Dinastía Qing: el ocaso de un imperio

Compartir

Datos principales

Inicio 
1644DC
Fin 
1911DC
Rango 
1644DC to 1911DC
Periodo 
China
Lugar 

Desarrollo

La China Imperial finalizó en 1911, al ser derrocado el último emperador de la dinastía Qing, que había ocupado más de dos siglos y medio el trono del Hijo del Cielo. Paradójicamente esta dinastía, destinada a dar continuidad a un sistema político cuyo origen se pierde en los siglos, era extranjera, procedente de Manchuria, y nunca fue considerada propia por la población china. Los orígenes de la dinastía Qing se encuentran en el pueblo Jurc, el mismo que en el siglo XII invadiera China estableciendo la efímera dominación de los Jin. En 1635, pocos años antes de gobernar el país, los jurchenes, organizados en las estepas de Manchuria, adoptaron el nombre de manchúes. Su proyecto de sustituir a la dinastía Ming se forjó lentamente dentro y fuera de sus fronteras. En primer lugar, crearon una organización política y militar uniendo las diferentes tribus bajo el mando de Nurhachi; su base económica se asentaba en el control de ciertas mercancías muy valiosas, tales como las perlas, piedras preciosas, pieles, lo que les proporcionó una riqueza capaz de sustentar sus ambiciones territoriales. La base administrativa y política fue creada partiendo de una organización sustentada en unidades militares o Banderas, que seguían el modelo de las guarniciones chinas. Al igual que lo hiciera el emperador mogol Kublai Khan, Nurhachi se rodeó de consejeros chinos, permitiendo así una rápida asimilación de la cultura y tradición china. De esta manera no le fue difícil conseguir la alianza de otros pueblos mogoles y dirigir su mirada hacia la conquista de China. Por otra parte, la inestabilidad en los últimos años de la dinastía Ming había favorecido la intrusión en territorio chino de los ejércitos manchúes como fuerzas aliadas del emperador contra los disturbios internos. Esta situación provocó que los manchúes tuvieran como objetivo final suplantar a la dinastía Ming, lo que consiguieron en 1644 tras la huida de la corte Ming hacia el sur y el suicidio del emperador. Kangxi (r. 1662-1722) fue el primer emperador de la dinastía Qing que, como tal, ocupara el trono imperial en Beijing. Gran estratega, dotado de una capacidad de comprensión práctica de los problemas particulares, supo dotar a su reinado de una cohesión interna capaz de asentar las bases de un nuevo período. Temiendo perder el control sobre sus súbditos invadidos, limitó estrictamente la capacidad de la población china desde los funcionarios a los campesinos. Como símbolo externo de sumisión dictó leyes prohibiendo el matrimonio mixto entre chinos y manchúes, así como el uso obligatorio de la coleta para los chinos. Aun encontrándose con importantes focos de rebelión encubierta ante tales medidas, Kangxi consiguió frenarla gracias a la no incautación de propiedades y a permitir el disfrute, por parte de la población china, de ciertos privilegios de carácter social. Su política de tolerancia constituyó el principio mediante el cual se atrajo a la elite administrativa china. Fomentó el confucionismo dentro de una nueva corriente filosófica denominada neoconfucionismo que le permitió sustentar su idea absolutista del poder imperial dentro de los cánones chinos. La misma táctica practicó con los jesuitas, les protegió desde la corte limitando sus enseñanzas a los campos de menor discusión ideológica, las matemáticas, la astronomía y el calendario, empeorando su relación con la orden religiosa tras la querella de los ritos planteada en Roma entre dominicos, franciscanos y jesuitas, resuelta en el Vaticano en contra de estos últimos. Asimismo, dentro de su política de respetar y continuar la tradición china, inició la compilación de la historia oficial de la dinastía Ming. En política exterior inició varias campañas militares en todas sus fronteras, destinadas a asegurarlas mediante alianzas que terminaron en anexiones territoriales después de su muerte. A Kangxi le sucedió Yongzheng (r. 1723-1735) que, junto con el emperador Qianlong (1711-1799), marcó la época gloriosa de la dinastía. Ambos emperadores, aun sin la fuerza y sabiduría de Kangxi, lucharon por el afianzamiento de los Qing. Bajo sus reinados el Tibet pasó a ser, un protectorado chino (1715) y sometieron el Turquestán oriental, rebautizándolo con el nombre de Xinjiang (nuevo territorio), gobernando un territorio más extenso que lo hubiera hecho cualquier otro emperador. Estos tres emperadores, Kangxi, Yongzheng y Qianlong, no sólo ampliaron las