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La documentación próximo-oriental, tanto la egipcia como la mesopotámica, se refiere muy frecuentemente a oleadas inquietas de semitas que, entre el desarraigo y la amenaza militar, ponen en dificultades hasta la seria perturbación a no pocos de los Estados de la zona. Las presiones semitas debilitaron el imperio territorial de la dinastía III de Ur y contribuyeron de alguna suerte a la fragmentación egipcia en el llamado Primer Período Intermedio, todavía no finalizado el tercer milenio a.C. Simultáneamente existían en Siria y Palestina diversas ciudades organizadas y prósperas de gentes también semíticas. Se puede decir, pues, que en la época y en el paso al segundo milenio había grupos semitas en movimiento o en proceso de sedentarización y otros que de tiempo atrás habían alcanzado ya el estadio de desarrollo que permite la vida urbana. Las excavaciones dirigidas en Jericó por la arqueóloga británica Miss Kenyon, entre 1952 y 1956, contribuyeron de manera entonces insospechada a la fijación de algunos hechos referentes a la situación de la Palestina en el salto de milenio y más en concreto al panorama que cabría suponer para los semitas de la zona. Los resultados obtenidos permitieron hablar de un amplio período de transición entre el Bronce Antiguo y el Bronce Medio, con sus fechas extremas máximas de 2300-1900 -Miss Kenyon identificó esta cultura intermedia de Jericó como de tipo nomádico, puesto que sus portadores utilizaban cerámica y no tenían casas, lo que invita a suponer que habitaban en tiendas sobre las ruinas de la ciudad destruida.

También otros centros urbanos de la Siria occidental y de la Palestina -digamos en general Canaán- presentan niveles de destrucción de fines del tercer milenio, como Ugarit, Biblos, Ay, Gezer y Meguidó, entre otros, y no pocos de esos casos adquieren parecido sentido al mencionado gracias a la clara secuencia que aportan los datos de Jericó. Esta efervescencia de los semitas de Canaán, capaz de perturbar en ocasiones una vida urbana de larga tradición, coincide en práctica simultaneidad con los mencionados Primer Período Intermedio egipcio y fin de la dinastía III de Ur. Sacando punta de algunos detalles bíblicos, Miss Kenyon concluyó que los semitas siro-palestinos encajaban en dos grupos fundamentales, uno sedentario y otro de tradiciones todavía seminomádicas; habían alcanzado el desarrollo urbano los cananeos, que serían los que hicieron suya la cultura del Bronce Antiguo, mientras que los amorreos serían esos seminómadas que destruyeron algunas ciudades y pudieron asentarse muy precariamente pero por largo tiempo en cierto número de ellas, especialmente en las del interior, y protagonizaron el período de transición detectado por primera vez en Jericó. Amorreos móviles habrían sido también quienes perturbaron en Mesopotamia y en Egipto. Tras estas observaciones, no faltaría quien pusiera en relación estos movimientos de semitas seminómadas con lo que nos dicen las narrativas bíblicas sobre las tribus patriarcales.

Parece, por lo tanto, que estamos ante una tradición de sedentarismo semítico y otras gentes, también semitas, no lejos del nomadismo, que se infiltran e incluso irrumpen en el Creciente Fértil desde regiones marginales, que serían sin duda las del desierto siro-arábigo. La documentación egipcia nos brinda algunas apoyaturas interesantes. Las invasiones de asiáticos semitas en el Primer Período Intermedio demostraron a Egipto la necesidad de controlar Palestina como zona de contención. Y la más inmediata evidencia de las pretensiones egipcias sobre Canaán nos las aportan dos curiosas series epigráficas que conocemos bajo la denominación de tablillas execratorias. La primera serie, procedente de Luxor, enumera como enemigos de Egipto a una serie de príncipes asiáticos y corresponde cronológicamente al segmento central del siglo XIX; llama la atención que la onomástica coincide con la de los amorreos de Mesopotamia -por ejemplo, con nombres propios conservados en el archivo de Mari, Eufrates medio- y que en los abundantes antropónimos teofóricos entran en composición teónimos amorreos. Podríase defender que estos textos reflejan el momento en que se está produciendo en Palestina la acomodación de los seminómadas al modelo de sociedad sedentaria. No lo han logrado todavía, al menos en lo que toca a la organización de la ciudad-Estado, porque para algunas ciudades hay mención de pluralidad simultánea de príncipes, como si se hubieran producido acumulaciones tribales sin más integración.

