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Engelbert Dollfuss, que había nacido en Texing, en la Baja Austria en 1892, en una familia campesina católica, había realizado estudios de Derecho, hizo la guerra como oficial de las tropas alpinas y fue más tarde secretario de la federación campesina de su región de nacimiento. Esta especialización suya y su militancia en el partido católico le llevaron en 1931 a la cartera de Agricultura y, tras la crisis de mayo de 1932, sucedió al canciller Burech al frente del Gabinete ministerial. Tanto las encíclicas del Papa León XIII como el ejemplo fascista eran la base de su pensamiento y de su práctica política. Dos acontecimientos vinieron a precipitar entre los años 1932 y 1933 este específico austrofascismo, bautizado más adelante como Estado corporativo cristiano: la imposibilidad de una acción parlamentaria a consecuencia del enfrentamiento y ataque de partidos enemigos y la expansión del nacionalsocialismo en el campo austriaco. Cuando se hizo imposible la coalición entre socialdemócratas y socialcristianos, y a falta de una opinión pública autónoma debidamente informada y formada, al canciller no le quedó otro camino o solución que el Gobierno autoritario, a partir de su propio partido, que intentó renovar mediante la creación de ciertas formaciones militantes, como las Cuadrillas de Acción Austriaca o la misma Guardia Patriótica, muy útiles en la lucha contra el nacionalsocialismo interno y exterior, pero también muy convencidas de un antimarxismo tan radical que implicaba la aniquilación de la misma socialdemocracia.

El austrofascismo, por tanto, a partir de estos cuadros provenientes del partido socialcristiano y de las guardias patrióticas que simpatizaban y apelaban al fascismo y a Mussolini, se constituía como una alianza entre el catolicismo autoritario y una forma de poder duro y eficaz opuesto tanto al nacional-socialismo como a una práctica antimarxista radical. Y estas características se mantendrán hasta 1938. A principios de 1933 el triunfo de Hitler en Alemania repercutió notablemente en la política austriaca, puesto que a la inicial dificultad para formarse y actuar como nación independiente se unía ahora la lucha contra una Alemania anexionista más allá de cuanto Austria podía necesitar. Este fue el reto y el drama del canciller: pese a su convencimiento y decisión primeros en favor de la unidad, debió luchar contra la unidad que amenazaba con imponerse, la de la anexión con pérdida o reducción al menos de la soberanía austriaca. Toda la política de Dollfuss a lo largo de 1933 fue un esfuerzo titánico por evitar la presencia anuladora de Alemania, sin dejar de reconocer, como acaba de indicarse, la base alemana, tanto racial como lingüística, del reciente Estado austriaco. De esta forma la aspiración de gran parte de Austria de unirse a Alemania sólo pudo evitarse en la práctica mediante procedimientos dictatoriales. En marzo de este año, tras la dimisión del Gabinete ante el presidente Miklas, Dollfuss se convirtió en el dictador de la nación.

Restringió libertades, prohibió reuniones públicas, gobernó mediante decretos-leyes, redujo la oposición de los socialistas mediante la fuerza y, más en concreto, disolvió la Schutzbund socialista de Viena. En el mes de abril, y después de frecuentes entrevistas con Benito Mussolini, la dictadura austriaca incrementó o potenció sus matices resueltamente fascistas: aplicó los procedimientos políticos del Duce, proclamó la amistad italiana y la del Duce en particular; defendió en un discurso frente al Congreso regional de los socialcristianos la unidad e independencia de Austria. Impuso a los funcionarios del Estado un juramento de fidelidad a las leyes de la República donde explícitamente se juraba la no pertenencia a "sociedad alguna extranjera de finalidades políticas" (clara referencia o condena de las tesis hitlerianas); atacó durísimamente a los nazis exagerando, entre otras cosas, su protestantismo; trabajó, finalmente, en pro de un Concordato con la Santa Sede, que fue redactado con extraordinaria rapidez y firmado el día 5 de junio por el cardenal Pacelli, más adelante Pío XII. La lucha y la preocupación más duras desde el primer momento fueron contra el nazismo. Este fue declarado ilegal y prohibido como faccioso en toda Austria, y sus formaciones serían disueltas siempre que se manifestaran en público. Pero como el nacionalsocialismo alemán tenía sus intereses en Austria y alentaba el movimiento de las más variadas formas desde fuera y en el interior, Dollfuss optó por recurrir a la colaboración de potencias europeas al mismo tiempo amigas de Austria y opuestas o preocupadas por el auge del nazismo dentro y fuera de las fronteras alemanas.