fronteras chinas, sino que llevaron a cabo una importante labor económica y cultural, cuyos frutos no fueron aprovechados por sus sucesores. La economía agrícola se vio favorecida por la mejora de las técnicas, la diversidad de cultivos, a los que se sumaron la introducción de plantas americanas que provocaron una mejora en la dieta de la población. A ello se añadió una política fiscal que favoreció a los campesinos dueños de pequeñas propiedades, mediante imposiciones de tasas muy ligeras que no variaron hasta fines del siglo XVIII. Esta bonanza en el campo de la agricultura tuvo su repercusión en el aumento de demanda y producción de productos artesanales, así como en el comercio. La seda, porcelana, esmaltes, etc., proporcionaron elevados ingresos y la creación de grandes centros de producción, especialmente en el sur del país. El comercio no se limitó al de circulación interior, sino que prosiguieron los intercambios con Japón, Corea, Filipinas, Indochina y Europa. De esta situación surgieron grandes fortunas, amasadas por familias que se impusieron como un poder de hecho en el terreno de la política local y especialmente como mecenas de la cultura. Estos nuevos grupos económicos sirvieron para encauzar todas las creaciones literarias, filosóficas o plásticas más heterodoxas y, en consecuencia, en conflicto con la tiranía cultural de la corte. Si al emperador Qianlong se le debe la compilación bibliográfica de mayor envergadura (Textos reunidos de los cuatro géneros literarios), germen de la Biblioteca Imperial, al mismo tiempo desató una rígida censura destinada a todas las obras literarias que estimó contrarias al espíritu de la dinastía. Entre ellas destacaron todas las obras escritas en lenguaje popular. Otro tipo de literatura más irónica se desarrolló durante el siglo XVI; entre las novelas cabe citar los cuentos de Pu Songlin, "Sueño en el Pabellón Rojo" de Cao Xueqin, "Historia no oficial del Bosque de los letrados" de Wu Jingzi, escritas en lenguaje culto, llenas de reminiscencias literarias de difícil acceso fuera de círculos muy restringidos. En pintura, habrá que buscar a los grandes pintores del siglo XVIII fuera de los círculos oficiales. A todos ellos se les denominó excéntricos, monjes locos, por sus actitudes contrarias al poder. Zhu Da, Shi Tao, los Ocho Excéntricos de Yangzhou, son los artistas más interesantes de esa época con los que enlazarán los pintores vanguardistas de fines del siglo XIX y comienzos del XX. Si el siglo XVIII mantuvo unas constantes políticas, económicas y culturales, el siglo XIX supuso la ruptura absoluta con el pasado, iniciándose un largo período de guerras, sublevaciones internas, caos económico y decadencia de las formas artísticas. Jiaqing (r. 1796-1820) y Daoquang (r. 1821-1850) fueron los dos emperadores que tuvieron que afrontar las primeras causas y los síntomas de unos tiempos verdaderamente inciertos. Como consecuencia del auge económico del siglo XVIII, la población aumentó a cien millones de habitantes, continuando la misma productividad y sin frenar los gastos públicos. Las primeras sublevaciones, que lograron ser sofocadas, las produjeron las minorías étnicas agrupadas en torno a diferentes sectas, como la del Loto Blanco. Sin embargo, las causas no fueron atajadas de raíz: escaseaban las tierras y aumentaba la presión fiscal sobre los campesinos, que se vieron obligados a vender sus tierras a los grandes propietarios y convertirse en obreros agrícolas. Por otra parte, y en las zonas costeras, aumentó la piratería y el contrabando, al mismo tiempo que las potencias occidentales fueron introduciendo mercancías prohibidas, como el opio, de nefastas consecuencias. El opio, conocido en China desde finales del siglo XVII, no fue cultivado en grandes extensiones hasta el siglo XX. Fueron primero los portugueses y más tarde los ingleses quienes introdujeron en China su consumo como droga en razón de sus intereses económicos. En 1731 se prohibió el cultivo y consumo, pasando a ser mercancía de contrabando, produciendo pingües beneficios a la Compañía Inglesa de las Indias Orientales. Los ingleses extendieron su cultivo por sus posesiones en la India, usándolo como moneda de cambio por el té chino cada día más demandado en la metrópoli. Las consecuencias de este comercio fueron desastrosas para la economía china, puesto que cada vez entraba menos plata en las arcas del Estado, haciendo deficitaria su balanza comercial por un lado, y por otro aumentó considerablemente la corrupción entre los funcionarios a la par que se disparaba el número de adictos. La