Reformas de Diocleciano

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Datos principales

Inicio 
284DC
Fin 
305DC
Rango 
284DC to 305DC

Desarrollo

Aunque el proceso reformista de Diocleciano se suele presentar reducido a una especie de bloques compartimentales datados cronológicamente, el planteamiento es más complejo. En primer lugar, cada una de las series de reformas, fuera en el campo administrativo, económico, social o militar se complementaba entre sí con las demás. Los objetivos eran el saneamiento de la economía, la defensa de la integridad del imperio e incluso la defensa de la romanidad (lo que explicaría tanto la persecución de los cristianos que amenazaban la religión romana tradicional, como la imposición del latín como lengua oficial en Oriente, donde prácticamente sólo se hablaba griego). Para lograrlos era preciso abordar una serie de reformas en diversos frentes, pero éstas encajaban entre sí como las piezas de un rompecabezas: las reformas administrativas implicaban transformaciones militares y económicas y éstas, a su vez, actuaban socialmente. Tampoco el proceso reformista iniciado por Diocleciano terminó al mismo tiempo que él. Se había abierto la vía a una reforma de las estructuras del imperio irreversible, pero que sería completada, retocada o adaptada por los emperadores posteriores, destacando entre ellos Constantino. La reforma administrativa recoge tendencias anteriores de división provincial (así, por ejemplo, Aureliano había ya dividido la Dacia en dos provincias) y de control directo del gobierno central sobre todo el territorio del Imperio: la dependencia de algunas provincias del Senado era, desde hacía tiempo, una dependencia más bien ficticia. Diocleciano comenzó la reorganización provincial durante los primeros años de la tetrarquía y su conclusión se sitúa a comienzos del siglo IV (315-325). En estos años el número de las provincias había pasado de 50 -en el momento de iniciar su reforma- a casi el doble: 95 según Bravo, 104 según Pebt, 120 según Heuss y Stein... Su número se había elevado considerablemente, reduciendo lógicamente la dimensión de las mismas. Las razones que pueden explicar esta remodelación territorial son de varios órdenes. Por una parte, razones de seguridad interna: si el ejército de una o dos de las provincias anteriores se hubiera levantado contra el emperador, las dificultades para sofocar la revuelta habrían sido mucho mayores que en estas provincias más pequeñas y, por tanto, necesitadas de una presencia legionaria mucho menor. El número de soldados que componían una legión fue reducido a 3.600 para las unidades territoriales y algo menos para las móviles. En segundo lugar, el control fiscal sobre provincias más pequeñas era mucho más eficaz, sobre todo si tenemos en cuenta que esta división implicaba un aumento enorme del número de funcionarios y burócratas en todo el Imperio. También, en el caso de las provincias fronterizas, se pueden alegar razones de seguridad frente al peligro invasor. El mal estado de las comunicaciones, el bandidaje... justificaban también esta reducción de límites territoriales, puesto que hacían más accesible la autoridad del gobernador, principalmente para cuestiones judiciales, ya que éstas se habían convertido en la tarea esencial tanto de los gobernadores como de los vicarios, dependiendo de unos o de otros en razón del alcance o la importancia de los pleitos. El emperador era quien designaba a los gobernadores y éstos eran tanto de orden senatorial como ecuestre. Así, algunas provincias tenían a su frente a cónsules que eran senadores y otras a praesides, que eran caballeros. En Italia, que fue dividida en nueve provincias, los gobernadores llevaban el título de correctores y parece que podían ser de uno u otro orden. Las provincias de Asia y Africa eran gobernadas por procónsules y Roma por el prefecto de la ciudad. En los tres casos se trataba de senadores. Italia perdió su privilegio de indivisibilidad y de subordinación directa al gobierno central, sin mecanismos intermedios y adquirió carácter de territorio provincial como el resto del Imperio. Las provincias, a su vez, fueron agrupadas en circunscripciones más amplias: las diócesis. Se crearon 12 diócesis, 6 en Oriente (Oriente, Ponto, Asia, Tracia, Mesia y Panonia) y 6 en Occidente (Britania, Italia, Galia, Hispania, Vienense y