Por ello creyó conveniente envíar sendas notas a los Gobiernos de Inglaterra, Francia e Italia anunciándoles la creación de un cuerpo auxiliar de defensa, que fue aceptado por todos con la sola condición de no contravenir las cláusulas del tratado de Saint Germain. Al mismo tiempo el Gobierno tomó medidas para proteger las fronteras con Alemania precisamente cuando el territorio austriaco era habitualmente sobrevolado por aviones alemanes que sembraban propaganda hostil a Dollfuss, complementaria de la difundida de continuo desde la radio de Munich. Toda esta acción antinazi quedó coronada con la visita de Dollfuss a Mussolini, en Riccione, en agosto de 1933. Aquí, y pese a la progresiva identificación práctica entre los regímenes fascista y hitleriano, Mussolini reafirmó ante Dollfuss su "identidad de criterios" con el canciller austriaco; se repitió y ensalzó el papel importante a desempeñar por una Austria independiente en el corazón de Europa central; y se dedujo finalmente la pretensión italiana de utilizar en favor de su política e influencia los intereses austriacos pretendidos y defendidos por Dollfuss. Todo quedó así rubricado con el ofrecimiento formal de Benito Mussolini de apoyar incondicionalmente a Austria. De vuelta en Viena, el canciller quiso hacer el recuento de sus fuerzas conforme a los típicos formalismos autoritarios. Y así, con motivo del Congreso Católico, reunió en la capital de la República a 40.

000 partidarios de su política. Días más tarde se repitió otra concentración de 80.000 personas, ante las que pronunció un discurso político revelador; aparte de repetir que había pasado el momento del liberalismo y del marxismo, dijo que su política contaba con un fin y con un objetivo más amplio y glorioso: "Lo que nosotros queremos es el Estado alemán de Austria, cristiano y social, sobre la base de un sistema corporativo y bajo la dirección de un Gobierno autoritario, pero no arbitrario. Nosotros somos alemanes, pero queremos conservar nuestras particularidades de austriacos". El nuevo paso en la reafirmación de su política y en la destrucción de cualquier objeción socialista a su sistema, aparte el incremento de poder de las heimwehren, nombrando al general Fey vicecanciller, y la entrega al príncipe de Starhemberg de la dirección del frente patriótico, fue la idea de reformar la Constitución como la vía más segura en la reafirmación de su poder dictatorial. De momento, sin embargo, optó por retrasar su planteamiento. De esta manera, a fines de 1933, Austria se debatía por la defensa de su independencia y por el logro de su estabilidad interna; y en medio de una situación económica aún muy difícil y complicada, el canciller actuaba dictatorialmente, aunque mostraba sus debilidades transigiendo con las exigencias de las heimwehren, la hostilidad nazi y las intemperancias socialistas. La desaparición, en 1934, del Partido Socialista austriaco, el tercero de Europa por el número de afiliados y el primero, según afirmación de J.

