La Ciencia del XVIII

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Datos principales

Inicio 
1660DC
Fin 
1789DC
Rango 
1660DC to 1789DC
Periodo 
cultura XVIII

Desarrollo

Entre las ideas ilustradas que acabamos de ver y el pensamiento científico y técnico del período van a existir estrechas relaciones e influencias recíprocas. Si la creencia en el progreso indefinido del hombre se encuentra, sin lugar a dudas, favorecida por los avances de la ciencia, no es menos cierto que éstos, a su vez, se veían espoleados por aquélla. Además, muchos filósofos se adentraron en este tipo de estudios: Voltaire introdujo a Newton en Francia e hizo un informe sobre el fuego para la Academia de Ciencias de París; Montesquieu escribió dos para la de Burdeos sobre el eco y la utilización de las glándulas renales; Holbach, estudió química y La Mettrie era médico. Mas, ¿qué lugar se le concede a las disciplinas científicas durante el siglo XVIII?, ¿cómo evolucionan?, ¿cuál fue su relación con la técnica? Hacia 1690 la revolución científica veía culminada su obra consiguiendo dotar a la ciencia de un edificio estable y de un prestigio sin precedentes, reflejado en el interés que se suscita hacia ella dentro de los más variados círculos y en la difusión de sus métodos de análisis a otras disciplinas. Esa ciencia, como señala Bernal, presentaba una unidad de triple base: personal -los científicos abarcaban todos los campos-, de ideas -el método y la idea central nacen de la matemática- y de aplicación -le preocupan los problemas técnicos.-. Sus avances habían sido importantes en sí mismos, pero también, y sobre todo, por la conciencia generada de que "sólo se trataba de un comienzo, de que el avance por la misma línea no tenía límites". El siglo XVIII tratará de continuarlo, si bien en sus primeras décadas le va a interesar más el carácter recreativo e instructivo de la ciencia que el utilitario de la centuria precedente, al que se volverá a partir de los años sesenta. Los centros del pensamiento científico del período los encontramos en Francia, en torno a La Enciclopedia, y Gran Bretaña, donde sobresalen Leeds, Glasgow, Edimburgo, Manchester y, de manera especial, Birmingham. Si los científicos del Seiscientos habían centrado su labor en resolver problemas tradicionales, en estudiar la Naturaleza con métodos experimentales y matemáticos, sus sucesores ampliaron la esfera de intereses, trataron de actuar sobre aquélla transformándola y de integrar a la ciencia en el mecanismo productivo, pese a que las relaciones con la técnica, hasta la revolución industrial de fin de siglo, hayan sido débiles. En una palabra, ponen en marcha el proceso, culminado por la centuria siguiente, de convertir a la ciencia en característica indispensable del nuevo mundo industrializado que acaba de nacer. El camino no iba a ser fácil y en un terreno más nos vamos a encontrar con los claroscuros del dieciocho. La idea del período que nos ocupa como una época en que el pensamiento científico consigue terminar con todos los errores del pasado y obtiene una aceptación social generalizada es al menos tan inexacta como la que lo hace encarnar sólo el triunfo de lo racional y lo irreligioso. Junto a una serie abundante de factores favorables a su desarrollo encontraremos otros que limitan su avance o difusión. Tal es el papel que juegan: el peso de la tradición cartesiana y la pervivencia de falsas creencias, de equivocadas teorías tradicionales. La primera afecta sobre todo a Francia, dificultando la implantación de los principios newtonianos en astronomía, matemáticas y física. En cuanto a las segundas, las hallamos fundamentalmente entre el pueblo que en su mayoría ignora la nueva ciencia y rechaza la moderna cosmología. Para él, los zodíacos siguen siendo la mejor explicación del carácter y la guía para el futuro; los almanaques, en los que pervive el geocentrismo de Ptolomeo, un excepcional aprendizaje sobre la salud de las personas y los animales, el cuidado de los cultivos y la previsión del tiempo, todo lo cual se cree aún bajo la influencia de fuerzas extraterrestres. A nivel de práctica cotidiana puede decirse que todavía ningún avance científico, salvo quizá la inoculación, cuestionó las costumbres heredadas. Mas no sólo entre