Presión y nuevas estrategias políticas

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Datos principales

Inicio 
1939DC
Fin 
1945DC
Rango 
1939DC to 1945DC
Periodo 
Primer franquismo
Lugar 
Derechos 

Desarrollo

El cambio en el equilibrio del poder que se dio en 1942-43 y la presión interna contra el Régimen, trajeron como consecuencia el inicio de una redefinición de la política española. Se empezó por el término totalitario, que se había empleado con mucha frecuencia, aunque de forma ambigua, en los primeros años del Gobierno de Franco. A comienzos de 1942, Alfonso García Valdecasas, uno de los fundadores de la Falange en 1933 y primer Director del Instituto de Estudios Políticos bajo el Régimen, publicó un artículo en el que intentó trazar la diferencia entre Los Estados totalitarios y el Estado español. En los puntos originales de Falange se define el Estado como instrumento totalitario al servicio de la integridad de la Patria. "Es pues, expreso -deliberadamente expreso- que es la nuestra un concepto instrumental del Estado. Todo instrumento se caracteriza por ser medio de algo, para una obra a la que con él se sirve. Ningún instrumento se justifica por sí. Vale en cuanto cumple el fin a que está destinado. No es, por tanto, el Estado, para nosotros, fin en sí mismo, ni en sí puede encontrar su justificación. ...Para justificarse positivamente, el Estado habrá de actuar como instrumento para la consecución de ulteriores valores morales. ...EI pensamiento español se niega a reconocer en el Estado el supremo valor. Este es el sentido de la actitud polémica de todo el pensamiento clásico español contra la razón de Estado enunciada por Maquiavelo" (Revista de Estudios Políticos, enero 1942, 5-32). En el Primer Congreso de la Juventud Europea, organizado por el nazismo y celebrado en Viena en 1942, la numerosa delegación española defendió vivamente conceptos paralelos. Tuvo mucho cuidado de no identificarse con las típicas declaraciones nazis de corte racista y pagano, e insistió en reconocer la moralidad católica, la importancia de la familia y el papel secundario que jugaba el Estado en la educación. En 1943 Franco y los líderes de la Falange bajo Arrese tomaron medidas para hacer una distinción entre el autoritarismo español católico y los regímenes de Europa central. En un largo discurso que dio en Burgos el 8 de septiembre, Arrese declaró que el objetivo primordial de la FET y de todo el Movimiento de Franco no era un sistema totalitario, sino la integración del hombre en una comunidad universal libre del bolchevismo. El 23 de septiembre se prohibió que se hablara de la FET como partido; era un movimiento, y el 27 de noviembre la Delegación Nacional de Prensa de la FET dictó unas instrucciones muy precisas para el futuro de su prensa: "Como norma general deberá tenerse en cuenta la siguiente: en ningún caso, y bajo ningún pretexto, serán utilizados, tanto en artículos de colaboración como en editoriales y comentarios..., textos, ideario o ejemplos extranjeros al referirse alas características y fundamentos políticos de nuestro movimiento. El Estado español se asienta exclusivamente sobre principios, normas políticas y base filosóficas estrictamente nacionales. No se tolerará en ningún caso la comparación de nuestro Estado con otros que pudieran parecer similares, ni menos aún extraer consecuencias de pretendidas adaptaciones ideológicas extranjeras a nuestra Patria. El fundamento de nuestro Estado ha de encontrarse siempre en los textos originales de los fundadores, y en la doctrina establecida por el Caudillo" (F. Díaz Plaja (dir.), La España franquista en sus documentos. Esplugues de Llobregat, 1976, 139-40). En una reunión nacional de los jefes falangistas provinciales a mediados de diciembre, Arrese recomendó que se relajaran un poco la censura y los controles gubernamentales. También exigió que se pusiera fin a las persecuciones por responsabilidades políticas de tiempos de la Guerra Civil, con el fin de alcanzar la hermandad nacional en tareas constructivas de profunda comunidad (J. L. Arrese, Treinta años de política, Madrid, 1966, 40-72). Mientras otros ponían especial énfasis en la libertad dentro de la doctrina falangista, Arrese plasmaba sus teorías en un breve trabajo que tituló El Estado totalitario en el pensamiento de José Antonio. En él proclamaba que la ideología falangista estaba basada fundamentalmente en la Historia de España, la tradición e incluso la teología. La innovación institucional más sobresaliente que hizo el Régimen fue la instauración de unas Cortes corporativas. Antes de 1943 la estructura del Gobierno de Franco era la más arbitraria del mundo. Stalin y Hitler hicieron el esfuerzo de mantener unos parlamentos ficticios y carentes de poder, pero en España no había ni eso. El 17 de junio de 1942, se promulgó una ley que anunciaba la idea de unas Cortes corporativas, una especie de reencarnación de la Asamblea Nacional de Primo de Rivera pero con una base permanente. En esto, como en todos los cambios, el Régimen se tomó su tiempo. Las funciones