Africa). Muchas de las diócesis dioclecianas pervivieron como naciones en época moderna. Cada diócesis era dirigida por un vicarius. Los vicarios eran reclutados entre los caballeros, así eran de rango inferior a los gobernadores consulares y a algunos correctores, aun cuando éstos dependían administrativamente de los vicarios, tal vez en razón de que en este orden se encontraban mejores cuadros de administradores. Los vicarios constituyen un grado jerárquico intermedio entre los gobernadores y el emperador. Sólo los dos procónsules de Asia y África y el prefecto de Roma escapaban a su autoridad. Estos tres, junto con los vicarios de diócesis, son los delegados del emperador para la administración provincial. Es importante señalar que sus poderes eran exclusivamente civiles, sin competencias militares. Éstas fueron transferidas a los duces, que eran los jefes de las circunscripciones militares. Esta separación será decisiva en la organización de estos últimos siglos del Imperio. La organización administrativa provincial se completó con la creación en el 305 de las prefecturas, grandes circunscripciones regionales administradas por los prefectos del Pretorio. Inicialmente parece que hubo dos: la de Oriente y la de Occidente. A partir de los últimos anos del siglo III su número se elevó a cuatro, dos en la parte oriental del Imperio y dos en la occidental. Los prefectos del Pretorio tenían competencias amplísimas, tanto civiles como militares (aunque éstas les fueran poco después retiradas por Constantino). En cierto modo reflejaban el antagonismo surgido en las décadas anteriores entre las dos partes del Imperio y también entre los imperios regionales que habían surgido durante la crisis del siglo III: el imperio galo-romano, el imperio de Macriano... Diocleciano procediendo así, integró y controló los antagonismos y los peligros de disgregación: los prefectos del Pretorio permanecieron cerca de los cuatro emperadores, ejerciendo funciones casi de vice-emperadores, pero algunas de sus competencias civiles fueron transferidas al vicarius a consiliis sacris, y en las competencias militares tenían que contar con su ayudante, el jefe de la milicia. Otra medida de control fue todavía contemplada por Diocleciano: los agentes in rebus, funcionarios itinerantes, verdaderos espías del emperador que practicaban una vigilancia política y policial sobre todo el conjunto de los administradores. Respecto a la reforma de la administración central, Diocleciano aplica una reglamentación tan rígida y una jerarquización tan rigurosa que ésta queda casi militarizada. En el escalón inferior estaban los oficiales. Este servicio de oficinas era designado Militia y los diferentes grupos de oficinistas designados con títulos militares: centuriones, corniculares, incluso los agentes de ejecución del fisco eran designados cesarianos. La Cancillería tenía 6 secciones: los libelli, los studia, la memoria, las epistulae, las cognitiones y los rationales, estos últimos eran los encargados de las finanzas. Al frente de estas secciones estaba el vicarius a consiliis sacris. El Consejo del emperador (Consilia sacra) o mejor los Consejos, puesto que hubo cuatro, uno por emperador, funcionaban como Consejos de Estado. Sus miembros eran designados por los emperadores y en cada uno parece percibirse la existencia de dos retribuciones distintas: 200.000 sestercios y 60.000. Es asombroso el número de leyes promulgadas por el Consilium en nombre del emperador, aunque la legislación dioclecianea da muestras de cierta torpeza jurídica y de escasa originalidad. No obstante, destacan las numerosas disposiciones tendentes a proteger a la mujer y a los niños huérfanos. Todas las leyes se hacen invocando la Lex Romana o Ius Romanum, es decir, el derecho nacional, y ya no se contempla la diferencia jurídica anterior entre Ius civile y Ius gentium. La reforma de la administración dioclecianea representaba una maquinaria enorme, lenta y sumamente uniformadora. El exceso de organización teórica y la rigidez de sus funciones dejaba muy poco margen de adecuación a la diversidad de situaciones que se daban en la realidad. Aun cuando su eficacia es aceptada unánimemente por todos los historiadores, no dejaron de derivarse de ella otra serie de lastres que marcarán los últimos siglos del Imperio.


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