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En este ambiente general de renovación, la piedad popular adquiere igualmente nuevos tintes. Como consecuencia de ello, se registran modificaciones en el campo iconográfico. Es significativa, por ejemplo, la suplantación de la "Maiestas Domini" por la "Maiestas Sanctorum" en los frontales de altar del paso del siglo XII al XIII. Evidentemente, esta recurrencia al hombre santificado como vía hacia Dios, es muy consecuente con una época que humaniza la religión. Este mismo planteamiento subyace tras la mayor parte de los metros cuadrados de pintura mural que recubren el interior de las iglesias góticas. Ciclos enteros dedicados a narrar vidas de santos ornan la mayor parte de las capillas de fundación privada.También la Virgen deja de ser trono de Dios para convertirse en Madre y, por tanto, en la mejor intermediaria con la que pueden contar los hombres para acercarse a Jesús. Es abrumador el número de variantes que surgen dentro del culto mariano durante el gótico, a los que corresponden tipos iconográficos precisos. La Virgen Elousa de origen bizantino muestra a María y a Jesús relacionándose amorosamente como Madre e Hijo. El éxito de este modelo, que tuvo que llegar a Occidente a través de los iconos, es incontestable. Las escuelas escultóricas alemanas y las del norte de Francia realizaron la adaptación al gusto occidental a mediados del siglo XIII y, por medio de marfiles, de esculturas más o menos monumentales como puede serlo la Virgen Blanca de la catedral de Toledo, o de la itinerancia de los propios artistas, la difundieron a puntos muy distantes entre sí.

En este mismo ambiente devocional que tiende a humanizar a los personajes sagrados, también es de destacar la aparición del denominado Cristo-Doloroso, una imagen absolutamente impensable durante el románico, donde el sufrimiento de Jesús alcanza de la mano de los artistas un expresionismo la mayoría de las veces desasosegador.Si en su vertiente religiosa, la iconografía conlleva cambios muy radicales, en lo profano el advenimiento del gótico supone también novedades importantes. Por un lado, el éxito de temas literario-caballerescos y alegóricos en la decoración de las residencias principescas y señoriales es innegable. Escenas de "materia de Bretaña", Mensarios, la Rueda de la Fortuna, cubren las paredes de sus estancias interiores. Por otro, nuevos asuntos alegóricos en sintonía con un gusto por lo macabro que comienza a desarrollarse por entonces, hacen su aparición en los folios de ciertos códices y en los muros de las iglesias. Es el caso del "Encuentro de los Tres Vivos y los Tres Muertos", que surge a finales del siglo XIII y que inicia una línea que culminará en el siglo siguiente, y tras la Peste Negra, con los "Triunfos de la Muerte" y las "Danzas Macabras".

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