Lectora en la ventana

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Datos principales

Fecha 
1657 h.
Material 
Dimensiones 
83 x 64,5 cm.
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Esquema relacional

Cuando Vermeer pintó esta obra su situación económica no era muy floreciente ya que tuvo que solicitar un crédito de 200 florines. A pesar de encontrarnos en una fecha temprana, algunos de los elementos identificativos del maestro de Delft ya se encuentran presentes. La escena se desarrolla en un limitado interior, apreciándose en primer plano una cortina descorrida que nos permite contemplar la escena, un trampantojo tremendamente habitual en el Barroco como también podemos observar en los trabajos de Rubens. Una amplia ventana en la izquierda de la composición permite penetrar un potente foco de luz que provoca contrastes lumínicos, recordando el estilo de Caravaggio, pintor italiano que será muy admirado en los Países Bajos por el grupo de Utrecht o por el propio Rembrandt. Esa potente iluminación crea un admirable efecto atmosférico que parece diluir los contornos, sin menospreciar las calidades de las telas o de los objetos que encontramos sobre la mesa. Sólo una mujer protagoniza la escena; en este caso está de perfil y lee atentamente la carta que tiene entre las manos, reflejándose ligeramente su rostro en el cristal de la ventana. Los diferentes elementos se sitúan en paralelo al espectador, creando de esta manera el artista el efecto de perspectiva a pesar de las reducidas dimensiones de la estancia. Los especialistas buscan claves interpretativas a este tipo de trabajos y han considerado que la presencia de la ventana abierta indica el deseo de la dama por abrirse al mundo exterior o permitir que su hogar se llene de elementos ajenos a él. No olvidemos que las esposas estaban, generalmente, aisladas de ese mundo exterior, según las rígidas normas sociales de la época. Otra de las claves se encuentra en la bandeja de frutas sobre el tapiz oriental -otra constante en la producción de Vermeer-; se han interpretado como un símbolo de la relación extramatrimonial ya que las frutas son manzanas y melocotones, recordando al pecado de Eva. Los estudios radiográficos han puesto de manifiesto que en un primer momento el pintor no dudó en situar en la pared un cuadro con un Cupido que señalaría la carta de amor que lee la mujer, reforzando la idea del amor extraconyugal. Una escena similar se repite en la Mujer de azul leyendo una carta. Pero lo más notable del lienzo es la luz que ilumina la figura femenina y que crea el espacio en que se encuentra. Las variaciones lumínicas en el marco de la ventana, en la pared, en el rostro, las manos y el cuerpo protagonizan la composición.


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