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Significaba, simplemente, una situación política entre los Estados en la que ninguno de ellos alcanzaba un poderío superior al de los otros y pusiera en peligro la independencia de los demás. Se trataba de una idea de finales de la Edad Media, aplicada a regiones geográficas mayores o menores que comprendían una pluralidad de territorios soberanos. El término fue acuñado por Francisco Guicciardini (1483-1540) con el fin de mantener y defender el statu quo en la península italiana, pero no constituyó nunca una orientación o normativa de la evolución histórica. Aunque aparecía como una recomendación oficial, de hecho se puede considerar al Tratado de Utrecht el principio para este período, ya que a partir de ese momento las guerras dinásticas o de gabinete, menos devastadoras que las anteriores y posteriores, proporcionaron mayores oportunidades para la actividad diplomática y la argumentación jurídica. En toda Europa existía un sentimiento legitimista, siempre sujeto a interpretación, por el que cualquier actuación o resolución precisaba la confirmación del resto de los Estados, siendo el caso más significativo la invasión de un territorio. Así, se llegó a la doctrina de la guerra justa, al problema de en qué medida y hasta qué punto el real o inminente engrandecimiento de un Estado podía significar una justificación bélica. Las negociaciones o discusiones entre contendientes, neutrales o rivales, nunca terminaban, de ahí la relevancia de la diplomacia, pues los conceptos de equilibrio, neutralidad, libertad de Europa o soberanía se definían o interpretaban de forma continua, al tiempo que se utilizaban en las conversaciones.

Había una preocupación por comparar la fuerza de las diferentes potencias, que comprendía su posición en un momento determinado y el poder detentado en un futuro próximo. Unos pensaban en el equilibrio como en un sistema natural, porque era consecuencia de las relaciones internacionales, y cuando una gran potencia contaba con demasiada fuerza amenazaba a las otras, y por tanto, había que contrarrestar la desproporción. Otros, lo consideraban una meta deseada por la que había que luchar, ya que por sí mismo no neutralizaba las políticas personales de los soberanos, ni actuaba de manera independiente en el sistema internacional para impedir la preponderancia de un único poder. Ahora bien, la flexibilidad del concepto ayudaba a su aplicación, aunque era muy difícil de emplear en los desajustes regionales o zonales. Por ejemplo, con bastante frecuencia, el término se refería a los espacios báltico, alemán o italiano. Se empleaba en el campo negociador para explicar y justificar multitud de acuerdos, desde retoques fronterizos hasta repartos o invasiones. Al margen de la sinceridad con la que se aludía o usaba el concepto de equilibrio, pronto se convirtió en el modo más seguro de obtener asentimientos para determinadas actuaciones o, al menos, debilitar la resistencia o argumentos de los enemigos, tanto en temas puramente bélicos como diplomáticos. Para el siglo XVIII, los antecedentes inmediatos del concepto hay que buscarlos en la segunda mitad del Seiscientos, pero no entre los postulados políticos de Luis XIV, aunque hablaba de igualdad de poder o condominio en la distribución de la herencia española, sino entre los principios esgrimidos por Guillermo III de Orange.

Bien era verdad que el monarca británico hablaba de la libertad de Europa, atacada por la ambición de Luis XIV, con la idea de preservar la independencia de bastantes Estados y proteger las instituciones tradicionales, eso sí, refiriéndose siempre a los intercambios, por cualquier motivo, de territorios. No obstante, el concepto se relegó a un segundo plano en los tratados de partición del Imperio español y en las declaraciones de guerra, pues la idea predominante consistía en evitar el engrandecimiento francés, tal como señalaba Charles Davenant. Otros ensayistas políticos británicos empleaban también el término para defender las actuaciones de sus compatriotas en los campos de batalla, por lo que se usaba con frecuencia entre los súbditos. Así, la reina Ana, antes del final de la Guerra de Sucesión, pedía la unión de todos los Estados para preservar el equilibrio europeo. Con la mayor presencia de Gran Bretaña en los foros internacionales de Europa, dicho concepto se extendió a principios del siglo XVIII, y hasta Versalles lo incluyó en su vocabulario diplomático con plena convicción a partir de 1715. Esta noción nunca estuvo referida al poder naval y, por tanto, resultaba mucho más difícil su aplicación en el mar y en las colonias. Dado el protagonismo de los británicos en los escenarios ultramarinos, la diplomacia francesa se esforzó por establecer los mismos criterios en sus disputas y se proyectaron coaliciones, como la de 1769, para alterar el sistema de Londres.

Pero era casi imposible la evaluación del valor estratégico de las posesiones exteriores y la preparación y eficacia de la marina, aunque se podía calcular el número de barcos de guerra; además, los otros países integrantes de la comunidad internacional apenas tenían o carecían de intereses coloniales, de ahí que los argumentos versallescos no fueran escuchados en los foros de discusión y el conflicto se plantease sólo de manera bilateral. De todas formas, el resto de las potencias sabias que la presencia y hegemonía de Gran Bretaña en Europa se basaba en su preponderancia marítima. No existían normas claras para establecer el poder de las potencias y el peligro que suponían para el resto. En los círculos políticos se evidenciaba la falta de esa reglamentación por los continuos y airados debates mantenidos al respecto, por ejemplo, los derivados de la participación internacional en Italia. Alteraciones constitucionales, como en Suecia; cambios políticos, como en Rusia, o movilidad de recursos, como en Prusia, eran algunos de los elementos que aumentaban o disminuían el prestigio. Muy pronto se estableció una conexión entre estabilidad y conservación de la paz, convirtiéndose en tuna expresión pública adoptada de forma unánime, si bien la teoría distaba bastante de la práctica, debido a que tampoco se regularon las bases sobre las que se asentaba dicha relación. Hacia 1750, el concepto de equilibrio en Gran Bretaña contaba con múltiples interpretaciones, aunque ninguna de ellas cuestionaba el protagonismo en los foros internacionales y se decía que la seguridad continental, consecuencia de la balanza de poderes, requería la ausencia de una gran potencia desequilibradora.

Después de 1755, con la reversión de alianzas, la idea de equilibrio fue menos utilizada por la certidumbre de que podía alterarse según criterios individuales mediante compromisos multilaterales. Entre 1763-1791, con Gran Bretaña, Francia y España compitiendo en los escenarios ultramarinos por la supremacía colonial y marítima, y con Austria, Prusia y Rusia enfrentándose por la hegemonía en el Este, la conexión, por asuntos de índole general, entre Europa oriental y occidental fue menos intensa y, por tanto, la noción de equilibrio menos relevante en el campo de la diplomacia y de las relaciones multiestatales. No obstante, el concepto todavía se utilizaba en la segunda mitad del siglo XVIII, en especial, tras el primer reparto de Polonia y el proyecto de desmembración del Imperio otomano. Junto a Gran Bretaña, se temía la alteración del statu quo y se pensaba en la forma de contrarrestar los desequilibrios producidos por esas u otras alteraciones semejantes.

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