Industria: crisis castellana, resurgir periférico

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Datos principales

Inicio 
1600DC
Fin 
1700DC
Rango 
1600DC to 1700DC
Periodo 
Austrias Menores
Lugar 

Desarrollo

Como sucede con la producción agraria, la expansión industrial castellana se detiene en las últimas décadas del siglo XVI, según lo testimonian los casos de Segovia, Córdoba y Toledo, cuya producción, además de decrecer en términos cuantitativos -un 50 por ciento a mediados del siglo-, desciende en calidad a fin de adaptarse a las posibilidades de consumo de una población menos próspera. Así, los fabricantes de Segovia y de Palencia se plantean en 1625 producir bayetas en lugar de sus tradicionales y selectos paños. Algo semejante cabe señalar de la industria textil en la Corona de Aragón, pues los centros productores más activos (Zaragoza, Teruel, Albarracín, Barcelona, Sabadell y Tarrasa) decaen a medida que se introduce la pañería francesa, más barata, y se reduce en consecuencia el abastecimiento interior y la exportación de paños a Castilla e Italia. Las causas de esta decadencia industrial, que afecta asimismo a la producción de tejidos de seda, al compás de la crisis en el cultivo de moreras tras la expulsión de los moriscos, son varias: contención del crecimiento agrario, presión fiscal que encarece los artículos de subsistencia de los menestrales repercutiendo en el alza de los salarios, protección del consumidor sobre el productor, conflictos entre los artesanos y los mercaderes hacedores de paños y fuerte inflación de los precios por las manipulaciones monetarias. A estos factores habría que añadir para cada sector industrial otros elementos que condicionarán su desarrollo, como, en el caso de la industria pañera castellana, el alto precio alcanzado por la lana merina en los mercados internacionales, lo cual incentivaba su exportación. La propia organización industrial coadyuvó también a la crisis productiva del sector. Los gremios, que en el siglo XVI habían mantenido un alto nivel de producción y de calidad, pasarán a convertirse en la centuria siguiente en una rémora para el desarrollo normal de la industria: demasiado cerrados a las nuevas técnicas y a las necesidades del mercado, no pudieron hacer frente a la competencia exterior. Por otra parte, el desarrollo industrial al margen de los gremios no logró cuajar en Castilla por completo, como sí ocurrió en Europa, donde la ruptura corporativa se realizó a través del "putting-out system", es decir, mediante la distribución del trabajo industrial por un mercader-fabricante que posteriormente comercializa el producto. Con todo, no se debe olvidar algo fundamental, que el capital comercial controlaba el proceso productivo y en los momentos de crisis económica sus poseedores lo transferían hacia actividades más rentables. En Cataluña, por el contrario, el proceso de reorganización industrial es más parecido al europeo, pues aquí los empresarios gremiales de la lana recurrieron a la mano de obra rural ya desde la primera mitad de la centuria, tendencia que a partir de 1683 parece estar consolidada. A finales del siglo XVII, la Corona acomete un serio esfuerzo para incentivar el desarrollo industrial del país, siguiendo las directrices apuntadas, entre otros, por el duque de Villahermosa, quien en 1676 plantea al monarca la necesidad de proteger el consumo de las manufacturas para que puedan establecerse en la Península maestros ingleses y holandeses, a los que se deben conceder también privilegios especiales. Consejos como éste fueron tenidos en cuenta, pues además de otorgar a los artesanos que se instalan en España franquicias en la adquisición de materias primas y en la venta de sus manufacturas, sin tener que abonar los derechos de alcabalas y unos por ciento, en 1683 una Real Cédula prohíbe los embargos de telares, tornos y otros utensilios por deudas civiles. Por si esto fuera poco, en 1677 y en la década de 1680 la legislación aragonesa suprime la incompatibilidad entre la manufactura y la nobleza, medida que también entra en vigor en Castilla con la pragmática de 13 de diciembre de 1682, en la cual se declara que "el mantener ni haber mantenido fábricas no ha sido ni es contra la calidad de la nobleza, inmunidades y prerrogativas con tanto (...) no hayan labrado ni labren ellos por sus propias personas, sino por las de sus menestrales y oficiales". Con o sin ayudas del Estado, lo cierto es que la recuperación industrial comienza a percibirse en determinados sectores. El establecimiento en Castilla entre 1680 y 1691 de diversos artífices, en su mayoría de origen flamenco e italiano, seguidos de franceses y, en menor escala, de ingleses, especializados en la manufactura de géneros textiles y de artículos de lujo, debió de influir en este sentido. Así, en 1680 se establece