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Datos principales


Desarrollo


El periodo romántico, de escasa duración en escultura, es una etapa de transición, de alternancia de elementos consustanciales a pervivencias clasicistas y apariciones de criterios que desembocarán en un nuevo realismo. Por tanto, a lo más que podía llegarse era a una escultura sentimental, influida necesariamente por la pintura, la música y la poesía. Trabaja en Madrid un importante número de escultores que, ligados por un lado a la Academia de San Fernando y por otro a la Corte, intentarán llevar a cabo una labor coherente que en muchos casos no conseguirán, aunque se trata de artífices válidos. El primero de ellos, Francisco Pérez Valle (Bones, Asturias, 1804-Madrid, 1884), fue calificado por Gaya Nuño como "romántico templado", pues no olvidó a lo largo de su producción los postulados estéticos clasicistas aprendidos con sus maestros Salvatierra y Elías. Discípulo en Madrid de la Academia de San Fernando desde 1826, doce años más tarde fue elegido académico, desempeñando los cargos de teniente director de 1844. En 1858 fue nombrado profesor de modelado antiguo y ropajes en la Escuela Superior de Bellas Artes. Desde 1843 fue escultor honorario de cámara y segundo desde 1858, hasta la suspensión del cargo en 1866. Su obra, en gran parte perdida, se divide en dos apartados definidos más por la temática que por su ejecución. En el primero de ellos, de asuntos mitológicos y figuras alegóricas, es más patente la influencia clasicista, destacando la medalla El suplicio de Prometeo y Apolo y Dafne (Museo de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando), además de la estatua del Patriotismo del Obelisco del 2 de Mayo.

En un segundo grupo se contemplan obras con temática romántica, Carlos V visitando a Francisco I en la torre de los Lujanes, premiado en el Liceo Artístico y Literario madrileño o las estatuas de Isabel la Católica y Fernando III el Santo, que mostró en las Nacionales de 1856 y 1862. Entre sus retratos, de atemperado romanticismo, destacamos los de Torrijos, Narváez y los de los reyes Isabel II y Francisco de Asís (Palacio Real, Madrid). Su obra más significativa es el retrato de cuerpo entero, en mármol de Carrara, del rey Francisco de Asís, con el manto de la Orden de Carlos III (Biblioteca Nacional). Similar es la trayectoria artística de Sabino de Medina (Madrid, 1814-1879), discípulo de Salvatierra en la Academia de San Fernando, del que heredó su concepción clasicista que reafirmó durante su estancia de seis años en Roma a partir de 1832, ciudad en la que realizó en mármol una de sus más significativas obras, La ninfa Eurídice mordida por un áspid cuando huía de Eristeo (Museo del Prado, Madrid), que le valió el reconocimiento de la crítica italiana y el título de académico de San Lucas. En Madrid, a su regreso, fue nombrado Escultor de la Villa, realizando entre otras numerosas obras la alegoría de la Virtud en el Obelisco del 2 de Mayo, las cariátides del Salón de Sesiones del Congreso de los Diputados, la estatua del Río Lozoya, para el Canal de Isabel II y numerosos retratos de políticos y artistas, destacando entre ellos los de Argüelles (Congreso de los Diputados), Diego de León (Museo Romántico, Madrid), Pascual Colomer (Escuela Superior de Arquitectura), etc.

También distintos monumentos funerarios para necrópolis madrileñas, como los de Mendizábal, Argüelles y Calatrava (San Nicolás) y Santibáñez y Muguiro (San Isidro). Por su parte, Ponciano Ponzano (Zaragoza, 1813-Madrid, 1877), también supuso para la escultura española la pervivencia de los ideales clásicos que convivieron con las más variadas formas del eclecticismo romántico hasta la restauración alfonsina. Hijo del conserje de la Real Academia de Bellas Artes de San Luis de Zaragoza, inició su formación en esta institución, y la completó en Madrid tutelado por Álvarez Bouquel y posteriormente con Salvatierra en la de San Fernando, marchando después a Roma en 1832, donde conoció a Thorwaldsen, artista que influirá notablemente en la trayectoria clasicista del aragonés. Nombrado académico de mérito de la Real de San Fernando en 1839, en 1845 fue distinguido con los títulos de escultor honorario de cámara y el de académico de mérito de la Academia de San Luis. Su obra se estanca a partir de 1850, tras conseguir en 1848 el primer premio del concurso para ejecutar el relieve del frontón del nuevo Congreso de los Diputados, que realizó en Roma y tardó varios años en concluir. También para el Congreso ejecutó en 1872 los dos leones de la fachada. Entre sus mejores obras de la estancia romana tenemos el relieve de Hércules y Diomedes, la Virgen con su hijo en los brazos, y el desaparecido grupo de Ulises reconocido por Euriclea.

