La difusión de la religión romana

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Datos principales

Inicio 
237AC
Fin 
30AC
Rango 
237AC to 30AC
Periodo 
Hispania republicana
Lugar 
Derechos 

Desarrollo

La representación de dioses romanos sobre monedas acuñadas en cecas de Hispania es muy abundante: Júpiter, Apolo, Neptuno, Mercurio, Marte, Helios/Sol, Vulcano, Hércules, etc. Como han visto bien Chaves-Marín Ceballos, desde la época de la II Guerra Púnica se fijan los estereotipos de los dioses (forma de representación y símbolos) que se repiten en épocas posteriores. Por ello, la simple imagen no permite distinguir si estamos ante un dios romano puro o bien ante un dios romano sincretizado con otro indígena de advocación análoga. En todo caso, la moneda cumplió bien la función difusora del conocimiento de los dioses romanos. La representación de un dios o de un símbolo del mismo sobre una moneda no indica que recibiera necesariamente culto en la ciudad donde se encontraba la ceca de tal moneda. En algunos casos, la correspondencia se dio: así, por ejemplo, se acuñaron monedas alusivas al templo de Juno de Ilici (Elche) así como otras alusivas a cultos de la salud en Cartagena y, en ambos casos, se ha confirmado por otras fuentes que tales cultos y dioses existieron en esas ciudades. Otra vía de acercamiento para conocer la difusión de la religión romana viene ofrecida por la documentación epigráfica. Dentro de la escasez de la misma, se resalta su fuerte valor indicativo. Así, la inscripción latina más antigua de Hispania, procedente de Tarragona y de fines del siglo III a.C., es parte del texto de una dedicación votiva a la diosa Minerva. Sobre el pavimento de un templo de Italica se encuentra la dedicación a Apolo con la referencia añadida de que el dedicante es un antepasado del emperador Trajano, un tal M(arcus) Trohius, tal como ha podido confirmar Gil. De Ampurias procede otra dedicación a Apolo hecha por el gobernador de toda Hispania para los años 39-36 a.C., Cneo Domicio Calvino, como ha sido resaltado por Alföldy. En el santuario de Torreparedones se ha descubierto una pequeña cabeza femenina en cuya frente aparece escrito el texto Dea Caelestis. Esta divinidad era la protectora de Cartago; al tomar Roma la ciudad en el 146 a.C., mediante un ritual de evocatio, invitó a la diosa a que quitara la protección a los cartagineses; el culto de la Dea Caelestis fue llevado a Roma y, de allí, poco más tarde, uno de sus devotos llegado a Hispania hizo esta dedicación. La documentación arqueológica está incidiendo en la misma línea argumental: en ciudades con estatuto jurídico privilegiado o en las federadas/aliadas, se testimonian restos de lugares de cultos relacionados con dioses romanos. Así, como resultado de excavaciones o estudios debidos a diversos autores (Bendala, Aranegui, Mar-Ruiz de Arbulo, Sanmartí, entre otros), sabemos que en Italica, Saguntum y Emporiae había templos de tres estancias -cellae-, que han sido interpretados como capitolios en los que se veneraba a la triada de Júpiter, Juno y Minerva, los dioses del Capitolio romano. De Carthago Nova deberán darse a conocer en breve otros importantes restos templarios, también de época republicana. Hace algún tiempo, Ramallo publicó el sensacional conjunto religioso del Santuario de La Encarnación (Caravaca, provincia de Murcia). El templo más antiguo de La Encarnación se fecha entre los años 175-160 a.C.. Tal templo monumentaliza el viejo santuario ibérico y era el lugar más importante de culto del poblado contiguo que, contra lo que sucede en otros de la zona, tiene un auge considerable durante los siglos II-I a.C. Sobre el mismo cerro, se hace más tarde un segundo templo. Lo significativo no reside sólo en la existencia de un templo de tipo romano/itálico vinculado a un poblado de estatuto peregrino, sino que parte de los materiales de construcción, las tejas, se trajeron directamente del Lacio. Desconocemos el nombre de la divinidad venerada en tal templo. Por ello, no es posible precisar aún si estamos ante una simple monumentalización de un lugar de culto prerromano realizada por artesanos itálicos o bien si, además, la divinidad allí venerada era también romana o indígena sincretizada con una romana. Ese conjunto de testimonios nos sitúa ante el hecho claro de que la difusión de la religión romana estuvo vinculada al asentamiento de ciudadanos romanos o latinos en ciudades con estatuto privilegiado o bien en otras que estaban próximas a recibirlo. La excavación del templo republicano de Sagunto ofreció además un conjunto de estatuillas de bronce (una de Hércules, una de Liber, diez jóvenes con páteras -¿dioses Lares?-). No disponemos de conjuntos de bronces semejantes asociados a otros templos. En todo caso, dentro de los múltiples dioses que componían el panteón romano, cada comunidad optó por incorporar a unos u otros así como por erigir templos a las divinidades consideradas más importantes o útiles para las actividades preferentes de la comunidad. Es probable que las ciudades privilegiadas dispusieran todas de un capitolio, pero, a su vez, cada una podía optar por una divinidad distinta como patrona. Así, Minerva debió tener ya un templo propio en la Tarragona republicana, lo mismo que Ilici (Elche) contó desde su fundación con un templo de Juno. La difusión de la religión romana estuvo, por tanto, muy vinculada a la expansión de los derechos de ciudadanía romana o latina. La mayor parte de las ciudades estipendiarias siguieron venerando a sus dioses tradicionales.


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