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África

Desarrollo


Nuestro conocimiento actual del África subsahariana, en lo que se refiere a sus más antiguas culturas y sociedades humanas -y que hoy permiten la elaboración de una historia del ámbito, basada en logros en distintos campos, que van desde la Climatología hasta la Arqueología- ha permitido elaborar una visión en cierto modo histórica del que tradicional y genéricamente se ha venido a llamar Sudán, para señalar una amplia zona del África central, entre el Atlántico y el mar Rojo y que se extiende al sur del Sahara. Sus límites no son muy precisos, dado que la única línea de referencia que viene siendo aceptada la constituyen los confines meridionales del Sahara, mientras que al sur se aludirá un tanto vagamente a un paralelo comprendido entre los 5° y los 10° de latitud norte, en correspondencia con la zona ecuatorial. El nombre de esta inmensa región deriva de la expresión árabe bilad-al-Sudan, que significa "país de los negros", topónimo harto ambiguo con el que se intenta designar toda aquella parte del África habitada por negros, distinguiéndola de la zona septentrional mediterránea, habitada por gentes de piel clara. En realidad, se trata de un ámbito bastante homogéneo pese a su vasta extensión, más bien llana, que adolece de un clima constante, cálido y húmedo, no influido por las montañas ni por el mar y cuya flora viene a ser la propia de la sabana. Abarca la llamada franja sudanesa, que comprende tres grandes cuencas hidrográficas, la del Níger, la del Chad y la del Nilo.

Desde que esta franja adquiere el conocimiento del hierro -aproximadamente siglo I a.C.-, que habrá de compartir con legados de la anterior contigua Edad del Bronce e incluso de la más lejana Edad de Piedra que seguirá manteniéndose en diversas regiones, se manifiesta la gran movilidad que han conocido muchas de sus poblaciones, promoviendo contactos de todo tipo. Si en un primer momento éstas proceden del África mediterránea y del ámbito oriental, en el siglo VII se verán reforzadas por aportaciones del mundo árabe-musulmán cuyo ideario habrá de extenderse a la trashumancia pastoril y a instituciones como la esclavitud, organizaciones militares y diversos factores económicos. Desde la Protohistoria se vislumbra que la organización social y política del Sudán presenta características comunes a todas las poblaciones asentadas en la región, con soberanos a quienes rinden honores divinos, y que se mantiene una particular reserva por lo que se refiere a su vida privada. Se supone que de su bienestar físico depende la fertilidad de los campos, no tolerándose por ello ni su enfermedad o decadencia, ni su decrepitud. En tales circunstancias se les sacrifica ritualmente con solemnes honores fúnebres. Los reinos sudaneses no fueron de tipo feudal; tampoco conocieron privilegios hereditarios, privativos de ciertas familias. Más bien se fundamentaron en una particular estructura burocrática, con funcionarios elegidos a voluntad del soberano, cuya función primordial estribaba en el cobro de los tributos necesarios para el sostenimiento de su casa y corte, independientemente de que se ejerciera un particular control sobre el comercio con el exterior.

Los reinos-Estados sudaneses, por otra parte, no constituyeron la expresión de unas sociedades surgidas espontáneamente. Fueron producto de la superposición de estructuras surgidas de comunidades esencialmente rurales, tal vez de origen neolítico. En algunos casos, el comienzo de tal situación habría que buscarlo en acciones de conquista, aunque en otros, en la progresiva agregación de sociedades tribales que desde tiempo atrás existirán en la zona. Naturalmente, no puede precisarse la fecha de formación de estos Estados, ni siquiera apelando al radiocarbono, o a la termoluminiscencia de los restos cerámicos. Puede asegurarse, sin embargo, que algunos ya existían a finales del I milenio d.C., como verbigracia los de Ghana, Mali y Songhai. Su expansión se produjo hacia el oeste y el sur, muy posiblemente a partir de focos nilóticos. Estos reinos del África subsahariana acabarán presentando un sustrato común de ideas políticas, anteriores a la cimentación en el continente, ya del cristianismo, ya del Islam. No obstante, el Corán no prendió en el Sudán hasta cerca del I milenio d.C. y el cristianismo se expansionó desde Egipto a Nubia hacia el siglo VI d.C. Durante los primeros siglos de la Era Cristiana, los Estados sudaneses vivieron la influencia del antiguo Egipto, a través de los logros de las civilizaciones de Meroe y Axum. Muy posiblemente influyeron en ellos las culturas preislámicas de regiones tempranamente islamizadas, sobre todo tras la introducción del camello en el África del Norte, lo que favoreció la expansión de la población de origen árabe.

