El sector agropecuario

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Datos principales

Inicio 
237AC
Fin 
30AC
Rango 
237AC to 30AC
Periodo 
Hispania republicana
Lugar 
Derechos 

Desarrollo

Los estudios sobre la economía agraria de Hispania en época republicana son muy reducidos. Los autores antiguos no dan más que breves y ocasionales referencias. Por otra parte, la arqueología siempre es parca en ofrecer testimonios sobre el mundo rural salvo cuando se desarrolla el régimen de villas rústicas o cuando un determinado producto ha sido objeto de una exportación considerable. En todo caso, vamos contando con algunos buenos estudios, como el de Sáez, para la agricultura de la Bética, que empiezan a desvelarnos los cambios entre las muchas constantes intemporales de cualquier estructura agraria. Así, del análisis de Sáez se comprueba que la producción vitivinícola era ya significativa en el siglo II a. C. en algunas ciudades de la Bética, si nos atenemos a la información de las acuñaciones monetales de los años 120-90 a. C., que crean monedas sobre las que hay representaciones de pámpanos, uvas y cabezas de Baco. Tales son los casos de monedas acuñadas en Arva (El Castillejo, Alcolea del Río, Sevilla), Ulia (Montemayor, Córdoba), Osset (S. Juan de Aznalfarache, Sevilla), Orippo (próxima a Dos Hermanas, Sevilla), Acinippo (cerca de Ronda, Málaga), Baesippo (Vejer de la Frontera, Cádiz) y Turris Regina (provincia de Cádiz). Ahora bien, los restos más abundantes de ánforas hallados en el Sur corresponden a las formas Dressel 1-A, B y C, que fueron fabricadas en Italia. La emigración itálica comenzó a demandar vinos italianos de mejor calidad que los hispanos. Tales vinos desplazaron el mercado anterior de importación basado en vinos griegos, también de buena calidad. La situación comenzó a cambiar a fines de la República y Estrabón, a comienzos del Imperio, habla ya de la exportación de trigo, aceite y mucho vino de la Turdetania (II, 2, 6). Sin duda, como sostiene Sáez, los productores de la Betica consiguieron abrir mercados exportando vinos más baratos en gran cantidad. Se explicaría así que los vinos hispanos, tanto los del Sur como los de Sagunto, comenzaran teniendo fama de malos. Pero, ya avanzado el siglo I d. C., Hispania comienza a exportar también algunos vinos que compiten en calidad con los de Italia. Así, Plinio habla de la excelencia de los vinos catalanes y baleáricos (Nat. hist., XIV, 71). Como es conocido, el cultivo de la vid se adapta a todas las regiones de Hispania. Ahora bien, a comienzos del Imperio, los pueblos del Norte tomaban aún una bebida parecida a la cerveza. En cambio, la sociedad ibérica participaba de la práctica social mediterránea del simposio con comida y bebida en común; el vino formaba parte de este ritual social. Durante el período de la Hispania republicana, no hubo cambios en esta práctica social, con la que hay que relacionar la importación de vinos de calidad. Hasta que el vino hispano no entró en los circuitos de exportación, hemos de suponer que tampoco hubo grandes extensiones de viñedos. La tenencia y cultivo de pequeños viñedos, junto con el de huertos, debió formar parte de la explotación económica de muchas familias de rentas medianas y altas. Disponemos de algunas noticias aisladas sobre la producción cerealística de la Hispania republicana. Así el año 203 a. C., se envió a Roma trigo de Hispania en cantidades tan grandes que bajaron los precios del trigo en la capital (Livio, 30, 36, 6). El año 178 a. C., los hispanos se quejaron de que tanto el gobernador de la Citerior, M. Titinio, como el de la Ulterior, M. Matieno, abusaban de sus administrados al imponerles el precio por el que debían vender el trigo entregado en concepto de impuestos; se trataba de operaciones fraudulentas que conducían a que, en la práctica, los hispanos pagaban más del 5 por ciento del tributo obligatorio, la vicessima. El Senado decidió en favor de los hispanos. Durante las Guerras Celtibéricas, los vacceos ayudaban a los celtíberos proporcionándoles trigo y otros víveres (App., Iber., 80-83). El 56 a. C., Cicerón defiende a Balbo y a sus paisanos, los gaditanos, ante el Senado y aporta méritos en su favor como el que los gaditanos habían enviado trigo a Roma para impedir que subieran los precios (Pro Balbo, 40). Y también la Citerior envió trigo a las tropas que operaban en Aquitania. Y contamos con otras pocas noticias semejantes. Que, al menos desde el Neolítico, la Península producía trigo y otros cereales (avena, cebada, mijo...) y que había regiones como el área vaccea (Tierra de Campos) y el valle del Guadalquivir en las que se obtenían grandes