Compartir


Datos principales


Desarrollo


En las zonas situadas delante de los glaciares podemos encontrar también varios tipos de alteraciones, producidas indirectamente por ellos, que son los denominados fenómenos periglaciares. En las regiones cercanas la temperatura de la superficie está siempre, o casi siempre, cercana o por debajo de los 0° C, por lo que el agua está presente en forma de hielo. Esto produce suelos helados como los actuales del Ártico o Siberia. En esta última zona alcanza más de seis millones de kilómetros cuadrados, una superficie mayor que la de Europa, descendiendo hasta los 50° N y con espesores de más de 100 metros. Durante el verano se produce el deshielo de las capas superficiales con alteraciones en los materiales rocosos. Otro efecto de la helada/deshielo es la dilatación del suelo. En los suelos helados, con temperaturas entre los -40 y los -50° C, se producen tensiones debidas a la diferencia de volumen y se forman grietas reticuladas. Al producirse cúpulas interconectadas da lugar a suelos poligonales. Las grietas llegan a tener hasta 20 metros de profundidad, en función del espesor del hielo. Durante toda la época de helada la grieta permanece abierta, rellenándose de nieve o de materiales eólicos. A veces en estas grietas se han caído animales, como los mamuts descubiertos en Siberia. La presencia de agua durante el deshielo produce desplazamientos en las pendientes. El suelo cargado de agua se desplaza por las pendientes arrastrando los materiales que encuentra a su paso y depositándolos en las partes bajas.

Sus materiales se presentan sin organización, con masas indiferenciadas de arcilla, cantos y bloques. Este fenómeno se suele denominar solifluxión, aunque este término también se aplica a los desplazamientos de sedimentos por la acción del agua que empapa los suelos en zonas no periglaciares. El hielo es también un agente enormemente agresivo sobre las rocas: la acción recurrente de la helada/deshielo implica la destrucción de las mismas. En ellas se presentan grietas o microgrietas, éstas se rellenan de agua, que durante el invierno se hiela. Esta helada dilata el agua y su presión fractura las rocas. Este agente, como formador de sedimentos en cuevas y abrigos, es así muy importante. Por un lado, formando lo que se denomina en francés eboulis sec o acumulaciones de bloques de rocas sin sedimento englobado, producto característico de la acción del hielo. En zonas de clima más templado, pero con inviernos rigurosos, como los de las épocas glaciares, el agua de los sedimentos se hiela. La acción del deshielo de nuevo produce alteraciones denominadas crioturbaciones. Éstas actúan como en los suelos poligonales: la tensión del agua convertida en hielo y después derretida forma unas volutas y ondulaciones que pueden llegar a mezclar los distintos estratos arqueológicos. La falta de cobertura vegetal en las zonas de tundra cercanas a los frentes glaciares por la desaparición de los bosques los transformó en áreas que se erosionaban fácilmente por el viento de los frentes polares que arrastraron su polvo (loess) hacia el sur.

Las grandes regiones de distribución del loess se extienden por las latitudes medias de los continentes en los bordes de las grandes zonas de acumulación detrítica que son batidas por el viento. Los loess cubren también los piedemonte de las grandes cadenas montañosas como los Alpes o el Himalaya. La repartición de los depósitos eólicos que cubren el noroeste de Europa es un ejemplo de la zona de aporte eólico periglaciar a partir de las cuencas fluviales que se extendían ampliamente sobre la plataforma litoral, entonces emergida, formando el substrato de países como Holanda. En Europa central obedece a las mismas leyes, es decir, a la erosión eólica de los frentes glaciares de Rusia y Polonia, donde el viento arrastró los materiales hasta las cuencas del Rin y el Danubio. En países como Checoslovaquia el manto de loess alcanza cientos de metros. La condición de los sedimentos, finos y bien seleccionados, permite que sean fácilmente atacados por los agentes edáficos, formando suelos durante los períodos interglaciares o interestadiales. La estratigrafía del Cuaternario demuestra que los loess sólo se depositan durante los períodos glaciares. La presencia de cuñas de hielo, ligadas a discordancias estratigráficas, indican la existencia de un suelo helado, que actúa de la misma forma que los suelos citados anteriormente. Las secuencias se caracterizan por la repetición de ciclos. Cada ciclo mayor está formado por un complejo de suelos cubierto por depósitos alterados y loess.

El complejo de suelos de base comprende un paleosuelo interglaciar (suelo marrón lavado) seguido de un complejo de suelos húmicos con facies de suelos grises o negros forestales, que se ordenan geográficamente en función de la continentalidad de las primeras fases glaciares. El último ciclo, el correspondiente a la glaciación de Würm, es el mejor conservado, pudiendo servir de modelo de los ciclos anteriores, más alterados. En él se encuentran tres o cuatro ciclos de loess con paleosuelos interestadiales, análogos a los suelos actuales. Las espesas coberteras de loess de Europa Central presentan un número de ciclos muy alto donde los datos estratigráficos de Checoslovaquia o Austria han permitido reconocer una veintena de ciclos en casi dos millones de años. Cada ciclo representa así una sucesión glaciar/interglaciar con una duración media de 100.000 años. La correlación establecida por Kukla con los ciclos descubiertos en los testigos de los fondos marinos ha permitido confirmar la importancia de éstos y su validez como marcadores climáticos.

Obras relacionadas


Contenidos relacionados