Por todo ello, muy posiblemente los Estados del ámbito sudanés emergieron y evolucionaron durante los primeros siglos de la Era Cristiana, merced al encuentro de elementos coptos y semitas, que se impondrían sobre comunidades anteriores de economía agrolítica. Este encuentro, que da lugar a fenómenos politéticos, se dio particularmente en las regiones centrales del continente antes que en las zonas litorales, que sólo más tarde recibirían influencias del este y el oeste por vía marítima. Durante más de 1.200 años toda la franja septentrional del África al norte del Sahara -la que hemos denominado África Menor, pero también Tripolitania y el Fezzan- conoció desde el mundo mediterráneo una especie de transfusión más o menos directa de vida y cultura a partir de los inicios del Bronce y hasta el Hierro, con realizaciones políticas y culturales. Ya se ha visto cómo los púnicos hicieron de Cartago un foco de irradiación política y cultural. Por otro lado, el legado que supuso la herencia de Alejandro y el florecimiento del helenismo, hicieron de Alejandría -en el mismo delta del Nilo- un foco de saber. Asimismo, el Imperio romano, al anexionarse el África Menor, favoreció la difusión del cristianismo con las consiguientes elaboraciones teológicas hasta que el reino vándalo de Genserico propiciase su desarraigo de Roma, con el natural aislamiento del África romana respecto al mundo clásico, lo que facilitará los movimientos y emigraciones de los beréberes nómadas, como los Zénata, con sus continuas incursiones en las hasta entonces provincias romanas.

Se plantea entonces la cuestión de la posible miscegenación y endoculturación -aparte de Egipto, Meroe y Axum- por la que los libios de piel clara pudieron influir sobre gentes de tez tostada, utilizando parámetros culturales propios de la cuenca mediterránea. Es decir, cabe plantear la cuestión de si la endoculturación mediterránea que conoce el África Menor y que se clausura con el ocaso de Roma, pudo afectar de alguna manera al África sudanesa, es decir, al África subsahariana, pese a que se tenga constancia de que ni púnicos ni romanos llegaron nunca más allá del desierto. En realidad, los cartagineses se preocuparon más del dominio comercial que del territorial, y cuando los romanos empezaron a interesarse por el Sahara, lo hicieron buscando la defensa de sus provincias ante los nómadas: jamás llegaron más allá del oasis de Germa -centro de los llamados Garamantes- al sur del Fezzan. Sin embargo, sabemos que a partir del siglo V a.C., hubo intercambios un tanto indirectos entre el África mediterránea y el África negra, mediante vías utilizadas por carros. De esta forma, Leptis Magna, en el litoral mediterráneo -hoy en la República de Libia-, vino a constituir la estación terminal de una aleatoria ruta de tráfico, procedente del sur, a través del Fezzan y Lixus -Larache-, ya en la costa atlántica de Marruecos, convirtiéndose en la salida comercial a través del desierto de Mauritania.

Ambas rutas seguirán conservando su importancia hasta tiempos históricos. No obstante, el contacto existente entre los moradores del Sahara y los negros del Sudán tuvo sus limitaciones. En realidad, el Sudán ofrecía como mercancías, esclavos, pieles, marfil, plumas de avestruz y algún que otro producto suntuario. Mientras, el África subsahariana importaba sal, que se obtenía en ciertos parajes del Sahara mediante una drástica organización esclavista. Pero no debieron ser meramente mercantiles las injerencias del norte del Sudán. Tradiciones milenarias recuerdan que los primeros reyes de Ghana eran blancos procedentes del norte, y en este sentido se conservan noticias más o menos vagas, referidas a supuestas inmigraciones desde el norte, en relación con el origen de los Haussa, que se establecieron en Nigeria septentrional. Es muy posible, sin embargo, que todo se limitase a la penetración de algunos grupos de la etnia tuareg, es decir, pastores beréberes del Sahara, en un ámbito en el que la población melanoderma poseía ya su organización política e instituciones propias. Por ello pudiera ser evidente que si hubo endoculturaciones y transculturaciones entre el África subsahariana y el África septentrional propiamente dichas, éstas pudieron marcar el desarrollo de los reinos sudaneses. Esto pudo muy bien traer expresiones de origen ya mediterráneo, ya oriental o egipcio. Tal es el caso dé los llamados peuls, conjuntos de poblaciones de distinto origen sobre los que los antropólogos han elaborado un sinfín de teorías.