Droz, por la reputación europea de sus líderes, fue uno de los sucesos más dolorosos para el mundo democrático occidental. En ningún país del mundo, como sigue confesando Droz, el socialismo había llevado a cabo una obra tan profundamente humana y educadora como lo había hecho en Viena. Destacó básicamente por su pujante ideología y por la fuerza práctica con que colaboró a la transformación de Viena entre 1919 y 1934. Su personalidad más representativa fue O. Bauer, no sólo por su oposición constructiva y eficaz a la política de monseñor Seipel, sino también, y sobre todo, por su radical realismo en la aplicación de las tesis marxistas a las nuevas realidades. Aunque era un convencido de la imposibilidad de conquistar el poder por medios democráticos y parlamentarios, temía igualmente la corrupción aneja a la participación en el poder y la confusión entre victoria revolucionaria y armonía de clases. En el Congreso celebrado por la Socialdemocracia en Linz, en 1926, recusó la dictadura del proletariado; pero a la vez afirmó categóricamente que un posible atentado por parte burguesa contra las conquistas del mundo obrero debería ser aniquilado mediante la fuerza, dando así legitimidad al carácter defensivo de la violencia. Su tesis, pues, no era otra que la oposición igualmente clara al bolchevismo y al aburguesamiento de los socialismos de Occidente. Como ya quedó afirmado, los socialistas dominaban fundamentalmente en la ciudad de Viena, la Viena roja, la ciudad más progresista de Europa, frente al apogeo provinciano y rural de los socialcristianos.

En Viena tuvo lugar la realización de una política social, en el campo de la vivienda, la escuela, la cultura en general, mediante la creación de bibliotecas, lugares para reunión y conciertos, universidades populares, etc., que, aunque pudieron desembocar en cierto aburguesamiento, contribuían igualmente a un despertar de conciencias, a una formación de actitudes capaces de chocar, como de hecho ocurrió, con las pretensiones y las prácticas dictatoriales, con las formaciones paramilitares de las heimwehren. A partir de 1927, con la quema del Palacio de Justicia se precipitó el enfrentamiento con las fuerzas de la derecha; y la decisión de Dollfuss de crear un Estado corporativo y cristiano conforme al modelo preconizado en la encíclica Quadragessimo Anno de Pío XI, significó la imposibilidad de una actuación parlamentaria y el inicio de pérdida de cualquier libertad pública. El canciller, ofuscado con la persecución organizada del hitlerismo contra su Gobierno y desconfiado ante la posible colaboración o coalición con los socialistas, cuyo marxismo también aparecía condenado por la doctrina de la Iglesia, ignoraba o no atisbaba que la desaparición de la socialdemocracia implicaba la rápida marcha hacia el triunfo nazi en Austria. El momento álgido fue en febrero de 1934. El día 12 precisamente surgió una colisión trágica entre la heimwehr, cada vez más decidida por una solución fascista definitiva, y los socialistas, organizados en Schutzbund.

Esta organización había sido declarada ilegal, y la policía intentó incautarse de los depósitos de armas de los socialistas. Estos rechazaron violentamente a la policía; y a partir de aquí comenzó una verdadera y brutal guerra entre socialistas y miembros de la heimwehr, en la que llegaron a tomar parte todas las fuerzas del Estado. El Gobierno proclamó la ley marcial en toda Austria, y los socialistas declararon la huelga general. La lucha fue brutal, al menos en los tres primeros días, sobre todo en Viena, donde las barricadas y alambradas callejeras daban la brutal imagen de una ciudad tomada férreamente, Eggenberg, Gratz, etcétera. Se luchó con una furia indescriptible. Dollfuss y las heimwehren, que actuaban como policía oficial, acabaron no sólo con los socialistas y su poder, sino con el mismo partido. El día 15 de febrero, tras la enorme tempestad provocada y con el resultado de varios cientos de muertos y la destrucción de importantes edificios donde los rebeldes se habían hecho fuertes, el partido obrero austriaco desaparecía. El día 16 fueron ejecutados varios jefes del movimiento subversivo; y el 18 el canciller se dirigió a la nación en un discurso a la vez duro y paternalista en el que, conforme al principio ético cristiano, pretendía aunar justicia con clemencia: "En estos días de desgracia nacional no se trataba de una lucha de las masas obreras contra el Gobierno, y sí únicamente de la lucha de un pequeño grupo de extremistas contra el Estado.

