La guerra de columnas: Jul-Nov 1936

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Datos principales

Inicio 
1936DC
Fin 
1936DC
Rango 
1936DC to 1936DC
Periodo 
Guerra civil
Lugar 
Derechos 

Desarrollo

La represión, la revolución política y social y la identificación del catolicismo con una de las dos Españas en guerra tienen lugar al mismo tiempo que las primeras operaciones militares y las características principales de éstas están muy relacionadas con esas circunstancias de carácter no bélico. La revolución y la descomposición del Estado contribuyen, en efecto, a explicar la peculiar fisonomía de la guerra en su primera etapa. La lucha adoptó la forma de enfrentamientos sucesivos entre agrupaciones de fuerzas de ambos bandos sin un frente muy preciso. Fue habitual que la disparidad de efectivos y de calidad resultara grande, por lo que casi siempre uno de los dos bandos estaba en situación manifiesta de defensiva. La composición de esos núcleos armados -las columnas- solía ser muy heterogénea pues formaban parte de ellos a la vez unidades militares, fuerzas del orden público y voluntarios. Las decisiones en cada bando fueron no sólo muy descentralizadas, sino que a veces dan la sensación de inexistencia de un plan de conjunto. Si estos rasgos son comunes en los dos bandos hay, sin embargo, una diferencia fundamental entre ellos. Mientras que es posible que entre los sublevados las unidades de voluntarios favorecieran el incremento de moral en las columnas, el entusiasmo revolucionario en el Frente Popular contribuyó a la disolución de las unidades y a poner en peligro la jerarquía y disciplina militar. El intento inicial del general Hernández Saravia de integrar las milicias de los partidos de izquierda en unidades militares fracasó y el resultado fue que aunque no les faltaran recursos ni material a las columnas frentepopulistas carecieron de eficacia militar. Con frecuencia las unidades quedaban reducidas drásticamente en sus efectivos porque los milicianos abandonaban sus puestos, pero más frecuente aún fue la indisciplina y, sobre todo, su incapacidad para enfrentarse con el adversario en campo abierto. El temor a ser rodeados por las expertas tropas del Ejército marroquí fue una constante de las milicias frentepopulistas en estas primeras semanas. De no haber existido estas tropas es muy posible que los éxitos alcanzados por los sublevados durante este comienzo de la guerra hubieran sido mucho menos significativos. En las instrucciones que redactó Mola estaba previsto que los sublevados hicieran un rápido movimiento hacia Madrid nada más triunfar. Así se hizo desde luego y la mejor prueba de que se cumplieron esas instrucciones reside en que las columnas avanzaron 230 kilómetros en dos días. Sin embargo, la derrota de la sublevación en ciudades y regiones donde se esperaba triunfar (Valencia, por ejemplo), la necesidad de consolidar el dominio de la retaguardia y la carencia de municiones hicieron que ese movimiento ofensivo no pudiera ser tan firme y decidido como se había previsto. En la noche del 22 de julio las columnas de Mola estaban a 100 kilómetros de Madrid, pero permanecían detenidas junto a los puertos de montaña del Sistema Central enfrentadas a unidades militares de fuerza y envergadura semejante. De esta manera, la única posibilidad que les quedaba a los sublevados para llegar a Madrid consistía en emplear las fuerzas del Ejército de Marruecos, pero para hacerlo necesitaban atravesar el Estrecho. No era, en cambio, imaginable que Queipo de Llano, en situación muy precaria, lograra hacer otra cosa que defenderse y no prestar ayuda. De ahí la trascendental importancia del paso del Estrecho que los dirigentes del Frente Popular no apreciaron o, demasiado ocupados en hacer la revolución, no fueron capaces de impedir; por eso ha podido decirse que la primera victoria militar de los sublevados fue una operación de transporte (Cardona). Parte de las tropas del Ejército que mandaba Franco atravesaron el Estrecho a comienzos de agosto en un pequeño convoy naval, pero en realidad la operación consistió en el "primer transporte aéreo de la Historia" (Díez de Villegas). Era inevitable que tuviera ese carácter porque