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Iglesia

Desarrollo


Hablar de ordo laicorum es hablar de algo demasiado heterogéneo. A su cabeza, puede pensarse, con razón, estaba el monarca. Sin embargo, los soberanos carolingios (Carlomagno en especial) dieron a la realeza un sentido cuasi sacerdotal que les distanciaba del resto de los mortales. Los reyes eran, así, unos laicos muy especiales que habían tomado plena conciencia de su papel como defensores de la Iglesia. Ello suponía, por ejemplo, la utilización de la fuerza para, en caso de necesidad, defender o expandir el catolicismo. Y suponía también la iniciativa legislativa no sólo en materia civil sino también eclesiástica. Carlomagno fue, al igual que sus predecesores, un ferviente cristiano pero subordinó con frecuencia los intereses estrictamente espirituales de la Iglesia a los temporales de la nueva estructura imperial. Por todo ello, el modelo de Carlomagno y sus familiares sólo serviría muy parcialmente para reconstruir lo que fue la religiosidad del cristiano medio del momento. Incluso si ésta la tratamos de rastrear en ciertos testimonios -por ejemplo, las obras de algunas tratadistas- tendremos una visión un tanto sesgada e incompleta. En efecto, estos autores hablan preferentemente de modelos de perfección para las élites y de determinadas virtudes cuyo escaso arraigo lamentan. Así se pronuncian, por ejemplo, Alcuino de York con su "De los vicios y de las virtudes"; Jonás de Orleans con su "De institution laicali" o Sedulio Escoto con su "De rectoribus christianis".

De todos los textos educativos para laicos el más singular es el "Manual de Dhuoda". Se redactó en tiempos de Luis el Piadoso por la esposa de Bernardo de Aquitania para la formación de su hijo Guillermo. En estas obras se glosan generalmente aquellas virtudes y prácticas piadosas que se recomiendan al laico: bondad, paciencia, castidad, respeto a los padres y gobernantes, confesión y penitencia como medios para un progreso espiritual, etc. El bautismo, verdadera carta de ciudadanía de los súbditos del Imperio, fue impuesto obligatoriamente por la legislación canónica y los capitulares. Algunos personajes como San Bonifacio o Alcuino abogaron por un periodo catecumenal previo a la recepción del sacramento, aunque sin demasiado éxito. Carlomagno, en efecto, era partidario de una política compulsiva que impuso el bautismo por la fuerza y de forma inmediata a las poblaciones -el caso de los sajones fue el más significativo- que se iban integrando en el edificio político carolingio. Estos comportamientos fueron enormemente negativos para el mantenimiento de un aceptable nivel medio de cultura religiosa cristiana. Ello forzó a los espíritus más avisados a poner en marcha un permanente diálogo con una masa popular muy superficialmente cristianizada. Así, desde el 743 circuló un "Indiculus superstitionum" en donde se destacaba el arraigo popular que aún tenían ciertos cultos paganos y la forma en que podían ser combatidos.

Un siglo más tarde (en el Concilio de Maguncia del 847) se recomienda la predicación en lengua vulgar a fin de ser mejor entendidos por las masas. Sobre dos aspectos abundan los tratadistas de la época en relación con la formación religiosa de los laicos: la penitencia y el matrimonio. La primera se consideraba como el sacramento por excelencia para la reconciliación del cristiano. Durante el periodo carolingio se dieron pasos importantes para profundizar en las directrices anteriores: avances de la penitencia privada, reserva de la penitencia pública para las faltas más graves, dirección de conciencia de los fieles mediante la difusión de ciertos textos-guía, etc. El matrimonio era considerado como el estado ideal de los laicos. Sin embargo, en amplios sectores de la sociedad segaría siendo considerado como un gesto privado que, en muchos casos, se confundía con las uniones temporales sin sanción eclesiástica. El ejemplo de Carlomagno puede resultar ilustrativo: de sus cuatro matrimonios canónicos, uno al menos (con la princesa lombarda hija del rey Desiderio) acabó en repudio de la esposa por motivos políticos. Se conocen, además, los nombres de al menos cinco concubinas del emperador. Con tan poco modélico ejemplo del mismísimo defensor ecclesiae la jerarquía eclesiástica poco podía hacer para difundir los ideales de la vida matrimonial por más que algún papa (Nicolás I frente a Lotario II) protagonizara algún gesto decidido.

Los penitenciales y ciertas obras teóricas trataron de popularizar lo que se consideraba era el matrimonio cristiano y cuáles debían ser las normas de conducta de los esposos. Las uniones no debían ser incestuosas, de ahí la prohibición de contraer matrimonio hasta el séptimo grado de consanguinidad. Sólo el incesto, el rapto, el adulterio de la esposa, o la impotencia del marido se consideraban causas justificadas para la anulación. La única finalidad de la cópula era la procreación. Pero el acto, considerado en sí mismo como impuro, contaba dentro del matrimonio con numerosas limitaciones. Los penitenciales de tiempos carolingios y otónidas (por ejemplo, el de Burchard de Worms de principios del siglo xi) recuerdan las circunstancias en las que se pide la abstención sexual: períodos de gravidez o menstruales, ciertas festividades litúrgicas, etapas cuaresmales, etc. Junto a la práctica sacramental, el estamento eclesiástico contaba con otros medios para la educación religiosa de los laicos. No era de los menores el culto a los santos. Cobró un creciente impulso no sólo porque en ellos se tuvieran modelos de vida, sino también porque el vulgo les consideraba los mediadores naturales ante una divinidad lejana. La propaganda política no dudó tampoco en utilizar este instrumento: san Arnulfo y santa Bega como antepasados de los carolingios; monarcas del Norte y el Este erigidos en cristianizadores y luego elevados a los altares; prestigio del reino asturleonés por tener en su suelo el sepulcro del apóstol Santiago, etc. Tampoco el Pontificado quiso estar al margen de este movimiento. En efecto, la elevación a los altares era por lo común resultado de movimientos de piedad popular que daban a los santos una advocación generalmente local. Desde fines del siglo X y con la canonización por Juan XV de Ulrico de Augsburgo, se daba el primer paso para que Roma monopolizase el proceso de canonización.

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