El único atisbo romántico en su obra parece advertirse en su intervención en el panteón de infantes de El Escorial, mandado construir por Isabel II, obra muy vituperada por la crítica, para la que realizó los ocho heraldos y los sepulcros de don Juan de Austria y de la infanta Luisa Carlota. Más alejada de la estética clasicista se encuentra la obra del valenciano José Piquer (Valencia, 1806-Madrid, 1871), formado en la Academia de Bellas Artes de San Carlos y educado en la visión barroca levantina, por lo que tuvo menos prejuicios a la hora de abandonar la corriente clasicista, produciéndose más fácilmente que en el caso de otros artífices el acercamiento al gusto romántico, tanto en lo que se refiere a la emotividad artística de sus obras como al tratamiento técnico. Protegido en Madrid por el pintor Vicente López, se sintió atraído por la obra de Flaxman, que estudió profundamente y de la que se nota cierto influjo en el relieve de El sacrificio de la hija de Jefté, que le valió el grado de académico de San Fernando. Llevado por el ideario romántico de su época y por un cierto anhelo de aventura, marchó en 1836 a México, acompañado de un enemigo que había concluido los estudios de Medicina y que le abandonó tras robarle el dinero y todas sus pertenencias. Remontada la crisis, realizó distintas obras, hoy desconocidas y se trasladó a Estados Unidos, donde permaneció algunos meses, regresando entonces a Europa e instalándose en 1840 en París, donde vivió un año y conoció y admiró la obra y la personalidad de los escultores románticos Rude y D'Angers.

Ejecutó entonces, en los primeros meses de 1841, su famoso San Jerónimo (Museo del Prado), que llevó a cabo en sólo nueve días, siendo muy elogiado por D'Angers. En esta obra supo combinar elementos románticos y barroquismos de innegable inspiración castiza. Ya en Madrid en 1841, fue nombrado en 1847 teniente director de Escultura y en 1858 se le ascendió a primer escultor de cámara, cargo que desempeñó hasta 1866, cuando fue suprimida la plaza. En su obra se advierten las alternancias estéticas propias de su momento, pues junto a la citada escultura de San Jerónimo o la de Isabel II, plenamente románticas, destaca el clasicismo del sepulcro de Espoz y Mina (Catedral, Pamplona), cuya composición recuerda el sepulcro de Víctor Alfieri, obra de Canova. Criterio historicista presentan sin embargo la estatua ecuestre de Fernando el Católico que hizo para Barcelona y la de Cristóbal Colón para Cuba, además de la de Fernando III (Armería del Palacio Real, Madrid). De sus retratos mencionaremos los de Vicente López (Museo de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando) y los del Marqués del Duero, Ros de Olano y Evaristo Sanmiguel (Museo del Ejército, Madrid), en los que se advierte la huella de admiración por sus maestros franceses. José Grajera y Herboso (Laredo, 1818-Oviedo, 1897), es sin duda el más genuino representante de la escultura romántica española. Formado en la Universidad de Oviedo e iniciado su aprendizaje artístico, se matriculó en 1839 en la Academia de Bellas Artes de San Fernando, donde tuvo como maestros a los atemperados clasicistas Tomás, Vallejo y Piquer.

Sin posibilidades de salir de España, pues ya se habían anulado las pensiones, desde 1851 se vinculó al taller de escultura del Museo del Prado, desempeñando el puesto de escultor restaurador desde 1857 a 1889, accediendo al cargo de subdirector conservador de escultura del museo. Poca fortuna tuvieron sus dos obras más importantes y significativas, las esculturas monumentales del político Juan Alvarez Mendizábal y del naturalista Rojas Clemente. La primera de ellas, ejecutada en 1855 y fundida en París entre 1856 y 1857, representaba al estadista vestido con su atuendo habitual y cubierto por la capa española. Inaugurado en 1869 en la plaza del Progreso -hoy Tirso de Molina- en Madrid, fue retirada y fundida tras la guerra civil. Parecida concepción tenía también la del naturalista, erigida en el Jardín Botánico madrileño y dañada en la misma contienda, siendo sustituida por una copia. Otras creaciones importantes son la estatua de mármol y de cuerpo entero de Jovellanos (Senado) y la del político José Posada Herrera, igualmente destruida en 1936. Realizó una importante colección de bustos para la sala italo-española del Museo del Prado, pero sólo el de Villanueva fue pasado a mármol. De otras obras destacaremos los retratos de Mendizábal (Congreso), Marqués del Duero (Senado) y Alfonso XII (Museo de Asturias). Muchas de sus obras fueron expuestas en las Exposiciones Nacionales de Bellas Artes. En el círculo madrileño debe incluirse también la importante labor realizada por los hermanos Francisco, José y Mariano Bellver, hijos y sobrinos respectivamente de los dos hermanos escultores valencianos Francisco y Pedro Bellver y Llop, activos en el período anterior al que nos ocupa.

