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La reacción de las clases trabajadoras, sin embargo, no esperó a la asimilación de los planteamientos teóricos del socialismo, sino que se tradujo en las formas más elementales de resistencia a las condiciones de miseria que generaba la economía capitalista. A reacciones primitivas, como la ruptura de máquinas (luddismo), sucedieron los intentos de organizar asociaciones obreras, que eran rechazadas por los políticos liberales como atentatorias al principio básico de la libertad individual. El asociacionismo obrero era interpretado como una actividad criminal y, a medida que crecían las reivindicaciones de los proletarios, las clases trabajadoras pasaron a ser vistas como clases amenazadoras, de acuerdo con el sugerente título del libro de L. Chevalier. En ese sentido, la revolución de 1848 marca el momento a partir del cual se rompió la armonía social que hasta entonces había existido entre la burguesía urbana y las clases populares de artesanos y obreros industriales.La libertad de asociación había sido reconocida en el Reino Unido en 1825 (abolición de las Combination Laws) y, tras una primera época en la que los sindicatos agrupaban a trabajadores de un mismo oficio, se produjeron diferentes intentos de organizar asociaciones de carácter general. La National Association for the Protection of Labour data de 1831 y pretendió contar con cien mil afiliados. Robert Owen, como ya se ha señalado, también consiguió la organización de un sindicato de carácter general (Grand National Consolidated Trade Union) en 1834.

A través de él se reivindicó la jornada de ocho horas, pero la participación del sindicato en la huelga de 1835 se saldó con un rotundo fracaso que llevó a su desaparición.Pocos años después la Working Men Association, fundada por Lovett en 1836, incorporó reivindicaciones políticas que se incluyeron en las demandas de la Carta del Pueblo, redactada en 1838 y presentada al Parlamento en 1839. Las reivindicaciones del cartismo, que deben ser puestas en relación con otras demandas políticas, como las de la Liga para la abolición de las leyes que protegían el cereal británico de las importaciones, o los debates en torno a la ley de Pobres de 1834, no eran estrictamente obreras y, en su vertiente política, venían a coincidir con las pretensiones del radicalismo. Esto explica que, después del segundo fracaso del movimiento cartista en 1842, se volviera a afirmar una línea netamente sindicalista en el movimiento obrero británico. En 1851 se fundó la Amalgamated Society of Engineers para los obreros especializados en trabajos mecánicos, con lo que se inició el nuevo modelo de sindicalismo. De los 12.000 adheridos que tuvo inicialmente, pasó a 35.000 a la altura de 1870, y a más de 70.000 hacia finales de siglo. La iniciativa se generalizaría en los años siguientes (1853, Asociación de los Hiladores de Algodón; 1858, Asociación Nacional de Mineros). En 1864 se reuniría la primera conferencia nacional de delegados sindicales y, en 1869, el segundo congreso de los sindicatos, celebrado en Birmingham, reunió a 40 delegados que representaban a 250.

000 trabajadores.El movimiento obrero francés tardaría más en organizarse porque existía una tradición restrictiva en cuanto a la libertad de asociación (la ley Le Chapelier, de 1791, había prohibido las asociaciones de obreros para salvaguardar los derechos individuales) y por el relativo retraso de su proceso de industrialización francés. Las sociedades de socorros mutuos, que se hicieron más numerosas durante los años de la Restauración, se convirtieron en sociedades de resistencia durante la Monarquía de julio y estuvieron detrás de muchos de los movimientos huelguísticos de aquellos años. La sublevación de los trabajadores de la seda de Lyon (canuts), en noviembre de 1831, es la primera gran insurrección obrera en la vida francesa contemporánea y marca el inicio de una aproximación entre obreros y republicanos que perduraría hasta los acontecimientos revolucionarios de 1848.El encumbramiento de Luis Napoleón, desde finales de 1848, pudo parecer una ventaja para los intereses de las clases trabajadoras, ya que el futuro emperador se había presentado con un vago programa social y se jactaba de tener un buen entendimiento con las clases trabajadoras. Sus primeras medidas, sin embargo, no pasaron de ser de tono paternalista, y estuvieron encaminadas a facilitar préstamos y nuevas viviendas para los trabajadores.La situación no se modificó sensiblemente hasta la concesión del derecho de huelga, en mayo de 1864, cuando el régimen imperial francés trataba de abrirse hacia nuevos aliados.

En la misma línea, Napoleón favoreció los contactos de las organizaciones obreras con las de otros países, especialmente las británicas, lo que habría de tener una profunda repercusión en el futuro del movimiento obrero.El movimiento obrero alemán fue aún más tardío que el francés y no empezó a madurar hasta las vísperas de las revoluciones de 1848, año en el que se celebra el primer Congreso Obrero. El progreso económico de los años sesenta, junto con el desarrollo teórico del socialismo, provocan un fuerte debate ideológico en el seno de los sindicatos, que permite identificar tres grandes corrientes. Por una parte, las Sociedades de Educación de los Obreros, próximas a la burguesía liberal prusiana, pero de escasa capacidad resolutoria en relación con los problemas estrictamente laborales. En segundo lugar, la Asociación General de los Trabajadores Alemanes, fundada por F. Lassalle en 1863, que reclamaba un Estado democrático fuerte y con una ambiciosa política social. Y, en tercer lugar, los sectores marxistas (August Bebel y Wilhelm Liebknecht) del Partido Social Demócrata de los Trabajadores, fundado en 1869. La conexión entre estas dos últimas tendencias resultó difícil (Congreso de Gotha, 1875) y Marx no ocultó las reservas que le merecía el programa.

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