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Asia y África

Desarrollo


A finales del siglo XVI el régimen político se había anquilosado con una clase mandarina, culta y refinada, pero alejada de los intereses del conjunto de la sociedad, y una Corte dividida por conspiraciones de altos funcionarios, eunucos, emperatrices y concubinas. El norte del país nunca había sido completamente asimilado y la frontera estaba a merced de las continuas incursiones de los mogoles a pesar de la ampliación de la Gran Muralla: diversos pueblos fronterizos reafirmaban su existencia y deseaban expansionarse a costa del Imperio mogol, o independizarse si estaban incluidos en él. El peligro de desmembramiento se acentuaba conforme disminuía el poder del emperador frente a las conspiraciones palaciegas. A ello se sumaba el deterioro de la vida agrícola, incrementado por las catástrofes naturales de las últimas décadas: sequías, inundaciones, heladas. La situación precaria del campesinado causaba rebeliones episódicas endémicas, que se multiplicaban conforme lo hacía la escasez, el hambre y el descontento con el dominio de los terratenientes, que habían acabado apoderándose de sus tierras. Mientras, en el Noroeste se fortalecía el poder de los manchúes, tribus tártaras de la región del Amur que habían sufrido la dominación de los mogoles y de la dinastía Ming, sin asimilar apenas su cultura. Tampoco estaba Manchuria integrada en la administración del imperio, sino dominada por una serie de destacamentos militares. Sin embargo, se estaban produciendo modificaciones en su sistema de vida, que se asemejaba cada vez más al chino.

De tribus nómadas, habían pasado a convertirse en sedentarias y a adoptar formas de organización chinas. Dos hechos hicieron de los manchúes un peligroso enemigo para el decadente Imperio Ming: por un lado, su riqueza, proveniente del acaparamiento del comercio de perlas, pieles preciosas y productos mineros en el Noroeste y del cultivo del ginseng, muy apreciado por sus cualidades medicinales; por otro, su sólida organización feudal y guerrera. El caudillo Nurhaci (1559-1626) consiguió la unificación de las diversas tribus y dotarlas de una organización militar y administrativa: el sistema de las banderas -qi- que se inaugura en 1601. Éstas, que se distinguían por sus diferentes colores, eran simultáneamente unidades administrativas y militares, bajo la forma de propiedades entregadas a los generales manchúes, compuestas por divisiones y éstas a su vez por compañías. Cada bandera debía de proporcionar la caballería y las tropas necesarias para las campañas militares y era responsable de todos los procesos civiles y administrativos que surgiesen en su territorio. Las familias de los soldados, como éstos en tiempos de paz, se dedicaban a actividades remuneradas normales, de forma que cada bandera se sostenía a sí misma. Conforme los manchúes se van expandiendo, a las banderas interiores, manchúes, suceden las exteriores, a las que se iban adaptando los nuevos territorios conquistados. En 1644 ya existían 24 banderas: ocho manchúes, ocho chinas y ocho mogolas.

Nurhaci aceleró el proceso de sinización rodeándose de consejeros chinos, que fueron adaptando al sistema de las banderas el más desarrollado modelo organizativo chino. Los rápidos triunfos de Nurhaci en la incorporación de territorios propiciaron que se proclamase Khan en 1616 y fundase la dinastía Jin. En los años siguientes continuó su expansión por el Imperio Ming y trasladó su capital a la ciudad de Mukden (Shenyang), conquistada en 1621. Su hijo Abahai (1626-1643) prosiguió su política expansionista, con la clara idea de que sus ambiciones sólo iban a terminar en el trono imperial. Para ello comenzó sometiendo tribus mogolas del Oeste, inició una campaña de anexión de Corea (1626-27) y forzó la Gran Muralla, aunque fue detenido en el camino hacia Pekín en 1629. En 1636 cambió el nombre de la dinastía Jin por Daqing (Grandes Qing o Gran Luz), de forma abreviada Qing. A pesar de los éxitos de última hora del ejército Ming, se multiplicaron las sublevaciones, agravadas por el hambre, fácilmente aprovechadas por aventureros. Uno de ellos, Li Zicheng, antiguo pastor de ovejas, se convirtió en uno de los principales cabecillas de los campesinos insurrectos y bajo la consigna "tierra igual para todos, impuestos cero" dominó toda la China del norte y en 1644 ocupó Pekín, donde el último emperador Ming, Chongzen, se suicidó. Li Zicheng se autodenominó emperador y fundador de la dinastía Shun, que fue liquidada a los pocos meses por los manchúes.

La envergadura que estaba adquiriendo el levantamiento campesino hizo temer a la aristocracia china por la pérdida de sus privilegios. Así, el general Wu Sangui, al mando del ejército que hasta estos momentos trataba de detener el avance de los manchúes, en un intento desesperado de salvar la dinastía Ming, estableció con ellos una alianza para derrotar conjuntamente a las tropas rebeldes. En 1644 los manchúes tomaron Pekín, se apoderaron del poder y nombraron emperador al hijo de Abahai, Fulin, con el nombre chino de Shunzi (1644-1661), cuya regencia hasta su mayoría de edad ocuparía su tío Dorgon, una de las personalidades más destacadas de este período y gracias al cual la dinastía Qing llegaría a extender su dominio sobre toda China y declararse sucesora legítima de los Ming. El control de todo el territorio tardaría en llegar, sin embargo, una decena de años. Los invasores no eran más que el 2 por 100 de la población china y los rebeldes mantuvieron una encarnizada resistencia, mientras que los partidarios de los Ming, refugiados en el Sur, contaban con la ayuda de los piratas de Taiwan. Si los manchúes consiguieron al final una victoria definitiva fue gracias a la pasividad de la mayor parte de la población, que no se sentía atada por lealtad alguna hacia los Ming, a quienes no debía más que miseria, y que confiaba en que bajo una nueva dinastía no podía más que mejorar.

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