cosechas de trigo, era ya una constante antes del inicio de la conquista romana. La cuestión central reside en la valoración de los cambios que pudieron producirse a partir de la dominación romana. En primer lugar, nos consta que las provincias de Sicilia y Africa -a veces también las de Cerdeña y Asia- fueron los grandes graneros para abastecer a la ciudad de Roma durante la República. Y no puede menospreciarse la aportación de la propia Italia. En cambio, Hispania no fue un centro de exportación regular de trigo al margen de sus contribuciones excepcionales. Los excedentes de trigo y de otros cereales eran destinados al mantenimiento del ejército romano asentado en Hispania. Durante las guerras civiles, las menciones al almacenaje de trigo forman parte de la estrategia necesaria para abastecer al ejército. Sabemos que, completado el sometimiento de los pueblos del Norte bajo Augusto, Hispania entra en un proceso de desmilitarización. Paralelamente, comenzamos a tener noticias de salida regular de trigo de Hispania destinado a la annona; ocasionalmente, se citan otras contribuciones como la del abastecimiento del ejército romano que operaba en Mauritania (época del emperador Claudio). Este cambio que se opera desde comienzos del Imperio es reflejado por Estrabón, Plinio y otros autores. Y si la desmilitarización de Hispania es una causa de tales sobrantes de trigo, también incidió la creación de colonias y municipios que fue acompañada del reparto de tierras a los nuevos colonos así como de la implantación de técnicas de producción más perfeccionadas. Como han visto bien los estudiosos modernos, los tratados romanos de agricultura, comenzando por el más antiguo de Catón, eran una traducción o adaptación de los tratados anteriores de autores griegos y cartagineses. Por lo mismo, la simple sustitución de cartagineses por romanos en el dominio de Hispania no fue seguida de la introducción de técnicas novedosas en el cultivo del campo. El trillo cartaginés, ploscellum punicum, consistente en unas cuchillas giratorias fijadas a una estructura provista de ruedas, se usaba en la Hispania Citerior junto con el trillo común, tribulum, tal como relata Varrón hacia el 60 a. C. en su tratado de agricultura (III, 12). Y ante el proceso de consolidación del sistema esclavista, es posible suponer que, también en la agricultura, una parte del trabajo fuera desempeñada por esclavos. En todo caso, la época de mayores cambios se sitúa en la fase final de la República y, sobre todo, con la implantación de los catastros romanos organizados para asentar a veteranos del ejército y a una parte de la plebe de Roma. Las alabanzas a la cantidad y calidad del aceite bético se inician con Estrabón y pasan a ser una referencia tópica, pero no son aplicables al período republicano. Sáez ha advertido que el acebuche pudo ser explotado en la Península desde la época del Bronce. El aceite de acebuche se podía emplear para la fabricación de perfumes y para iluminación. Antes de fines del siglo III a. C., los colonizadores griegos y fenicios importaban aceite de oliva y lo intercambiaban por productos metalúrgicos de la Península. Con la conquista romana, serán los comerciantes itálicos los que importen aceite de cardad: las ánforas de Apulia y de Calabria halladas en diversos lugares (Carteya, Chipiona, Mallorca, Valencia...) serían los mejores indicadores de la sustitución de los importadores. Las oligarquías itálicas asentadas en Hispania así como sus correspondientes indígenas se cuentan entre los consumidores de este aceite de oliva de mejor calidad. El comportamiento de este producto habría sido, pues, semejante al del vino, con la diferencia de que, desde el siglo I d. C., el aceite hispano comienza a exportarse en grandes cantidades y es apreciado por su excelente calidad. Parece, pues, irrebatible que fueron los itálicos emigrados a fines de la República los motores de estos cambios que comienzan a advertirse unas décadas más tarde. Por más que las fuentes literarias aludan de modo casi exclusivo a la triada del aceite, vino y trigo, la agricultura mediterránea de la que no era ajena nuestra península conocía otros productos como la avena, cebada y vezas de ciclos distintos de crecimiento y fundamentales para la alimentación del ganado o bien como las habas y lentejas que eran habituales en la dieta alimenticia humana. Casi todos los productos hortícolas actuales (col, berza, lechuga...) eran cultivados en todo el Mediterráneo. Y algunos frutos como los higos de Sagunto se exportaban a Roma ya en época de Catón, como nos relata en su tratado de agricultura (VIII).


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