la flota republicana dominaba el mar, aunque lo hacía con una evidente ineficacia dada la eliminación de la oficialidad. El transporte de las tropas fue iniciado con los parcos medios aéreos que tenía Franco (y que inexplicablemente no fueron destruidos por los republicanos), pero también gracias a la ayuda italiana y alemana que pidió Franco precisamente con ese propósito. Por aire fueron transportadas durante las primeras semanas aproximadamente el doble de tropas que por mar, lo que haría decir a Hitler que Franco hubiera debido elevar un monumento a los Junkers 52. Sin ellos y sin la incapacidad de reacción republicana simplemente la guerra civil podría no haberse producido al permanecer aislado Franco en Marruecos. Sus tropas, cuya participación en las operaciones no fue imaginada por Mola hasta fines de junio, jugaron un papel decisivo en todos los frentes en que la sublevación obtuvo victorias en estas semanas. Sólo a finales de septiembre cuando la flota de los nacionalistas, aprovechando que el grueso de la adversaria estaba tratando de ayudar a la defensa de la zona Norte, conquistó el Estrecho y se normalizaron las comunicaciones entre los dos continentes. De entrada, para lo que sirvió el Ejército africano fue para aliviar la situación angustiosa de las capitales andaluzas, sólo unidas por un modesto cordón umbilical. La verdad, sin embargo, es que contribuyó de manera importante la particular ineficacia de las milicias anarquistas de la región. En general la guerra en ella se caracterizó por su irregularidad y dureza, pues también las columnas de Queipo de Llano tenían un aspecto pintoresco como abigarrado conglomerado de uniformes y de procedimientos de combate. Sin embargo, reforzadas tras el cruce del Estrecho, mostraron una eficacia combativa muy superior. Un intento de ofensiva gubernamental en Córdoba fracasó debido a la lentitud en emprenderlo y a la inexperiencia de unos milicianos que se dispersaban ante el bombardeo adversario, a pesar de que tuviera un efecto irrisorio. La misma ineficacia se percibe en Granada, donde las milicias no tenían reparo en actuar al estilo de Pancho Villa y sus dirigentes eran los mismos diputados elegidos hacía unos meses, o en Málaga, donde la situación anárquica fue especialmente grave. Cuando las tropas de Franco se acercaban a Madrid la situación en Andalucía ya era más confortable para Queipo de Llano, quien además había dejado en situación precaria a la provincia de Málaga hacia la que era previsible su ofensiva. La guerra civil a partir de este momento inicial ya no tuvo como centro geográfico decisivo Andalucía, donde las operaciones no alcanzaron un valor resolutivo. Las tropas procedentes de África fueron empleadas fundamentalmente en una carrera hacia Madrid, de la que se esperaba que concluyera la guerra. Es muy posible que si se optó por seguir la ruta de la frontera portuguesa en vez de la mucho más complicada de Despeñaperros, la razón estribe en la urgente necesidad de municiones que tenía Mola y que sólo le podía proporcionar el Ejército marroquí. En cualquier caso la forma de avance fue siempre la misma: un grupo de columnas móviles avanzaba con bastante rapidez por la carretera y sólo cuando encontraba un obstáculo enemigo, habitualmente en poblaciones de cierta entidad, se detenía y efectuaba una maniobra envolvente. Esto solía bastar para que el adversario emprendiera una huida en desorden, dislocando sus unidades que quedaban reducidas a una ineficaz acción guerrillera, como sucedió por ejemplo en la serranía de Huelva. De esta manera los sublevados lograban un control somero y tras dejar una pequeña guarnición proseguían. En un principio el avance fue meteórico: en cuatro días se cubrieron 120 kilómetros merced al empleo de cuatro batallones marroquíes. Las verdaderas dificultades comenzaron en Badajoz, donde la empecinada resistencia de las milicias llegó a causar un elevado número de víctimas en las unidades legionarias atacantes; luego vino una venganza atroz mediante la liquidación física sin formalidad alguna de centenares de personas. Todavía Talavera pudo ser tomada; en los primeros días de septiembre, mediante una operación de flanqueo: los gubernamentales