El neorrómanico de Frómista

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Los peregrinos que hicieron el Camino de Santiago antes de 1840, no reconocerían muchas iglesias que hoy admiramos como testimonios de la venerable arquitectura medieval. Esto sucede con los edificios que durante los siglos XIX y XX hemos convertido en crudos monumentos, destacando el de San Martín de Frómista (Palencia), triste ejemplo de lo que se puede llegar a hacer con un edificio histórico en el loable empeño de restaurarlo. San Martín de Frómista fue la iglesia románica de un monasterio benedictino, pero hoy no es sino un frío, desnudo y huérfano monumento que resulta ser más un reflejo de nosotros mismos, por el mal trato y daño infringido a la arquitectura medieval, que espejo de la vida monástica cluniacense del siglo XI. Hay que hacer un esfuerzo sobrehumano para intentar, sin éxito, evocar desde la iglesia de Frómista a una comunidad benedictina; a doña Mayor, viuda del rey Sancho de Navarra y fundadora del monasterio; al lejano año de 1066, en cuyo entorno se habrían iniciado las obras, etcétera. ¿Dónde están las dependencias monásticas más elementales? Nada. Por no tener, la iglesia actual no cuenta siquiera con una sacristía, pues su restaurador, soñando con un templo inmaculado, puro y prístino, derribó todo cuanto a su juicio estorbaba la belleza original del modelo románico. Así, en el "Catálogo monumental de la provincia de Palencia" (1932), puede leerse como un elogio, que se le quitó el pintoresco aspecto que le habían dado la incomprensión rural de los tiempos anteriores, con toscas construcciones agregadas.

Una conocida litografía de Parcerisa realizada en 1860, conserva aún la imagen pintoresca de aquel rico conjunto, obviando su contemplación cualquier descripción de lo destruido. Alguien podría pensar que exageramos, pero basta transcribir un párrafo de "El arte románico español" (1934), de Gómez Moreno, para sentir vértigo ante la operación llevada a cabo por el arquitecto Manuel Aníbal Álvarez, cuando desmontó y rehizo la iglesia desde sus cimientos, excepto la nave norte, entre 1895 y 1901: "Esta iglesia lleva sobre sí una restauración tan demasiado a fondo, que parece toda nueva... Es nuevo el hastial fachada de poniente, en su parte medial íntegro, donde no parece seguro que hubiese puerta; lo son nuevos asimismo, el cuerpo alto de la torrecilla de hacia el SO., las arquivoltas interiores y tejaroz de la portada meridional, que además fue remetida; dos contrafuertes, a la cabeza del crucero, y el subir hasta lo alto los otros dos; el hastial íntegro del mismo hacia el N., donde entestaba una capilla gótica eliminada, y todas las ventanas del meridional, donde hay una portadilla que no es primitiva". Fueron renovados hasta 86 modillones, muchos trozos de cornisa, 11 capiteles, 46 basas y 12 cimacios, copiando y completando lo antiguo con más o menos acierto. En cambio se suprimieron otros dos contrafuertes, en las naves laterales, cuya existencia se acredita por fotografías antiguas y el plano, trazado por el restaurador mismo, que publicó Lampérez.

.. Las fotografías tomadas por Solano, después de la restauración, hablan por sí solas en relación con todo lo nuevo, pues la piedra recién labrada, no había cogido todavía la pátina que aparentemente iguala lo viejo y lo inventado. La iglesia se encontraba, sin duda, en malas condiciones y era necesario intervenir en el edificio, según denuncian otras fotos anteriores a la restauración que dejan ver las condiciones deplorables en que se encontraba, sabiendo, además, que sus bóvedas estaban semiarruinadas. Pero de aquí a lo que se hizo a partir de la Real Orden de 13 de noviembre de 1894, que lo declaraba Monumento Nacional iniciándose los trámites para su restauración, media un abismo y un caprichoso disparate, que nos impiden conocer hoy los límites reales de San Martín de Frómista como tal arquitectura románica. Los propios medievalistas andan algo desorientados y cada uno saca sus conclusiones del edificio románico pero sólo a partir de la arquitectura neorrománica, que es la que verdaderamente conocemos, llegando unos y otros a reproducir en obras muy recientes plantas distintas de San Martín, bien basadas sobre la que publicó Lampérez (1908), tomándola de Aníbal Álvarez, bien sobre la que Solana dibujó para Gómez Moreno (1934), las cuales, a su vez, no coinciden con lo que hoy podemos ver en Frómista. Todo esto no supone sino un cúmulo de errores de los que ya difícilmente podremos salir, pues el edificio románico desapareció para siempre en la restauración, quedando en su lugar una imagen falsa y desnaturalizada que nos hace creer que San Martín de Frómista era así en los siglos XI y XII, reproduciéndose en cada uno de nosotros, como un virus, la imagen distorsionada que, a su vez, contagiaremos a otros: estudiosos, alumnos, lectores, peregrinos y turistas.

Pero no sólo es la nueva imagen falsamente románica la que se repite, dándola por original, sino que la interpretación de su arquitectura y escultura suele ser igualmente errónea. El eminente medievalista Emilio Camps admiraba la homogeneidad de su arquitectura, cuando fue Aníbal Álvarez quien torturó al edificio hasta dejarlo homogéneo, a base de eliminar lo que, a su juicio, no le convenía. El gran estudioso del románico palentino, don Miguel Ángel García Guinea, ponderó su escultura, si bien una parte importante está labrada en torno a 1900, cuando la vio y publicó Serrano Fatigati (1901), sustituyéndose algunos capiteles originales por otros nuevos y llevando los románicos al Museo de Palencia. Por entonces se eliminaron también algunos canecillos expresivos de la frecuente "salacidad" de la arquitectura antigua, según comenta Rafael Navarro en el mencionado "Catálogo monumental" palentino, lo que induce a pensar que algunos relieves se retiraron sólo por su carácter lujurioso, pues eso es lo que significa el término salaz. Es decir, estamos ante una restauración censora y moralizante, que ya es el colmo de nuestra torpeza frente a la cultura medieval. Desde entonces hasta nuestros días no ha hecho sino crecer todo un nuevo mito en torno a San Martín de Frómista, a partir de la iglesia recreada por su restaurador. Tenía razón José Gudiol cuando afirmaba (1936) que cada edificio restaurado cambiaba la personalidad propia por la de su restaurador.

Para un mediano observador la iglesia, presentada hoy como una gran maqueta, sirve bien para dar una clase teórica sobre la arquitectura románica, pero sus muros, con sillares de distinta procedencia, altura y herramienta; el repaso y nueva labra de la cantería y escultura antiguas; la ausencia de marcas de cantero; la pérdida de las pátinas; la eliminación del coro y altares que tenía antes de la restauración, por modestos que éstos fueran; las múltiples cicatrices que interior y exteriormente denuncian una cirugía inquietante; la inventada reconstrucción de las bóvedas; la uniformidad de todos sus elementos ornamentales, en fin, nos han legado la materialidad de un edificio neorrománico sin espíritu medieval. Se parece más a las iglesias historicistas del siglo XIX, que a una iglesia medieval. Más a una reconstrucción para el Museo de los Claustros de Nueva York, que a una iglesia románica de la Tierra de Campos.

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