, y su número se incrementa continuamente con los de los individuos que mueren cada día. El totetismo consiste, fundamentalmente, en la creencia en un antepasado común, héroe, planta o animal. Es común, pues, la creencia en la existencia de fuerzas poderosas, bien sean espíritus, dioses o antepasados, que son independientes de las fuerzas naturales, pero están incorporadas o expresadas en ellas. La morada o la encarnación de estas fuerzas pueden ser elementos del mundo visible: el bosque, el agua o, incluso, las criaturas que allí viven. De ahí la íntima conexión de muchas de estas culturas con la tierra y con su entorno, poblado de lugares sagrados, y el desasosiego que les produce el alejarse de ellos.

Sin embargo, la comunicación entre estas fuerzas y la humanidad no es siempre fácil, ya que dichas fuerzas no son, en sí mismas, malignas o benéficas, sino que al ser invocadas o reactivadas, mediante la magia individual o el ritual comunitario, su potencial puede ser encauzado en cualquiera de las dos direcciones. Por tanto, el proceso de su reactivación puede resultar peligroso. Los conceptos de mana y de tapu existen en todo el Pacífico. El primero supone una fuerza, un poder inmaterial que poseen ciertas personas, animales, e incluso objetos inanimados. Este poder no es ni bueno ni malo en sí mismo, pero puede ser, también, peligroso. En cuanto al tapu es como una prohibición implícita, una restricción espiritual, que pesaba sobre algunas personas, lugares u objetos, casi siempre por tiempo limitado. Había dos clases de tapu, el público que afectaba a la comunidad, y el privado, que afectaba a los individuos. En una sociedad deficitaria en leyes civiles, resulta evidente que el concepto de tapu, prohibición o tabú resulta muy conveniente porque proporciona una base para su control. El culto a los antepasados no se relaciona solamente con la caza de cabezas, con el culto al cráneo y con el canibalismo ritual, frecuente en algunas islas, sino también con el concepto de ruana. Se creía que matando a una persona y comiéndose parte de su cuerpo, era posible apropiarse de su mana: entre las tribus Marind-anim, por ejemplo, al sureste de Irian Jaya, los adolescentes, antes de recibir su nombre de adulto, es decir, de concluir la ceremonia de su iniciación, debían tener, al menos, una cabeza entre sus trofeos.

La relación entre el culto a los antepasados y el culto al cráneo, es evidente y, además, lógica, ya que se considera que la esencia del individuo reside en su cráneo y, en él se materializa el espíritu de los muertos. Los maoríes de Nueva Zelanda, por ejemplo, cuando un jefe famoso moría en el campo de batalla, le cortaban la cabeza y se la llevaban para que pudiese ser objeto de las debidas ceremonias; pero también se llevaban las cabezas de los jefes enemigos vencidos para que el pueblo las vituperase. En la isla melanesia de Nueva Irlanda creen que el individuo tiene tres almas, una de las cuales es el aliento, masalai, que después de la muerte sale a través de la boca y se hunde en las profundidades del mar; otra es un espíritu fantasmal, ges, especie de doble del individuo que desaparece con su muerte; la tercera constituye el principio vital de la persona, llamado tatanu o tanuatu, que reside en la cabeza. Por otra parte, los antepasados podían ser hostiles o bienhechores, y ello dependía del comportamiento de sus descendientes; de ahí la importancia de los funerales. En algunas sociedades, los rituales funerarios son tan fastuosos, y suponen tal dispendio, que la muerte y las ceremonias que la acompañan parecen constituir el leit-motiv de su vida social y ritual. Estos ritos, que pueden durar meses, dan la oportunidad de reunirse a muchos de sus clanes dispersos, de afirmar su solidaridad y de estimular su economía, para poder corresponder con la misma fastuosidad cuando les llegue la ocasión.

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