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Monarquías occidenta

Desarrollo


En la réplica de Juan de Salisbury al canciller imperial Reinaldo de Dassel cuando éste definió como "reguli" (meros gobernantes provincianos) a los monarcas europeos, el autor inglés hizo algo cargado de significado: defendió la independencia política respecto al Imperio de lo que conocemos como "monarquías feudales". Se trata de una expresión perfectamente consagrada en los medios académicos pero que, a los no iniciados, puede paracerles contradictoria en sus términos. No lo es en absoluto. Los monarcas europeos del Pleno Medievo, afirmaron su poder aprovechando tanto el entramado de relaciones de fidelidad feudales como la recuperación de un derecho romano que les sirvió de importante cobertura moral. Distintos autores han definido a lo largo de este siglo las características de tales Estados que, a la postre, crearán el modelo político para los tiempos modernos. Sidney Painter presentó en su día a las monarquías feudales como un paso adelante en relación con las monarquías germánicas. Estas ultimas se habrían desarrollado entre los siglos VII y X: se caracterizarían por ser electivas y por ser sus titulares señalados por Dios para gobernar sobre los demás hombres. Entre los siglos X y XII las grandes monarquías germánicas (Francia, Inglaterra, pero también Alemania) devendrían en monarquías feudales al calor, precisamente, de la evolución de las instituciones feudovasalláticas. Un Estado feudal -prosigue Painter- se caracterizaba porque la clase gobernante forma una jerarquía feudal en cuya cima esta el rey.

Los recursos de éste son, sustancialmente, los derivados de su posición en la pirámide feudal. Todos los Estados feudales tienen unas características y una evolución similar: los monarcas tratan de contrarrestar la fuerza de sus barones; cada Estado desarrolla unos organismos financieros y judiciales; y en cada uno de ellos acaba aparaciendo una asamblea representativa. Todos los Estados feudales también padecen en el Pleno Medievo limitaciones similares: la realeza suele ser peripatética y sólo tardíamente concentra todo el aparato de poder en un determinado punto (Westminster, París...); las rentas reales, durante mucho tiempo, no serán superiores a las de cualquier gran señor feudal; los ejércitos reales son poco numerosos; el número de funcionarios es corto y con escasa especialización, etc. A pesar de todo, la realeza feudal -desprovista además de la pompa, por ejemplo, de la bizantina- echó los cimientos para la incuestionada superioridad política de Occidente en el futuro. Para Ch. Petit Dutaillis, uno de los grandes popularizadores de la expresión "monarquía feudal", la Francia de los Capeto y la Inglaterra de los reyes normandos y Plantagenet serían las máximas expresiones del modelo. Un modelo que se desarrolla -dice- cuando las formas señoriales y feudales amenazaban con ahogar a los monarcas. Que éstos lleguen a imponerse se debe, en parte, al genio de algunos de sus representantes (un Guillermo I o un Enrique II en Inglaterra, un Felipe Augusto en Francia) pero también a otros factores.

Está, por una parte, la propia lógica feudal que, si introduce la violencia y la anarquía, como contrapartida presenta para los reyes algunas ventajas: los lazos de fidelidad, los juramentos y el papel legal de señores supremos que los reyes ejercen por encima de la intrincada red de relaciones feudovasalláticas. Y está, por otra parte, el papel de la Iglesia que nutre de cuadros a la administración y de contenido político a las funciones reales. La Iglesia exalta la monarquía pero también trata de servirse de ella para sus propios fines. Otro autor, R. Fedou, ha sido categórico: desde el siglo XI, y para culminar en el XIII, el Estado se restauró en Occidente a través de la feudalidad. Tanto ésta como la Iglesia supusieron correctivos para una posible teocracia real. W. Ullmann ha dicho a este respecto que el monarca europeo de la época sería un ser políticamente "anfibio": su voluntad es fuente de ley, pero el consentimiento -implícito o explícito- del elemento feudal le es imprescindible para tomar decisiones. Los círculos eclesiásticos, a su vez, fueron elaborando un cuerpo de doctrina que definía las funciones y, sobre todo, las cualidades que debía tener un buen gobernante. Juan de Salisbury en el "Policraticus" (redactado hacia 1159) redactó un tratado de moral cívica con ánimo de corregir los abusos provenientes de un aparato de gobierno en vías de consolidación. Siguiendo una vieja tradición que se remontaba a san Isidoro, establece las pertinentes distinciones entre rey y tirano.

El respeto a la ley, concebida como norma de conducta basada en la fe cristiana, es lo que separa a uno del otro. La defensa del tiranicidio es bastante matizada: en último termino se invoca la confianza en el fin miserable de todo gobernante injusto. Un siglo mas tarde, santo Tomas recalcará que al pueblo le corresponde establecer la diferencia entre la "obedientia indiscreta" (que es ciega y mecánica) y la "obedientia discreta" (que tiene un carácter crítico) y justificará un derecho de resistencia frente a un poder tiránico. Profundos tratados políticos y textos literarios más livianos fueron nutriendo un género escasamente original pero que habría de tener una extraordinaria difusión en los últimos siglos del Medievo: los "Espejos de príncipes". En ellos se nos expone de forma pormenorizada y reiterativa todo el conjunto de virtudes personales y publicas que debían adornar a un gobernante. La "Segunda Partida" supone todo un código moral para gobernantes y gobernados. Por los mismos años en que la magna compilación jurídica alfonsí se redactaba, Egidio Romano daba a la luz el más famoso de los espejos de príncipes: "De regimine principum". Serviría de inspiración a numerosos autores del Bajo Medievo hasta llegar al mismísimo Erasmo de Rotterdam.

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