Poema del Sacristán de Viejarrúa

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Datos principales

Inicio 
1AC
Fin 
1AC
Rango 
1AC to 1AC
Periodo 
Edad Moderna

Desarrollo

En este trabajo y como muestra de este tipo de composiciones se presenta uno de los poemas con los que se solemnizaron las honras burgalesas de la reina Isabel de Borbón. Tras el sobrenombre de "Sacristán de Viejarrúa" se escondía su autor, don Sebastián Calderón y Villoslada (39) (1584 - 1653), teólogo y miembro del Cabildo catedralicio burgense, dada su condición de canónigo. Sus inquietudes literarias dieron como resultado numerosas composiciones poéticas de variada temática, amorosa, satírica, elegiaca. Están recogidas en un manuscrito, conservado en el Archivo Municipal de Burgos, con mil composiciones repartidas en diez libros con cien poemas cada uno, en el que se alternan el tono festivo y el serio. Es una "poesía popular en moldes clásicos", incisiva, mordaz, irónica, de la que se sirve para cargar contra los vicios de sus vecinos y de la sociedad en la que vivió. Entre la producción poética de este clérigo se encuentran otros dos poemas que se enmarcan a la perfección dentro de las coordenadas que delimitaban los certámenes convocados por el Regimiento para solemnizar las honras fúnebres reales, un soneto "A la muerte del rey Philipe 3ğ" y "A las exequias que la çiudad de Burgos hizo al senerísimo infante don Fernando de Austria Cardenal Arçobispo de Toledo". El poema del "Sacristán de Viejarrúa" en cuestión lleva por titulo "A las exequias de la augustísima reina Doña Isabel de Borbón nuestra señora que hizo Burgos cabeça de Castilla". Es un poema largo, 120 versos, en el que se alternan endecasílabos y heptasílabos. El tono es el propio de esta tipo de poesía, llena de exaltaciones y lamentos por la persona difunta. Emplea el recurso literario de la personificación de la ciudad de Burgos que se lamenta por la pérdida de la primera esposa del rey Felipe IV, muerta el 6 de octubre de 1644, el aciago "ya fatal otubre al sexto día". Para referirse a ella emplea expresiones como "beldad resplandeçiente", "dulçe prenda amada", de un monarca al que ha dejado viudo y triste; "claro y limpio espejo" (40), y por tanto reflejo de virtudes, "beldad más floreciente". En él se hace referencia al matrimonio por poderes que tuvo lugar en la catedral de Burgos en 1615, que supuso la alianza con el reino de Francia a través de los dobles esponsales de Luis XIII e Isabel de Borbón con Ana de Austria y el futuro Felipe IV, "yo aquella que en mi templo miré vnidos a vno y otro reino con laço estrecho y vínculo amoroso". La ciudad recuerda esos momentos dichosos en los que acompañó a sus soberanos, de la misma forma que lo hace ante el trágico lance de la muerte de la reina, "yo aquella misma soy que en doloroso clamor lastimó con piadoso llanto", "y yo primera agora en la tristeça que soy primera en qualquier dicha como cabeça del imperio godo". El autor plantea una especie de trasunto del corto paso que hay de la cuna a la sepultura, propio del pesimismo del Barroco y que puede observarse en la obra de Quevedo. En este caso ese breve camino quevedesco se identifica con la escasa distancia que ha separado aquellas felices bodas del sepulcro, "contemplando aquel tálamo festiuo en túmulo luctuoso transformado", "juntos en vn puesto vn tálamo y un túmulo funesto". Representa a la muerte anunciada por cometas (41) , "cometas portentosos pintó el viento", triunfante, con su imagen tradicional, clásica, sirviéndose del útil con el que iba segando vidas (42) , "lebantó por vandera su guadaña en señal de vitoria es clarecida". También aporta información sobre la situación política, sobre los problemas que afectaban a la Monarquía Hispánica en aquellos momentos, en los que el rey Felipe IV, "sol de España" (43), debía hacer frente a gran número de "rebeldes conjurados", catalanes, portugueses, galos, "domando la çeruiz rebelde y dura del catalán y del françés brioso". Sus éxitos militares se vieron oscurecidos por la muerte de su fiel esposa transformando los laureles del triunfo en cipreses fúnebres. Los gritos de victoria se vieron sustituidos por el son de los tambores destemplados. Lamenta la pérdida de la reina en términos políticos "y al imperio español que pierde tanto", ya que durante la regencia protagonizada como gobernadora del reino, a causa del viaje del rey Felipe IV al reino de Aragón y principado de Cataluña en 1642, supo ganarse la admiración y cariño de sus vasallos, transcendiendo su papel de generadora de prole regia y de madre abnegada, cuidadora solícita de la misma. Mostró firmeza en su breve gobierno, participando en la rehabilitación de la autoridad monárquica, atribuyéndole "las habladurías cortesanas y la leyenda popular" un papel crucial en la caída del valido, el Conde Duque de Olivares (44), actitud que fue ensalzada en los programas iconográficos desarrollados en la Corte o por la Universidad de Salamanca, entre otros (45) . El autor recurre a la teoría organicista que consideraba la monarquía como un cuerpo humano, del que Burgos era la cabeza a la que la sacudida de la muerte de la reina afectaba con más fuerza, por ser el órgano principal "que siempre qualquier golpe en la cabeça se siente más que no en el cuerpo todo". Siguiendo con la personificación que hace de la ciudad ésta vierte abundantes lágrimas, representadas metafóricamente por los dos ríos que la surcan, Arlanzón y Vena, "en mis ojos que vierten lastimosos, dos ríos caudalosos en abundante y copiosa Vena". Gráfico En este poema se hace hincapié en la corta distancia que separa las alegrías de las tristezas, la fiesta del duelo. La ciudad de Burgos se presentaba dispuesta a acompañar a la monarquía, tanto en el gozo, bien fuese por un éxito militar, bien por un matrimonio real, como en los momentos de dolor debidos a la pérdida de algún miembro de la familia regia. Asimismo, la ciudad se manifestaba siempre próxima, fiel, leal, atenta, solícita a cumplir con sus obligaciones vasalláticas, transmitiendo un mensaje que el Regimiento estaba muy interesado en difundir y en que incluso llegase a oídos de los monarcas.


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