se enteraron de que había caído en manos adversarias cuando un moro respondió al teléfono. A partir de este momento la resistencia se hizo mucho más dura no sólo por la proximidad de Madrid, sino también porque los militares del Frente Popular eran conscientes de los defectos cometidos hasta entonces. El coronel Puigdengolas escribió, por ejemplo, a sus superiores que "la columna enemiga no es numerosa, pero es una máquina de guerra que funciona y por eso para combatirla hacen falta medios análogos a los que utilizan". Resulta significativo que el autor de este diagnóstico acabara sus días en manos de un miliciano cuya huida había tratado de evitar. Otro mando, llegando del sur y que fue el tercero que se hizo cargo de las tropas en tan sólo diez días, aludió claramente a la "incompetencia y cobardía" de sus milicias. Éste es el telón de fondo que explica el cambio de Gobierno y la militarización impulsada por Largo Caballero, el nuevo presidente. Ya en la marcha desde Talavera a Toledo las tropas sublevadas invirtieron el mismo tiempo que desde Sevilla a la primera ciudad citada. La decisión de auxiliar al Alcázar de Toledo, muy contestada sobre todo por Yagüe, que fue relevado del mando, tuvo un importante efecto moral, pero atravesó el avance. En octubre el Ejército Popular, utilizando material soviético, lanzó un contraataque mediante tanques en Seseña y Esquivias, que fue detenido principalmente gracias a la utilización incorrecta que se había hecho de los mismos. A medida que los atacantes se acercaban a Madrid, la defensa se hacía más fuerte y en ella empezaban a participar las nuevas unidades militares creadas por el Gobierno del Frente Popular. La insuficiencia de tropas del Ejército de África era grave y por consiguiente no podía atacar en toda la línea del frente, sino sucesivamente en aquel punto donde pudiera lograr la sorpresa y con ella la victoria. A principios de noviembre, a pesar de todo y gracias al mantenimiento de su superioridad como fuerza combatiente, las tropas de Franco se encontraban ya a las puertas de Madrid. Mientras tanto las tropas procedentes de Marruecos habían tenido que ser empleadas también, como medida de urgencia, en otros frentes debido a la necesidad perentoria de solucionar una situación apremiante. Con ello se retrasó el avance hacia Madrid y se consagró una característica de la guerra civil: que las operaciones militares más importantes quedaban a menudo supeditadas a la sentida necesidad de dar respuesta al adversario allí mismo donde atacaba. A comienzos de septiembre, al mismo tiempo que caía Talavera en manos de los sublevados, Irún seguía el mismo destino. Las columnas que procedentes de Navarra intentaron tomar Guipúzcoa habían quedado detenidas en Oyarzun y sólo los esfuerzos permitieron esa operación, que tuvo como efecto dejar la zona Norte del Frente Popular sin comunicación con Francia. Hasta este momento habían sido las fuerzas de izquierda las principales protagonistas de la lucha contra los sublevados, existiendo incluso contactos entre los nacionalistas vascos y el bando adversario. Sin embargo, en octubre la concesión del Estatuto de Autonomía y el bombardeo de Bilbao crearon un abismo entre unos y otros. El gobierno vasco empezó a crear unidades propias que empleó por vez primera, cuando todavía eran demasiado bisoñas, en un fallido ataque sobre Villarreal. También fueron unidades procedentes de Marruecos las que permitieron establecer el contacto entre Galicia y Oviedo por medio de una ruta del interior, evitando el litoral por la presencia de la flota republicana. Asturias vino a desempeñar, en cuanto a número de voluntarios, algo parecido a Navarra en el bando adversario que apenas tuvo unos centenares de combatientes civiles al lado de Aranda. Las milicias populares, formadas sobre todo por mineros, se sintieron atraídas de forma "excluyente y total" por Oviedo, ciudad que hubieran deseado tomar en el aniversario de la revolución de octubre. Sin embargo, este carácter de la capital del Principado como "ventosa" tuvo como consecuencia que no se emprendiera la ofensiva en dirección a Galicia y León, donde hubiera podido ser más efectiva. El pasillo que a partir de octubre