Pipino el Breve y Carlomagno

Compartir

Datos principales

Inicio 
741DC
Fin 
800DC
Rango 
741DC to 800DC
Periodo 
Restauración occiden

Desarrollo

Retirado Carlomán a un monasterio, Pipino actúa como único Mayordomo desde el 747. Durante algún tiempo -al igual que su predecesor- la pugna con las fuerzas periféricas ocupó buena parte de sus inquietudes: bávaros, alemanes y, sobre todo, aquitanos. El asesinato del duque nacional de Aquitania, Waifre, permitiría rehacer una vez más la unidad del regnum francorum. Siguiendo la política de su padre, Pipino el Breve mantuvo buenas relaciones con San Bonifacio. Se plasmarían no sólo en la protección a los misioneros en el interior de Germania y el apoyo a las medidas de reforma, sino también en algo con mayor proyección de futuro: gracias a san Bonifacio, los carolingios tomarán contacto directo con los papas. En esa alianza, dice Robert Folz, está la clave del nacimiento de un nuevo mundo que inició Pipino y su hijo Carlomagno organizó. En el 751, Pipino dio el golpe que ningún mayordomo había osado: destronar al último -y ya sólo nominal- rey merovingio Childerico III y tomar él la Corona del reino. Una arraigada tradición habla de la aquiescencia pontificia a esta usurpación. Asistimos al inicio de una estrecha complicidad entre dos poderes: el Papado y la nueva dinastía. En efecto: en el 753, el papa Esteban II daba solemnidad al relevo dinástico mediante la unción de Pipino y sus hijos y concedía al primero el título de Patricius Romanorum que hasta entonces otorgaban los emperadores de Constantinopla. Posiblemente en aquellos momentos el monarca franco sancionaría un documento que se había elaborado en la cancillería papal. Lo conocemos como la "Falsa donación de Constantino" y según ella el primer emperador cristiano otorgó a los papas amplios poderes sobre Roma, Italia y el conjunto del Occidente. El Papado daba, así, importantes pasos en sus ambiciones espirituales y temporales. En lo referente a las últimas, sin embargo, hubo de conformarse con las garantías francas para ejercer -pese a las protestas bizantinas y lombardas- su autoridad sobre Roma y algunas provincias del centro de Italia. Pipino el Breve muere en el 768. Uno de sus sucesores -de nombre Carlomán- siguió el mismo camino en el 771. En esa fecha sólo quedaba un heredero: Carlos, el Carlomagno de la historia y de la leyenda que disponía de excelentes bazas para proseguir la labor de su progenitor. Sus campañas militares (Dilatatio regni o Dilatatio Christianitatis según las expresiones del momento) consolidaron el reino de los francos y le dotaron de importantes glacis defensivos. Louis Halphen distinguió hace años entre la anexión del reino lombardo y el redondeamiento territorial del reino franco. La primera se consumó con la derrota del último rey lombardo independiente -Desiderio- a manos de Carlomagno en el 774. El monarca franco tomaba la corona de hierro de los vencidos, ratificaba la autoridad del papa Adriano I en el centro de Italia y ligaba los destinos del ducado de Benevento al Estado carolingio. Las operaciones de redondeamiento territorial del regnum francorum presentan una mayor complejidad. Algunas se desarrollaron en la periferia en donde la influencia franca siempre había sido notable. Otras tuvieron características mucho más novedosas. En efecto: territorios como Frisia, Bretaña y Baviera habían tenido desde tiempo atrás algún tipo de relaciones con los monarcas francos aun manteniendo unos amplios márgenes de autonomía. Carlomagno procedió a hacer más estrechos estos lazos. Así, Frisia quedó, a partir del 785, más directamente sujeta al poder central. De Bretaña se diría, para el 799, que estaba sometida al yugo franco como nunca hasta entonces. Se trataba de un sometimiento engañoso: lo más que se hizo fue organizar una marca fronteriza para evitar graves sobresaltos. Baviera, dotada de una fuerte personalidad, fue incorporada al reino franco tras reprimir Carlomagno la rebelión de su duque Tasilón. Pero, la gran novedad y la gran empresa de Carlomagno, sería la difícil conquista de Sajonia en cuyo sometimiento habían fracasado merovingios y primeros carolingios. La operación se inició tras la liquidación del problema lombardo. Durante un cuarto de siglo, el monarca franco volcó todo tipo de recursos. La rendición y bautismo en el 785 del caudillo de la resistencia sajona Widukindo fue seguida de la publicación del capitular "Ad partibus Saxoniae" que inauguró una política de auténtico terrorismo franco contra los rebeldes. Las multas, penas capitales y deportaciones fueron monedas frecuentes para la pacificación. Los últimos focos de resistencia sajona subsistieron aún más allá del año 800. Para entonces los misioneros habían logrado tejer ya una tupida red de establecimientos que garantizaba el proceso de evangelización. La iglesia de Hamburgo, fundada en 804, sería la punta de lanza para la penetración en los mundos escandinavo y eslavo. En las fronteras orientales del mundo franco, Carlomagno procedió a conjurar dos peligros: los ávaros y los eslavos. Los primeros, asentados entre el Tisza y Carintia, pasaban por descendientes de los hunos. Sus incursiones desde el 791 forzaron a la Monarquía franca a poner en marcha una operación de gran envergadura que se materializó en los años siguientes. La región de la llanura del Danubio pasó a ser tributaria de los francos y a recibir el cristianismo de misioneros enviados desde el arzobispado de Salzburgo. En el 811, el gran jan ávaro acudía a Aquisgrán a rendir pleitesía a Carlomagno. En relación con los eslavos, la política franca fue oscilante. Uno de sus pueblos -los carintios- quedó prácticamente asimilado al edificio político carolingio. A los restantes se les quiso hacer temerosos de la potencia militar franca más que pueblos sometidos. Así ocurriría con los bohemios o los obodritas (entre el Elba inferior y el Báltico) sobre los que se estableció una especie de protectorado, o con los linones y sorabos contra quienes se emprendieron campañas de castigo. En definitiva, la incorporación masiva del mando eslavo a las estructuras políticas, sociales y religiosas europeas había de esperar algún tiempo. La política militar en la frontera meridional -la España musulmana- estuvo marcada por la prosecución de las empresas de Carlos Martel y Pipino el Breve. En el 778 Carlos condujo una gran expedición con el ánimo de apoyar al gobernante local de Zaragoza que, a la postre, se negó a colaborar con los francos. En su retirada, la retaguardia de las fuerzas carolingias sufrió un terrible desastre en el paso de Roncesvalles a manos de los montañeses vascones. La leyenda acabó superando a la historia a la hora de juzgar este evento. El fracaso en el Pirineo occidental quedó compensado unos años después en el otro extremo de la cordillera: en el 801 una ofensiva franca llevó al heredero de la Corona, Luis, a la conquista de Barcelona. A su muerte en el 814, Carlomagno dejaba una construcción política con unas fronteras aparentemente seguras. Unos años antes, además (Navidad del año 800) su coronación en Roma como emperador había contribuido poderosamente a prestigiar a su dinastía.


Esquema relacional

Sobre artehistoria.com

Para ponerte en contacto con nosotros, escríbenos en el formulario de contacto