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La peste, el hambre y la guerra, he ahí la trilogía de las grandes catástrofes que, cual si de los jinetes del Apocalipsis se tratara, sacudieron los cimientos de Europa en el transcurso del siglo XIV. Así se expresaba un texto del mes de abril de 1355, a propósito de la villa francesa de Périgueux: "La dicha villa esta tan diezmada de gentes, tanto por las guerras como por la mortandad, y de víveres y de riqueza, por los robos de nuestros enemigos... que podría perderse si no se pone remedio". El texto resume, a las mil maravillas, el cúmulo de calamidades que se dieron cita en la Europa del siglo XIV. Ciertamente ninguna de esas catástrofes constituía por si misma una novedad, pero la confluencia de las tres en el tiempo y en el espacio y la especial crudeza con que se manifestaron, a juzgar por los testimonios que nos han transmitido los testigos de aquellos sucesos, pero también por su incidencia objetiva, tal y como ha comprobado la investigación histórica sobre esa problemática, llaman poderosamente la atención a cualquiera que se acerque a contemplar esa época. Tanto las pestes como el hambre o las guerras tuvieron consecuencias demográficas evidentes, la primera de todas un espectacular aumento de la mortandad. Admitido este principio es posible, no obstante, hacer algunas matizaciones. Por de pronto, la incidencia demográfica de los conflictos bélicos resulta difusa y de muy difícil medición, por no decir imposible.

Su cronología, por lo demás, no distingue entre los siglos XIV o XV pues depende, ante todo, de la intensidad de los combates. La conexión entre el hambre y la mortandad, por su parte, aunque sea igualmente genérica a todo el periodo que nos ocupa, tuvo una especial significación, de acuerdo con lo que nos dicen las fuentes escritas, en la primera mitad de la decimocuarta centuria. Señalaremos finalmente que la relación epidemias pestíferas-mortandad pasó a primer plano a mediados del siglo XIV, con ocasión de la difusión de la peste negra, continuando su protagonismo básicamente en la segunda mitad de la centuria citada, aunque ramalazos pestilentes los hubiera asimismo en el siglo XV. La primera referencia documental a propósito de la presencia de una hambruna, causa a su vez de una elevada mortandad, nos la ofrece un texto procedente de la Corona de Castilla. Se trata de la crónica del monarca Fernando IV, la cual, a propósito de lo sucedido en el año 1301, dice lo siguiente: "E este año fue en toda la tierra muy grand fambre; e los omes moríense por las plazas e por las calles de fambre... e tan grande era la fambre, que comían los omes pan de grama, e nunca en tiempo del mundo vio ombre tan gran fambre". Dejemos de momento a un lado la sin duda interesante alusión a las prácticas alimentarias de urgencia (como la referencia al pan de grama). Tampoco vamos a detenernos a analizar el contexto histórico explicativo del fenómeno que recoge el texto cronístico.

Lo que nos interesa resaltar en esta ocasión es la estrecha conexión que presenta el testimonio que comentamos entre la hambruna, por una parte, y el brusco incremento de la mortandad, por otra. No deja de llamar asimismo la atención la sorpresa mayúscula que manifiesta el cronista cuando afirma que no se vio nunca en tiempo del mundo, es decir, nada más y nada menos que en la historia de la humanidad, una hambre tan grande. Ciertamente el autor del texto en cuestión ignoraba la historia universal de la alimentación humana, por lo que hacer semejante afirmación podía constituir, como mínimo, una temeridad. Pero el énfasis que ponía el cronista en la noticia que transmitía es, no cabe la menor duda, revelador de la tremenda impresión causada por la hambruna que sacudió a Castilla en los albores del siglo XIV a quienes la padecieron, hambruna sin duda muchísimo más aguda que cualquier otra de tiempos pasados que el autor del texto que nos ocupa pudiera recordar. No obstante, la hambruna más atroz que afectó a la Europa cristiana en la primera mitad del siglo XIV fue la que se desarrolló entre los años 1315 y 1317. Afectó prácticamente a todo el Continente, desde las tierras mediterráneas hasta las llanuras rusas, si bien los países más dañados por la hambruna en cuestión fueron, al parecer, Francia, Flandes e Inglaterra. Todo obedeció, según la documentación que conocemos, a una grave crisis de subsistencias. Los "veranos podridos" de los años 1314 a 1316, así llamados por haber estado acompañados de una pluviosidad elevadísima, desembocaron en unas cosechas catastróficas.

Para hacer frente a las necesidades fue preciso recurrir a la semilla destinada para la siembra del año siguiente, lo que, por su parte, sólo sirvió para dilatar más la crisis. Los efectos causados por la tremenda sacudida han podido cuantificarse en algunos casos, particularmente en tierras inglesas. Así, por ejemplo, la producción agraria de esos años, según se deduce de las cuentas del obispado ingles de Winchester, se redujo en dos tercios con relación a la cota media de años anteriores. La crisis agraria de los años 1315-1317 se tradujo, como no podía menos que suceder, en un espectacular aumento de la mortandad. En París, nos dice un texto coetáneo, "las gentes morían de hambre por las calles y plazas". Mas no se trata sólo de las impresiones subjetivas de un cronista atemorizado. La más rigurosa investigación llevada a cabo por la historiografía contemporánea ha ratificado esa opinión. Tal ha sucedido con los estudios del profesor Van Werwecke, los cuales, a propósito de diversas ciudades flamencas, nos indican que en Ypres, entre el 1 de mayo y el 30 de octubre de 1316, murieron de inanición alrededor de 2.800 personas, lo que significaba entre un 10 y un 15 por 100 del total de la población de la urbe, sin duda un porcentaje altísimo. En el mismo periodo de tiempo debieron perecer en Brujas unas 2.000 personas, lo que suponía casi un 6 por 100 de sus habitantes. Lo sucedido en 1301 en Castilla y en 1315-1317 en Europa, aunque puedan parecer simplemente testimonios aislados, es suficientemente revelador, sin embargo, de la tendencia dominante en el comportamiento de la población europea en el primer tercio del siglo XIV. Al margen de la incidencia de ésta o de aquella crisis de subsistencias, o del impacto que pudieran causar algunas epidemias ocasionales, como la de tifus que afectó a las regiones alemanas de Turingia y de Hesse entre los años 1322 y 1323, lo cierto es que desde comienzos del siglo XIV (desde 1320 para algunos autores; desde fechas anteriores para otros) se observa una innegable inflexión poblacional en la Europa cristiana.

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