Monarquía etrusca

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Datos principales

Inicio 
616AC
Fin 
509AC
Rango 
616AC to 509AC

Desarrollo

La mayoría de los historiadores actuales comparten la idea de una Roma en progreso que alcanzó, en la últimas décadas del siglo VII a.C. y sobre todo en el siglo VI a.C., un auge comparable al de las grandes ciudades etruscas. La ciudad-estado romana estaba ya plenamente formada en esta época, con una imagen externa monumental, con templos importantes, un foro pavimentado y unos ordenamientos constitucionales que fueron actualizados durante el siglo VI a.C. Las características de los tres últimos reyes (los tres etruscos, dos de ellos pertenecientes a la gens Tarquinia y el otro oriundo de la ciudad etrusca de Vulci y de origen servil) se adaptaron mal al carácter tradicional de la monarquía romana. En primer lugar, el que fuera electiva planteaba dudas acerca de la elección de una serie de reyes etruscos. También resultaba sorprendente la interrupción de la dinastía tarquinia con la inserción entre Tarquinio Prisco y Tarquinio el Soberbio de un hombre nuevo, Servio Tulio. También resulta excesivo el número de años que abarca el período de estos tres reyes. Según la cronología de Dionisio de Halicarnaso, éstos reinaron del 616 a.C. al 510 a.C., lo que supone un periodo de 106 años sobre los 244 que se atribuyen a la época monárquica. Del conjunto de estas objeciones podemos suponer que durante estos 106 años hubo más de tres reyes, probablemente más de dos Tarquinios, siendo Servio Tulio el único ajeno a la dinastía. Como ya antes dijimos, el advenimiento de Tarquinio Prisco es visto por algunos historiadores como una consecuencia de la dominación etrusca sobre Roma. Se apoyan, además, en el hallazgo en los niveles inferiores del que debió ser el templo de Fortuna, de un fragmento de inscripción en etrusco, más otras dos inscripciones, fechadas en el siglo VI a.C., sobre vasos de bucchero, descubiertos a los pies del Capitolio. Estos hallazgos pueden explicarse por la existencia en Roma de elementos etruscos, incluso de un barrio etrusco -Virus Tuscus- entre el Palatino y el Velabro. También la pavimentación del Foro, que implicaba la construcción de canales que secaran las aguas estancadas y la construcción de la Cloaca Máxima, son considerados exponentes de esta dominación. Los etruscos conocían estas técnicas hidráulicas. Asimismo el Foro, la plaza pública, es característica de las ciudades etruscas. Por la misma razón, durante mucho tiempo se ha considerado que el silencio de Tito Livio y Dionisio de Halicarnaso sobre tal dominación, obedecía bien al desconocimiento de este hecho, bien a una actitud de ocultamiento a fin de no ensombrecer el pasado de Roma, siendo esta última hipótesis la más probable. Actualmente se tiende a aceptar cada vez más las informaciones de los historiadores romanos sobre la época arcaica de Roma. Como en muchos otros aspectos sobre los que hoy se ha rehabilitado su autoridad, también el de la dominación etrusca ha sido reavivado y ha cobrado fuerza la idea de que Roma, durante esta segunda fase monárquica, siguió siendo una ciudad latina, independiente políticamente, aunque muy vinculada al mundo etrusco. Se acepta la presencia de elementos etruscos en la ciudad, principalmente artesanos y comerciantes, su influencia en las costumbres y en la religión, pero no el sometimiento político. Estas influencias se justifican plenamente si consideramos que el Lacio se encontraba entre dos zonas etruscas: los etruscos del Norte y los etruscos de la Campania. Las relaciones comerciales entre las dos áreas etruscas se efectuaban, con mucha frecuencia, atravesando el Tíber por la isla Tiberina. La aparición de cerámica etrusca no es válida como argumento ya que, en los mismos depósitos, se han encontrado grandes cantidades de cerámica griega y ello no es argumento para hablar de un dominio griego sobre Roma. Por otra parte, el advenimiento del primero de estos tres reyes, Tarquinio Prisco, no parece que se efectuara con ningún acto de violencia ni se impusiera por las armas, como cabría suponer si se tratara de una conquista de la ciudad. Otro argumento a favor de la autonomía de Roma es que el único documento oficial romano de época arcaica (siglo VI a.C.), la inscripción del Lapis Niger, que contiene una reglamentación sagrada, está escrita en latín. Como también estaba escrito en latín el tratado de Tarquinio con los habitantes de Gabii y la lex del templo de Diana en el Aventino, de época de Servio Tulio. Obviamente, latín escrito en el alfabeto griego, como corresponde a las inscripciones de esta época. Una dominación habría supuesto, además, el pago de determinados tributos que habrían estrangulado o dificultado el sorprendente progreso social y económico de la Roma de esta época, que se convirtió en la ciudad hegemónica del Lacio. Así pues, lo más probable es que la Roma de este período continuara siendo una ciudad latina, no dominada políticamente, al menos de forma permanente, por una o varias ciudades etruscas, aunque sí fue una Roma etrusquizada en los aspectos culturales y religiosos. También fue decisiva en este período la influencia griega. Se buscan paralelos en algunos aspectos de la Roma de esta época con la tiranía popular de Mileto o la Atenas de Solón y Pisístrato, pero los modelos pueden también encontrarse en las colonias griegas de la propia Italia. Así, el carácter de la monarquía romana durante la época de los Tarquinios es similar al de los tiranos griegos. Al igual que éstos, los monarcas etruscos de Roma estaban dotados de un gran poder personal y su legitimidad es bastante sospechosa. Los reyes anteriores eran designados por los patres de las gentes que integraban el Senado y el pueblo, en los comicios curiados, aprobaba el nombramiento. Los reyes etruscos de Roma se vinculan directamente con Júpiter, mediante la toma de auspicios y la investidura sagrada, fuentes del imperium personal y el pueblo no podía sino aclamarlos, dado que era una designación de origen divino. Los símbolos de la monarquía de los Tarquinios son de clara importación etrusca: la silla curul, el manto de púrpura, el cetro coronado por un águila, la corona de oro y el séquito del rey con los doce lictores que llevaban los fasti como símbolo del poder del rey de castigar incluso con la muerte.


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