El primero, Francisco Bellver (Valencia, 1812-1890), se inició en el taller de su padre y en la Real Academia de Bellas Artes de San Carlos de Valencia, marchando muy pronto a Madrid, donde ingresó como alumno de San Fernando y trabajó como ayudante de Tomás. Con su Rapto de las sabinas alcanzó el grado de académico de San Fernando. Heredero de la tradición barroca valenciana, destacó en el campo de la escultura religiosa, llevando a cabo numerosas tallas para distintos templos madrileños como San Ildefonso, San Luis o Santiago, y para otras iglesias de España y América, como los Cuatro Evangelistas fundidos en plata para la catedral de La Habana y una Presentación de la Virgen para Lima. Además realizó otras obras, todas ellas con corrección y mesura, como la Venus en una concha sostenida por tres delfines, para la casa de Francisco de las Rivas, o la Leda que mostró en la Exposición de la Academia de San Fernando en 1836. El segundo de los hermanos, Mariano (Madrid, 1818-1876), se formó artísticamente con Tomás en la Academia de San Fernando. Escultor honorario de cámara con Isabel II, destacan en su producción sus obras de temática religiosa, como la Flagelación de Cristo, para Aranjuez, o la de San Martín para el templo madrileño de esta advocación. Por último, el menor, José (Avila, 1824-Madrid, 1869), igualmente formado en San Fernando con Tomás. Dedicado también a la escultura religiosa, sin embargo parece influir ligeramente en su trayectoria una estancia en Roma como pensionado de la Academia, que le hará individuo de mérito y posteriormente de número poco antes de morir, participando también en distintas ediciones de las Exposiciones Nacionales de Bellas Artes, alcanzando primeras medallas en 1862 y 1864 con Matatías y el grupo de Aquiles y Pentesilea.

Aunque en su grupo de la Aparición de Jesucristo a la Magdalena y el proyecto de Monumento a los héroes de la primera guerra carlista parecen advertirse los ecos de su estancia romana, terminará por orientarse definitivamente hacia los convencionalismos de la escultura religiosa, pudiéndose destacar entre otras obras su Cristo yacente para el convento de San Pascual de Aranjuez. La dinastía Bellver continuó en la interesante personalidad artística de Ricardo Bellver y Ramón. De otros escultores adscritos a la producción escultórica romántica madrileña mencionaremos en primer lugar al mallorquín Pedro Juan Santandreu (1808-1838), formado en la Academia de San Fernando, quien debido a su prematura muerte evolucionó escasamente en el gusto romántico; José Pagniucci (Madrid, 1821-1868) desarrolló una obra con mayor entidad. Discípulo de Ponzano en Roma, colaboró con él en el frontón del Congreso de los Diputados. Dotado desde niño para el dibujo y el modelado, presentó en la Nacional de Bellas Artes de 1856 sus obras Penélope llevando el arco de Ulises a sus amantes y Pelayo, obteniendo una primera medalla. Para el Congreso ejecutó una estatua de Isabel la Católica y llevó a cabo numerosos retratos. El compostelano Andrés Rodríguez fue discípulo de San Fernando, debatiéndose a partir de 1848 en Roma entre el trasnochado clasicismo y la vocación romántica. Singular es su laureado Licurgo presentando las leyes, además de la escultura del naturalista José Quer y Martínez (Jardín Botánico, Madrid) y de la de Fernando el Católico (Congreso de los Diputados).

