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Yo topé con un viajero de un país antiguo que me dijo: Dos enormes piernas de piedra, sin el tronco, están de pie en el desierto... Cerca, en la arena, medio hundido, yace un rostro hecho pedazos, cuyo ceño y crispados labios, y gesto de frío mando, dicen que el escultor bien leía aquellas pasiones que perduran, a pesar de todo, estampadas en estas cosas inertes. La mano que les hizo burla y el corazón que las alentó. Y en el pedestal aparecen estas palabras: Mi nombre es Ozymandias ¡Mira mis obras, tú, el Poderoso, y desespera! Nada más subsiste. En derredor, despojos de aquel colosal naufragio; sin confines y desnudas, las solas y monótonas arenas se extienden a lo lejos" (Shelley, "Ozymandias", 1817). Los colosos son una de las grandes novedades que introduce la Dinastía XVIII. La otra lo son las avenidas de esfinges, o de columnas, que completan o reemplazan a las hileras de árboles. Aunque estas manifestaciones nos parezcan indisolublemente unidas a la arquitectura, y en casos como los de Abu Simbel lo estén, incluso físicamente, poseen entidad y autonomía propias. Hasta tienen nombres como las personas, y el que se dirige a ellas, por ejemplo en una de las muchas estelas existentes, debe cuidarse de llamarlas como es debido, por ejemplo: Usirmare-Setepenre-Amado de Amón, Ramsés-Miamún-Sol-de-Reyes, Usirmare-Setepenre-Montu-de-los-Dos-Países y otros nombres por el estilo. Quiere esto decir que son objetos de oración, imágenes del rey como poderoso mediador entre el hombre y la divinidad, más poderoso que el sacerdote, y por supuesto más barato, puesto que no cobra por sus servicios.

La idea de poder se pone de manifiesto en su tamaño y la de mediación en que no está oculto, invisible e intocable, como lo están las imágenes de los dioses, sino donde el creyente puede verlo y tocarlo. Algunos colosos comparten sus nombres con barcos de transporte de tropas, otros con unidades militares, lo que significa que donde el poder del rey se manifiesta mejor es en su calidad de jefe invencible del ejército. De ahí que Ramsés II no pueda reconocer ante sus súbditos, como en cambio lo reconoce en sus conversaciones con los hititas, que la batalla de Kadesh había quedado en tablas. De la autonomía del coloso da prueba un relieve en que Ramsés II está orando ante un coloso que lo representa a él. Esto no significa que para rezar a un coloso haya que estar en su presencia. Un oficial que estaba destinado en Pi-Ramsés, en el Delta, le rezaba a uno de los de Tebas. A veces el creyente, como hacen algunos cristianos con santos de su devoción, amenaza al coloso con vengarse si no atiende a sus peticiones, o incluso llega a maldecirlo por escrito. También había reproducciones en miniatura, que se podían llevar de un lado para otro, o tenerlas en casa. Los obreros de Deir el-Medina veneraban como santos y patronos a Amenofis I y a su madre, la reina Ahmes-Nefertari, y tenían en su poder muchas reproducciones del coloso del rey existente en Karnak. Las inscripciones de las estelas revelan que la plegaria normal se parecía mucho a las que se dirigían a Osiris y a Anubis, lo que es lógico, considerando que desde la dinastía XVIII hasta el final de los Ramesidas, junto al coloso sentado y el situado de pie, hay un tercero, con la típica figura muniforme de Osiris, enfundado en un sudario talar, con los brazos cruzados sobre el pecho, sosteniendo cetros: los pies juntos, y la cabeza con la corona del dios.

