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Coincidiendo con las más renovadoras y críticas propuestas sobre la arquitectura y el arte, en Italia como en otros países europeos, la herencia del barroco, en sus múltiples formulaciones, continúa viva. De Bernardo Vittone (1702-1770), que profundiza en la lección arquitectónica de Guarino Guarini y de Juvarra, al arcaísmo barroco de un Carlo Francesco Dotti (1670-1759) o al experimentalismo de Benedetto Alfieri (1700-1767), la arquitectura barroca, filtrada por el funcionalismo o el racionalismo, o por alusiones clasicistas y rigoristas, mantiene una relación dialéctica permanente con otras propuestas. En este sentido, posiblemente el ejemplo más excepcional de esta tradición arquitectónica sea el Palacio Real de Caserta que Carlos III encargó, en 1751, a Vanvitelli. Mientras que para R. Wittkower el palacio es el canto del cisne del Barroco italiano, para otros historiadores se trata de un edificio neoclásico. De nuevo estamos ante un viejo problema que no puede ser resuelto en términos estilísticos.Las dimensiones del proyecto son gigantescas y formaba parte de todo un programa constructivo y artístico de Carlos III, en el que hay que incluir las excavaciones de Pompeya y Herculano. En realidad, el proyecto para Caserta no era sólo un Palacio, sino toda una ciudad regia, reflejo del orden monárquico. Esta ciudad ideal cortesana y su palacio constituyen el final de una cadena de proyectos semejantes que tenían en Versalles su referencia modélica y simbólica.

Antes de que Vanvitelli presentase sus planos, otro arquitecto napolitano, Mario Gioffredo (1718-1785), presentó un fantástico proyecto para el palacio que estaba directamente inspirado en la reconstrucción del Templo de Salomón de Villalpando, divulgada también por Fischer von Erlach.Vanvitelli presentó su palacio en 1751 y sus dibujos serían grabados y publicados en 1756, mientras se realizaban las obras. El proyecto era un palacio rectangular cruzado en su centro por dos grandes crujías que dividían el hueco interior en cuatro patios. Verdadero espejo de príncipes arquitectónico, pretendía transcribir en términos arquitectónicos el funcionamiento y la etiqueta de la corte napolitana. Los materiales arquitectónicos empleados procedían de todos los rincones del reino. Tipológicamente gozaba de antecesores prestigiosos, entre los que cabe recordar el proyecto de Robert de Cotte para el Palacio del Buen Retiro de Madrid, aunque también es cierto que modelos semejantes no eran infrecuentes en los ambientes académicos.La organización funcional del palacio es secundada por un diseño que somete la composición a las leyes de la geometría y por un lenguaje arquitectónico depurado y rigorista con un convencional y clasicista empleo de los órdenes de arquitectura, jerarquizando ornamentalmente la enorme superficie de las fachadas. Vanvitelli no renuncia, sin embargo, a introducir efectos escenográficos, como ocurre con la espléndida escalera del vestíbulo octogonal central, inspirada directamente en la veneciana iglesia de la Salute de B. Longhena. Por último, es necesario mencionar la especial significación del jardín del palacio, que no tiene nada que ver con las propuestas contemporáneas del jardín pintoresco. Al contrario, se trata de una arquitectura construida con la naturaleza en la que se desenvuelven grupos escultóricos que representan fábulas mitológicas. Desde el palacio, el Rey podía hacer, recorriendo el jardín, un camino hacia atrás en el tiempo.

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