unió Oviedo con Galicia era indefendible desde el punto de vista estratégico, hasta el punto de que había zonas en las que sólo tenía un kilómetro de ancho. Así se explica que las milicias lo atacaran de nuevo a comienzos de 1937, pero siempre con la ineficacia característica de unidades militares no regulares. Es más que probable que esa fuera la razón del fracaso del Frente Popular en otros escenarios. Cataluña, donde la rebelión había fracasado rotundamente, podría haber sido una fuente de hombres y recursos para someter al adversario, pero las dos ofensivas iniciadas desde allí concluyeron en sendos fracasos. El ataque de columnas anarquistas sobre Aragón inicialmente pareció conseguir avances importantes, pero terminó deteniéndose a las puertas de dos capitales de la región, Huesca y Teruel. La primera estuvo durante meses en situación precaria e incluso vio cortadas sus comunicaciones con Zaragoza, pero los atacantes no supieron aprovechar su manifiesta superioridad. El abigarramiento de las columnas, típico de la primera etapa de la guerra, alcanzó en el caso de Aragón su expresión máxima con presencia incluso de prostitutas, mientras que las consultas asamblearias a los combatientes y el desprecio al asesoramiento de los oficiales fue moneda común. En cambio, el adversario empleó sus reservas con avaricia y eficacia. Logró que las posiciones rodeadas resistieran a ultranza y, en general, empleó una táctica dilatoria que acabó por detener a los atacantes. La otra expedición emprendida desde Cataluña se dirigió hacia las Baleares, donde Mallorca e Ibiza se habían sublevado mientras que Menorca permanecía leal al Frente Popular. Es característico de la situación de falta de mando único en que vivía el Frente Popular el hecho de que la iniciativa no fuera de ninguna autoridad, sino de un militar como Bayo. Éste arrastró tras de sí, en especial, a elementos catalanistas desplazados por el Comité de Milicias Antifascistas que era la suprema autoridad en Barcelona. Bayo, que parece haber creído que con la sola presencia de los invasores iba a lograr la rendición del adversario, dispuso de recursos suficientes, pero se enfrentó con algunos de sus subordinados por haber actuado en nombre de la Generalitat, que tampoco acabó apoyándole, mientras que el Gobierno central, y sobre todo Prieto, se expresaba respecto de él con profunda reticencia. La expedición tomó Ibiza sin problemas y llegó a desembarcar en Porto Pí, pero fue incapaz de avanzar hacia el interior de Mallorca. La llegada de una eficaz fuerza aérea italiana a fines de agosto concluyó por desmoralizar a los combatientes de una expedición que no tenía sentido si no contaba con apoyo decidido del alto mando y rapidez en la ejecución. A diferencia de lo sucedido en Aragón, en este caso tampoco los defensores tuvieron una actuación muy brillante. Con su característica dureza Franco había ordenado una resistencia a ultranza, "fusilando al que desfallezca", pero se encontró que allí había mandos militares, que luego fueron procesados, que nunca habían estado en campaña. A partir de este momento las Baleares jugaron un papel importante para el bloqueo, por parte de los sublevados, de la costa mediterránea y el bombardeo de Barcelona. Por su parte, Bayo reapareció años después en la Historia como principal asesor de Fidel Castro en la lucha guerrillera. Ninguna de todas estas operaciones de la guerra de columnas tenía la menor posibilidad de ser resolutiva, por lo que de nuevo tenemos que volver al escenario decisivo que seguía siendo Madrid. Allí, a lo largo del mes de noviembre, tuvo lugar un violento forcejeo entre las tropas de Franco y los defensores de la capital que finalmente concluyó con la detención de los primeros. En realidad el ataque apenas merece ser narrado, pues, como otras batallas de la guerra civil, no fue otra cosa que un choque brutal como el de dos carneros que chocan con la testuz. La penetración de los atacantes no consiguió doblegar la resistencia, principalmente en la Ciudad Universitaria y en el parque del Oeste. Hay varias razones que lo explican. Aparte del descubrimiento fortuito de los planes del adversario, el Ejército Popular contó con una dirección