El SIDA como síndrome social

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Datos principales

Inicio 
1973DC
Fin 
2000DC
Rango 
1973DC to 2000DC
Periodo 
Mundo fin XX

Desarrollo

Sólo con el paso del tiempo ha sido posible calibrar las verdaderas dimensiones del SIDA como problema sanitario a escala planetaria. Actualmente sabemos que el SIDA constituye una pandemia mundial que, hasta la fecha, ha progresado por todo el orbe a través de tres oleadas epidémicas diferentes en el espacio y en el tiempo. La primera se desarrolló a finales de los años setenta en los países del Primer Mundo y tuvo como principales vías de transmisión las relaciones homo y bisexuales y la utilización de drogas intravenosas. La segunda ha transcurrido en el Africa subsahariana a partir de 1982, y su principal vía de transmisión han sido las relaciones heterosexuales. La tercera se desarrolla desde mediados de los años ochenta en Asia, Europa central y Oriente Medio, siendo el Sureste asiático la región donde su progreso está resultando más espectacular. Tampoco pueden, además, descartarse nuevas oleadas epidémicas en los años venideros, puesto que la pandemia de SIDA se encuentra todavía en su fase ascendente. Ahora bien, desde muy pronto los responsables sanitarios de todo el mundo comenzaron a sospechar que esta enfermedad podía tener dimensiones planetarias. En efecto, a los clínicos y epidemiólogos de París y Bruselas no les pasó desapercibida la presencia, entre los numerosos casos de SIDA que diagnosticaron ya a lo largo de 1981 y 1982, de algunos pacientes africanos de raza negra (en su mayoría individuos de condición acomodada que acudían a hospitales europeos en busca de tratamiento), o bien individuos de raza blanca que habían permanecido largo tiempo en África. Desde principios del año 1982, además, en Estados Unidos se habían detectado numerosos casos del nuevo síndrome en inmigrantes haitianos de raza negra (6% total de los enfermos estadounidenses en el verano de aquel año) que, como ya se ha visto, pasaron inmediatamente a convertirse en grupo de riesgo. En el verano de 1982, las autoridades sanitarias estadounidenses declararon oficialmente a los inmigrantes haitianos como grupo de riesgo con relación al SIDA. Esta declaración no sólo implicaba la estigmatización de todos los ciudadanos de este país caribeño como potenciales portadores de la nueva enfermedad, sino que permitía poner a algunos de ellos bajo la sospecha de ser sus importadores y, por tanto, la verdadera fuente de la epidemia en Estados Unidos. Habían encontrado un chivo expiatorio perfecto, en quien proyectar la ansiedad que atenazaba todo el cuerpo social norteamericano ante la amenaza del nuevo y desconocido azote:Los americanos -señala Grmek- acusaban pues a los haitianos, sobre todo a los inmigrantes ilegales, de importar la nueva peste de un país de condiciones higiénicas desastrosas a un país limpio y bien vigilado. Actitud conforme a las enseñanzas de la epidemiología tradicional, pero que se convertía en este caso concreto en un grave prejuicio científico y moral. Se especulaba a más y mejor sobre la miseria incubadora de gérmenes, sobre las aguas sucias y los parásitos externos e intestinales, sobre el alcoholismo de los haitianos, sobre su uso de la marihuana y toda clase de otras privaciones o depravaciones. Se llegaba incluso a afirmar que el origen del SIDA, o al menos su transmisión, podía explicarse por las prácticas sangrientas de vudú. A principios de 1983, los médicos del grupo de trabajo francés encabezado por Jacques Leibowitch presentaron en Boston y Nueva York la hipótesis de que el entonces todavía denominado "síndrome de inmunodeficiencia adquirida" se había originado en Africa. Durante los años 1983-1984, se descubrió un nicho epidémico de esta enfermedad en el corazón del Africa ecuatorial, con centro en Ruanda y el Oeste del Zaire, y difusión hacia Congo-Brazaville, Burundi, Uganda, Tanzania, República Centroafricana, Oeste de Kenia, Zambia, Malawi y Nigeria. Finalmente, el rastreo de la presencia del virus VIH-1 en los distintos continentes permitió el descubrimiento, entre el otoño de 1985 y la primavera de 1986, a través de una acción conjunta de tres instituciones francesas (el CNRS, el INSERM y el Institut Pasteur), de un segundo retrovirus (VIH-2) igualmente causante de SIDA y cuyo nicho epidemiológico se localizaba en el Africa Occidental subsahariana. Desde la hipótesis de Leibowitch en 1983, muchos científicos y una gran parte de los medios de comunicación de masas norteamericanos y del resto del mundo desarrollado han propuesto diversas teorías con el denominador común de que el virus VIH tuvo su origen en Africa, de donde se extendió a Europa y, a través del Caribe, a Estados Unidos. Muchos postuladores de estas teorías, entre ellos el propio Robert Gallo, han propugnado la idea de que el virus comenzó a