en San Martín de Valdeiglesias una fábrica de vidrios y cristales, cuya azarosa vida se prolongará hasta finales de la centuria. En Galicia, Adrián Roo y Baltasar Kiel, tras introducir el cultivo de lino, firmemente asentado en 1698, según refiere el embajador veneciano, obtienen un asiento para confeccionar lienzos y manteles, completando con ello su actividad industrial, centrada hasta entonces en la fabricación de jarcias y lonas para la Armada. En Béjar, gracias al interés de los duques, poseedores del lugar, la industria textil lanera se fue lentamente consolidando, sobre todo a raíz de la firma en 1691 de un importante contrato con trabajadores flamencos, que significaría la base de la renovación productiva y tecnológica del siglo XVIII. No obstante, el fomento de estas industrias en Castilla tropezó con un obstáculo insalvable para su desarrollo en la mayoría de los casos: el boicot a que fueron sometidas las manufacturas de estos fabricantes por los mercaderes, interesados en adquirir géneros de fuera más baratos, ya que así obtenían mayores beneficios. Al margen de estos ejemplos, muy ilustrativos del interés de la Corona -y aun de ciertos individuos de la aristocracia- por restablecer las manufacturas nacionales, hay que señalar que la pañería y la sedería lograron recuperarse, más en las regiones periféricas (Cataluña, Valencia y Andalucía) que en las del centro, aunque aquí también se produjo una cierta revitalización. En Segovia, la industria textil lanera, que hasta 1630-1640 mantuvo una actividad discreta, para decaer en los siguientes años -de 300 telares a 50 entre 1650 y 1682-, a finales del siglo XVII experimenta un notable resurgir tanto por lo que respecta al número de telares en funcionamiento como a las piezas de paño fabricadas, si bien es preciso destacar que su calidad no fue ya la misma, pues la producción se orientó hacia los paños más baratos. Y lo que acontece en Segovia sucede en Ávila y en Cuenca, así como en Palencia, donde en 1674 había 246 telares en activo fabricando paños de baja calidad, y en Córdoba, el gran centro lanero de Andalucía, que experimenta grandes fluctuaciones, ya que la recuperación de los años setenta se derrumba en la década siguiente. En cuanto a la industria sedera, localizada en Toledo, Córdoba, Granada, Murcia y Sevilla, las medidas adoptadas para revitalizarla resultaron fallidas. Ciertamente, a finales del siglo XVII aumentaron de nuevo los telares, sobre todo en Toledo, Córdoba y Madrid, debido, sin duda, al establecimiento de artesanos valencianos, catalanes y extranjeros promovido por la Junta de Comercio, pero siempre hubo escasez de materia prima, lo que redundó en perjuicio de la producción e incluso de la calidad, y muchos abandonaron. Por lo que respecta a la Corona de Aragón, la industria de paños de Zaragoza, gracias a algunos maestros catalanes que aportaron sus conocimientos tecnológicos y su experiencia, así como a las medidas proteccionistas impuestas en los años setenta, especialmente contra los géneros fabricados en Francia, consiguió remontar la crisis de comienzos del siglo XVII, lo mismo que las de Teruel y Albarracín, donde se fabricaba una pañería de mayor calidad que la zaragozana. En Cataluña, cuya industria textil lanera había generado un activo comercio de exportación, que se mantenía a comienzos del siglo XVII, empieza a decaer entre 1600 y 1630, pese a que en determinados lugares la fabricación se mantuvo muy activa, en particular en algunos centros secundarios como Reus, Alcover y Valls. La competencia de paños extranjeros (franceses, holandeses e ingleses), más baratos pero de inferior calidad, tuvo su incidencia en el retroceso de esta industria, como así lo representaban los artesanos barceloneses en los años centrales de la centuria. No obstante, aunque hasta 1680 la pañería extranjera seguía ocupando un lugar destacado en el mercado catalán, lo cierto es que a partir de 1660 la industria catalana empieza a readaptarse a las nuevas exigencias de la demanda, fabricándose tejidos ligeros de lana, mezclados con otras fibras, como la seda, el lino, el algodón o el cáñamo, destacando en este sentido las iniciativas de Feliu de la Penya. Mejor fortuna tuvo la industria sedera. Según Asso, en 1679 la fabricación de seda en Zaragoza era una actividad floreciente y competitiva, en cuanto a calidad y precio. La crisis que en este sector industrial se produce en Valencia durante el primer tercio del siglo XVII, en la que incidieron la expulsión de los moriscos, la entrada de géneros extranjeros y la inadaptación de los artesanos a las nuevas modas, no comienza a remontarse hasta la década de 1670. A ello coadyuvaría, por supuesto, la renovación tecnológica, la prohibición de exportar materia prima -este comercio, sin embargo, continuó realizándose, a veces de forma