la masa popular incapaz de alcanzar la edad de la razón se mantienen los errores. También entre los intelectuales y eruditos los encontramos. Así, los alquimistas y la alquimia continúan gozando de gran prestigio, al igual que la idea de que las faltas personales o las intenciones malevolentes de otros son causas de desgracias personales. A veces se va más allá de la mera creencia y se utiliza el método experimental para dar valor científico a tradiciones como la de que el color de la piel depende de las bilis. Su formulación teórica corresponde al italiano Bernardo Albinus (1737), siendo el francés Pierre Barrère quien publica en 1742 varios trabajos en los que la considera probada por sus experimentos. Le Journal des Savants se encarga de difundirla, mientras que de ella surge la idea de que los negros son otra especie carente de los órganos humanos de tejidos, corazón y alma. No pasaría mucho tiempo, 1765, antes de que otro francés, Claude Le Cat, médico, demostrase lo contrario, pero sus planteamientos fueron ignorados frente a los reiteradamente citados de Barrère. Esta utilización de los mismos métodos científicos para probar lo verdadero y lo erróneo no es otra cosa, en el fondo, que el reflejo de la época de transición que se vive. Existe un armazón ideológico establecido para distinguir entre lo que es ciencia y lo que no, pero la imprecisión del proceso permitía varias aproximaciones a un mismo problema que alumbraban distintas soluciones. Soluciones entre las que resulta difícil a veces distinguir las correctas de las que no lo eran dado el escaso rigor aún de la comprobación científica y la ausencia de facilidades experimentales. Incluso la refutación de las tesis equivocadas resulta muy laboriosa al usar creadores y críticos hipótesis similares, experimentos parecidos. De todos los campos científicos, la Medicina es el que se presenta más propicio a las equivocaciones por el desconocimiento que aún se tiene del cuerpo humano. Cuanto llevamos dicho no es óbice para reconocer que la ciencia vive durante el siglo XVIII momentos importantes y que sus saberes inician un proceso de divulgación que les hará merecedores de patronazgo y atención crecientes. Interesan a los gobernantes, aunque su apoyo se orientara más a unos temas que a otros y se centrara con preferencia en las capitales de los Estados. Todos los reyes y sus colaboradores se preocuparon de proteger la actividad científica, llegando algunos a tener su propio planetario -Pedro I- o laboratorio -duque de Orleans-. Tal actitud crea ejemplo, seguido por aristócratas, burgueses y escritores que se dotan, para estar a la moda, de colecciones, gabinetes y laboratorios donde realizar unos experimentos que si bien no pasan de ser puro diletantismo por la dificultad que la matemización aporta a la comprensión de la ciencia, son fiel reflejo del interés social por ella. Más específico y de mayor nivel intelectual van a ser los impulsos recibidos desde las Academias de Ciencias y las Sociedades Científicas que se multiplican a lo largo del período. Aquéllas, ya vimos al hablar del movimiento académico con motivo de la Ilustración, cómo todos los gobiernos europeos impulsan su creación siguiendo el modelo de su homónima francesa o de la Royal Society de Londres, cuyo prestigio era universal. Junto a las academias de carácter general y ámbito nacional, surgirán otras en las ciudades más importantes o dedicadas a un ámbito concreto, las de Medicina. Incluso aparecerán algunas academias disidentes, como las inglesas de Warrington y Daventry. Respecto a las sociedades científicas, su incremento más notorio corresponde a la segunda mitad de siglo, momento en el que también crece el número de personas con que cuentan. Citaremos como ejemplo de ellas: la Sociedad Lunar, de Birmingham, a la que pertenecen, entre otros, el fabricante de hierro Wilkinson, el alfarero Wedwood, Priestley y Watt; la Real Sociedad de Edimburgo (1789); la Sociedad Filosófica Americana (1743), de Franklin; la Sociedad Linneana (1788), de Londres, que adquirió el herbolario, biblioteca y manuscritos de Linneo a su muerte, y la sociedad Literaria y Filosófica de Manchester (1785). Academias y sociedades tienen una de sus formas más señalada de colaborar al desarrollo