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Arte Antiguo de España

Desarrollo


Cuando, poco después de la muerte de César, los decuriones de Urso se reuniesen para organizar los espectáculos de la colonia según la ley que les había otorgado el dictador, pocos fueron, probablemente, los que se plantearon celebrar esos juegos en edificios concretos: el texto legal se limitaba a mencionar el circo y el foro, y lo cierto es que reflejaba así una indefinición muy propia de su época. En efecto, quien conociese la Italia de mediados del siglo I a.C., bien sabía lo raros que por entonces eran todavía los teatros y anfiteatros estables: sólo hacía unas décadas que habían empezado a plasmarse sus planteamientos y estructuras, llenos aún de dudas y ensayos, y tan costosas construcciones apenas se veían fuera de Campania y Etruria. En la propia Roma, centro del poder político y por tanto teórico modelo para municipios y colonias, la situación se hallaba aún peor: fruto de la desconfianza del senado hacia las asambleas populares, se carecía por completo de anfiteatro -los gladiadores combatían en el Foro, las fieras en el Circo Máximo-, y sólo en 55 a.C. había podido Pompeyo construir el primer teatro en cal y canto de la ciudad. Realmente, salvo ese edificio -grandioso sin duda, pero aislado-, hubo que esperar en Roma al principado de Augusto para que los ámbitos arquitectónicos de los juegos cobrasen un carácter monumental: fue entonces cuando se levantó el primer anfiteatro de la Urbe, el de Estatilio Tauro (en 29 a.C.), que aún debía de tener gradas de madera; también en esos años se inauguraron los teatros de Balbo y de Marcelo (en 13 y 11 a.C., respectivamente) y, además, se decidió dar al Circo Máximo una entidad que superase la de mera explanada rodeada con bancos de leño: a raíz del incendio de 31 a.C., se construyeron en piedra por lo menos el pulvinar y parte de las gradas.

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