adecuada en manos del muy capaz general Rojo y de Miaja, tranquilo y ordenado, que acabó convirtiéndose en un auténtico símbolo de la resistencia de la capital. Las nuevas unidades demostraron también mayor capacidad, sobre todo en la defensiva, y a ella contribuyó también el espíritu de resistencia popular que convirtió el "No pasarán" en divisa permanente y mucho más efectiva que consignas revolucionarias anteriores. Por supuesto, hay que atribuir un papel importante a los refuerzos internacionales llegados a Madrid, pero es posible que su trascendencia haya sido exagerada. Las Brigadas Internacionales supusieron tan sólo el 25 por 100 de los efectivos resistentes que incluían también la importante ayuda rusa en aviación. Por otro lado, hay razones de la detención que derivan no tanto de la actitud de los defensores como de los atacantes. Éstos, aun manteniendo su superior calidad, que también fue perceptible en los combates, eran inferiores en número y además el tipo de combate, en los aledaños de una gran ciudad, no permitía esas maniobras que les habían dado la victoria en ocasiones anteriores. Franco había ido demostrando la superioridad técnica de sus tropas hasta estos momentos, pero no pudo hacerlo más a partir de ahora. El panorama de las operaciones bélicas durante esta primera etapa de la guerra no quedaría completo sin hacer mención de las que podrían ser denominadas como asedios. Constituían, en realidad, el paso final en la homogeneización de cada una de las dos zonas en que se dividió España y eran el producto de un titubeo inicial de los sublevados, de la estrategia consistente en esperar, en vez de desplegarse, o de una maniobra como la que se produjo en Oviedo. El caso de los cuarteles de Simancas en Gijón o del Santuario de la Virgen de la Cabeza demuestran la peligrosidad de esa indecisión original, pues en Gijón el cuartel no estaba preparado para la defensa y acabó rindiéndose, mientras que el Santuario estaba demasiado lejano de las líneas de Queipo de Llano, que además carecía de fuerzas para auxiliarlo como para que hubiera la menor posibilidad de que la resistencia concluyera en victoria. A diferencia de lo que sucedió en Oviedo, la resistencia del Santuario, tardía, pues no se inició hasta septiembre, y muy duradera, pues concluyó en mayo de 1937, no supuso atracción de tropas adversarias, aunque el número de bajas fue tan elevado como el de Oviedo (un quinto de los defensores). El caso de asedio que alcanzó mayor repercusión internacional fue el del Alcázar toledano que sí atrajo a tropas del Ejército Popular. La inexperiencia y desorden de los atacantes (entre los cuales hubo anarquistas que construyeron minas sin conocimiento del mando militar) y la proximidad de las tropas de Franco explican que al final los resistentes, cuyas bajas fueron menores que en los casos citados, pudieran ser liberados a fines de septiembre. En conclusión, si hubiera que resumir lo sucedido durante esta fase de la guerra civil española que hemos definido como la guerra de columnas podría decirse que constituyó la prueba más evidente de la superioridad de las fuerzas regulares frente a las milicias o, lo que es lo mismo, de la calidad con respecto a la cantidad. La marcha de Madrid fue posible porque el Ejército de África era notoriamente superior a las milicias y esta realidad tuvo consecuencias no sólo militares sino políticas, como fue la promoción de Franco a dirigente supremo de su bando. Las milicias, que a veces tenían nombres brillantes, demostraron ser un instrumento de combate ineficaz. Es posible que si Franco hubiera optado por concentrarse en Madrid hubiera podido llegar a conquistarlo, adelantándose a la organización del adversario y a la recepción de la ayuda exterior. Sin embargo, la estrategia de Franco, al dar la orden de socorrer el Alcázar, demostró ser otra: a Kindelán, el responsable de la aviación nacionalista, le dijo que era preciso "llevar al enemigo el convencimiento de que hacemos cuanto nos proponemos". Este planteamiento de modo inevitable alargaba el conflicto que, en adelante, debió recurrir a formas más sofisticadas que la guerra de columnas.


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