Reinas consortes

Compartir

Datos principales

Inicio 
1AC
Fin 
1AC
Rango 
1AC to 1AC
Periodo 
Edad Moderna

Desarrollo

Si las reinas propietarias fueron muy pocas, las reinas consortes fueron más numerosas. Se llamaron así en cuanto esposas del rey y, al mismo tiempo, madres del futuro rey. Así pues, estas consortes fueron ante todo, como la inmensa mayoría de las mujeres de la Época Moderna, esposas y madres, pero no de cualquier persona sino de sujetos muy singulares. Para asegurar la sucesión, las princesas o infantas se casaban muy jóvenes. Doce reinas consortes se casaron con menos de veinte años, entre las cuales las más jóvenes lo hicieron con doce años. En estos casos a veces se retrasaba la consumación del matrimonio, como sucedió con Isabel del Borbón, esposa de Felipe IV, no en cambio, con María Luisa Gabriela de Saboya, primera esposa de Felipe V. La de mayor edad fue María Tudor, segunda esposa de Felipe II, fue este un matrimonio político destinado a sellar una alianza con Inglaterra, más que a asegurar la continuidad de la dinastía. Gráfico La conducta de las reinas debía ser intachable, tanto como buenas cristianas como por ser reinas. Además era de suma importancia para la dinastía garantizar estrictamente la paternidad de los hijos del rey. No hubo reproche alguno en ese sentido hacia las reinas de la España moderna. Sólo a finales de aquella época, María Luisa de Parma, esposa de Carlos IV, fue acusada de infidelidad atribuyéndosele amores con el favorito del rey, Godoy. También Isabel II, ya en la Época Contemporánea, fue gravemente censurada. La ejemplaridad exigía que la reina fuera en todo fiel a su esposo el rey, aunque la fidelidad a la inversa no era exigida con el mismo imperativo. Los matrimonios reales no siempre fueron acertados ni felices. Las reinas, como los reyes, debían casarse por Razón de Estado. Sin embargo, en algunos casos los matrimonios acabaron por convertirse en matrimonios de amor, como se dice que fueron el de Isabel de Castilla y Fernando de Aragón, los Reyes Católicos, el de Carlos V e Isabel de Portugal, el de Felipe II con Isabel de Valois y Anna de Austria, los dos matrimonios de Felipe V, primero con María Luisa Gabriela de Saboya y después con Isabel de Farnesio (14), el de Fernando VI con Bárbara de Braganza o el de Carlos III con María Amalia de Sajonia; concertados por motivos políticos y diplomáticos, acabaron convirtiéndose en matrimonios felices y unidos. El deber principal de una reina era dar un heredero al trono, cuestión clave porque la continuidad era esencial para la monarquía. Tal obligación estaba por encima de cualquier consideración, incluso del riesgo de su propia vida. Fueron varias las reinas que murieron como consecuencia de malos embarazos o malos partos, como sucedió con la emperatriz Isabel, Isabel de Valois y Margarita de Austria. María Luisa de Orleans y Mariana de Neoburgo, esposas de Carlos II, fueron duramente criticadas por no haber tenido hijos. La maternidad de una reina iba mucho más allá del ámbito personal y familiar, afectaba no a una familia cualquiera sino a una dinastía y a un pueblo entero. Gráfico Además del deber biológico de la reina, dar un hijo, debía criarlo, educarlo y convertirlo en un rey. De la crianza biológica se ocupaban las nodrizas, las damas y las criadas de palacio, pero era misión de la reina educarlo, naturalmente con la colaboración del rey y la asistencia del ayo y los preceptores. Y la responsabilidad no se limitaba al heredero, debía también ocuparse del resto de sus hijos e hijas, como madre y como reina, y formarlos para ser príncipes de la dinastía, futuros reyes y reinas, en caso de faltar el heredero o posibles consortes de otros príncipes y reyes. El ideal era tener una familia numerosa para asegurar la continuidad de la monarquía contra cualquier azar. La alta mortalidad infantil acosaba a todas las familias, también a las de la realeza. El resto de los hijos, especialmente las infantas, cumplían la importante misión de contribuir a extender y reforzar las redes dinásticas y diplomáticas, por lo que muchas de ellas acabaron ocupando tronos en otros países. Gracias a todos estos matrimonios de Estado existían estrechos vínculos que unían a las diferentes familias reales europeas, hasta crear un selecto y privilegiado núcleo dirigente, como una gran familia que reinaba en Europa y gobernaba no sólo Europa sino gran parte del mundo.


Esquema relacional

Sobre artehistoria.com

Para ponerte en contacto con nosotros, escríbenos en el formulario de contacto