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Al-Andalus omeya

Desarrollo


Las condiciones del acceso al poder en la Península Ibérica de un descendiente de los omeyas de Damasco son enormemente conocidas y apenas es necesario recordarlas. La revolución abasí en Oriente había llevado a la masacre de la mayor parte de la dinastía o clan omeya. Sin embargo, cierto número de los miembros de esta familia logró huir, especialmente hacia Occidente. Entre ellos un joven de unos veinte años, Abd al-Rahman b. Muawiya b. Hisham b. Abd al-Malik (Abderramán) que era, como indica su nasab (cadena genealógica), el nieto del califa Hisham b. Abd al-Malik, décimo califa de Damasco que había reinado del 724 al 743. Su madre era una de aquellas mujeres beréberes tan apreciadas por la aristocracia árabe oriental y era lógico que buscara refugio en este Magreb que, en plena disidencia jariyi, estaba en trance de escapar de la autoridad del califato oriental. Acompañado por Badr, un fiel liberto, pasó algún tiempo en Qairawan, gobernado entonces por Abd al-Rahman b. Habib al-Fihri. Temiendo éste los posibles disturbios provocados por la presencia del prestigioso omeya, abandonó la capital para refugiarse entre las tribus beréberes y finalmente, según parece, en el norte del Marruecos actual, entre los nafza a los que pertenecía su madre, luego en un territorio llamado Mughila, nombre de otra tribu beréber. Según parece, al no conseguir resultados concretos en el Magreb, pensó orientar sus ambiciones hacia al-Andalus. De hecho, en al-Andalus residía un pequeño núcleo de unos quinientos clientes (mawoli) omeyas integrados en el yund árabe establecido en ella.

Badr había venido para establecer contactos y se negoció primero la llegada del príncipe omeya con al-Sumayl, el jefe de los árabes qaysíes que ostentaba el poder en el país como se ha visto más arriba, y que entonces era gobernador de Zaragoza. Pero éste, después de alguna vacilación, no aceptó. Habría dicho entonces del pretendiente omeya la frase tan frecuentemente repetida: "pertenece a un clan (qawm) de tal importancia que si cualquiera de éstos orinara en la Península, tanto yo como vosotros nos ahogaríamos en la meada". Los clientes omeyas buscaron entonces a los yemeníes, que sólo aspiraban a vengarse de los qaysíes cuyo liderazgo difícilmente soportaban y prepararon el paso de Abd al-Rahman a la Península. Este paso se habría efectuado a bordo de un bote de pesca, en el otoño del año 755, hacia el puerto de Almuñécar. Establecido entre sus clientes que residían en la región de Elvira (Granada), el príncipe omeya, a la vez que mantenía con los enviados del gobernador Yusuf al-Fihri vanas negociaciones, reunió alrededor de él a numerosos yemeníes y beréberes llegados de todo al-Andalus, se hizo proclamar emir en Rayyo (provincia de Málaga) tras lo cual se encaminó hacia Córdoba después de haber recibido refuerzos de los numerosos contingentes llegados de Sevilla y de al-Gharb. La victoria de al-Musara sobre las fuerzas qaysíes de Yusuf y de al-Sumayl le abrió la capital, donde se instaló en mayo del 756.

Desde ese momento comenzó una larga lucha del nuevo emir para mantenerse en el poder. Al día siguiente de la batalla de al-Musara, su indulgencia hacia la familia de Yusuf había provocado el descontento de los yemeníes, que le habían acusado de parcialidad proqaysí y habían pensado eliminarle. Se debió organizar con toda prisa una guardia omeya y beréber capaz de protegerle contra un eventual golpe. El retorno de Yusuf y al-Sumayl con refuerzos -habían reorganizado un ejército qaysí en Toledo- le devolvió temporalmente el apoyo de los yemeníes, pero se negoció una paz en julio de 756, antes de que los dos ejércitos llegaran a la batalla decisiva que se presagiaba. Un tratado por escrito consagró la unión formal de Yusuf y al-Sumayl con la autoridad omeya. Se les autorizó a residir en Córdoba e inscribirse en el diwan para percibir pensiones militares seguramente importantes, mientras que los hijos de Yusuf se quedaron como rehenes en palacio. El emir Abd al-Rahman al-Dajil (el inmigrado) obtenía así un equilibrio precario entre los dos grupos o partidos tribales que se habían enfrentado desde hacía diez años en la Península. No se podía fiar ni de uno ni de otro, pero podía contar con el apoyo constante de sus fieles clientes omeyas reforzados, si fuera necesario, con otros partidarios de su causa, en la que los beréberes parecen haber tenido un notable papel.

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