de las Cortes serían más técnicas que políticas. Sería una fuerza de legitimación y apoyo y, en teoría, tendría el derecho a aprobar la legislación que pasara el Gobierno. La reunión de las Cortes no se anunció hasta el 7 de febrero de 1943, tras la resaca de Stalingrado. De los 424 escaños, 126 se adjudicaron a miembros del Consejo Nacional de la FET y a otros falangistas, 141 a oficiales de la Organización Sindical -nominalmente falangista- y 102 a los alcaldes de las ciudades más importantes. Además, estaban todos los ministros los presidentes de las instituciones estatales más destacadas, como el Tribunal Supremo y los rectores de todas las universidades. Por último, las organizaciones profesionales elegían a 7 representantes y el Caudillo elegía a otros 50. Es decir, que absolutamente todos los miembros eran elegidos por el Estado; era imposible concebir una asamblea más dócil. El cambio en el equilibrio militar animó a casi todas las fuerzas de la oposición, pero al principio los únicos que se encontraban en situación de aprovecharse de las circunstancias eran los monárquicos, seguidores del desaparecido Alfonso XIII. Podían presentar a su sucesor como sustituto de Franco en unos términos aceptables para los Aliados, que cada vez estaban más cerca de la victoria. Esta táctica no empezó a tomar forma hasta 1942, ya que la familia real había apoyado enormemente a los nacionales tanto política como económicamente durante la Guerra Civil y en los años posteriores. El heredero al trono, don Juan de Borbón, Conde de Barcelona, se había presentado dos veces como voluntario; primero para el Ejército Nacional al comienzo del conflicto y varios meses más tarde para prestar servicio en el crucero Baleares. El alto mando militar rechazó sus servicios en ambas ocasiones para evitar comprometer su causa con la de la monarquía -que no estaba en su mejor momento en cuanto a popularidad- y para no arriesgar la vida del heredero de la Corona. De hecho, el Baleares se hundió y hubo numerosas víctimas mortales en 1938. Durante la primera parte de la guerra europea don Juan se había acercado al Eje -Alfonso XIII vivió en Roma hasta su muerte en 1941- y varios intermediarios habían mediado para obtener el apoyo alemán de una restauración monárquica en España. Por tanto, la conversión de don Juan a la monarquía constitucional y la democracia era resultado de las circunstancias. Durante 1942 sus consejeros y seguidores empezaron a dirigir su interés hacia los aliados. Desde su residencia en Lausana, empezó a marcar la nueva línea a seguir inmediatamente después del desembarco de los aliados en el noroeste de África. Afirmó que el futuro del Gobierno de España estaba en manos del pueblo español. El 8 de marzo de 1943 don Juan escribió a Franco por vez primera en casi un año, asegurándole que la permanencia de su régimen provisional estaba exponiendo a España a graves riesgos, por lo que le pedía que tomara medidas para realizar una restauración de la monarquía. Franco era antes que nada y sobre todo franquista, obviamente, pero en segundo lugar era monárquico -aunque lo era de forma algo circunstancial- y siempre había mantenido la esperanza de una restauración, aunque sin comprometerse del todo con ella. Estaba de acuerdo con su consejero más cercano, Carrero Blanco, en que el futuro de España a largo plazo estaba en la instauración de una monarquía tradicional, autoritaria y corporativa, pero supeditada enteramente a la voluntad y criterio de Franco. De modo que tardó dos meses y medio en responder a don Juan. El 27 de mayo le comunicó que el Gobierno no era simplemente de transición, sino que representaba un movimiento organizado cuyo futuro sólo Franco podía interpretar. Le informó de que sí consideraba al heredero como su sucesor potencial, pero siempre y cuando la monarquía aceptara las directrices del Movimiento (el texto está en L. López Rodó, La larga marcha hacia la Monarquía, Barcelona, 1978, 511-15). Entonces procedió a realizar varios cambios en las misiones militares con el fin de debilitar la postura de los generales monárquicos más veteranos, a la vez que aceleraba el ascenso de los comandantes más jóvenes que se habían destacado en la Guerra Civil y que, en general, le eran completamente fieles. Sin embargo, Franco no tardaría en enfrentarse con el reto más duro hasta el momento procedente de miembros de su propio Régimen, cuando 27 procuradores -diputados- monárquicos de las nuevas Cortes le pidieron abiertamente que completara la definición y ordenamiento de las instituciones fundamentales del Estado, por medio de la restauración de la monarquía. El derrocamiento de Mussolini en julio, seguido de la retirada de Italia de la guerra dos meses escasos después, tuvo un impacto considerable en los círculos políticos españoles. El 2 de agosto don Juan le hizo llegar por telegrama un ultimátum a Franco, quien respondió varios días después con un estilo contenido, pero absolutamente firme, exigiendo al pretendiente al trono que no hiciera nada en semejante coyuntura que pudiera fraccionar