generarse en ciertos monos africanos, particularmente el mono verde, cuyo ámbito territorial de presencia incluye gran parte del Africa Ecuatorial. En sus monografías sobre la cuestión, Montagnier, tras alertar contra lecturas xenófobas de este problema científico, formula numerosas hipótesis y conjeturas sobre ambas cuestiones, pero concluye limitándose a afirmar que, a todas luces, el virus del SIDA "estaba presente en el hombre desde hace mucho tiempo en Africa y probablemente en otras partes". Sin embargo, esta hipótesis interesada continúa ejerciendo un profundo influjo en la percepción dominante de esta enfermedad en el mundo desarrollado; y, como subraya Grmek, ha contribuido al reforzamiento de la idea de que el SIDA es una enfermedad "extranjera" que ha irrumpido "en un mundo ordenado a partir de países subdesarrollados y mediante subgrupos marginales y moralmente reprensibles", ampliando el impacto que el "descubrimiento" de los inmigrantes haitianos como "grupo de riesgo" había provocado inicialmente en los Estados Unidos.A su vez, esta percepción racista ha suscitado una agria reacción de ira y frustración en los países africanos acusados de constituir el origen de la pandemia. Estos, absolutamente desbordados por la descomunal magnitud de los problemas sanitarios, demográficos y económicos que esta enfermedad les plantea y sin el apoyo suficiente del mundo desarrollado para afrontarlos, han optado por ignorarla, por negar la presencia del SIDA en sus territorios, y hasta por bloquear las investigaciones epidemiológicas u ocultar sus resultados a las instituciones y conferencias sanitarias internacionales. En otro orden de cosas, la presencia del SIDA en Africa y, en general, en el mundo del subdesarrollo ha ayudado, si no a comprender, sí a intuir la complejidad de éste y otros fenómenos epidemiológicos. En efecto, ya desde la hipótesis formulada en 1983 por Leibowitch se sugería la existencia de formas clínicas y epidemiológicas singulares para el SIDA en Africa y en el Occidente desarrollado (Europa y Estados Unidos). Como es bien sabido, en Africa el ratio de seropositivos al VIH según sexo (varones/mujeres) era de 1:1 en los inicios de la pandemia. Ahora bien, el ratio actual en algunos países ha llegado a ser de 1:6, al infectarse desde hace años las mujeres en mayor número que los varones. En el Primer Mundo, la situación de partida era diametralmente opuesta (el ratio era inicialmente de 16:1), pero el número de mujeres infectadas también crece actualmente con más rapidez que el de varones (en España, el ratio en septiembre de 1994 estaba muy cerca del 4:1).Existe igualmente disparidad en cuanto a los factores de riesgo involucrados en uno y otro caso, puesto que en Africa ni las relaciones homosexuales masculinas ni el consumo de drogas intravenosas son medios de transmisión epidemiológicamente relevantes. Por el contrario, son los heterosexuales activos quienes presentan la incidencia más alta y, en el caso, de las mujeres, el SIDA incide muchísimo más entre las prostitutas que en el resto. Por otra parte, la mayor incidencia de mujeres infectadas por el VIH en Africa hace que exista hoy una elevada tasa de SIDA infantil. Finalmente, también varía el perfil de los cánceres e infecciones oportunistas más frecuentes en el SIDA de Africa y del Primer Mundo. Mientras que en los afectados europeos y estadounidenses predominan el sarcoma de Kaposi, la toxoplasmosis cerebral y la pneumocistosis, sobre los enfermos africanos actúan las afecciones estomacales y digestivas, las cutáneas, la tuberculosis y la meningitis. Todo ello motivó que en dos conferencias internacionales sobre el SIDA, Ginebra (16 en abril) y Bangui, República Centro Africana (22-24 octubre), que la OMS organizó en 1985, se definieran de modo independiente los criterios de diagnóstico del SIDA en los países de grado elevado y de grado bajo de desarrollo técnico, científico y sanitario, respectivamente. Pese a que ambas definiciones han sido ulteriormente revisadas en diversas ocasiones, siguen manteniéndose separadas. En los últimos años ochenta, el SIDA comenzó a ser considerado en los países del Occidente desarrollado como una enfermedad crónica más, que había de competir con otras muchas por su "cuota de participación" en los presupuestos sanitarios estatales. La nueva percepción de la enfermedad se vio favorecida, entre otros factores, por la ausencia de perspectivas a corto plazo para la obtención de una vacuna efectiva contra ella. Ello se debía a la evidencia de que una proporción no despreciable de personas infectadas por el VIH permanecía asintomática después de diez años de seropositividad y, obviamente, también por una cierta habituación del cuerpo social a convivir con el nuevo azote. Sin duda, la nueva consideración del SIDA como una enfermedad crónica ha ayudado a ofrecer un horizonte más esperanzador para muchos