Helenismo

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Tras el esplendor del período Clásico, el Helenismo ve cómo la cultura griega es sometida por una potencia superior militarmente, pero tremendamente inferior en el terreno intelectual. Roma se apropió de las formas artísticas griegas, que también se estaban agotando ya. Dos reyes legendarios de la Grecia final marcan dos hitos artísticos importantes. El primero de estos reyes fue Filipo II, macedonio que conquistó la descohesionada Grecia, agotada tras las interminables guerras locales. Filipo II fue asesinado por su primera mujer, excelente gobernadora del aparato imperial mientras él ampliaba sus conquistas, cuando el rey se casó en segundas nupcias con una jovencísima Cleopatra, reina egipcia antecesora de la famosa Cleopatra de Julio César. Envenenado, la reina encargó finalizar apresuradamente las obras del mausoleo de Filipo, en el cual se enterró también a la nueva reina, que corrió la misma suerte. Esta premura en terminar las obras ha provocado que uno de los más completos conjuntos de la pintura helenística nos haya llegado extremadamente dañado: toda la fachada se recubrió de frescos que antes de conseguir secarse fueron cubiertos por un túmulo de tierra, según la costumbre macedonia. La tumba de Filipo II en Vergina constituye hoy por hoy el mayor tesoro de la antigüedad, tras la tumba de Tutankamon, y sus pinturas aún no pueden ser visitadas, puesto que se están restaurando para estudiarlas. En este fresco se representó por encargo expreso de la reina la figura de Alejandro Magno, hijo de Filipo II, para asegurar de esta manera su sucesión en el trono frente a la posible descendencia habida con Cleopatra. Alejandro Magno representa el segundo hito de la pintura helenística. Consciente del poder propagandístico del arte, controló férreamente la reproducción de su efigie, y sólo autorizó para ello a tres artistas en escultura, orfebrería y pintura. El pintor elegido fue Apeles, todo un mito para la profesión pictórica: artistas de siglos posteriores siempre han usado su leyenda como ejemplo de la dignidad de su profesión, puesto que era el favorito del emperador Alejandro, que visitaba su taller y se sometía a los dictados del artista. De Apeles se decía que poseía el don de la "charis", que significa la "gracia", una cualidad que sólo se ha atribuído posteriormente al joven Rafael durante el Cincuecento. Sus cuadros tenían además un atractivo brillo singular, que Apeles conseguía mediante el "atramentum", una capa de barniz negro sobre sus cuadros. Otros pintores de la época de Alejandro fueron Leocares, Eufránor y Aedión. Como obra señera de este período, de atribución desconocida, tenemos el Mosaico de Alejandro, posterior a la muerte del emperador, donde ya se reconocen los avances sobre movimiento, composición y perspectiva del Helenismo sobre el Clásico o el Arcaico. Tras el gobierno de la dinastía Macedonia, Grecia entra en una profunda crisis, de la cual se salva la pintura, puesto que es un género muy barato que puede permitirse innovar. Se trabaja en dos ramas, la megalografía y la riparografía. La megalografía significa "pintura de lo grande", es decir, de temas dignos. Es más conservadora, puesto que suele pertenecer al ámbito funerario macedónico, más tradicionalista. Los temas se refieren a las escenas del Hades o mundo del infierno griego, como en la Tumba de Lefkaria. También aparecen frescos de batallas, retratos de los difuntos y escenas mitológicas. Además de los frescos, se sustituyen las estelas esculpidas (que funcionaban como nuestras lápidas actuales), por estelas pintadas, mucho más baratas. De esta época, los ejemplos que se conservan son las copias romanas que se realizaron sobre las obras griegas, como en Nápoles -la Villa de Bosco Reale- y Pompeya. Respecto a la riparografía, este término significa "pintura de lo pequeño", es decir, de temas viles o vulgares: pintura de género, bodegón, paisaje, caricaturas... Dentro del género cómico destacan por su frescura las pinturas de grilos. Los grilos son los egipcios, que los griegos consideran bárbaros, caracterizados como enanos cabezones embarcados en las más ridículas aventuras. Los pintores más conocidos de esta época son Antífilo, Teón y Helena, la Egipcia, que no era la primera mujer pintora griega, pero sí una de las más prestigiosas por su maestría. Durante el Helenismo Tardío, cobró importancia la corte de Pérgamo, con una importante escuela de escultores y pintores, de entre los cuales destaca Soso de Pérgamo, pintor para la corte barroca que se desarrolló en aquella región. Al mismo tiempo, la alta burguesía comerciante de Pérgamo reclama un arte menos sofisticado y más realista, que por ser de encargo privado se dedica a retrato y a la riparografía. El triunfo de esta corriente fue avasallador, y se dedicó a los temas del mundo del espectáculo, como los conciertos y el teatro (revalorizado con la comedia nueva de Menandro, que influirá sobre Plauto en Roma). Existen abundantes copias pompeyanas de estas obras. Para las casas particulares se encargaron también mosaicos decorativos, parietales o pavimentales, que representaban bodegones extremadamente realistas. Hay uno que finge ser el suelo sucio de una sala de banquetes, al cual los invitados han arrojados huesos, migas, y fragmentos de vasijas. Tras el Helenismo, el foco cultural derivó a Italia, que no supo avanzar sobre lo ya descubierto. El relevo de la pintura lo recogerán los primeros cristianos, y sobre todo el Imperio Bizantino, sucesor del poderío romano y del esplendor cultural griego.


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