situación llegó a tal extremo que fue causa determinante de la primera guerra de China con una potencia occidental (Inglaterra) y el inicio del imperialismo en territorio chino. La Primera Guerra del Opio (1839-1842) finalizó con la firma del Tratado de Nanjing, el primero de los llamados Tratados Desiguales, mediante el cual el gobierno chino tuvo que ceder a Gran Bretaña la isla de Hong Kong, pagar una indemnización de 21 millones de dólares de plata y abrir al comercio los puertos de Amoy, Shanghai, Cantón y Ningbo. Además, el tratado incluía derechos de extraterritorialidad y la cláusula de "nación más favorecida", mermando la soberanía china. Pero el gobierno chino no tuvo sólo que enfrentarse a problemas producidos por potencias extranjeras, sino que dentro de su territorio comenzaron a manifestarse las contradicciones internas. Las primeras sublevaciones lograron sofocarse a inicios del siglo XVIII, sin remediar sus causas. Por ello, las sectas vieron cómo su poder e influencia se multiplicaban no sólo entre el campesinado, sino entre los burócratas que vieron en ellas la posibilidad de enfrentarse al absolutismo de la corte. Muchas de estas sectas o sociedades secretas tuvieron un componente religioso junto al ideal revolucionario. Entre todas ellas destacó la Sociedad del Cielo y la Tierra (tiendihui), con fuerte implantación en el sur del país, a falta de un líder carismático que les condujera a la victoria. Hong Xiuquan (1813-1864) -campesino muy influenciado por las enseñanzas religiosas occidentales-, aglutinó todas estas fuerzas, creando una nueva secta denominada Adoradores de Dios, que pronto sería conocida con el nombre de taiping. Con ella pretendió reformar toda la estructura social y política, promulgando un sistema igualitarista y revolucionario; prohibieron la propiedad privada y como signo de rebeldía inicial se cortaron la coleta. Con estos supuestos fundó, en 1851, el Reino del Cielo de la Gran Paz, proclamándose Rey del Cielo. Sus conquistas militares se centraron en el sur, tomando como capital la ciudad de Nanjing. De ahí iniciaron la expansión hacia el oeste y el norte siendo frenados por los ejércitos imperiales en 1855. Sin embargo, hasta el año 1864, tras la conquista de Nanjing, no fue sofocada la rebelión. Esta guerra civil tuvo gravísimas consecuencias para la maltrecha estabilidad política y económica del país, viéndose aumentada por continuos conatos de rebeliones internas y guerras externas (Segunda Guerra del Opio, 1856). Fueron muchos quienes, a mediados del siglo XIX, vieron la necesidad de modernizar la estructura política y socioeconómica china como un modo de adecuarla a los nuevos tiempos. Entre ellos cabe citar al emperador Tongzhi (1862-1874), quien intentó reestructurar la economía, crear nuevos organismos de relaciones exteriores, enviar estudiantes al extranjero y fomentar nuevas enseñanzas, entre ellas los idiomas. Sin embargo, todos sus intentos fueron vanos, ya que los acontecimientos se precipitaban y las reformas se veían interrumpidas desde la propia corte. La derrota frente a Japón y la firma de la paz de Shimonoseki (abril de 1895) mediante la cual China tuvo que reconocer la independencia de Corea, ceder a Japón la isla de Formosa y las Pescadores, e indemnizarle con 200 millones de dólares de plata, fue la causa final del desmoronamiento de todas las prácticas reformistas. A pesar de ello, unos años más tarde, en 1898, las fuerzas renovadoras consiguieron arrancar al emperador un plan de reforma, la Reforma de los cien días, abortada de nuevo por las facciones más conservadoras de la corte, manejadas por la emperatriz Ci Xi. La reacción anti extranjera estalló con la revuelta de los Boxers (1900) o la liga del Puño por la justicia y la unión que, sin representar ningún valor revolucionario, lucharon desenfrenadamente contra el cristianismo, las máquinas y los diablos extranjeros. El saqueo de Tianjin y el cerco al barrio de las delegaciones en Beijing durante cincuenta y cinco días, desató la guerra entre China e Inglaterra, Francia, Rusia, Estados Unidos, Italia, Alemania y Japón, siendo aplastadas las tropas chinas y huyendo la emperatriz de la capital. A partir de entonces la dinastía manchú, la última de la historia china, tuvo sus días contados. Los movimientos de reforma, la prepotencia de los occidentales y el caos económico y social provocó la caída de la dinastía y la proclamación de la República China en 1912.


Esquema relacional

Sobre artehistoria.com

Para ponerte en contacto con nosotros, escríbenos en el formulario de contacto