La ilusión europea

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Datos principales

Inicio 
1914DC
Fin 
1945DC
Rango 
1914DC to 1945DC
Periodo 
Crisis pensamiento

Desarrollo

La I Guerra Mundial había suscitado paralelamente a todo lo visto un amplio debate sobre el concepto mismo de Europa, en el que alentaba la idea de la necesidad de proceder a una transformación radical del viejo Continente. En concreto, la conciencia del empequeñecimiento del papel de Europa dio paso a la idea de una posible unidad europea. "Uno anticipa el comienzo de una nueva era -escribió André Gide en su diario el 6 de agosto de 1914, a los días de estallar la I Guerra Mundial-: los Estados Unidos de Europa, unidos por un tratado limitando su armamento..." La idea tomaría fuerza a lo largo de los años veinte. En 1923, el conde y diplomático austríaco Coudenhove-Kalergi (1894-1972) fundó en Viena el Movimiento Paneuropeo, que reunió su primer Congreso en 1926 (y otro, en Berlín, en 1930). En los años siguientes se publicaron varios libros de títulos inequívocamente europeístas. Con el de los Estados Unidos de Europa aparecieron al menos los de Edo Fimmen y Hermann Kranold en 1924; el de Vladimir Woytinsky en 1927 y el de Edouard Herriot, el político francés, en 1929. Gaston Riou había publicado su Europe, une patrie un año antes; Europa. Análisis espectral de un continente del conde Keyserling apareció en 1929. El 8 de septiembre de 1929 tuvo lugar el resonante discurso en favor de la unidad europea del ministro de Exteriores francés Aristide Briand ante la Sociedad de Naciones. Ortega dedicó la segunda parte de La rebelión de las masas (1930) a la cuestión; dos años después, en 1932, Julien Benda escribió su conocido Discurso a la nación europea. Coudenhove-Kalergi partía de la convicción de que la división de Europa impediría que el viejo continente siguiese desempeñando un papel central en el escenario internacional. Estaba convencido de que la rebelión de Asia y África pondría fin a la larga era de los imperios europeos y que, como consecuencia, la hegemonía mundial se desplazaría a potencias no europeas y en concreto, a Estados Unidos y a la naciente Unión Soviética. Coudenhove-Kalergi creía -y el tiempo le dio la razón- que la Sociedad de Naciones no podría garantizar la paz en Europa, y que sólo la unión europea, construida sobre la reconciliación de Francia y Alemania -propuesta entonces muy audaz- impediría que el viejo continente fuese de nuevo escenario de posteriores conflagraciones. La proposición de Briand insistía igualmente en la reconciliación entre Francia y Alemania, idea que también encontró decidido apoyo en el ministro alemán de Asuntos Exteriores, Gustav Stresemann. Precisamente, fue el clima de acercamiento entre ambos países existente desde 1925 lo que decidió a Briand a proponer en la fecha indicada (8 de septiembre de 1929) una unión federal entre los distintos pueblos de Europa, que les permitiese abordar de común acuerdo la resolución de problemas que les eran comunes. Consecuentemente, Briand preparó un Memorandum, presentado el 17 de mayo de 1930, que fue sometido a la deliberación de las cancillerías de los veintisiete países europeos que formaban parte de la Sociedad de Naciones. La acogida dispensada al Memorandum fue en general fría o poco entusiasta. Pero se consiguió una declaración, con fecha de 8 de septiembre de 1930, por la que los representantes de los países en cuestión reconocían la importancia de la idea de una unión europea y se comprometían a colaborar estrechamente entre ellos. Las tesis de Ortega y Gasset, expuestas en la segunda parte de La rebelión de las masas (1930), enlazaban ciertamente con esos planteamientos, aunque desde perspectivas menos políticas y más culturalistas. La idea de la construcción de Europa como Estado nacional que planteaba Ortega estaba íntimamente relacionada con su teoría de la rebelión de las masas y la consiguiente decadencia de la civilización europea. Se recordará que Ortega había llegado a la conclusión de que el imperio de las masas había dejado a Europa sin moral y carente de un proyecto de vida. Pues bien, Ortega creía que lo que estaba en crisis no era Europa en tanto que unidad histórica -unidad real por debajo de la pluralidad de pueblos y culturas europeas- ni tampoco la civilización europea: lo que para Ortega había hecho crisis eran las naciones europeas en tanto que entidades separadas. Es más, Ortega entendía que esta decadencia de las naciones europeas era necesaria para la afirmación de una Europa nueva y unitaria. Y concluía, consecuentemente, que la construcción de esa Europa unida daría al viejo continente aquel programa de vida que resultaba ineludible para revigorizar su moral y permitirle seguir mandando de alguna forma en el mundo, algo que Ortega consideraba necesario habida cuenta de que América era aún joven y que el bolchevismo no era asimilable para los europeos. En suma, desde diferentes perspectivas, se proponía la idea de unos Estados Unidos de Europa como salida a la propia crisis europea. Las propuestas adolecían en general de un evidente "diletantismo". Ni Coudenhove-Kalergi, ni Briand, ni Ortega, decían bajo qué fórmula se integrarían los Estados Unidos de Europa, ni qué países se incorporarían al proyecto, ni qué instituciones los regirían, ni cómo se solucionarían los incontables problemas económicos, políticos, militares y coloniales que la unión europea plantearía. Sus planteamientos no pasaron de constituir un rosario de buenos deseos y de incluir un puñado de agudas intuiciones (lo que no era poco). Además, las ideas europeístas no calaron en las masas. Instaladas en sus respectivas tradiciones y culturas nacionales, no sentían la emoción de una nacionalidad "supranacional", la europea, realmente inexistente. Significativamente, la proposición de Briand se debilitó con la muerte de Stresemann en octubre de 1929 y se olvidó prácticamente una vez apartado Briand del ministerio de Exteriores francés en enero de 1932. El europeísmo de los años veinte fue barrido literalmente por el irracionalismo nacionalista de la década de 1930. Pero aquel primer despertar europeísta no fue inútil. Era evidente que la civilización europea había perdido su antigua vitalidad, y que ello obligaría antes o después a transformar en profundidad las estructuras territoriales y nacionales del continente. Pero había quien veía ya que Europa aún podría recobrar, a través de la unidad, buena parte de su fuerza moral, de su dinamismo económico y político y de su ascendencia internacional.


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