la unidad española. Llegado este punto, la única institución capaz de forzar un cambio era la misma que había elevado a Franco al poder supremo desde el primer momento: el Ejército. La insatisfacción política de muchos veteranos que habían estado tan expuestos en los últimos tres años, por fin tomó forma en una carta firmada por siete de los 12 tenientes-generales y enviada a Franco tres días más tarde por el Ministro del Ejército, Asensio. Decía así: "Excelencia: No ignoran las altas Jerarquías del Ejército que éste constituye hoy la única reserva orgánica con que España puede contar para vencer los trances duros que el destino puede reservarle para fecha próxima. Por ello no quieren dar pretexto a los enemigos exteriores e interiores para que supongan quebrantada su unión o relajada la disciplina, y tuvieron cuidado de que en los cambios de impresiones a que les obligó su patriotismo, no intervinieron jerarquías subordinadas... Son unos compañeros de armas los que vienen a exponer su inquietud y su preocupación a quien alcanzó con su esfuerzo y por propio mérito el supremo grado en los Ejércitos de Tierra, Mar y Aire, ganado en victoriosa y difícil guerra; los mismos, con variantes en las personas, impuestas algunas por la muerte, que hace cerca de siete años en un aeródromo de Salamanca os investimos de los poderes máximos en el mando militar y en el del Estado . ... El acto de voluntad exclusivo de unos cuantos Generales se convirtió en acuerdo nacional por el asenso unánime, tácito o clamoroso del pueblo, hasta el punto de que fue lícita su prórroga del mandato más allá del plazo para que fue previsto. Quisiéramos que el acierto que entonces nos acompañó no nos abandonara hoy al preguntar con lealtad, respeto y afecto a nuestro Generalísimo, si no estima como nosotros llegado el momento de dotar a España de un régimen estatal, que él como nosotros añora, que refuerce el actual con aportaciones unitarias, tradicionales y prestigiosas inherentes a la forma monárquica. Parece llegada la ocasión de no demorar más el retorno a aquellos modos de gobierno genuinamente españoles que hicieron la grandeza de nuestra Patria, de los que se desvió para imitar modas extranjeras. El Ejército unánime, sostendrá la decisión de VE., presto a reprimir todo conato de disturbio interno u oposición solapada o clara, sin abrigar el más mínimo temor al fantasma comunista vencido por su espada victoriosa, como tampoco a injerencias extranjeras. Este es, Excmo. Sr, el ruego que unos viejos camaradas de armas y respetuosos subordinados elevan dentro de la mayor disciplina y sincera adhesión al Generalísimo de los Ejércitos de España y Jefe de su Estado." Aunque en tono servil -la mayoría de los firmantes había rechazado un borrador más duro- ésta fue la única vez en 39 años que la mayoría de los generales veteranos de Franco le pedían que renunciara. Franco exigió a Asensio absoluto silencio respecto a este asunto en sus relaciones con el resto del Ejército y éste accedió. El Generalísimo se limitó a prometer que hablaría con los firmantes de la carta personalmente. Habían cometido el error de no exigir una reunión colectiva. Franco se preparó para mantener una actitud firme y vio a algunos de ellos algún tiempo después, a solas o de dos en dos. Confió especialmente en los más veteranos que no habían firmado el escrito, y obtuvo mayor apoyo personal de oficiales más jóvenes que no eran falangistas, pero eran leales al Caudillo, al que consideraban su líder victorioso. Al menos dos de los que respaldaban la carta no tardaron en cambiar de parecer. Asensio también empezó a dudar, particularmente después de un incidente en la inauguración del curso de la Escuela Superior de Guerra, donde la aparición de Franco provocó una prolongada ovación de un público compuesto por unos 80 oficiales y 50 sargentos. A finales de septiembre y principios de octubre, el Generalísimo se dirigió a un grupo de comandantes veteranos para explicarles que, aunque el objetivo final era una restauración adecuada de la monarquía, la situación actual era demasiado peligrosa tanto internamente como en el exterior, para arriesgarse a ningún cambio inmediato. Luego ascendió a Teniente General a dos fieles oficiales, ampliando así el rango superior hasta que hubo al menos el mismo número de opositores que de seguidores de una restauración monárquica. En enero de 1944 la tensión entre don Juan y Franco terminó en una ruptura total de sus relaciones personales. La táctica de Franco era aparecer calmado y con aire de confianza en sí mismo. No mostraba reacción o sobresalto alguno, pero no hacía la mínima concesión, a la vez que convencía a los monárquicos de que él era indispensable. Estos representaban a una elite social y económica; nadie tenía tanto miedo como ellos de dar un salto en el vacío. El peligro de que cualquier intento serio de sustituir a Franco podía resultar en subversión, desórdenes internos o una nueva guerra fratricida era suficiente para disuadir a casi todos los demás.


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