Valor político de la moneda

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Datos principales

Inicio 
711DC
Fin 
1031DC
Rango 
711DC to 1031DC
Periodo 
Al-Andalus omeya
Lugar 
Derechos 

Desarrollo

Rápidamente al-Mundhir I adoptó el sobrenombre soberano de al-Mansur, como aparece en los versos que compuso el poeta Ibn Darray al-Qastalli en su honor. Ibn Darray, uno de los literatos más prestigiosos de la época, había sido el poeta oficial del amirí [al-Mansur#PINTOR#4850] y buscaba un potentado local capaz de mantenerle o una corte donde refugiarse y digna de recoger los pedazos de legitimidad, esparcidos tras el estallido de la crisis del califato. El contenido político de estos versos es muy interesante. Llaman a Mundhir al-Mansur nuestro señor y príncipe y a al-Qasim al-Ma'mun nuestro soberano. Esto quiere decir que después de haber apoyado a al-Murtada, el pretendiente omeya, en la primavera del año 1018, el gobernador de Zaragoza se había aliado con el califato hammudí y había obtenido de él la legitimidad. Pronto se nombró al hijo y heredero de al-Mundhir hayib, título que aparece en las fuentes escritas y en la moneda local -el dinar- cuya emisión empieza en Zaragoza en el 415/1024-1025, bajo la invocación del califa hammudí al-Qasim al-Mamun, al que se asociaba el tuyibí, soberano efectivo de la ciudad. Estas realidades numismáticas tienen gran interés porque se trata de los primeros dinares acuñados en una ciudad provincial según el modelo que se generalizará más tarde con las taifas. Este modelo reproducía, en beneficio de los soberanos locales, el esquema del poder amirí, que padecía la misma fragilidad teórica dado que seguía distinguiendo al califa, representante de la soberanía legítima, del príncipe que ejercía en virtud de una delegación de poder, la autoridad fáctica. Las piezas conocidas datan de la época en la que al-Qasim fue encarcelado por su sobrino, Yahya, pero no podemos afirmar que no hubo emisiones anteriores y está claro que los títulos de hayib y el laqab soberano de al-Mansur les fueron reconocidos a los tuyibíes por el califato hammudí. Estas acuñaciones revisten especial importancia porque se realizaron mucho antes que en las otras taifas, que empezaron a emitirlos tras la caída del califato, a partir del 427/1035. A partir del momento en que los hammudíes pretendieron acceder al califato y hasta este mismo año 1035, fuera de las de Zaragoza, las únicas emisiones monetarias que no revestían un carácter anecdótico eran las de los hammudíes, quienes acuñaron dinares y dirhams en cantidades importantes en Ceuta, Málaga y en Córdoba, cuando pudieron establecer en ella su califato. Estas emisiones eran continuas, desde el 403 al 427 (1012 ó 1013 al 1035). Durante este mismo período, las acuñaciones omeyas eran casi inexistentes. Aquí también la numismática nos lleva a plantear varios problemas que desafortunadamente no podremos solucionar dado el estado actual de nuestros conocimientos. La abundancia de las acuñaciones hammudíes, la interrelación de la moneda tuyibí con la del califato de Córdoba y la ausencia de cualquier otra emisión monetaria significativa durante un cuarto de siglo, incitan a aceptar la idea de que los elementos políticos son los que determinan la historia monetaria. Una ciudad tan activa económicamente como Almería, que fue el puerto comercial más grande de al-Andalus, no acuñó monedas mientras reinó uno de los poderes locales más importantes de la época, el del eslavo Jayrán. Se dice generalmente que uno de los principales responsables de la anarquía que reinaba entonces en al-Andalus fue el jefe eslavo Jayrán que gobernaba Almería. Se condena su versatilidad y sus aparentes traiciones sucesivas. Sin ánimo de rehabilitar al personaje, hay que notar, sin embargo, que, si creemos lo que escribió al-Udhri unos años más tarde, siendo él mismo natural de Almería, Jayrán no dejó el recuerdo de un mal gobernante entre los habitantes de la ciudad. En todo caso, se constata que no intentó, o su situación no se lo permitió, tener su propia moneda. Hay que tener presente que acuñar monedas estatales lejos del califato parecía imposible, aunque la autoridad del califato fuera totalmente ficticia y fuera cual fuera el provecho que un gobernante local pudiera sacar de tal actividad.


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