La segunda serie de textos execratorios es posterior, de en torno a 1800, y procede, parece ser, de Saqarah. El panorama que presentan estos otros documentos es ya marcadamente diferente: los asiáticos de Canaán están sedentarizados, se dedican a la agricultura, usan poco la onomástica teofórica y han logrado la unificación política local. Estas tablillas execratorias evidencian, en el medio siglo que puede mediar entre serie y serie, un claro proceso de sedentarización, confirmado simultáneamente por la arqueología: la cultura del Bronce Medio de Jericó deja de ser nomádica y se asimila a la urbana de los centros costeros -Ugarit, Biblos- que no conocieron larga interrupción. A no dudarlo, ha habido un acercamiento en los modos de vida de los amorreos a los más evolucionados de los cananeos. Ello no supone una sedentarización total ni tampoco la estabilización absoluta en Palestina. Quedarían grupos dedicados al ruralismo pastoril, transhumante en mayor o menor grado, activos intermediarios caravaneros, partidas armadas en desarraigo, y una llamada siempre -no en balde se trataba de estratégica encrucijada de caminos- a que propios y extraños se introdujeran en lo que tan inmediatamente se ofrecía como lugar de paso. Ese mismo Egipto reunificado, tan preocupado por la seguridad de su frontera asiática, no pudo impedir que desde Palestina le llegara la invasión de los hicsos, príncipes extranjeros, mejor explicación que la de príncipes pastores acuñada en la antigüedad, que suena mucho a falsa etimología.

Tradicionalmente se ha venido diciendo que los invasores hicsos eran hurritas, con elementos culturales indoeuropeos, si no mezcla real, y algunos semitas incorporados. Hoy preferimos, más bien, suponer mayoría semítica en este movimiento, pues aparecen nombres semíticos claros, algunos muy cercanos a los bíblicos, en escarabeos de los dominadores hicsos; y no hace falta decir que también surgieron quienes relacionaran a estos semitas que han escalado hasta elevados grados de poder en Egipto con el José bíblico y su buena fortuna junto al faraón. Expulsados los hicsos, protagonistas del llamado Segundo Período Intermedio, inicia Egipto por 1580 aproximadamente la brillante aventura de su Imperio Nuevo, con las poderosas dinastías XVIII y XIX, máximas referencias de poder -exclusivo o compartido, según las alternativas de los imperios asiáticos- durante los siglos XVI a XIII a.C. Los faraones de este Egipto otra vez reunificado no pierden de vista sus intereses en Canaán y repiten una y otra vez sus expediciones militares, ocupan la tierra y la organizan mediante guarniciones, mandos y funcionarios. Cuando esa presencia se debilita, sobre todo durante los reinados de Amenofis III y Amenofis IV (siglo XIV), a los que corresponde la documentación de Tell el-Amarna, se suceden en Canaán las coaliciones independentistas y el pulular de bandas armadas de cambiante frente, entre las que merecen atención las compuestas por los denominados habiru.

Los faraones de la XIX dinastía recuperarán, por cierto tiempo, la capacidad de intervenir en el Asia inmediata y frenarán la libertad de movimiento de los semitas desarraigados; hasta que su decadencia les hace abandonar paulatinamente Palestina, al tiempo que comienzan a conformarse, entre semitas procedentes de Egipto, del Sinaí, del Neguev y de Transjordania, y otros de la Canaán propia, en proceso un complejo: las doce tribus del Israel histórico. El libro del Génesis narra la migración del patriarca Abraham y su gente desde Ur en Mesopotamia hasta Harrán en Siria y luego a Palestina, y cómo su dios le hizo depositario de una promesa de futuro que fue cumpliéndose en su hijo Isaac, su nieto Jacob y los doce bisnietos que bajan a Egipto, entre ellos José, el que lograría convertirse en hombre de confianza del faraón. Es pregunta inmediata la de si estas narrativas patriarcales recogen memoria de personajes y acontecimientos históricos y cómo encajan en el marco del semitismo palestinense, qué reflejan de él. No han faltado quienes establecieran relaciones entre episodios de la escritura y fenómenos históricos conocidos por los datos de la arqueología y de la documentación extrabíblica. Los estudiosos oscilan entre la aceptación de Abraham, Isaac, Jacob y los demás personajes patriarcales como figuras históricas concretas y la negación absoluta de historicidad, en la idea de que lo que en la Biblia hay al respecto son integrales reconstrucciones tardías.