fraudulenta-, la mejor calidad de la producción y los precios más baratos. A su vez, en Cataluña, donde existía una gran tradición sedera, la decadencia de principios de la centuria se mantiene casi estacionaria hasta los años sesenta, para luego superarse gracias a la labor desarrollada por individuos, como Feliu de la Penya, que introducen nuevas técnicas, y por una legislación proteccionista que concedió privilegios a los fabricantes de seda en 1683, de tal modo que en la década de 1690 aumenta y mejora la producción, en muchos casos orientada hacia la exportación. Frente a este panorama, la extracción de mineral de hierro no logra superar en el reinado de Carlos II la prolongada etapa de decadencia que se inicia a comienzos del siglo XVII, asociada con la interrupción del comercio con los Países Bajos durante los años 1621-1659 y la competencia de los hierros europeos, no obstante el aumento de las necesidades militares de la Monarquía, lo que contribuyó, por otra parte, a la ruralización del País Vasco, Santander y Asturias. Lo mismo se observa en la extracción de azogue, cuya producción aumentó en el primer tercio del Seiscientos para luego disminuir, sobre todo después de que los Fugger abandonaran Almadén en 1645. La decadencia de la siderurgia en el País Vasco a finales del siglo XVI se manifiesta en la disminución del número de ferrerías, más acusada a partir de 1658, si bien este descenso, que nunca llegó al extremo de poner en peligro esta industria, debe relacionarse con un reajuste industrial en la región, ya que paralelamente a la desaparición de algunas ferrerías -las menos competitivas- y la introducción de nuevas tecnologías, sobre todo entre 1650 y 1680, se observa un aumento de la producción y una mejor elaboración del hierro, lo cual permite al sector hacer frente a las manufacturas extranjeras, incluso en el mercado americano, de donde había sido desplazado pese a la prohibición de la Corona de exportar a América hierros extranjeros, pues a partir de 1670 el hierro vasco embarcado en Sevilla y Cádiz con destino a las Indias crece progresivamente. Junto a las tradicionales ferrerías hay que mencionar los altos hornos de Liérganes y La Cavada. La puesta en marcha de estas instalaciones, cuyo objetivo era la fabricación de hierro dulce para el servicio de la artillería, se inicia en 1609 con la contratación del empresario Juan Curcio, que no comenzará a trabajar en Liérganes hasta 1622. Los primeros frutos, empero, tendrán lugar entre 1628-1629, al entrar en funcionamiento los primeros altos hornos de la mano del luxemburgués Jorge de Bande, que sustituye al anterior empresario. En 1637 se erigen dos nuevos altos hornos en La Cavada, localidad próxima a Liérganes, ante la creciente demanda militar provocada por la guerra contra Francia y las Provincias Unidas. Por otra parte, en los años 1640-1642 se crea otro alto horno en Corduente (Molina de Aragón), también supervisado por Jorge de Bande, con la finalidad de abastecer de municiones y cañones al ejército de Cataluña. Con todo, estas empresas, que elaboraron un producto de alta calidad y que promovieron otras industrias anejas, comenzaron a declinar en el instante mismo en que las necesidades militares fueron desapareciendo -así sucede, por ejemplo, con la fábrica de Corduente, que deja de funcionar en 1670-, dada la inexistencia, por otra parte, de un mercado civil que absorbiera la producción en tiempo de paz. Otro sector que atravesó varias etapas de progreso y declive, estrechamente vinculado al comercio americano y a la demanda militar, fue el de la construcción naval. Las principales zonas astilleras de la Península (País Vasco, Cataluña, Galicia, Santander y Sevilla, ésta de menor importancia) tuvieron mayor actividad desde que en 1618 la Corona abandonara su anterior política de contratar o embargar buques privados y emprendiera la construcción de los barcos de la Armada mediante asientos. Sin embargo, el desastre de las Dunas, la escasez de recursos financieros de la Monarquía, la quiebra de los asentistas, la destrucción de los astilleros por el enemigo y el elevado coste de los materiales, muchos importados del Báltico, sumieron a esta industria en un profundo declive, aunque continuó construyendo buques de gran calado para la Carrera de Indias y otros de menor envergadura para la actividad corsaria y el comercio de cabotaje. En los últimos años del reinado de Carlos II la industria naval del País Vasco y de Santander, cada vez menos vigorosa, coexiste con la catalana, que empieza a despuntar en torno a 1675-1680 gracias al crecimiento que experimenta el comercio del Principado, si bien en conjunto la marina española muestra una creciente dependencia de los astilleros flamencos, no superada hasta el siglo XVIII.


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