El madrileño Pedro Collado (1829?) fue discípulo de Tomás y Bellver en la Academia de San Fernando, viajando por Nápoles, Venecia y París. Realizó entre otras una imagen de San Juan Bautista para el capítulo de la Orden de San Juan de Jerusalén. Fue protegido por el infante don Sebastián Gabriel de Borbón. Felipe Moratilla (Madrid, 1823-?) fue pensionado a Roma y allí desempeñó el papel de corresponsal de la Academia de San Fernando. Autor fecundo, destaca su grupo de La Fe, la Esperanza y la Caridad (Museo del Prado). El toledano Eugenio Duque fue discípulo de San Fernando, de Medina y de Piquer, y ejecutó una escultura de Don Juan de Austria. Por último citaremos a Diego Hermoso (Madrid,1800-1849), hijo del escultor Pedro Hermoso, con quien se formó, destacando como escultor monumental. Cataluña continúa en este período romántico su trayectoria ascendente, sentando así las bases de su espléndida escultura posterior y destacando Barcelona como el centro de mayor actividad, pues es en esta ciudad donde trabajan los discípulos de Damián Campeny. El primero de los artistas del momento es el todavía clasicista Ramón Padró y Pijoán (Cervera, 1809-San Feliú de Llobregat, 1876), quien colaboró notablemente con su maestro. Autor de imaginería religiosa tradicional, llevó a cabo también escultura decorativa retardataria como las terracotas que decoran las barcelonesas de Xifré. Mayor interés presenta Domingo Talarn y Ribot (Barcelona, 1812-1901), cuya larga vida le permitió evolucionar desde el tardío clasicismo inspirado en su maestro Campeny -como nos lo muestra su Muerte de Príamo-, adentrándose en los caminos del romanticismo, del que es ejemplo su Atila, hasta llegar al realismo posterior.

Se dedicó principalmente a la escultura religiosa, de la que es significativo ejemplo su Calvario (Catedral, Barcelona), además de destacar como belenista. También mencionaremos otros nombres, como Manuel Vilar y Roca (Barcelona, 1812-México, 1860), discípulo de Campeny en su ciudad natal y de Thorwaldsen y Tenarini en Roma, siendo influido posteriormente por el romanticismo purista de Overbeck y de los Nazarenos. Viajó a México, y allí fue director de Escultura de la Academia de San Carlos, llevando a cabo una importante labor tanto escultórica como de formación. Menor interés presentan Ramón Subirat (Mora de Ebro, 1828-Madrid, 1890), discípulo de Campeny en Barcelona y de Elías en San Fernando de Madrid. Afincado en Madrid, fue escultor anatómico de la Facultad de Medicina; Juan Figueras Vila (Gerona, 1829-Madrid, 1881), más dotado que el anterior, se formó con Piquer en San Fernando, siendo con posterioridad profesor de Modelado Antiguo y Ropajes en la Escuela Superior de Madrid. Fue pensionado en Roma en 1874. Ejecutó dentro de la estética romántica el monumento a Calderón de la Barca (Madrid) y la estatua del General Álvarez de Castro para su sepulcro en Gerona; José Aniceto Santigosa (Tortosa, 1823-1895), autor de El Genio Catalán, de la plaza del Palacio, en Barcelona; Luis Vermell (San Cugat del Vallés, 1814-1868), que realizó la imagen de la Virgen Peregrina para su templo en Pontevedra y Pablo Riera (1829-1871), autor de tipos y escenas taurinas.

Mayor interés presentan los hermanos Venancio (Barcelona, 1828-1919) y Agapito Vallmitjana (Barcelona, 1830-1905), artistas con los que alcanzó sus mayores logros la escultura romántica catalana, aunque por sus largas vidas serán también protagonistas de las corrientes realista y ecléctica de la Restauración y el fin de siglo. Su primera formación y actividad discurre paralelamente, pues ambos estudiaron con Campeny en la Escuela de Bellas Artes de Barcelona, dedicándose pronto, con un taller común al modelado de belenes y pequeñas esculturas devocionales para iglesias catalanas. De su colaboración salieron también las estatuas de Averroes, Lulio, San Isidoro, Vives y Alfonso el Sabio para la Universidad de Barcelona. También entre 1854 y 1856 realizaron imágenes para las iglesias de los Santos Justo y Pastor y San Francisco de Paula, comenzando a partir de 1860 su imparable ascenso. En este año la reina Isabel II visitó su taller barcelonés, distinguiéndoles con distintos honores y realizando importantes encargos. Ambos fueron profesores de la Escuela de Bellas Artes de Barcelona. Aunque es difícil la tarea de deslindar su actividad personal, se adscribe a la mano de Venancio la obra que se caracteriza por una mayor vehemencia, como el San Jorge encargado en 1860 por la reina Isabel II, la Tradición, la pequeña escultura de Fígaro (Museo de Arte Moderno, Barcelona) ejecutada en 1873 y su más reputada obra, el Nacimiento de Venus, de la cascada del parque de la Ciudadela, en Barcelona. Irregular se presenta la obra de Agapito, relegada por la de su hermano, con obras como el Jaime I el Conquistador, para Valencia, en la que manifiesta un profundo romanticismo que pospondrá para alcanzar su cénit en sus dos más importantes producciones: la imagen de San Juan de Dios, para el asilo de esta advocación en Barcelona y sobre todo la imagen de Cristo yacente (Museo del Prado), que hunde sus raíces en nuestra más honda tradición escultórica.

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