afectados y sus allegados. Pero también ha promovido una visión de esta enfermedad, su prevención y su tratamiento extremadamente individualista y que reduce el discurso de lo social a su mínima expresión. La estrategia de lucha contra el SIDA, consustancial a este nuevo paradigma, ha insistido más en la adaptación de la persona enferma y su entorno a la convivencia con la enfermedad, que en la prevención de la exposición al agente causal o en la eliminación pura y simple de éste. Las investigaciones sobre el SIDA se han reorientado, consecuentemente, por dos vías. Por una parte, hacia sus mecanismos patogénicos, en detrimento de los estudios sobre el origen y los mecanismos de producción y reproducción de la epidemia; por otra, hacia la búsqueda de remedios más eficaces, en detrimento de las medidas que pueden prevenir su difusión entre la población.Las actuaciones clínicas acordes con esta nueva estrategia abundan en la idea de que un régimen de vida "ordenado" y un empleo adecuado de fármacos constituyen la mejor garantía en el manejo de la enfermedad por parte de sus víctimas. A consecuencia de ello se ha tendido a responsabilizar -y, eventualmente, culpabilizar- en exceso al paciente individual acerca del curso de su propia enfermedad. Obviamente, el nuevo paradigma no ha dejado mucho espacio para políticas de salud pública ambiciosas en el ámbito de lo social, tales como las adoptadas durante el periodo de máxima alerta y movilización social frente a la pandemia de SIDA. El nuevo marco de actuación frente a la enfermedad se caracteriza por una disminución marcada del interés hacia otras implicaciones suyas más allá de las habitualmente solventables en el contexto individual de la relación médico-enfermo. Esta nueva consideración del SIDA ha incidido de forma notable en la situación de la enfermedad en el Occidente desarrollado de los años noventa. En términos generales, está contribuyendo a la progresiva circunscripción del SIDA a ámbitos sociales marginales (homosexuales desposeídos, usuarios de drogas intravenosas, hemofílicos, miembros de minorías étnicas y pobres en general, así como las múltiples intersecciones entre todos estos grupos). Al mismo tiempo, la convierte en un fino indicador de desigualdades sociales crónicas, particularmente en el corazón de las grandes ciudades; una circunstancia particularmente patente en países como Estados Unidos, donde el crudo neodarwinismo social imperante ha dejado a muchos infectados excluidos a priori de la nueva área de cobertura de la lucha contra el SIDA, por razones económicas, sociales o culturales. No puede, por ello, resultar extraño el hecho de que durante los últimos años, coincidiendo con un descenso de la preocupación social en torno a una eventual difusión epidémica de esta enfermedad entre la población heterosexual -a pesar de su creciente incidencia en la misma-, se haya reforzado la consideración del SIDA como una enfermedad de los otros.Desde 1981 hasta el día de hoy, el SIDA ha cobrado un papel de actor y mediador social, articulando de modo siempre cambiante un conjunto de relaciones colectivas a lo largo y ancho del globo terráqueo. A mediados de 1995, el SIDA proseguía su avance imparable sobre todo el orbe y, necesario es reconocerlo, su efectiva cualificación no puede darse aún por conclusa. No sólo porque se carece de un tratamiento adecuado y de una vacuna eficaz, sino también porque numerosos aspectos de sus orígenes, causas, mecanismos patogénicos y epidemiología siguen siendo desconocidos. El periodo durante el cual la imagen científica del SIDA daba vuelcos radicales de una semana a otra ha quedado atrás; pero queda aún, previsiblemente, mucho trecho por recorrer antes de lograr su curación y total erradicación. Y aunque atrás parecen haber quedado también las reacciones de pánico generalizado de los primeros momentos, y el SIDA haya perdido "visibilidad" en los " class="manita" data-toggle="popover" data-content="La industrialización y la vida urbana han creado formas nuevas de convivencia, y han agilizado las condiciones sociales adecuadas para el desarrollo de la comunicación de masas. Los procesos consiguientes de cambio social producen -o ayudan a la creación de- sociedades que dependen en gran medida de tales comunicaciones. Las comunicaciones permiten proyectar, y consiguen, que los miembros de la sociedad tengan el mismo valor en cuanto espectadores, compradores, o votantes.">medios de comunicación de masas desde finales de los años ochenta, no puede servir para llevar a engaño: el SIDA está ahí, inevitablemente omnipresente. Un miedo sordo al nuevo azote ha arraigado en las entrañas de la sociedad civil de un Occidente desarrollado que tan sólo una década atrás miraba pletórico de optimismo el horizonte sanitario del año 2000. Desde esta nueva visión, se ha subrayado la necesidad de establecer un nuevo paradigma que refleje mejor