Comienzo automático de un retrato de Gala

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Datos principales

Fecha 
1932
Material 
Dimensiones 
13 x 16 cm.
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Esquema relacional

Desarrollo

Es éste uno de los cuadros más enigmáticos -con lo que tal afirmación supone en el caso de Salvador Dalí- de la carrera del artista catalán. Por un lado, resulta evidente la voluntad del pintor por experimentar con diversos grados de terminación de la imagen. Sabedor del fuerte componente expresivo que tiene dejar un cuadro en diferentes momentos de realización, él pone en práctica idénticos recursos. Algunos de los pintores a quienes más admiraba habían firmado en el pasado obras con esa misma intención. Rafael, Miguel Ángel pero, sobre todo Ingres, tienen bocetos, dibujos y cuadros sin acabar, en ocasiones por voluntad propia. Sobre ese fondo tan blanco resalta mucho más el rostro moreno de Gala. Está realizado con perfección, deteniéndose en todos los detalles y llegando casi a pintar cada uno de sus cabellos; lo mismo debe decirse del color y de la iluminación, que convierten su rostro en un perfecto manual sobre la forma de hacer retratos verosímiles. Pero junto a esa representación tan fidedigna del modelo real, el arte de Salvador Dalí siempre busca la ocasión propicia donde hacer surgir lo inesperado, lo que provoca sorpresa e incomprensión en el espectador, incluso el más experimentado. En este cuadro llega a confundir, en primer lugar, la actitud de Gala; su mirada, fuera de los límites del cuadro, la conecta con el plano de la realidad que habita el público. Además, en esa imagen de atemporalidad confluye el mito. De la cabeza de Gala crecen de forma inesperada unas ramas de árbol, que remiten directamente a la historia de Apolo y Dafne, un célebre caso de la mitología clásica donde el amor imposible lleva al drama, que culmina con la metamorfosis de Gala-Dafne en árbol.


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