Ahora nuestra principal preocupación es ayudar a las familias de las víctimas, incluso a las de los insurgentes". Hoy puede verse con cierta claridad la importancia que tuvieron en la crisis de febrero la crisis económica y el paro, las múltiples provocaciones de las heimwehren, el desorden en la toma de las armas por parte obrera y el fracaso de la huelga general, sobre todo por parte de los ferroviarios, que no la secundaron. La represión, dirigida por el mayor Fey, fue brutal; los jefes del Schutzbund fueron ahorcados en condiciones atroces; y los mismos embajadores de Gran Bretaña y Francia debieron intervenir para que la matanza no fuese más brutal y extensa. En Linz primero y más tarde en los barrios de Viena, la resistencia socialista fue indescriptible. Se hizo necesaria la acción militar del Gobierno manzana por manzana y casa por casa, lo que sin duda incrementó la barbarie señalada. El resultado final fue la liquidación de la socialdemocracia austriaca y, con ella, el fin del régimen democrático. El aislamiento real y psicológico a que la socialdemocracia venía siendo sometida en un país juzgado y muy indulgentemente desde las democracias de Occidente, más interesadas por los problemas alemanes o italianos, tuvo también su parte de culpa en esta derrota y en esta aniquilación a la que el propio canciller trató de quitar importancia. A partir de ahora la preponderancia de las heimwehren fue en aumento, de modo que sólo unos días más tarde, concretamente el 19, el ministro de la Constitución afirmaba en un discurso que la única expresión política austriaca era la representada por el Frente Único.

En el mes de marzo la influencia de las heimwehren en el Gobierno y el protagonismo del príncipe de Starhemberg eran ciertamente decisivos e incontestables. A primeros de marzo se hizo realidad la nueva Constitución de tipo fascista. Fue una decisión rápida que obedeció a una idea y a una confección concluyentemente madura. El Consejo la aprobaba el día 7; y organizaba una sociedad conforme a criterios profesionales que se organizaban en seis categorías. El Estado reconocía el derecho de obreros y empleados a sindicarse, pero formando una federación entre cuyos objetivos se situaban la defensa de los obreros, la confección de contratos colectivos, la educación moral y profesional de los afiliados y la creación de lugares de recreo y ocio: la encarnación ideal del corporativismo defendido en la encíclica Quadragessimo Anno. Austria seguía siendo un Estado federal, con un presidente de la República, investido de grandes poderes y encargado de nombrar los miembros del Gobierno. Existían además cuatro consejos consultivos: un consejo de Estado (con 40 ó 50 miembros nombrados por el presidente); un consejo federal de cultura (integrado por las grandes eminencias de la literatura, la ciencia, el arte y la Iglesia); un consejo económico, constituido por los prohombres de los negocios; y un consejo de las ocho provincias (dos por cada una y otros dos por Viena). El presidente sólo disfrutaba del derecho de iniciativa; y el Bundestag, la asamblea legislativa compuesta por los delegados de los ocho consejos federales, aceptaría o rechazaría las propuestas presentadas.

Si el Gobierno interpretaba que un proyecto rechazado continuaba siendo necesario, podría recurrir al referéndum popular. La justificación inmediata de esta Constitución estaba en la necesidad de sacar al país del marasmo económico y en la urgencia de consolidar el patriotismo austriaco. Persistía, no obstante, el odio a la dictadura desde sectores de la sociedad simpatizantes de la causa socialista y, sobre todo, desde las filas nacionalsocialistas. Pese a cierta esperanza de alivio en la gestión del Duce ante Hitler, tendente a limar los desmanes nazis en Austria, la situación sociopolítica del país no mejoró, en parte por la situación socioeconómica, pero sobre todo porque la gestión de Mussolini no tuvo resultado alguno y dentro del país se interpretaba la amistad de Dollfuss con cierto atisbo de sumisión. Tampoco nació la calma tras los sucesos de Alemania en la primavera del 35 y la dura represión empleada; de modo que Dollfuss se vio en la necesidad de reformar en junio su Gabinete, reservándose cuatro carteras, entre ellas las de Seguridad y Defensa nacional. Según su personal declaración, pretendía de esta manera "limpiar el país del último vestigio del movimiento traidor".

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