científico en el mantenimiento de publicaciones periódicas que sirven para difundir los trabajos realizados por sus miembros. Cuando los originales se multiplicaron y la aparición de este tipo de ediciones empezaba a demorarse, surgieron un gran número de revistas para acogerlos, iniciándose, al unísono, un movimiento de especialización en su temática. De nuevo los años más fructíferos serán los de la segunda mitad de la centuria. Con anterioridad sólo existían cuatro grandes publicaciones: las de la Royal Society (Londres) y la Academia de Ciencias de París; las Nouvelles de la République des Lettres, de Bayle, y el Acta Eruditorum (Leipzig). Para 1800 eran 75, de las que casi dos tercios habían nacido a partir de los ochenta. Tres de ellas continúan apareciendo hoy: el Botanical Magazine (1787), los Annales de Chimie (París, 1789) y el Philosophical Magazine (Londres, 1798). Además de las publicaciones periódicas, el mercado del libro científico vive asimismo un momento expansivo reflejo de la conciencia pública de la ciencia existente. Ella favorece y es favorecida por la aparición de obras de divulgación que intentan expresar las complicadas ideas de las ciencias de la forma más sencilla. El camino lo inician las Conversaciones sobre la pluralidad de los mundos (1686) donde Bernard Fontenelle trata de explicar el sistema copernicano. Durante el siglo XVIII este tipo de obras aumenta, llegando a aparecer algunas especialmente dedicadas a las mujeres y los niños: Il newtonianismo per le dame (1737), de Francesco Algarotti. El trabajo más completo será el de Buffon: Historia Natural (1749-1804). No podemos terminar esta brevísima síntesis de los factores que impulsan el desarrollo de la ciencia en el Setecientos sin mencionar: su recepción en ciertas universidades, sobre todo las escocesas; la creación de museos sobre aparatos científicos o de Historia Natural, y el perfeccionamiento de los instrumentos de análisis o experimentación. A la mejora de su diseño y fabricación dedicaron gran esfuerzo los artesanos, quienes alcanzan gran calidad en sus trabajos y consiguen ser admitidos como miembros de las instituciones científicas oficiales. Como dijimos al comienzo, las primeras décadas del siglo XVIII son momentos de ralentización del esfuerzo científico. Parecía como si la publicación de los Principia de Newton (1687), hubiese agostado las mentes por un tiempo. Sin embargo, existían razones socio-económicas para ello. Los comerciantes que habían subvencionado los avances hasta el momento prefieren ahora invertir en ámbitos más seguros; los manufactureros son aún débiles y no encuentran las ventajas de tales gastos. Pese a todo, se mantiene una cierta actividad en Francia, bajo la protección de aristócratas y burgueses que ven en la ciencia otro medio para expresar su descontento. Inglaterra prosigue los cambios técnicos que permiten a Escocia el auge de su industria y el intelectual de sus universidades. En el ecuador de la centuria, la figura y la obra de Benjamín Franklin (1706-1790) preludian ya una nueva etapa de aceleración en los progresos científicos. Desde los años sesenta hasta el final: el newtonianismo pasa de los ámbitos estrictamente científicos a los del pensamiento en general, gracias a las obras del inglés Pemberton y los franceses Voltaire y madame Châtelet; se establecen los cimientos de la nueva química, los estudios cuantitativos, el calor, la electricidad y el magnetismo; se producen grandes avances en geología y magnetismo, astronomía y mecánica. El hombre consigue dominar la Naturaleza, sustituir la mano humana por la máquina y las antiguas fuentes de energía por una nueva, el vapor, que abre horizontes de progreso insospechados. En suma, se pone en marcha otra revolución científica. El desarrollo concreto de los distintos saberes podemos agruparlos, siguiendo a Cepeda Adán, en torno a las tres grandes cuestiones que se plantean los hombres del dieciocho: "Primero, qué es, cómo es y qué lugar ocupa el Planeta donde habita (en el espectáculo del Universo); segundo, qué fuerzas guarda en su seno... capaces de ser dominadas y utilizadas, y tercero, quiénes son y cómo se comportan los diversos seres que (lo) pueblan..."


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