Se nota ahora una tendencia a reconocer en las narrativas patriarcales al menos un fondo de historicidad transmitido en memoria popular, menos porque hubiera ocurrido punto por punto cuanto encontramos en el Génesis, cosa excesiva sin duda, que porque en el relato bíblico tenemos reflejo del ambiente real en que vivió el semitismo seminómada del Próximo Oriente, lo que impide pensar en invención total de los redactores del Israel muy posterior. Los nombres propios de los patriarcas son semíticos occidentales y están documentados en textos no bíblicos conservados, bajo formas suficientemente cercanas y en no corto número. El régimen de vida de Abraham y sus descendientes no contrasta demasiado con el del cuadro histórico. Son pastores de ganado menor en vías de sedentarización, que comienzan tímidamente a cultivar la tierra, pero conservan todavía una fuerte tendencia a la erradicación y al movimiento. Se ha señalado que los textos jurídicos del archivo de Nuzi (aplicación de leyes consuetudinarias hurritas de no escasos elementos semítico-occidentales), de mediados del segundo milenio a.C., ofrecen curiosidades de estrecho paralelismo en las narraciones patriarcales: la esposa estéril que proporciona una esclava a su marido, como hace Sara con Abraham; la adopción de un esclavo para que sea heredero, disuelta por el nacimiento de un hijo propio, cual parece que tenía previsto Abraham en favor de Eliezer; la venta del derecho de primogenitura, por tres ovejas de Nuzi, por un plato de lentejas entre Esaú y Jacob; los derechos de la esclava que ha dado un hijo a su señor cuando nace otro de la mujer legítima, lo que recuerda la resistencia de Abraham a expulsar al hijo ilegítimo, Ismael, y su madre Agar.

.. Son algunos paralelismos entre otros muchos que sería posible establecer; de valor desigual, es cierto, pero prueba suficiente, tomados en conjunto, de la similitud de cuadro entre las narrativas referentes a los patriarcas y el mundo semítico seminómada del segundo milenio-. Ha gozado cierta fortuna en los últimos lustros la idea de que los distintos patriarcas pudieran haber sido jefes de clanes independientes y no miembros de una familia histórica, que es lo que se desprendería de una aceptación literal de la presentación bíblica. Habría habido, pues, una genealogización artificial, con no poca carga de etiología, desde tradiciones diversas, sueltas, de cronología varia, transmitidas dentro de los diferentes grupos y luego penosamente, aunque también brillantemente, recompuestas con posterioridad. Ha sido R. Michaud el sistematizador de la idea sobre minuciosos análisis de los textos bíblicos. Abraham sería, en esta hipótesis, el jefe y ancestro de un clan del sur de Palestina; su referencia geográfica es Mambré, cerca de Hebrón. Lo mismo es posible decir de Isaac, a quien se sitúa predominantemente en torno a Beerseba. La geografía de Jacob permite localizar su grupo en la región central, con Betel como su lugar sagrado. E Israel, identificado luego con el anterior, hubo de ser originariamente un jefe de tribu independiente, de la misma región central, según sugerencia de Michaud, o de la región meridional, como L. García Iglesias tiene por más aceptable.

El especialista canadiense mencionado explica la identificación secundaria de Jacob e Israel por el hecho de su proximidad local. El autor citado se inclinaría a considerar que la fusión de ambos es consecuencia de que las doce tribus históricas encontraron en sus tradiciones una doble paternidad -se remontaban a los doce hijos atribuidos al uno y asumían el nombre genérico del otro- que hubieron de solucionar de alguna manera, y fue ésta la adoptada a la postre. Posiblemente en el Génesis sólo se prepara el doblete onomástico cuando Jacob está a punto de iniciar su migración hacia el sur, y se le atribuye el nombre de Israel sobre todo en esta zona y con referencias geográficas meridionales: cuando Jacob viaja de Belén a Migdal Eder, cerca de Hebrón, se le llama Israel (Génesis, 35, 19-21) y lo mismo ocurre en el momento en que se recuerda la llegada a Beerseba y los sacrificios que allí ofrendó al Dios de sus padres (Génesis, 46, 1). En conclusión, parece que no es aventurado defender una historicidad de fondo a los relatos patriarcales; ni mucho menos literalidad, sino adecuación de ambiente y conservación en memoria popular de tradiciones confusas, variopintas, vinculadas a los diferentes grupos que acabarían constituyendo el Israel histórico. Estos israelitas posteriores reconocerían como suya esa prehistoria de seminomadismo palestinense del segundo milenio, y entenderían que su religiosidad exclusiva tuvo sus barruntos y hasta vivas raíces en la de estos ancestrales clanes a los que se sentían referidos. Respecto a la cronología patriarcal, muy discutida, a veces con no escasa ingenuidad, parece admisible que es el ambiente de los siglos XIX a XVI a.C., cual lo reflejan los testimonios extrabíblicos, el que mejor cuadra a la presentación de hechos que encontramos en la escritura, aunque es preciso reconocer que la compleja redacción tardía ha introducido elementos distintos y de tiempo posterior.

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