los rasgos inéditos de este nuevo azote. Para ellas, el SIDA no es ni una peste, ni una afección crónica más, sino una enfermedad con una historia propia ya suficientemente larga y peculiar como para que deba ser considerada en sí misma un nuevo modelo de enfermedad social. El nuevo paradigma que postulan contempla al SIDA como una enfermedad crónica de carácter infeccioso y, por lo tanto, notablemente transmisible y, al mismo tiempo, como una pandemia lenta y persistente, en razón de sus características epidemiológicas y de la peculiar biología del virus de la inmunodeficiencia humana (VIH).De que este paradigma o, eventualmente, otros más satisfactorios se consoliden y articulen en las políticas de salud de los distintos países y en la política de prevención global preconizada por la OMS, dependerá en gran medida que la humanidad pueda hacer frente de forma más eficaz al SIDA en los años venideros. La discusión acerca del papel que corresponde a cada término del esencial binomio biología-cultura en la génesis y desarrollo de las enfermedades humanas ha sido fuente de encarnizadas controversias en el Occidente desarrollado durante los últimos tres decenios. Hasta los inicios de la década de los ochenta las interpretaciones relativistas, que en mayor o menor medida enfatizaban el papel ejercido por los contextos socioculturales en la adecuada consideración de la enfermedad, cobraron un peso creciente, alentadas por una emergente contestación social y al abrigo del consenso político liberal-conservador que había caracterizado a los Gobiernos occidentales durante más de veinte años. A comienzos de la pasada década, este consenso saltó por los aires con la llegada al poder de una "Nueva Derecha", abanderada por los Gobiernos de Reagan y Thatcher en Estados Unidos y Gran Bretaña, respectivamente. Ello ha propugnado una nueva ideología conservadora, coherente y explícita, como respuesta a la gran crisis económica y social de los setenta. El neodarwinismo social en que sustenta su ideología este nuevo conservadurismo le ha llevado a propugnar la reducción del gasto social hasta su mínima expresión y a defender una visión de la naturaleza humana caracterizada por un individualismo extremo y un marcado determinismo biológico. Para su rearme ideológico, el nuevo conservadurismo ha sabido instrumentalizar hábilmente tanto un creciente rechazo frente a los excesos relativistas de la contestación contracultural post 68, como ante la general admiración por los espectaculares avances que la investigación biomédica ha experimentado durante los últimos lustros. La nueva situación ha ejercido, además, un fuerte impacto sobre la propia investigación científica. De él son viva muestra, entre otros hechos: la tecnificación creciente de la investigación científica; la potenciación, desde las políticas científicas nacionales e internacionales, de áreas de investigación en línea con los supuestos de la Nueva Derecha, en detrimento de otras no favorables o abiertamente enfrentadas a ellos; y la "domesticación" del discurso de las ciencias sociales, bien mediante su sometimiento a lo que se ha denominado "doctrina de pensamiento único", bien mediante una dilución o extravío de lo social, que provoca su desvitalización pura y simple. Un indicador adicional de la hegemonía ideológica de la Nueva Derecha en el ámbito de la cultura científica es que los resultados de investigaciones en línea del más radical reduccionismo biologicista sobre la inteligencia, la conducta y las enfermedades humanas acaparen con frecuencia las secciones de Medicina de los medios de comunicación de masas. En ellos, un día sí y otro también, se martillea al lector con "descubrimientos", aparentemente definitivos en relación con las bases genéticas de la esquizofrenia, la homosexualidad o la supuesta inferioridad intelectual de los pobres o las minorías étnicas. No pueden pasarse por alto los suculentos réditos que la irrupción del SIDA proporcionó en su momento a la causa de la "Nueva Derecha" y del "rearme moral" de Occidente: "se non é vero é ben trovato", cabría decir acerca de la idea, en su día con amplio eco social en medios progresistas, de que el germen del SIDA había sido fabricado en un laboratorio militar norteamericano y deliberadamente diseminado por la CIA. Ahora bien, junto a éste y otros muchos efectos -algunos de ellos hoy aún imposibles de calibrar- no deja de resultar una ironía observar que la infección por VIH, al haber enfatizado sobremanera la interrelación existente entre los factores biológicos y los sociales, no sólo ha terminado por poner en entredicho el radical reduccionismo biologicista propio del discurso de la "Nueva Derecha", sino que ha forzado la plasmación de un "nuevo consenso" en la visión de la enfermedad, en el que tanto lo biológico como lo social quedan integrados.


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