Entre la belleza ideal y las formas tradicionales

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Desarrollo


Tal como señala Mario Praz, el neoclasicismo es una corriente del gusto, la cual ha necesitado una larga elaboración teórica antes de su arraigo en las artes plásticas y en la arquitectura a fines del siglo XVIII, en la etapa denominada de la Ilustración. El retorno a la pureza clásica en las artes viene precedido de la búsqueda del candor y la sencillez primitiva a través de textos literarios, como "El Emilio" de J. J. Rousseau. Los ilustrados españoles, lo mismo que los poetas de la generación del Veintisiete, junto a la búsqueda del clasicismo indagan sobre las raíces de lo popular. Intelectuales y nobles imitarán algunas costumbres plebeyas. Sainetes, canciones, danzas, corridas de toros y vestimentas, son aceptadas y producen placer a las clases privilegiadas. Según Ortega y Gasset, el plebeyismo es una reacción contra las costumbres francesas que intentaron imponer los primeros Borbones españoles, Felipe V y Fernando VI. Si bien Carlos III, al ser educado en Nápoles intenta en sus primeros momentos respetar las antiguas costumbres hispanas, más tarde asesorado por sus consejeros, corta un tanto estas libertades, tal como hace con la capa larga española. Indudablemente, el ideal neoclásico gira en torno a la Belleza. Esta palabra surge por doquier, no sólo en la poesía y en las novelas sino en tratados, manuales y discursos académicos en torno a las artes en la época de la Ilustración.

Este concepto y/o idea debe estar concatenado y servir de catalizador a toda actividad artística, tal como defiende el jesuita español Esteban de Arteaga; desterrado en Italia, en 1789 publica sus "Investigaciones filosóficas sobre la belleza ideal..." donde hace distinción entre belleza en general y belleza ideal: "la belleza de los otros objetos está en ellos mismos con independencia de toda relación o careo; la de las artes consiste en la conformidad de la copia que imita con el original imitado": Arteaga retorna al concepto clásico del arte como imitación de la realidad, siempre que el artífice la transforme en obra bella. Así, señala que al artista le debe ser indiferente "que el original sea un Narciso..., la diosa Venus o la vieja Canidia, con tal que logre el fin de hacer admirar su imitación y de reproducir por medio de ella en quien la mira efectos análogos a los que produciría la presencia misma del original". En el fondo, Arteaga coincide con Kant cuando el filósofo alemán señala que lo bello (en arte) no es representar una cosa bella, sino una bella representación de una cosa. Hay seres u objetos que siendo desagradables y aun monstruosos en la naturaleza pueden ser convertidos en maravillosas y sublimes obras de arte. Arteaga pone el ejemplo de Polifemo atracado de carne humana y ebrio. Una de las obligaciones del arte es convertir lo feo en hermoso, virtud en la que destaca Goya, y hace comprensible que su arte fuera aceptado por ilustrados como Jovellanos, Ceán Bermúdez y Moratín, entre otros.

No hay necesidad de buscar una vertiente romántica en ello. Se suele confundir en la historiografía española los términos neoclasicismo y clasicismo. Obras llamadas neoclásicas son solamente clasicistas. O sea, impregnadas por esta corriente que permanece constante en Francia y en Italia a lo largo del barroco. También junto a un exaltado barroquismo, durante los siglos XVII y XVIII en el arte español subyace, aunque más solapadamente que en los países citados, el germen clasicista. Por ello, cuando en otoño de 1761 se instala en Madrid Antonio Rafael Mengs (1728-1778) existía un ambiente preparado para aceptar sus ideas. Llegaba Mengs precedido de un gran prestigio, no sólo como pintor sino como tratadista y arqueólogo. Su estrecha amistad con Winckelmann y José Nicolás de Azara había hecho posible el desarrollo de su humanismo ilustrado; por su arte y esas peculiares condiciones logró la protección de Carlos III. Indudablemente, el publicar Azara sus obras le da a Mengs autoridad como teórico, por lo que logra muy pronto imponer su dictadura en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. Nombrado presidente honorario de esta institución, redacta un reglamento en el que se determina, entre otras normativas, la supresión de los académicos protectores, lo que abre cierta polémica y hace que sólo sea aplicado parcialmente. No obstante, sus ideales artísticos se imponen. Así, consigue que J.

B. Tiépolo
y C. Giaquinto, a través de su confesor el padre Eleta, pierdan la protección real. Su pensamiento no sólo pesa en el desarrollo de la pintura sino también en el de la escultura y la arquitectura, pues es el motor que estimula a la Academia a atacar febrilmente a los artistas barroquizantes con los que hasta ahora la institución madrileña se había mantenido complaciente. Como señaló más tarde Pedro de Madrazo, "hizo extremar la, intolerancia, fundamentándose en cierta fantástica y abstracta noción de lo bello". A pesar de su corta estancia en España, pues tres años después retorna a Roma con motivo de la convalecencia de una enfermedad, la impronta de su estilo repercute fuertemente en el desarrollo del arte español. De este modo, artistas como Francisco Bayeu y Mariano Salvador Maella abandonan el barroquismo guiaquintesco para aceptar el clasicismo mengsiano, el cual se acrecentará después del retorno del pintor. El propio Francisco de Goya aceptará, aunque a regañadientes, las formas neoclásicas a las que llama estilo arquitectónico. Mas es su contrincante en la Academia, Gregorio Ferro (1748-1812), quien con más fervor practica el neoclasicismo académico en estos momentos. También el grabador Manuel Salvador Carmona (1734-1820) y el discípulo de Mengs, Fernando Selma, seguirán fielmente la preceptiva impuesta por el pintor centroeuropeo.

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