Sólo en los ejemplos muy tardíos, como los de Medinet Habu, la efigie lleva la falda corta del traje de ceremonia, acompañada de dos figuritas de la reina al lado de sus pantorrillas. Muchas de las estatuas osíricas están labradas en los sillares de los pilares que las respaldan. El nacimiento de los colosos no fue patrocinado ni por los teólogos ni por la aristocracia egipcia. Fueron una iniciativa regia que encontró gran aceptación en las clases populares de la sociedad, los soldados, los campesinos, los artesanos. Reflejan el espíritu del Imperio Nuevo y su tendencia, iniciada ya en el Medio, a multiplicar las obras de arte. Casi todos se hicieron por parejas o por cuartetos, a efectos escenográficos, o sea, a efectos de encajarlos en grandes contextos arquitectónicos. El templo funerario de Amenofis III se alzaba en la margen izquierda del Nilo, en plena ciudad de Tebas occidental. Los sucesores de Amenofis desmantelaron el templo, dejando únicamente los dos colosos que se alzaban frente al pílono de entrada. Con sus coronas originales, que hoy les faltan, medirían más de veinte metros de altura, la mayor de todas las estatuas sedentes de la estatuaria egipcia, pero no de todas en general, pues las muy deterioradas cuatro figuras rupestres de Gebel Barkal, en el Sudán, alcanzan los cien metros de altura. Los colosos de Amenofis, llamados por los griegos y romanos "Colosos de Memnón" fueron una de las atracciones que la Tebas antigua poseía.

Hay constancia histórica y epigráfica de que en el siglo II d. C. fueron visitados por Adriano y su séquito, en el que figuraban la emperatriz Sabina y sus damas de honor. En ellos aparece Amenofis III sentado en un trono flanqueado por los genios, semihumanos, semianimales, de los Nilos del Alto y Bajo Egipto, enlazando las plantas que simbolizan a los dos países. Junto a las piernas del faraón aparecen unas figuras, grandes también, pero comparativamente pequeñas al lado del coloso, de Teye, su esposa, y de Mutenweye, su madre. El deficiente estado de conservación en que se encuentran, sobre todo las partes altas de las dos estatuas, les ha restado popularidad en el mundo actual, en comparación con los colosos de Abu Simbel, la realización más audaz de Ramsés Il, pese a las muchas que este faraón tiene en su haber. El dios Re-Horakhte, a quien el templo estaba dedicado, tiene que conformarse en su fachada rupestre con una figura tan pequeña, tan alta, y metida en un nicho, que mucha gente ni se percata de su existencia, atraída por la mirada de aquellos colosos que dirigen la vista fijamente hacia abajo como si quisieran dominar a la multitud. Los colosos de Abu Simbel se ven hoy, en su nuevo emplazamiento, mejor que antaño, en que la intrépida viajera del siglo XIX miss Alicia Edwards se lamentaba así: "Por estupendos que sean, nada más difícil que ver a los colosos como es debido. Colocados entre la roca y el río estamos demasiado cerca; situados en la isla de enfrente, demasiado lejos, mientras que en la falda de arena sólo alcanzamos a verlos de lado.

Cada mañana me despertaba a tiempo de presenciar aquel milagro de todos los días. Cada mañana veía a aquellos pavorosos hermanos pasar de la muerte a la vida, de la vida a la piedra esculpida. Casi acabé por creer que más tarde o más temprano habrá de llegar una aurora en que el hechizo se resquebraje y los gigantes se levanten y hablen". Otra observación de miss Edwards requiere un recuerdo y un comentario: "Ramsés el Grande, si se parecía tanto a sus retratos como sus retratos se parecen entre sí, ha debido de ser uno de los hombres más hermosos, no sólo de su época, sino de toda la historia". ¿Hasta qué punto los colosos se parecían a sus modelos? Hoy podemos afirmar que bastante para que se les conociera, de otro modo el ka al que se dirigían las plegarias de los devotos: (Adoración a tu ka, Señor de los Dos Países, empiezan diciendo las inscripciones de las estelas antes de dar el nombre del coloso) hubieran caído en el vacío y el pueblo no hubiera depositado su confianza en ellos. Las comparaciones fotogramétricas realizadas modernamente con la cabeza de la estatua de Ramsés II sedente, de Turín, que es un retrato directo de taller cortesano, revelan un asombroso parecido con los gigantes de Abu Simbel.

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