No obstante, con M. Delafosse (1912), puede seguir admitiéndose que "tras todas las tradiciones recogidas en diferentes regiones del Sudán, las tribus Fulbé, escalonadas desde el Bajo Senegal y desde el Futa Jalon hasta el país que se extiende entre el Chad y el Nilo declaran haber llegado del Futa senegalés o Mali, es decir, de regiones situadas entre el Atlántico y el Níger". Bajo una perspectiva lingüística se llega a conclusiones parecidas aunque a la inversa, relativas a emigraciones que llegan hasta el siglo XIV y entre las que se podría tener incluso en cuenta las que producen distintos intercambios entre el Bilad al Sudan o "país de los negros" y el África mediterránea, recordadas por el historiador galo R. Mauny, emigraciones que darán lugar a singulares establecimientos, como las que conoce incluso la España musulmana, afianzados por la islamización que habrá de conocer el África septentrional. No obstante, remontándonos a varios milenios antes de nuestra Era, parece probado que desde el Sahara central, a la sazón fértil y productivo, y las tierras altas próximas al Sahel, irradió el cultivo del mijo y del sorgo, en tanto que en el límite del bosque con la actual Nigeria se impuso el cultivo del ñame y la palmera aceitera, mientras que más al oeste, en la región costera, se llega a cultivar arroz. A su vez, diversos pueblos pastoriles nomadeando por el Sahara septentrional y oriental, en dirección suroeste y empujados por la progresiva desecación saharaui, terminaron formando en la cuenca del Níger una concentración demográfica humana pareja a la que conoce la cuenca del Nilo, aun cuando las menores crecidas del Níger y la falta en éste del limo fertilizante tuvieran como resultado salidas distintas tanto en el campo de la economía, como en el de la cultura.

Así, la que conocen los Nok, complejo humano identificado por B. Fagg (1943), que según dataciones mediante el C-14 puede situarse entre el 500 a.C.-200 d.C., localizado en un ámbito de unos 500 kilómetros cuadrados, de este a oeste, y de unos 300 de norte a sur. Población cuyo origen quizá haya que buscar en la segunda mitad del primer milenio a.C., cuando toda la franja central del África, desde su confín atlántico al confín índico, sufre un período pluvial y una vasta red hidrográfica hoy fósil llevaba sus aguas producto de las precipitaciones hacia la cuenca del Benué y desde allí al Níger hasta el golfo de Benin. Las lluvias e inundaciones obligaron al abandono de numerosas aldeas costeras hoy localizadas merced a las hachas de piedra pulimentada conservadas, restos de hierro e incluso fragmentos en terracota, que hacen pensar en el sentido estético de estos alfareros Nok. Ellos incluso llegaron a conocer concretas técnicas metalúrgicas, compaginadas con el uso preciosista de la piedra y cierto progreso agrícola. Su arte habrá de influir en Ife y Benin echando las bases de una extraordinaria tradición escultórica naturalista. Por otra parte, hacia el siglo VIl y a orillas del lago Chad, surge otra civilización de alfareros, pareja en ciertos aspectos a la de Nok. Las gentes del Chad y de Nok terminarán por enzarzarse entre sí, luchando por su asentamiento en las tierras húmedas, lo que quizá explica las defensas que circundan sus aldeas. Entretanto, en el Níger medio, van proliferando otras poblaciones que viven del cultivo del mijo y arroz, a la vez que de la pesca, y asimismo hay indicios de importantes núcleos humanos en la región que se extiende entre Segú y Tombuctú. Más al norte, en la actual Mauritania, la metalurgia del cobre, que se domina desde el siglo V a.C., seguirá animando unas relaciones norte-sur.

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